Con esta quinta entrega la novela de Javier Sáez de Ibarra de la que publicamos cada miércoles un nuevo capítulo va tomando ya velocidad de crucero. No se pierdan las peripecias de nuestro querido Tomi Sánchez.

 

Ellos habían llamado. Temprano. A las siete ya estaba sonando. Me despertó y lo supe. Mi mujer se removió junto a mí. Cruzamos una mirada, era de angustia la mía. (Teníamos el teléfono en la mesilla de noche; lo cogí y forcé la voz para que pareciese que llevaba un rato despierto.)

–¿Tomás? Hola, mira, soy Parnaso, de Admón.

–¿Daimón?

–¡De administración! –pensó que era un chiste mío–. Oye, Tomás, mira, que llevas ya dos meses de baja bueno lo primero qué tal estás.

Se paró en seco. –Bien…

–Oye, Tomás, mira, Tomás Sánchez verdad. Mira que veo aquí que llevas ya dos meses de baja sin pasar por la fábrica ¿eh? Porque lo tuyo que fue, a ver, un corte con una máquina por lo que veo. Oye Tomás, mira que son dos meses lo que llevas al parecer por este corte.

–Bueno, un corte, señor… (no lo llamé porque no había retenido el nombre). Que no fue un corte, que me seccionó un brazo.

–Te seccionó un brazo, cómo que te seccionó un brazo. Fue un corte.

–Fue con una cortadora de planchas. Me ha dejado sin brazo, me lo arrancó desde el codo.

–Bueno, o sea, no es que sea un corte, que no tienes brazo, parte de un brazo, vamos.

–Eso es (él se ralentizaba y yo podía decir algo más).

–Correcto. Bueno Tomás. Mira. Son dos meses ya de eso, ¿no Tomás? Dos meses, hoy a qué estamos; bueno un mes y catorce días, dos meses ya que faltas del trabajo, Tomás. ¿Y no te lo han puesto?

–No, señor. Estoy esperando a que me den día en el hospital.

–¡Nosotros no podemos estar esperando hasta entonces! Perdona Tomás. Quiero decir, oye, eso no es un problema de la empresa, me entiendes.

–Claro.

–Así que dos meses, hazte cargo Tomás. Dos meses, y lo que falte Tomás, pon otros dos meses hasta que te operen (–Hombre, yo no creo…), luego la rehabilitación, Tomás, tú llevas ya un tiempo colaborando con nosotros, sabes cómo están las cosas, Tomás (–Sí, claro). Claro, Tomás. Compréndelo que no se trata de un mes ni dos, que van a ser más. Y todo ese tiempo tú estás cobrando verdad Tomás. Tú estás cobrando claro como es lógico.

–Sí… Yo pensaba que iba a pagar la mutua patronal por el accidente. Pero ya me he enterado de que no pagan nunca.

–Ya Tomás, perdona que me meta, hay que demostrar que fue un accidente laboral.

–Es que fue un accidente laboral, señor…

–Yo no niego que fuera un accidente laboral, es decir, a mí no me consta, Tomás, hombre, digo que hay que demostrarlo. No es lo mismo.

–Sí, sí, ya lo sé.

–Pues eso, tú no conoces a los abogados de las mutuas, jejé. Si se dedicaran a divorcios no pagaba ni dios. Ahora Tomás yo te llamo por otra cosa Tomás, Tomás Sánchez, te llamo de la empresa. Mira yo lo entiendo si fueran las cosas mejor lo entendería. No sé qué pensarás yo creo que lo mejor que podemos hacer es que te incorpores.

–Es que sin un brazo, señor… yo no puedo conducir.

Se rio: –Aquí no conduces Tomás.

–Quiero decir que no puedo ni conducir ni manejar la máquina cortadora.

–No te lamentes Tomás, hombre. Nadie te va a pedir que lleves esa máquina. Hombre, no estoy pidiéndote eso, no somos inhumanos Tomás, me parece que estás pensando mal –se rio de nuevo–. Hay solución. Tenemos una solución hombre. En la empresa hay muchos puestos, encontramos el más acorde con tu situación, eso lo entiendes Tomás. De ánimo cómo estás, seguro que con el tiempo que ha pasado ya te has acostumbrado a todo a que sí te manejas mucho mejor que al principio, sí hombre, si todo está en la voluntad ¿me equivoco?… Nadie es perfecto, Tomás, cada cual tiene sus defectillos, a mí se me está cayendo el pelo por detrás, fíjate pues bueno, como yo no me veo en el espejo y a mi mujer no le importa (se rio otra vez). Perdona que igual te estoy entreteniendo. Bueno lo dicho te espero. No hace falta que sea hoy, mañana si te parece mejor Tomás, Tomás Sánchez, quedamos en eso mañana venga y a animarse ¿eh? (Bajó la voz:) y además, oye, que estar ocupado es bueno que uno no está todo el día dándole vueltas a las cosas, que si pasó esto que si lo otro (volvió a subirla:) Te esperamos, siete treinta de la mañana que es tu entrada, pásate por Recursos que están enterados, por aquí no hace falta. Venga, y muchos ánimos ¿eh? De verdad un saludo. Adiós, adiós.

 

Tomi volvió. Tomó un autobús y volvió. La placa del cielo lo oprimía. La placa del cielo, con sus rosáceos dedos y todo aquello en el plomo y el negro del día aún no comenzado. Aún no comenzado. Lo oprimían las calles, y la caminata hasta un sitio y luego hasta el otro, las prisas y las somnolencias reprimidas, verse allí congregado en el estrecho espacio del vehículo colectivo junto a otros semejantes a él sin que, sin embargo, pudiera hacerse nada. Y lo mismo el café que se había tomado solo, como solo se lo habrían tomado aquellos pobres; una cocina pequeña, un fluorescente y una radio encendidos, la taza, un plato, unas galletas nada atractivas o pan del día anterior sobre la mesa, el frío. La oscuridad cubriendo todo alrededor. Igualito que para un complot fracasado por el desconcierto.

Los lugares conocidos no lo animaron –llegó a creerlo–. Al contrario. Lo deprimían aún más. Pasó junto a la fachada de una iglesia. Estaba cerrada con sus muros de piedra, sus falsas ventanas y una verja. Entonces recordó que se había hecho católico, buscó en lo alto la cruz y susurró su oración.

–Ay, Dios mío… (adónde podría ir… si no tenemos escapatoria…)

Y el rezo se le fue disolviendo entre otras cuestiones, la hora de vértigo engañosa, cruzar, una mujer que pasaba, la obligación de ocultar su brazo, la necesidad de probar una expresión digna de ahora en adelante, mientras anduviese por ese territorio hostil fuera de la casa, las preguntas…

 

Recursos le preguntó a Tomás si había pasado un inspector de la empresa por su domicilio. Si, al menos, lo habían llamado. Les extrañó saber que no. Disculparon la negligencia: uno de los suyos. Al menos mientras realizara estos trámites no tenía que estar trabajando, era un mezquino ahorro para él, se dijo, suficiente con lo que sentía. Y lo que sentía era dolor en el brazo, entonces se daba cuenta de eso, con perplejidad antes que nada, le dolía el brazo, la parte del brazo no existente.

Lo tuvieron esperando de pie. Hasta que el empleado le extendió un papel autocopiativo: blanco–rosa–amarillo. Sector tres, herramienta treinta y dos. Tomás la reconoció enseguida.

–Esa es la máquina con la que me corté –dijo.

–Perdone eso no lo sé yo, aquí solo asignamos los puestos de trabajo.

–Si me han llamado de Admón ayer mismo y me han dicho que me pondrían en otro sitio.

–Admón es Admón y esto es Recursos, los puestos los damos en Recursos no en Admón.

–Hombre, es que esa máquina precisamente es la que me cortó este brazo (lo alzó).

–¡Ah! No sabía que le hubiera pasado eso lo siento. No obstante… este es el puesto que le corresponde. Sector tres, herramienta treinta y dos, incorporación diecisiete de mayo, siete treinta horas a eme. Usted es Tomás Sánchez López. ¿Lo va a firmar? Si quiere el trabajo tiene que firmar esta hoja y se incorpora al momento si no usted verá.

Mi incertidumbre conmovió a Recursos:

–También puede incorporarse ahora y en el tiempo de descanso acudir a Reclamaciones para que revisen su asignación a ver si hacen algo.

No se podía negar que era una posibilidad.

Firmé. Noté al instante que se sintió satisfecho.

Se despidió de mí: –Y buena suerte.

 

El primer día reconozco que casi no me cundió. Apenas me atrevía a mirar la cuchilla, cogía las planchas con cuidado, las colocaba con miedo, apretaba los botones como si sentenciara mi vida, y el ruido del corte en el metal era una sierra que penetraba en mis huesos. Cuando había terminado, levantaba el trozo cortado de su soporte y lo empujaba a la cinta transportadora casi con mimo, igual que si me despidiera de un cuerpo humano. Aquello me daba lástima de mí mismo.

Puse la reclamación ante una señorita que me atendió servicial y desinteresada. Quise sonsacarle si aquella gestión que hacía tenía algún futuro, cuando era evidente que les habían prohibido dos cosas: esperanzar a los que reclamaban, y desalentarlos. Ella estaba allí solo para dejar constancia de una petición, su labor consistía en convertirse en una cinta transportadora más. El papel que acababa de firmar, otro autocopiativo blanco–rosa–amarillo ahora se desplazaría hacia algún lugar inhallable por esas cintas sin fin, aunque privado de la primera hoja, la blanca, que me la guardaba yo en un bolsillo con mi mano diestra. Pensé que luego alguien encargado separaría la rosa para reservarla y que la amarilla seguiría avanzando hacia el interior. Luego vi con la imaginación que alguien tomaba la amarilla y que la reclamación seguía adelante y hacia adentro de alguna parte del enorme edificio, ya sin hoja, sin soporte, anónima… todavía con el impulso inicial que le habían dado y la ligereza de carga de las operaciones intermedias. Luego no pensé nada. Sólo confié en la compasión de alguien en algún lugar que me llegara un día como un regalo.

 

Dos semanas después, el encargado-jefe que me había atendido cuando sufrí el accidente me mandó llamar; quiso que mantuviéramos una conversación aunque se encontraba –no hacía falta decirlo– abso/luta/mente ocupado. Hablaba siempre haciendo otra cosa al mismo tiempo. Y haciéndola bien (hasta donde me pareció). No sabría resumir, ni precisar, lo que nos dijimos porque yo mismo hablando con él, con cualquiera de ellos, me sentía de pronto en un laberinto. Sus palabras, silencios, sobreentendidos, alusiones, cortes, resoluciones, citas, poder, etcétera, lo eran. Estar ante ellos sabiendo que te harían entrar en su construcción penumbrosa y definitiva; daba igual lo que dijeses, daba igual incluso si les decías directamente lo que querías. Así, incluso con brusquedad: pido esto. Lo que les decías que querías lo llevaban ellos a zonas intrincadas, complejas, mediatizadas, temporales; caía en una especie de sima de donde no regresaba. He ahí lo peor, que una vez que hubieras formulado tu petición (y, por eso, me aconsejaron algunos amigos que me demorase en declararla), una vez que la hubieras emitido, entonces se la quedaban ellos en su aparato y ya no había manera de recuperarla, ya no era posible tampoco repetirla, pues ya te habían entendido antes hombre, decían, claro que sí, hablamos el mismo idioma, perfectamente.

Yo creo que era su estrategia para dejarte quieto delante de su esplendor. Para dejarte quieto preguntándote qué más se podía hacer. Para quedarte quieto-quieto, solo ante la decisión de darse media vuelta, cerrar y en definitiva volver al trabajo.

Conque ahí estaba yo, inmóvil, sintiéndome un estorbo entre tanta eficacia matutina, con mi bracito corto, encogido y regañado. Hasta que el encargado-jefe, ahora más jefe que encargado, levantó tres cuartos de cara y murmuró ah, sí, bueno, sánchez (lo dijo con minúscula), verá, usted ya sabe porque lo he llamado (aclaro: no por qué sino porque) (obvio, iba a decir, porque trabajo poco, mal, no me gano el sueldo, ha caído mi tasa de productividad, hay una oferta amplia de mano de obra en el mercado): usted ya sabe que hoy día tenemos una gran demanda de empleo, ¿sabe cuántos currículum recibimos al día?: mírelos (miré y no vi nada): ¡cientos!, qué digo cientos, por lo tanto es imprescindible que cada empleado de esta empresa aumente su tasa de productividad (ya lo decía yo): no un aumento geométrico, sino aritmético, no somos inhumanos (eso lo había oído recientemente, ahora me endilgará lo de las hermanitas de la caridad, que quizá nunca existieron pero se recuerdan como ejemplo de algo), y una empresa, perdone mi franqueza, no somos las hermanitas de la caridad. Quiero decir. (Punto y aparte, coloca unos papeles, escruta en el calendario algo pendiente; en serio, eh, no para darse importancia ante mí. Y ahora dirá seguro:) usted no se está ganando el sueldo que le estamos pagando ya lo sabe verdad (iba a hacer el comentario irónico que se imagina), sánchez, esta temporada viene trabajando mal, sí, y me atrevería a añadir, poco. Tengo aquí un informe (examiné su mesa, tampoco vi ese informe).

Se me puso cara de escoba. Hasta ahí había adivinado, ¿Y ahora? Pensé que no cobraría el fin de mes. Pensé que si fuera más joven volvería a casa y me tumbaría a la bartola en el sofá, llamaría a Javi, nos tomaríamos diez botes de cerveza cada uno y nos dormiríamos allí, felices y desatados. Salvo que ya no era ese el tiempo de mi juventud, tenía cinco o seis hijos, no sé. Me vi obligado a replicar, había que replicar, repliqué.

Alcé mi brazo y mi bracito estúpido como un orante.

–Ustedes me han llamado para que volviera a mi puesto y aquí estoy –me estaba saliendo solemne–. No es el sector tres ni la herramienta treinta y dos lo que yo más necesitaba. Ya, ya, ya usted me dice: no somos hermanitas de la caridad y tal, uno no elige el puesto que le gusta, sino el que conviene: la empresa es un sistema, ahora que si no está conforme la puerta se halla al fondo, avise por favor al primero de la cola para que entre cuando salga. (Al menos logré que me mirase durante un segundo con simpatía, o recelo; bueno, de otra manera. Un segundo.)

–No me negará, sánchez, que su ritmo es más lento que el de sus compañeros.

–No lo voy a negar.

–¿Y no cree que eso es ser injusto, con ellos? (Maldición, esta no la había previsto.) No podemos tratarlo con privilegios, ¿no le parece?

–Jefe, ellos no tienen un brazo menos para manipular las planchas, y yo he pedido otro destino más acorde a mis condiciones.

–¿Es que quiere usted decirnos cómo tenemos que llevar la empresa?, ¿y cómo tenemos que hacer las asignaciones de empleados?, ¿cree usted que no está todo previsto? Seguimos un orden estrictamente racional, funcional y eficiente, sin sentimentalismos. (¿Ha leído usted a Max Weber?, pensé que iba a preguntarme. ¡Claro!, habría respondido, a ese cerdo inmisericorde.) Otros compañeros suyos ocupan su lugar de trabajo con sus deficiencias físicas y sin remilgo, disculpe la libertad.

–Ya lo sé. Ortiz perdió una pierna a final de año y trabaja en Conserva; Locamene sufrió la amputación de una oreja y está en control de calidad.

–Lucas se quedó sin un ojo, Sáez sin los dientes de arriba, a Estébanez se le desprendió un labio por la corrosión química y Peláez perdió un hijo en enero.

–¿Peláez, Mariano? (– Sí.) Ya lo siento.

–Todos sufrimos, sánchez, unos por una cosa, otros por otra. Pero el trabajo está al margen; el trabajo, hágase a la idea, no pertenece a la vida de uno. Usted vive con su esposa y sus hijos, tiene padres, amigos, cultiva sus aficiones, va al fútbol o a bailar, ahorra o canta, muy bien, fenomenal y que se divierta. Óigame: el trabajo corresponde a otra categoría: aquí se viene a cumplir. Y hay que hacerlo bien o uno se va a la calle y se le terminó lo bonito. Debemos ser muy cuidadosos, ¿entiende lo que le digo? (Joer.) Usted separe el trabajo de todas las demás cosas de su vida: verá que funciona a las mil maravillas.

Me sentí como si me hubieran leído la sentencia.

–Yo creo en Dios –le dije (no sé por qué, me salió así).

Se quedó callado. Nos quedamos callados. Debió pensar que eso habría que colocarlo fuera del trabajo también, y que quizá yo no había entendido que la lista de cosas de “la vida” que me había sugerido no estaba cerrada. Quizá pensó que, además de manco, era algo retrasadillo o que el accidente había mermado mis facultades de atención y lógica. En cuyo caso su efecto sobre mi capacidad productiva sería aún más grave, en cuyo caso etcétera. O quizá no quiso seguir el hilo de ese razonamiento económico, y decidió romper nuestro clima de silencio absurdo tan poco eficiente.

–No estamos decidiendo su despido, sánchez –me reconvino–, si es a eso a lo que se refiere. Estamos pidiéndole que mejore su rendimiento… (Me acordé de cuando mi padre me rogó que aprobase la Lengua de Cuarto.) Disfrutará usted de un plazo de quince días naturales antes de que se elabore el siguiente informe. Si en ese tiempo vemos que recupera el nivel de productividad que ha perdido, entonces no tiene nada que temer. Se lo aseguro.

–Ya.

–No hace falta que me dé las gracias, usted, Sánchez –ahora me levantó un poquito–, lleva un tiempo ya con nosotros, ¿tres años, verdad? (Era mucho menos.) Nos gusta (juntó los dedos como hacía un pensador cuando pensaba, solo el instante previo a cambiar unos papeles de sitio y coger un lápiz para sacarle punta)… nos gusta tener cierta deferencia con nuestros empleados más antiguos. (Terminó de afilarlo. Me mostró una sonrisa con una especie de cabezazo mitad marcial mitad suegro torcido. Esperó y remató:) Ahora por favor salga.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.