La literatura dialoga, siempre, con los textos que se han escrito antes. Uno de los modos más sencillos de ahorrarse leer a algún autor es escucharle hablar de literatura. Los que dicen que a nadie imitan, los que afirman dejarse llevar por una infusión divina, los que se denominan originales son, seguramente, prescindibles. No hay nada más vacuo que el que se cree descubridor. Suelen pretender que han sido los primeros en ver el Mediterráneo. Hay un cuento de Fogwill, una joyita, donde el narrador nos cuenta todo desde la parte trasera de un taxi. Es más que probable que Javier Sáez de Ibarra tuviera ese texto en la cabeza, de modo consciente o no, cuando escribía este capítulo. Quizás por eso le salió tan bien.

 

–Habrá visto que así no se puede. Por ejemplo, mire usted esa obra. Lo menos lleva tres meses ahí, si no le digo más, que no paso por aquí todos los días. –Bueno, puede que sea una mejora. –Una mejora. Una mejora será, pero no piensan en los afectados. A ver los comerciantes de la zona, los que nos ganamos el pan con el taxi, cómo quieren que carguemos clientes estando eso así. –A la gente le gusta este alcalde, lo votan siempre–… Yo lo que digo es que las obras se tenían que terminar mucho antes para no perjudicar a nadie. –Y eso que la carretera que ha hecho esta grande, cómo se llama, la de circunvalación la ha construido sin permisos… Sin estudiar el daño ambiental… –Bueno, ya, también si hiciéramos caso a los ecologistas no se haría nada. Esa gente qué quiere, que vivamos en la edad de piedra. A veces hay que cortar unos cuantos árboles, es ley de vida. Se preocupan más de que el lince no se extinga y de la gente qué, no les interesa. –El lince, como usted dice, puede desaparecer, y cortar árboles en un país como el nuestro que se está desertizando… –Ya. También decían que se iba a acabar el petróleo y aquí estamos, tirando gasolina. ¿Me entiende? Va uno a hacer caso de todo lo que dicen esos. La sociedad lo que quiere es progreso. Las carreteras hay que hacerlas, y si no pasan por aquí pues pasarán por allí, por algún sitio tienen que ir digo yo ¿no?, jeje, eso está claro… –Pero esta carretera de circunvalación, a pesar de la reforma y con todo lo que ha costado, sigue con los mismos atascos de siempre. –Mire, atascos va a haber porque somos muchos. Somos muchos y todo el mundo quiere llevar su coche.  ¿O va usted a coger un autobús o el metro si llega antes a su casa de vuelta del trabajo en su coche, o si coge un taxi? –Yo no suelo coger taxis. Esta es una excepción. Hará diecisiete años que no cojo uno… Son caros, quiero decir para mí, no puedo permitírmelo.  –Hombre, no le digo yo que un taxi todos los días. Ahora que caro no es, se paga lo que cuesta. Ricos no nos hacemos con esto precisamente. –¿Trabaja usted muchas horas? –Muchas. Estoy aquí todo el día. Y luego sigue mi compañero. El coche no descansa. –Se habrá dormido alguna vez. –Eh, ¿al volante? ¡Nunca! –No, digo, por el agotamiento. –Que no, que no, nunca. Si hace falta, yo me tomo ocho cafés. Jamás he tenido un problema con el servicio, vamos es que no me lo permito. En veinticuatro años que tengo de taxista no sabrá usted que haya sufrido un choque. Roces sí, a qué voy a negárselo, alguno con un despistado o algún loco es natural; accidentes ni uno y ¿por dormirme?, menos. A fin de cuentas no se trabaja sólo con un coche, trabajamos con gente. Y he pasado horas circulando ¿eh?, y hasta alguna vez he comido en este asiento, o en el vehículo anterior, y lo mismo he tenido que dormir por quedarme esperando a alguien que me lo había pedido. Cosas de esas sí. –La vida del taxista, llena de anécdotas. –Cosas curiosas sí, muchas.

–Vamos a tomar Beaumarchais Fauburg si le parece, que Admirald Nelson está impracticable a estas horas. Luego bajamos por la Rue Crotignac hasta Boulevard San Pietro y continuamos por Peterestrasse todo seguido hasta la Rue Ramussa; torcemos por Colbert hasta volver a las espaldas de la plaza Fentonplatz y seguimos todo recto hacia el barrio Les Caillousses donde viene a nacer la calle Henri Sarcó. Está usted haciendo un trayecto bien largo. –Pura literatura.

–¿Ha visto usted? –No me he fijado, ¿qué cosa? –El negro ese de ahí con su compañero, alguna pillería andaban organizando. No lo ha visto. –No, no me he dado cuenta. –Vienen para lo que vienen. Son peligrosos pero les damos todos los derechos, se quedan con las casas de protección oficial. –¿Qué casas? –Bueno, antes, con las que había. Y te los encuentras en el médico ocupando espacio. –Bueno, no todos, muchos no son atendidos. –Si quieres una guardería para tu chico, tendrá usted chicos. –Sí, alguno. –No los lleve a una guardería pública que las rebosa esta gente. Y luego en los colegios. Se ha puesto imposible, tienes que pagar uno concertado o te lo meten en una clase hasta arriba de gitanos y negros. A mí que no me digan que el nivel es el mismo, cuando la educación es lo más importante. –Sí, claro. Por eso, esta gente también tendrá que educarse, luego les pedimos que se integren. –Que se integren, cómo van a integrarse si no quieren, esos todos son holgazanes que piden la sopa boba o robarte en cuanto miras para otro lado. Los negros que hemos visto qué hacían ahí a estas horas en medio de la calle sin ocupación, qué van a hacer, ganarse la vida de la peor manera. Mire, yo no sé de qué idea política es usted, no me negará que un país lo primero que tiene que hacer es preocuparse de los suyos. Y luego del resto. Aquí no, aquí queremos ser tan buenos que dejamos que se cuelen, nuestras fronteras son un coladero que dan risa, en unos pocos años se ha llenado de gente de fuera que no puedes dar un paso sin cruzarte con uno. –Seguro que alguno habrá que se haya subido en su taxi. –Alguno, no muchos todavía. Y también he tenido que sacar a un par de mocitos de los pelos por ponerse a fumar y ensuciarme la tapicería con las botas. Estos tíos no saben guardar un comportamiento. Escuche, jeje, un día se monta una parejita y se ponen a meterse mano ahí detrás. Qué me dice, con la prisa con que andaban él y ella sacándose la ropa igual que si estuvieran en la selva. Lo que hay que aguantar… No, tenemos que ser buenos y dejar que vengan y te meen en la cara; respetar sus derechos, darles lo mejor, y que nos quiten lo nuestro, y encima que sigan con su forma de vida de holgazanería y falta de seriedad, y, por si fuera poco, los bailecitos. Una señora de esas viene un día, hago la carrera y a la hora de pagar me dice que no le llega el dinero. Bueno, yo qué culpa tengo; va y me sale con que va a la casa de una amiga, que la espere que ahora baja. Le digo que lo saque de un cajero y me contesta que no tiene, qué le parece, no tiene en el banco para sacar dos de veinte. Así que estaba en esa tesitura, o la dejaba y me olvidaba de ella o la acompañaba hasta la casa adonde iba. Pensé en marcharme, pero me dio rabia, sabe, conque subí. Qué escandalera de portal y de edificio y de vecindario, la gente por los suelos, sucísimo todo, un olor que echaba para atrás. Me quería hacer esperar en la puerta, le dije que de eso nada, con el pie puesto para que no me cerrase, ahí hasta que me trajo el dinero. Y todavía me dejó a deber un poco eh, no se lo pierda. Me fui por no continuar allí más tiempo. Lo que yo siempre digo, si nosotros tenemos que pagar hasta el último céntimo, por qué ellos van a disfrutar privilegios. Lo dijo el otro día un mandante de esos de la tele, que son todos unos… tales, aunque a veces cuentan la verdad: decía el fulano, jaja, a mí me gustan los chinos, nada más que en China, los marroquíes en Maruecos y los bolivianos en Bolivia, yo no soy racista, decía el gachó, no soy racista, lo que soy es ordenado, jaja.

–Tiene usted razón: hay que dar más importancia a los nuestros. –Verdad, verdad. –Así que mejor atender primero a los de los barrios del sur y luego a los del Cogollo, ¿eh? Y van antes los de esta ciudad que los de Toledo, ¿no? Y yo prefiero nuestra Authonomy State que las otras que usted me ponga. Todo iría mejor si primero yo, luego nosotros, luego vosotros y, si queda, ellos… –… Bueno, tampoco digo yo tanto, me refiero por países. –Ah sí, por países. También dentro de un país tiene que haber diferencias, a ver si todo el mundo se va a creer con los mismos derechos. –Razón no le falta, pero la unidad de la patria. –La unidad de la patria que no falte.

–¿Usted cree que estamos en el mundo libre? –Por supuesto. –¿Y cuántas horas dice usted que trabaja? –Cincuenta y seis a la semana. Ni una más. –Ni una menos tampoco. –No, señor. Tampoco. –¿Y vamos bien? –Cómo no, acabamos de pasar Rue de Sans-Coulottes. –¿Y usted sabe quién era Sans-Coulottes? –Pues si le digo la verdad, no. Un general, es un suponer. Y mira que por aquí paso veces. Me pregunta usted si estamos en un mundo libre, libre, sí, jodido también, jaja. Lo que no entiendo es por qué les ponen esos nombres raros a las calles, será por prestigio. Me gustaría a mí que respetasen un poco el castellano. Los niños se educan con el bilingüismo, me parece estupendo; pero nuestra lengua cuál es. Luego no saben cómo se dice corola en castellano porque las ciencias se las dan en inglés. Es una pena. Es una pena, a mi chico le tengo que estar luego traduciendo yo, figúrese, a él que habla perfectamente los dos idiomas. ¿No le parece que nos estamos volviendo un poco locos? –Locos no, papanatas. –Papanatas, jaja, sí, hacía mucho que no oía yo esa palabra, ya uno piensa que no se usa. –Hombre, en el diccionario se encuentra. –Pues eso quiero decir. –Así que tiene usted hijos. Y los lleva a un colegio bilingüe. –No hay donde elegir. –Y tocarán un instrumento. –Sí, claro, la flauta travesera la mayor, divinamente. Y el corno bretón, el chico. Si lo viera, tiene una capacidad pulmonar fuera de lo común, los profesores con él están que no dan crédito. Me han dicho que tiene que hacer la carrera hasta que acabe, que tiene futuro. Yo por mí, si a él le sigue gustando no hay problema. Algunas veces parece como que se cansa. Su madre afloja, ya se sabe las mujeres; yo le digo que lo primero disciplina, una cosa así no se domina con cuatro clases, hace falta perseverancia en el trabajo, esfuerzo. Y el chico ha bajado la cabeza delante de su padre, a ver, va a perder un porvenir por un momento de debilidad, de ninguna manera.

–Usted no escucha música en el taxi. –No crea, algunas veces sí. Según. Cuando estoy cansado y quiero relajarme. Yo soy más de las tertulias. Me gusta oír hablar de política… Me gustan los que dicen cuatro verdades sin pelos en la lengua. Así se tenía que hablar en todas partes. La gente está muy descontenta con este gobierno tan blando. Bueno, me parece a mí, yo no sé de qué línea es usted. Yo lo que creo es que a la gente hay que decirle todo como es, si estamos en guerra, pues estamos en guerra, las cosas por su nombre. Unos luchan en el frente y otros aquí, cada uno en su puesto como tiene que ser. Entonces con las cosas claritas ya se sabe que si no hay es porque no hay. Y punto. A qué tanta queja. Estos que si piden más beneficios, otros que más derechos. A mí también me gustaría quedarme en casa los sábados todo el día, claro, y a quién no. Lo que no vale es, por un lado, decir que este sistema es el mejor, el más libre y el que nos hemos dado, y luego no querer aceptar las reglas. Hay una Constitución, vivimos en un continente unido en un mundo globalizado. Cada uno no puede hacer lo que le venga en gana. ¿Estamos o no estamos? Nos salvamos todos o no se salva nadie. Ahora toca apretar los dientes y luchar. Esta guerra no ha venido porque sí, ha venido porque defendemos un mundo mucho más democrático. Y esta guerra no es para perderla, nos beneficia a todos. A ellos porque así van a ser libres, y a nosotros porque hacemos negocios, que tontos, tampoco, una cosa no quita la otra. Se puede hacer el bien por esa gente al mismo tiempo que respetar los intereses de nuestro país. Además, que las cosas han sido siempre así desde los romanos, me va a decir que no. Se va uno a creer que nos metemos en el avispero de Asia, o de África para nada. Si todo es economía. Al final es eso. Cada uno a lo suyo. Y nosotros, pues lo mismo. A ver.

 

Usted no cree que todos los seres humanos somos hermanos. Obviamente. Adónde le lleva ese vehículo, espesado con otros en la misma propuesta imposible del tráfico, o cuando  la velocidad lo alcanza, y lo desvela su sacudida terrible. Cuántos colores visita usted en su cabina, solo con bultos ocupado, cuántas luces que sean más de tres lo han venido a iluminar, si ni siquiera en la noche han de apagarse, y aun en el sueño irán a perseguirlo con sus focos, las multas, la subida de precios del petróleo, el cambio de marchas infinito. De qué se defiende usted, dónde está su enemigo al que no conoce: cuya lengua que sus hijos aprenden transita y especula, cuyas operaciones cruzan más de diez mil millones de veces el universo con su verso de mentira para las victorias parciales, contantes, resonantes, siempre incandescentes. Dónde está su cuello que no puede ver, como una flecha lanzada desde hace mucho tiempo, cincuenta y seis horas dijo que malgasta un suspiro. Huele usted a gasolina, gasolina en sus miembros, en el hueco de sus huesos, bajo sus párpados, en la pintura misma de sus pensamientos, gasolina en lo que ve, en lo que escucha, en lo que repite, en lo que ignora. Gasolina verde de su saliva, traída por sangres que se han derramado, gasolina densa que cuesta levantar cada mañana, peso del mundo que nos va triturando, vueltos aceite que van circulando, que van circulando, que se van circulando. No sé adónde vamos, yo al menos lo sé; que deprisa cambia todo, yo creo que no cambia. Usted repite canciones que ni siquiera bien le han explicado. Usted ve morralla, negros, esquinas feroces, casas de muertos que hieden a vivos, barrios que le desesperan, barriadas de sucios y pobres que no admiten el menor aprecio, que no le despiertan la menor mirada. Usted viene huyendo en su automóvil que lo ha secuestrado, perorando del universo uno, del mundo libre, del mercado insondable de derecho divino. Le han dicho que vive en una guerra, que nos ocupa el frente por nuestra carestía y nuestras ocupaciones, no piensa en sus hijos, que van a morir, piensa en votar en estas elecciones, en que ya se verá, en que el futuro no puede ser tan malo como esto de ahora. Son tan responsables nuestros gobernantes. Y en la radio las causas no se entienden, o ya mismito se han pasado, las consecuencias ya se irán mostrando, se pide más carne para los sacrificios, más gotas de sangre para los muertos, un día tras otro los partes de guerra, las noticias tristes y las esperanzas, que nosotros venceremos, si no es hoy a más tardar mañana, se escuchan canciones, el resultado al minuto, el trascendental partido, las declaraciones, el rifirrafe arreglado, la publicidad insomne, algún sentido al humor que aplaque nuestras iras y un no sé qué que nos está jodiendo.

Brilla el mundo, centellea de bondad, todo es uno ahí adelante, la tierra se levanta ella sola, adónde, por dónde, por celebración un conjuro, solo tenemos la misión de prepararnos para el acontecimiento, desasirnos de igual manera que los cometas, tal que si fuéramos flechas; mas cómo podremos hacerlo si nuestro origen ha sido imperfecto, imaginada ya nuestra trayectoria, un camino separado para cada destino por aire que es denso y pálido y mágico y estéril. Quién se quiere volver, con quién, adónde. Cuando dicen que no hay para todos, que no habrá para todos, que nunca hubo realidad para cada uno, de manera que ha sido ya troceada y repartida como trago de pan. Hay hombres, hay mujeres, hay ancianos, hay niños, que se han caído de la imagen, que hace mucho han caído, y en inconcebibles supervivencias se arrinconan todavía, y sufren lo indecible, como en el tercer mundo, como dicen que es el tercer mundo, o el cuarto, o el que salga, otro mundo segregado que debe de estar en este, inhallable y fatal. Sin embargo, ese sufrimiento no puede ser enseñado. Y nosotros, que caemos suavemente, que nos deslizamos felizmente viajeros, divertidos enajenados hacia el coladero no tenemos ni una palabra para vernos. Este cuello que me habla es una punta de lanza que atraviesa el corazón de espantos, es un cuello que amaga, que se cree sabio, previsor, tesoro de la sabiduría del pueblo, ignorancia de civilizaciones, todas igualitas. Este cuello piensa cosas afortunadas como la previsión del tiempo, y por boca de la cloaca me conversa con la mejor voluntad. Quiero darle la vuelta a ese cuello, pero podría matarlo, estrellaría su coche, él, veinte años, cuánto dijo de servicio sin una triste arruga. Quiero darle esa vuelta y preguntar por sus chicos, decirle, sabe, es ya lo único que me importa, he suicidado mi vida: yo desprecio el futuro, a mi niño mayor no, ni a mi hija, ni mi a otra hija, ni la mediana, ni al casi pequeño, y hasta la recién nacida me preocupa, usted entiende. Qué culpa tienen si los hemos concebido. La tierra se levanta, tan tierna, y esperan los poetas en la redención, redención de lo profundo cómo si ni de leerlo gozamos de tiempo, cómo haremos para meditarlo, para rezar con sus versos. Yo no veo esa esperanza cuando el mal se adentra en las disposiciones, no creo en la esperanza cuando he aprendido Historia, y me preguntan con voz anónima los cuerpos laxos de las estadísticas. Escucho en cambio melodías dulces bajo la tierra, por los túneles del suburbano, en las esquinas, en las plazas, entre los edificios hasta donde se lo permite la convención del buen gusto de los portales; una flauta travesera, un corno bretón, el contrabajo y la tuba, dos hermanos que acarrean un piano de cola, se oyen dos cuartetos, un orfeón, un grupo de metales y un trío de rock. Me paro delante de ellos para rascarme un bolsillo, no es caro compadecerse de los aplicados hijos de la burguesía, que han aprendido el monosilábico idioma, a tomar el té a las cinco, el coraje de los militares, y la severidad sajona: que les permite leer de un solo golpe los arreglos de un pentagrama que esta tarde vienen ejecutando en honor de los paseantes, de los trabajadores, de aquel que le dé por pasar y deje una mínima parte de su voluntad por su música de bocadillo. Sólo que cómo están los pasadizos del metro, atestados caramba, antes era otra cosa, habrá que pedirles que se diversifiquen, a ver, alguno para payaso, malabares, mimo, por lo menos una bailarina que enseñe las bragas o un joven rubito que meta la mano por entre las fauces y le retuerza la lengua a un caimán alquilado.

Yo quiero besar esa nunca peluda y sudada de mi taxista, igual que san Francisco besó las llagas purulentas de un leproso. Yo que ya he estudiado en las largas meditaciones de mis enemigos, yo que conozco su miedo inconfesable de la que han aparecido estas razones, porque no son sino, atención, callemos, sino las palabras del testimonio, sólo el eco, de los supervivientes.

/ Yo que comprendo su miedo porque lo llevo ya dentro de mí, como la circulación paralela, y anticipada a menudo, de mi propia sangre. Yo, obligado a meditar la oración de los lirios de Jesucristo, cuando consolaba a los hambrientos, con la que acallaba su propia ansia insatisfecha de lo que no tenía para llevarse a la boca.

/ Yo, que contemplo todo esto que me rodea y que ha nacido de la ambición, de los proyectos de violentos beneficios, no veo más que las ruinas que han dejado: secos ladrillos nulificados para cualquier propósito, tiempo clamorosamente estricto, el orden más irresponsable, su favorita palabra, impiedad y miedo tanto que hasta se oculta de sí. El riego de su lujuria, asperjado como una evasión que nos vuelve santos de otra nueva fe. Leyes y castigos, advertencias, consejos, la fuerza de un contrato, el recorte del gasto, que de un hospital te expulsen antes de examinarte, que no seas nada, que no seas nadie, que valgas para nada, que no te quiera nadie. Usted a qué ha venido, espere en su casa, ya le llamarán, y si no le llaman espere, ya le llamarán. Y si no le han llamado, no venga, vuélvase a su casa, y espere allí sentado, que ya le llamarán. Cómo van a hacerlo, si no saben mi nombre. Ellos lo saben todo, ya le llamarán, y si no llaman, espere, espérese, hombre, un poco, que ya le llamarán.

 

¿O pensáis que por leer el periódico

y haberos aprendido algunos

falsos padrenuestros

disfrutáis ya el seguro de salvaros?

Pues decidme, esos papeles,

¿no son ellos quienes los han escrito?;

y las palabras que habéis memorizado

¿no son ellos quienes os las enseñan?;

y en cuanto a ese padre que invocáis,

cuando ya no hay remedio,

¿es que acaso no ha elegido él a sus propios hijos?

No recordáis que encarecidamente

os advirtieron: velad,

velad, pues no conocéis sus antojos,

velad, que es inescrutable su designio,

rendíos de buen grado, para hacer

lo que sólo está de vuestra parte, y es esto:

continuar estudiando, emplear vuestro tiempo,

recoger las medallas, actualizaros,

combatir a todo enemigo, acumular vuestros méritos,

aquí en la tierra sea, como en el sueño.

No vaya a dominaros el cansancio,

el desánimo, la desgana;

no cojáis esas piedras que no serán pan,

esperad a las que después ya se acercan,

que probaréis más sabrosas.

No sois vosotros los que conocéis la hora,

ni vosotros los que diseñáis el tiempo;

hasta el último cabello de vuestra cabeza, blanco,

ha sido ya contado.

Más os valdría

que ese cuento trasmitierais

y los que os siguen pudieran verlo claro,

así al menos en vuestros hijos

habría la advertencia fructificado en su lucha.

Pues escuchad los himnos:

no sois vosotros ya los que empezasteis,

no sois vosotros los que continuaréis,

ni los que habréis de ver al fin la tierra,

sino desde el lejano promontorio

–que no es en realidad más que una llanura inflada–,

donde  las cataratas son la única agua

y perfil de una niebla venida para llover

ese predio, acaso, de los que acaso se queden.

Siguen cada día las naciones hechizadas,

líderes hablantes de impresionantes órdenes,

vestidos de opinión,

carencia herida de abundancia,

famélica casi forma perseguida,

fórmulas de viento,

para paredes que han volado, diques, sencillas casas

que un banco se ha llevado;

otro banco te acoge,

donde sentarte melancólicamente

a ver

sic transit pecunia mundi

y otros documentos célebres –hoy en desuso–.

Ha triunfado la era de la democracia,

trayendo cabe sí la del vacío, la del espectáculo,

la anomia relativa, el crepúsculo de la humanidad,

la ley de hierro, la liquidez y el frío,

codo a codo y retina con retina,

palabra junto a palabra, producto para el producto,

olimpiadas y perfume, sabor patrio de banderas,

máscaras de dioses más hambrientos quizá:

parecían eternos en su ansia aplazada,

hasta que desataron su prisa cogiéndonos vivos,

tenían mil manos con las que aprehendernos

llegada la siega del producto en sazón

y éramos perdices dejadas desnudas,

pollos sin cabeza pero con sonrisa

agitando las alas, pidiendo perdón.

Y clamó el hombre que podía ser mi padre,

en medio de la plaza:

Intelijencia,

¡dame el nombre exacto de las cosas!:

productividad, plusvalía, intereses, conciencia,

derechos, impuestos, crueldad, mano invisible,

el rostro del hermano, mi injusticia, y el precio de las rosas.

Creíais que leyendo

su periódico, y habiendo

retenido algunos padrenuestros

y el numerito de algunas leyes

disfrutaríais ya el seguro de salvaros.

Pensabais acaso que la cúpula sagrada

iba a perderse fácilmente,

tal vez igual que un río hacia lo alto

que algo así construido, tendríamos la suerte

de que una fuerza –¿cuál era?–

más alto, más alto,

más deprisa,

podría levantarse como un poco de polen.

Y no veis que está muerto nuestro pedazo de cielo.

Imaginabais que a un rey le sigue el otro,

que a un dios otro más fiero;

a una genuflexión o a un rezo,

el contrato, la cuenta, la cesta de la compra,

las ligaduras infinitas de las cifras;

que la codicia alguna vez se cansa,

como la gana de ganar que nunca cesa,

pues el gobierno nunca muere.

El que conserve una casa en el pueblo

que corra a esconderse en ella.

Al que le quede un amigo

que busque su teléfono.

El que conozca un arroyo lejano, que no lo delate,

por el amor de Dios, o dónde irá a beber.

Pobres de vosotros los que habitáis ciudades,

porque seréis los primeros en ser atendidos

–os matará la vergüenza de los sobrevivientes

(una muerte moral, de las que duelen menos)–;

otros conoceréis la porosidad del ladrillo

cuando se lleva con esperanza a la boca.

Que apague el televisor el que lo tenga,

que arda sus libros el que los atesora,

no respondas al juicio de las conversaciones:

más vale en silencio masticar esta hora,

que tu cuerpo te revelará sus condiciones,

el sabor del metal y las contradicciones.

¿A quién vas a hacer caso

cuando sostienes a tu hijo con fiebre?

¿A cuál le darás tu papeleta ese día?

Mira en tu soledad agregada

a la vera tendida de ese solo torrente

que viene de un oscuro origen,

por parajes innombrables se precipita,

se dirige, se dirige, y va manando:

en lo que consiste su único destino;

agua que es fuerza, que es contagio,

que es vaciedad, que es pueblo,

que es ventajismo y reparto,

que ni sacia ni moja ni refresca.

Esos ríos otros, en cambio, retinianos, visibles,

ya no se ven, quedan sus cauces secos,

notas en los mapas que dicen una historia,

rayitas retorcidas que ya iremos borrando

de todos los registros cuando corresponda.

Resultan los plásticos más adherentes

en las ramas más bajas de los arbustos colgados,

son frutos reciclables de los saltos del tiempo,

adornos de colores por donde hubo la marcha.

Somos tú y yo, amigo, los retenidos

suspirando sin saberlo esta emoción de Babilonia

los hijos desterrados

ya no sabemos cómo, ya no sabemos qué,

ya no sabemos quién.

Cómo era aquello, esa tierra,

que sólo recordaban nuestros antepasados,

ese baile, esa fiesta, ese modo de invitarse,

la generosidad común, las ganas de ayudarse.

Se han sumido en el suelo

tantos buenos deseos, los corazones puros

y las voces del cielo.

Somos más tierra ahora, más polvo,

más nada.

El mundo sigue avanzando, se nos va por delante.

Este fértil tiempo de injusticia

trajo su traje oscuro para cada uno

que nos hemos probado y nos sienta tan bien

que nos reclutamos en el espejo

como con ojos de otro,

y entre las arrugas advertimos

las huella de la famosa mejoría.

Buen día, nos saludamos, feliz noche,

aprobó su hijo esa asignatura,

es verdad que operan a su padre dentro de dos años

qué ingeniosa es usted,

usted qué galante.

Cómo se ve que esta primavera se lleva la moda

esa moda otra vez.

No tengo otros zapatos,

me caducó la licencia de la televisión,

ahora apago la luz en cuanto dan las cuatro,

el agua de la madrugada me resulta suficiente,

despilfarro el pelo largo, el champú y el perfume,

yo me saqué las muelas

–a fin de cuentas un lujo–,

pues yo uso la escalera, en lugar del ascensor,

y ahora da gloria vernos a los vecinos todos

que ya no discutimos, ni hay calefacción.

Creo que a alguien se oye por las tardes llorando,

es la viuda del quinto,

aunque ya es una costumbre, y tan melodramático…

Pues yo tengo imaginado enamorarme

cuando apruebe la oposición como dios manda,

una mujer hermosa que pueda tolerarme,

que un hombre con traje sin esposa no anda.

Qué me dice usted,

qué valiente, qué osado, con los tiempos que corren,

habrase visto así

menudo sinvergüenza.

Es que cuando pica, pica

que no de pan solo vive el hombre,

también de la compaña;

pues hace usted muy bien,

pero aún es tan joven.

La vida del varón se pasa en un suspiro

se vuelve uno más viejo,

no tienes jubilación,

se necesita otro cuerpo que caliente el colchón,

que nos retire la mata de pelo en las orejas

y cuente cuántas rayas en nuestro sucio pellejo.

Que ya somos mortales nos lo van repitiendo

esas prosas de la primavera,

y tanta recaída de los débiles

que sabemos a diario aunque no los enseñen.

Porque yo puedo llorar y soportarlo.

Tantos ejemplos cabales, tantos datos,

contados uno a uno casi no duelen mucho.

Un día vino un político y nos dijo:

Votadme por el cambio: no se puede hacer nada.

Otro también vino, bien vestido de pobre,

con un acento extraño, como si fuera nuestro:

Ahora que puedes confiar en mí: confíame que puedes.

Nos quedamos tranquilos, sentados en la acera,

cada cual en su silla en el trozo de la suya,

pero por si las moscas;

adónde iremos, me lamentaba yo, sólo tú tienes palabras

de vida eterna. Y entonces ambos maestros

se inclinaron ante mí,

sonriendo al cumplido.

El cumplido era yo.

Qué frío hace

y qué tarde se ha hecho,

al final, lo de siempre,

demasiadas palabras, como que no,

algo menos intelectual es más urgente,

me pongo tan intenso que aburro a las ovejas.

Si no es que no lo sepan, si no es que no hagan caso,

cada cual sobrelleva su filosofía;

no es que no crean, no es que se queden,

hemos sido cosidos a una feroz costumbre.

Yo les digo creéis que por leer

los periódicos a diario,

y por esos padrenuestros y esas cuentas bancarias…

Es que somos todos el mismo barro tímido

demasiado blando para llevar el mundo encima,

así que una mano desciende hasta el pie,

y la cabeza rueda casi a las rodillas:

dejamos palabras que nadie escuchará

y la sonrisa en la boca que algunos verán.

El mundo está bien hecho, o, por los menos, hecho,

bien cocido y listo para servir de alimento.

Soñar resulta fácil;

pensar es muy difícil; actuar, imposible;

impensable, vencer.

… Tantas imágenes rotas, tanta oscura presencia,

tanta vida sin tino…

–nos ha dicho un poeta.

Y quién soy yo, qué hago aquí,

por qué he venido ahora a escuchar a este hombre,

él no me mata, yo no lo mato a él.

Es mi chalé adosado,

la misma casa era yo,

hermano de mis hermanos,

el mismo cieno animado

de lejos.

Con las mismas palabras que otros nos dijeron:

Bla bla bla / bla bla bla

bla bla bla / bla bla bla

(Joer qué pésimo final para este himno.

Ni victoria, ni enardecido, ni nada de nada,

ni siquiera unos puntos suspensivos…)

 

–Pues fíjese que yo creo que las cosas con este nuevo gobierno están mejorando, no hay más que ver las cafeterías llenas, ocupamos un puesto relevante en la comunidad internacional, ahora fuera se nos respeta, nuestra economía gracias a la explotación laboral por fin es competitiva, y el que no se esfuerza no consigue nada, lucha por tu sueño: se enseña en las escuelas, si quieres un futuro para tus hijos, invierte en bonos del estado, o consigue acciones de una empresa líder a nivel mundial, la globalización significa que las órdenes son globales, viva la gobernanza, la gente lo que no quiere es trabajar, la ley del mínimo esfuerzo es lo que manda en estos jóvenes, a llevar el taxi los ponía yo de sol a sol, y no en casa la sopa caliente, menos consentidos, más mano dura para los delincuentes y los negros, que solo nos viene morralla, somos un país libre, nuestros enemigos nos atacan por envidia de lo que disfrutamos aquí, que es mucho, lo malo es que cada uno hace lo que quiere y no todo en la vida es pasarlo bien, sin dar un palo al agua, hay que trabajar más, trabajar y dejarse de cuentos, la competencia es buena, hay que ser más ambicioso o se termina el mundo, hombre, no me ponga esa cara, es que estoy diciendo tonterías, ah, es usted un pesimista incorregible de esos, bueno, hombre, bueno, no se preocupe tanto que enseguida hemos llegado.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.