Lo más difícil es abandonar este continente donde la locura merodea para proveer de rehenes a estos miserables.

(Arthur Rimbaud)

 

Según se entraba, era el olor lo más obvio. Penetrante huella de un resto de una acción bajo la forma de un aire contagiado, suave y humilde si pudiera decirse personificándolo, semejante a un mensajero que antecede lo que los ojos descubrirán después. Era esa forma de aviso, esa forma incorpórea de advertencia que todo lo envuelve, que todo lo unifica y que, desde ese lugar del que se ha apoderado por un tiempo, desciende sin perder la altura de su dominio para introducirse en nuestro órgano que sabe el olfato a quedarse en él, además de para interrumpir nuestras preocupaciones habituales, o nuestro sueño traído, y no dejarnos pensar, junto a ello, en ninguna otra cosa. De manera que la sorpresa de unos y otros compañeros, conforme íbamos accediendo a nuestra oficina, resultaba lo más innegable e imposible de ocultar porque el olor, porque el olor venía asociado, qué he dicho, venía deshaciendo cualquier cosa que quisiéramos concebir o decir, o decirnos. Como cuando uno encuentra un cuerpo humano sobre una mesa de trabajo, tendido y desnudo, o una cabeza de caballo cercenada en el lugar del jefe de sección, es un decir, o un hombre colgado de una soga de una lámpara vestido de empleo y mirándose los pies, quieto y explícito (son ejemplos) en la altura diáfana de la oficina. Así que sin aún haber visto nada ya sospechamos.

En ese momento en que todavía los ojos no han concedido al cerebro el fundamento de la explicación que va a darse para el descanso, en esos mismos instantes aparece, también como el júbilo de la sorpresa, de toda, casi de cualquier sorpresa, que surge para que lo gustemos. Ahí, alguien sabría no dar un paso más, permanecer detenido en el umbral, inspirar profundamente, sonreír, reírse, saber con certeza que algo nuevo ha sucedido, por fin, algo inesperado, esto es, y volver a sentirse igual que un niño ante el milagro. El olfato y el gusto en secreta comunión nos transportan en ocasiones, como también la música puede hacerlo, hasta lugares de la conciencia que no es capaz de registrar ninguna imaginación, ningún concepto, ninguna osadía nuestra; y así ocurre, yo conjeturo, porque esos sentidos que poseemos han sido inscritos en nuestro cuerpo –o nacen o llegan o parten o responden– desde otro organismo más profundo que nos habita; quiero decir: esos sentidos tienen un origen mental, provienen del espíritu que fue fraguado con anterioridad a la carne y que, aun cubierto por una apariencia física, permanece escondido en él, a la manera de un resto primigenio, presencia, sombra o resplandor ocultos que puede, con motivo de esas circunstancias, pocas y codiciadas, tener el capricho de aflorar.

Este regalo del olor insólito en nuestro lugar común de trabajo permanecía suspendido entonces, vuelto dádivas para cada percepción nuestra, casi violentas para la nariz, adoptando la fisonomía de un fantasma arrebatador y flotante; el olor imponía una presencia que había trastornado la oficina durante el puente (desde el viernes a este martes en que volvíamos), y que ahora, atenuado, iba dejando que las cosas recuperasen su ser, a la vez que él empezaba su lenta y traviesa –por este irse sin marcharse por completo– despedida. De tal forma que podíamos llamar al lugar al que entrábamos primero unos, después otros inevitablemente, podíamos llamarlo oficina, escritorios, puerta, despacho del jefe, ventanas, moqueta, percheros; nos cabía darle esos nombres que intuíamos perdidos durante aquel tiempo de nuestra ausencia, y que ahora se recuperaban cuando el espectro del olor iba en retirada, mirándonos con la nostalgia de su imperio menguante. A eso nosotros respondíamos avanzando por el territorio de nuestro trabajo, no temerosos sino queriendo averiguar el hecho, tejiendo una explicación que llegara a la mano humana, a la voluntad que la había guiado y, más allá de eso, a pensar si se trataba de un amigo o un enemigo y, así, si también alguno, cualquiera, de nosotros pudiera repetir la misma acción; pues, como es sabido, todo acto que se realiza en el mundo lo extiende un poco más al avivar el espíritu de los que viven y al excitar su imaginación, dejando así manifiesta la holgura de nuestra libertad: el ejemplo de la audacia nos muestra el camino de la audacia; como el de la venganza, la venganza; y el del amor siembra formas de hacernos reconocibles a otro ser humano.

Tendí mis ojos y vi, sobre el suelo de moqueta, lenguas amarillas que se desplegaban siguiendo trazos continuos razonablemente anchos como para el mutuo caminar de dos personas; tal si huyeran de la fatal línea recta, escogían ondulaciones más o menos amplias que llegaban hasta un escritorio, y de este a otro y a otro; marcha en virtud de la cual iban sucesivamente compenetrando los lugares antes separados que ocupamos cada día. Alguien quizá pensó durante un momento que se trataba de una estrategia de Recursos Humanos para establecer la apariencia de una sana colaboración entre nosotros, la que hiciera más competitiva nuestra empresa: más rápida, más alta, más fuerte. Ocurre que esta primera, y errada, interpretación enseguida se veía desmentida en cuanto se advirtiera que esa misma huella amarilla llegaba después –si bien hablar de tiempo ahora es una forma de ajustarse a nuestra percepción, no el hecho mismo de la pintura–, llegaba hasta la puerta del lavabo y se extendía por ella hasta media altura más o menos en donde concluía, con lo que interpreté la figura de una lágrima invertida, un corazón hecho con desgana o una simple mancha casi esférica.

Pero es que pasados los primeros escritorios, se veían esas marcas lineales combinarse con otras figuras planas no regulares equivalentes a rombos, pero no rombos, semejantes a rectángulos, pero tampoco, de límites curvos, o cuadrados que no habían consentido sólo los cuatro lados y estallaban en salpicaduras y formas abiertas, compartiendo la superficie con otras manchas que no sostenían voluntad de formas geométricas reconocibles y se alargaban en libertad, sin pretensiones, por la superficie de la moqueta. Moqueta, tendré que aclarar, originalmente de color crudo. Según y cómo el amarillo, aunque también los verdes generosos de luz, los bermellones y los rojos de escándalo, y rosas pálidos, y negros, estos sí, discretos como para distanciarse de su potencia innata, azules de diversos tonos que podían recordarnos el firmamento, el mar, algunos trajes llevados por consejo de la autoridad, algunas tristezas del alma; por no alargarme: la paleta del espectro de la luz abierta en abanico se había desparramado toda por el suelo, las paredes, el techo, los radiadores. Las trazas de color cabalgaban en paralelo, aunque a ratos se confundían en afluencias diversas, al pie del perchero, junto a las patas de las mesas o de la fotocopiadora, hasta llegar a los escalones que conducían a una falsa segunda altura de la oficina: encuentros de pintura que se habían producido en los lugares más inesperados de manera que ahora, por esa reunión, se volvían encrucijadas. A un lado, discurría, alineada con los ventanales siempre herméticos, una forma de espina de pez queriendo ser nueva columna que vertebrara otro cuerpo; de improviso me pareció una cremallera y de repente el despliegue del sustento de ese animal marino que, detenido en fósil, se hubiera resistido a desaparecer para venir a interrogarnos a través de su viajar en el tiempo. A mí me había correspondido esa figura, pensé, porque iba a pasar por detrás de mi espalda cuando estuviera sentado a mi mesa; y sentí cierto bienestar pues desde niño me han gustado los peces, he visitado siempre que he podido acuarios y zoos donde contemplarlos en sus evoluciones sin prisa por entre las entretelas del agua que ellos conocen. En un pez quisiera convertirme si se me diera la opción de renacer como animal, hecho un cuerpo que no se separe nunca del agua, a la que deja atravesar su cabeza, acariciándose, y en la que encuentra cuanto necesita sin el menor esfuerzo; yo elegiría mis viajes por ese elemento apenas con un toque de las aletas del dorso y de la tripa, y las leves torsiones de la cola timón; desearía hacer mis vuelos marinos con una carne en plena forma que avanza siempre estirada con la guía de ojos que no temen, que no saben cerrarse; y librar destellos dorados bajo la luz diurna dispersa en el agua, guardando tesoros de plata en el vientre durante la noche, callados, experimentando la pesadumbre de la oscuridad en el seno del océano monstruo que ni entonces ni nunca descansa. Qué meditaciones no serán posibles entonces, depositado en el secreto del mundo como en el envés de la creación: el menos esplendoroso, sumido bajo toneladas del agua como una gruesa piel en movimiento que se obceca en no dejar escapatoria a nada y que, sin embargo, no pudo evitarlo un día remoto –la génesis de otra vida– y, por eso mismo, esconde su interior la rabia infinita revuelta en maremotos y olas que nosotros, sus pobladores, sólo en parte aliviamos.

Entonces despierto, comprendo que me había ensimismado; veo a mis compañeros recorrer los distintos ambientes de la oficina, avanzan, se detienen, miran todo lo que ha sido pintado, desde el suelo hasta arriba, examinan la transformación de nuestro espacio teniendo que dar crédito a esto de lo que son testigos, las manchas de color, los itinerarios, los dibujos indescifrables, y aquellos que pueden reconocerse con facilidad: una especie de mano, una flor, un torso masculino, la copia sin terminar de un sky line que no existe. En este momento, se diría, los olores se han asentado en la provisional costumbre que hemos adquirido, de modo que nos permiten dedicarnos a registrarlo todo, y ponernos a jugar a las explicaciones. Una compañera extiende sus manos hacia algo que hay en su escritorio; un compañero se inclina, luego se agacha para mirar lo que ha descubierto en el suelo; otros dos señalan a la pared, sonrientes, allí claramente una mano representó una hoja de calendario al vuelo, más bien el apunte reconocible de esa hoja, sólo que dada la vuelta; otro pasa junto a mí casi sin verme, me roza con su codo con la prisa creyente de averiguar qué han dejado en su puesto. Ahora sí, ahora cunde la fiesta de los colores entre nosotros, una lluvia depositada de multiluces, el estallido consciente de muchas manos hermanas que han enloquecido por la variedad del gusto, dejándonos en herencia la fuerza de su inspiración. Aquí han pintado un ramo de flores, aquí una copia de La Gioconda, pues aquí un niño. ¿A ti qué te ha tocado? No sé, brochazos violetas. Parecen dos amantes. ¿Y eso qué es? Menudean las voces, van y vienen.

De pronto una chica que lleva poco en el negociado tiene la ocurrencia de subirse en su silla y de ahí a la mesa; desde ese lugar ganado halla otra contemplación. Otro y otro más se suman, yo también. Somos varios quienes ahora ocupamos esos espacios, por unos metros separados los compañeros, alzados, humildes hombres y mujeres corrientes sobre pedestales (lo cual ya de por sí resulta un espectáculo, y cuánto regocijo). Desde ahí nos saludamos como desde nuestras mansiones, respetuosos e iguales, felices tal que reyes en la paz. En esas ocupaciones entonces podemos mirar, atalayados, la riqueza de nuestros reinos de color, los poblados y las casas, los bosques y los meandros del río principal de la comarca. Nos figuramos el dominio de tierras de cuento que se extendieran hasta la lejanía de la memoria, hasta confines que anuncian noticias de viajeros intrépidos con desafíos cumplidos. Sobre lo que, ya nadie es consciente, fue un páramo, se registran itinerarios de naranjas y azules, blancos y añiles, volutas que acaban en estrellas, letras indescifrables de idiomas nuevos, un pájaro, una sombra, un reloj, una cometa, un sapo, una pelota, yo qué sé. Mira adonde quieras, todo sorprende porque los recorridos pintados no tienen destino ni fin, principio ni alternativa. No hay manera de encajarlos en otra cosa –desde luego, esto no se les ha ocurrido a los de Recursos Humanos–, colores y manchas se han volcado conforme su libre arbitrio, para nada en concreto; yerra quien alcance una visión de conjunto o un sentido global; pues nadie entenderá lo que se viene a decir, si es que no es la escritura de un ser, ni el ejercicio de un loco; con que deducimos que no se debe a la mano de un solo hombre, ni de dos, ni de tres, sino la de una musa asistida de muchas fuerzas que se ha prodigado entre nosotros, sabiendo como había de saber que no encontraríamos la explicación de la forma, sino otras cavilaciones. Y por si el efecto de habernos encaramado a nuestras mesas que nos sujetan no fuera ya más que suficiente, yo me río; que para mí acojo esta demostración como un regalo. En los tiempos de hoy, se agradece mucho que alguien nos dé el motivo de una sonrisa, cualquier cosa que nos saque de esta sequedad.

Brillan los fluorescentes sobre el suelo y la ventaja de los colores; dentro de un momento, el amanecer despuntando por esos ventanales nos traerá la beatitud malsana del sol de cada día. Frente a él, la tierra de nuestros reinos del suelo y sus habitantes que hemos estado imaginando no se levantan un palmo; ninguna, salvo las manchas dichas en la pared del baño y, ahora que lo veo, en el despacho del jefe, el único que se aparta en las mamparas para cada vez que nos llama a sus asuntos particulares y decisorios; naturalmente. El sol no traerá una novedad a ese descubrimiento; se trata de otro orden muy diferente el que se ha extendido, gratuito y provocador, incalculable para la obrería intelectual. Conque digo que este descubrimiento es para nosotros solos, y reunidos; es nuestro juguete, nuestra liberación, la que algún mago ha tenido que ser que ha venido a entregarnos. Una mujer grita en ese momento, levantando los brazos, un hombre se añade, otra mujer, yo, de improviso. A mi lado, un viejo se ha sentado por fin en su silla, apoya los codos en la mesa, y seguido se cubre el rostro con las manos; se ha quedado en silencio para, tal vez, considerar un pensamiento. Entiendo que es su manera posible de hacer la celebración.

Ya suenan los teléfonos; como puestos de acuerdo desde inconexos lugares repiquetea su metalismo, insisten, se desenfrenan. Nos hacen reír porque no les contestamos. Puedo imaginarme un vertido de ocasiones que cayera desde un lugar atmosférico, más alto que este edificio, catarata de un vómito de documentos, billetes contables, otros medios de pago, símbolos de carretillas para la construcción de casas y ciudades que serán habitadas un día, la planta nueva que necesita una fábrica de automóviles, el humo de diez mil chimeneas mezclado con el perfume selectivo del patrón y de una mujer del patrón, coches que cruzan el centro de nuestras calles, lo trizan, un avión que despega, se pierde, neblina y sulfuro, cohetes y fuegos de artificio que plasman su figura un momento antes de borrarse. Qué satisfacción. He volado hasta un lugar más alto que ese todavía y, desde ahí, ahora puedo ver imaginando la obra de arte de los colores de esta casa, una flor estimable que ha surgido desde abajo y despliega sus encantos tentáculos de hojas fuertes. Tal que una llamarada toma impulso desde esa tierra de su nacimiento, aspira a elevarse hasta alcanzar otros niveles del edificio, trepa con sus manchas igual que un gigante que ya no se conforma. Desde mi lugar celeste la veo proyectar su ímpetu, un superarse a sí misma para convertirse en una columna vegetal de tallos y flores que extiende sus pámpanos y va alcanzando progresivamente los edificios que hay más cerca; también en ellos prende una recreación que prosigue con potencia semejante, solo que, además, fabrica frutos dulces que cuelgan de sus ramas recientes y que, después, madurarán para desprenderse sobre poblaciones enteras que ahí abajo los necesitan. Lluvia de dones que desde siempre aguardan.

Qué furia de timbres y relojes que nos obligan. El sol, en efecto, ha venido a entrar; hoy parece un ladrón que nos ofende con su menesterosidad y sus exigencias, trae baratijas inútiles que hemos tirado a la basura hace tiempo; quiere que las repongamos, quiere meter su mano licenciosa en nuestros bolsillos, hurga en ellos por algo de valor que no tenemos ni fuerza para negarle y que se llevará aunque no lo consintamos, rabioso y sin propina. Es ese el negocio que trae a nuestro sol y nos deja humillados, sin gana de mirarnos unos a otros, cogidos por un mal semejante que no se debe nombrar. Se ha desatado repentinamente un turbión de tonos marrones que, con empujones y a bofetadas, nos ha puesto a cada uno en su sitio; qué poco somos mirados por estas invisibles fuerzas, qué poco les importamos. A alguien se le ha caído un periódico de esta mañana, y ha venido a ocupar su lugar en el cubo de la basura, a esta hora intacto; mi amigo bosteza, distiende los músculos de su espalda, abre los espacios entre las vértebras y gira la cabeza que no le obedece; ah, me gusta estirar los dedos para que se muevan más ágiles en el teclado, se presume. Para cada cual sus ritos. Uno divisa a su amada de la otra parte, a la que acaba de ver y de la que ha tenido que desprenderse; otro piensa en su hijo menor, fotografiado ahí mismo; una joven capta una galleta de un cajón abierto para compensar que no ha desayunado. Yo no sé qué voy a hacer.

¡Mierda!, grita un compañero. ¿Quién ha sido el hijo de puta que ha pintado todo esto? Se señala: nos muestra sus zapatos con los bordes manchados de rosa. Nos estamos pringando todos, qué asco, vuelve a quejarse. Se escuchan más insultos, blasfemias, voces. Es verdad, los compañeros que han pisado las manchas de pintura o las han tocado sin querer, no se han dado cuenta de que aún estaba fresca. ¡Serán cabrones! Al caminar van dejando por el suelo marcas de sus zapatos, huellas de pintura más débiles que se unen a las primeras. Corren al baño a limpiarse; con cuidado utilizan papeles de bayeta, los tiran a la papelera, pringosos, y ellos también en los dedos, las mangas. Sus pisadas multiplican las manchas de colores, ahora pálidas. Todavía se escuchan protestas, van de un lado a otro. El sol ya ha penetrado con ellos caminando nerviosos sobre la moqueta, precavidos para no ensuciarse todavía más. Y yo me siento rendido, sabiendo que no se puede hacer nada. Y yo veo que saldrán de esta oficina cuando llegue el momento, tomarán los ascensores ya asquerosos, y abandonarán el edificio; las huellas de pintura que llevan inseparables aún en las suelas se irán diluyendo conforme pasan las calles y se alejan de aquí. ¿Y tú no te has manchado? Ten cuidado, me espeta uno. Yo no le digo nada. ¡Mierda! ¡Joder! ¡La madre de Cristo!

Cuando el jefecito entra en la oficina, ya estamos cada cual en su sitio para ganar dinero. Contempla su amplio dominio; descubre los colores y a sus empleados que no replican (nunca tuvo este hombre mucho olfato excepto para lo que ya se sabe), así que se sorprende. Al momento hace una mueca, busca un culpable; como no lo halla entre nuestra indiferencia, su indignación tiene que remontarse unos días atrás. Esto ha tenido que ser el punto que despedí hace una semana, él y sus amigos. Eso ha tenido que ser, el cabrón que despedí el otro día, ya me acuerdo, cómo se llamaba, esto ha tenido que ser. Le duran poco a este hombre sus indagaciones.

¡Usted! –grita a cualquiera–, ¡a mi despacho!

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.