Corren malos tiempos para la épica, también para la lírica, no nos engañemos. Va un poco mejor para la picaresca, y tampoco, porque debe ser una picaresca canalla y malencarada. Es lo que hay, pero, quizás porque no parece ser el momento para ellas, hay que reivindicarlas y destacarlas. Acaso sea por eso que en la Vida económica de Tomi Sánchez hay épica y lírica para repartir. Y no cada una por su lado, sino trenzadas. Lean, lean y me cuentan.

 

Un día viene y me dice:

–Oye, cúbreme, tengo que salir. Le pregunto: ¿Has visto que está el jefe, y de no muy buen humor? Me contesta:

–Es una emergencia. –¿?

–El mayor vuela de fiebre, tengo que ir a buscarlo. –Ya.

–Y la pequeña se ha hecho caca y en la guardería no la cambian, de paso voy yo. –¿Y tu mujer?

–Está amenazada de despido si falta otra vez. –Ya.

–Ella fue la que tuvo el hijo, ¿entiendes? –¿Tus padres?

–Están amenazados de muerte: al otro lado de la línea de trincheras viven. –¡Vaya!

–¿Qué me dices? –Cuenta conmigo.

Y deja el abrigo en el perchero. Y la chaqueta vistiendo el respaldo de su silla de trabajo. Sus cosas por encima como si sólo por un instante hubiera tenido (obligado) que suspender el asunto que lo ocupaba. El ordenador encendido, naturalmente, etc. Si dejas la cartera será más convincente, le propongo; me mira (respondiendo): una cosa es que haya amigos y otra la confianza absoluta; tanto no nos conocemos…

Así que el hombre sale a toda velocidad, sin ser visto; atraviesa el área de las oficinas, saluda a los inevitables guardianes y, como sabe que a ellos les preguntarán primero, les dedica una seña (es un tío apañado…), ya está en la calle. Corre hacia donde deba ir. Al transporte que le toca o a su automóvil. Ya está en el coche, arranca, se enciende la luz de la reserva de gasolina, joder, maniobra para la salida, a circular.

No va a ser nada, no va a ser nada, a los chicos les sube la fiebre con facilidad. Y él, que ama a los chicos como al fuego robado, se asusta, se angustia, teme; aparta los pensamientos aciagos.

Llega; muy obsequiosa la encargada le muestra al chico derrumbado sobre un banco arrimado a la pared; este ni saluda, el padre se le sienta a su lado, le pone la mano en la frente, evalúa. ¿Desde cuándo lleva así? Desde que lo hemos llamado, señor Sánchez. Gracias, gracias. Para eso estamos. Anda, Vigor, que ya está aquí tu padre, no te quejarás…

Arrastra el hombre a su vástago hecho unos zorros por los pasillos larguísimos del centro educativo. Con el chico andan las paredes y los techos se inclinan, los sonidos se desvanecen por medio de su cuerpo que no es el suyo. Esa mano de su padre tira de él que no tiene más obsesión que seguir, que seguir siguiendo por ese camino, las piernas que dan pasitos, el padre, por ese camino, el chico hasta donde sea. Pasan las aulas, los dos servicios, la puerta abierta de la secretaría, no hay tiempo de saludar, los deditos se le mueven como si pudiera, escucha una voz reverberada, él le musita su despedida, no, a lo mejor se están escapando su padre y él. ¡Sí! Que no los atrapen los malos, hay que huir antes de que estalle una bomba. ¡Qué gusto de no pens…! Cuánta luz afuera, un misterio de pronto de colorismo fresco tan distinto a la bola de su cuerpo y el colegio, los demás chicos, la maestra, la pizarra, turnos. Si no fuera por la pesantez se echaría una carrera para beberse el exterior. Sonríe sin poder, porque (de alguna manera) lo han salvado. Ahora mi papá me rescata, mi papá me coge en brazos y mi papá me saca del cuerpo, de la fiebre caliente, del cansancio, vamos a un sitio nuevo, vamos, se lo contaré a los otros mañana.

Aunque el padre lo hace sentarse detrás en el coche, le coloca el cinturón de seguridad. ¿Has bebido algo? ¿Qué? Que si has bebido algo. Sí. ¿Te duele la cabeza? ¿Qué? No. ¿Es que no me oyes lo que te digo? ¿Qué? No, sí… no sé. Corre el coche hacia la casa, al otro barrio, entre peligros a la otra parte del mundo. Vamos a la guarde un momento, le dice Tomi, no se entera, porque el chico mira por la ventanilla mientras sus ojos se vuelven protagonistas inútiles de un viaje hecho sin fuerza.

Por el camino caen proyectiles; apenas parecen puntos en lo más alto y descienden a gran velocidad en línea recta como regalos del cielo, bruamm, un aluvión de seres humanos completos o fragmentados, saltan un brazo, una pierna, un morcón irreconocible, una cara. Ha conseguido esquivar los que le tocaban en suerte. Nada lejos de su camino, otros reciben el impacto y los parabrisas estallan hechos añicos, se hunde un techo; los conductores pegan un volantazo y chocan con otros automovilistas, chirrían los frenos si no se caen por terraplenes o se empotran contra un muro o un viejo árbol que hay siempre en medio sin tiempo ni de maldecir al enemigo. ¡Dios mío, cuándo acaba esto?

¿Qué pasa?, pregunta el chico entre sueños. Nada, le contesta el padre. Cómo se explica la guerra.

Él enciende la radio, la apaga al segundo pensando que a su hijo le hará mal. Le da conversación: ahora un paseo y verás como te encuentras mejor, abro un poquito la ventanilla, nunca me haces caso cuando te digo que te abrigues, y mira, has cogido frío, tienes que hacer caso a papá, primero hay que ir a ver a tu hermana, a ver si así mejor, ya que he salido resolvemos las dos cosas, ¿tienes frío?, la cierra, esta mañana no te sentías mal, ¿o sí?, no me has dicho nada, me lo tienes que contar si ves que te sientes malo, y ya veríamos cómo lo arreglábamos, buscamos una solución, yo no puedo faltar al trabajo, ¿sabes que por no decírmelo antes he tenido que escaparme?, pues están buenas las cosas para darles motivo de queja, ¿me oyes lo que te estoy diciendo?, esta mañana, ¿te sentías ya enfermo o ha sido luego?, ¿eh?, y encima esta lluvia que, cuando menos se lo espera uno, bombardean, ya es casualidad, hombre, siempre pasa.

Decir que le da conversación es una forma elegante de llamar a un monólogo paternal con hijo interpuesto, el cual calla y se agota ardiendo, recostado en la ventanilla hasta que termina por rendirse de melancolía y sueño. Fruto de sus propios mundos que tampoco entiende. Eso que cae es por los marcianos, dice Jaimito, no, es por la guerra civil, replica Luis, qué es una guerra civil, es por el gobierno que ataca a los trabajadores, me lo ha dicho mi madre, tercia uno más, no, es una guerra vecinal con los países de al lado de la frontera, pues a un chico que yo conozco le cayó encima un ojo, qué asco, sí, y luego se le quedó en el pelo y ya no se lo pudieron sacar, dice que ve por ese ojo, solamente cosas oscuras, eso es mentira, yo un día voy a participar en la guerra y me voy a hacer famoso, y yo, y yo, pues yo no, yo me voy a marchar a otro país, mi hermano y yo nos vamos a fugar a una isla donde no tiran nada, a mí no me gusta, ni a mí, ni a mí, a mí sí.

En la guardería, pide que llamen a su hija Pasión. Señor López. Sánchez. Disculpe, ¿no es señor López? No, señor Sánchez, López es el segundo. Ah, viene a recoger a su hija. No, vengo sólo a verla y… esta tía qué quiere, ¿que se lo explique todo yo? Se habrá hecho caca, me imagino… Viene usted a una inspección higiénica. ¿Cómo? ¡Ah, sí!, eso es. Ahora mismito le acercan la niña. Disculpe, ¿ha traído recambio?… Pues no, mire, he salido corriendo de la oficina porque mi hijo está enfermo con fiebre alta, lo tengo ahí, en el coche, aparcado en doble fila. He pensado que… No trae, debe usted traer recambio si quiere, aquí no disponemos. Oiga, por favor, sólo un pañal, ustedes tienen. Un pañal, señor López, digo Sánchez, y también toallitas y crema querrá usted ponerle a lo mejor, y luego la eliminación orgánica. Tiene, si quiere, una farmacia dos calles más allá, todavía no han cerrado, señor Lo-Sánchez.

Corre, corre, señor padre, cuidado, señor padre, vaya choque, eso se llama estamparse, rebotar y caer al suelo. Perdone, perdone, levántese hombre, y mire por dónde va. Es que. Es que nada, todos llevamos prisa, ¿no tiene ojos?, será imbécil. Y los guardias poniendo multas por esa acera: velocidad inadecuada (peatonal); cruzan a esta y me fusilan. La farmacia. Cuarenta personas delante. Perdone, señorita, llevo mucha urgencia, ¿podría dejarme pasar? Yo sí, ¿y estos? Podría usted, mi hija me necesita, se trata de una emergencia. ¡Ay! ¿Qué pasa, joven?, ¿qué pasa? Que tiene una niña mala, ¡ay, pobrecita!, pase buen hombre, pase adelante. Un pañal. No vendemos sueltos. Un paquete pequeño. Ciento veinte. ¿Cuánto? Lo siento, lo siento. ¡Y ahora se va! ¿Encima que le hemos dejado colarse? No se puede ser buena. Y seguro que la niña no tiene nada. Este viene de la guarde, como si lo viera. Ya. El otro día le pasó también a una mujer…

En la oficina, el jefe protagonizando los pasillos, inquiriendo por las personas físicas y sus inmateriales acciones… ¿Y Esteeeee cómo se llamaaaa…? La sección poblada de despistados anónimos anonimantes. Vamos, vamos, no me haga preguntárselo, el nombre de su compañero. Tomás, señor. ¿Dónde se ha metido? Atendiendo a un cliente. Un cliente, un cliente, se va rumiando… (suena a hierba de primera). Patricia me sonríe desde su atalaya, es más de lo que otros harían por uno. Hiciste bien, amigo, en no dejarte la cartera por aquí encima.

El niño contempla el mundo desordenado, incomprensible, innumerable, inclasificable, descolorido, atroz. Atisba que es él el que falla, ya de antes; ya de antes las cosas no tenían su lógica, ¿verdad? Tengo que hablar con papá de todo esto. Y una cucaracha gigante se ha subido a ese edificio para tirarse, no le preocupa mucho, y eso que las cucarachas las odia, qué me pasa hoy que no me preocupa nada, estando aquí en el coche de papá, se ha ido ahora viene él sabrá qué hacer en estos casos, yo solo con esa cucaracha que ¡anda!, ha desaparecido, unos pájaros sí vuelan por el cielo de afuera, o son aviones, el cristal está frío, hay vaho.

Papá pasa corriendo camino del súper, uno ahí mismito, le indicó una señora, ahí, ahí adelante, porque es más barato. Otras colas de gente, igual, acabando las existencias, aunque la gente se ha acostumbrado a la carestía, ya ni esa palabra: la vida, le vienen diciendo a la común miseria que se han repartido. Por si la guerra se hace más cruda, gruñen los viejos pícaros. Ustedes abuelos, se han vuelto locos; locos, sí, sí, locos, ya me lo dirás más tarde, jovencito. No me hagas caso, verás que estos vienen cuando no se los espera, jejeje. Y tú sin nada que llevarte a la boca.

Patricia se disfraza con la chaqueta de Tomás y se da un paseo con ella por la oficina, de espaldas al gran señor. Afortunadamente, que mira y pica. Lo llama, justo en ese momento ella-él se hace la tonta y cambia el despacho por el sendero de los ascensores. Aprieta un botón, el jefe se acerca, tercero, cuarto, quinto… como un león tras la caza ¡vamos! Se abre la puerta, llegó el jefe. Caray, señorita, ¿no ha visto usted a esteeee como se llamaaaa, Tomás. ¿Qué Tomás? Sí, si ha pasado hace un momento por aquí, ha tenido que verlo, llevaba una chaqueta roja. Ah, ya, el de la chaqueta roja, no lo conozco, señor; ¿baja? No, no bajo, no bajo; ¡si estaba aquí! No sé, ¿entonces no baja? Que no. Como quiera. Vaya usted. Con su permiso. Y desciende, la chaqueta en el suelo del ascensor detrás de los tacones, en el rincón adonde la luz no alcanza y casi nunca friegan.

Ahora pasa papá corriendo para el otro lado, levanto la mano, él no me oye. Todo se deshace, se desprende, se anula, se amasa, los colores y las formas, el sonido y el movimiento. Una sordera, un agotamiento, la soledad, el final. Me tumbo a esperarlo, todo me da vueltas, si no estuviera tan mal me gustaría probar esto otras veces, salirme del cuerpo y quedar fuera de mí entre las cosas. Me da pena por mamá, que se preocuparía, no sé dónde está mamá, no sé nunca dónde está; porque mamá no nos quiere. Tengo ahora ganas de llorar pero no voy a llorar porque a mi padre no le gusta. Hoy es distinto, seguro que me deja porque estoy malito, a lo mejor me muero, morirse es así y luego ya no saber nada, ponerse malo, malo de verdad, deshacerse y largarse como el agua por el sumidero, ya está, dejar a los amigos en casa con los juguetes que les he prestado y ellos que sigan.

Papá en la guardería consigue un servicio libre para cambiar a su hija, la linda, que le hace gracias después de haber llorado, una forma de cobrarse la ausencia, ya se sabe, los niños no perdonan una, saben lo que quieren en todo momento. O casi. Limpito el culito, la vulva que nunca se nombra, las piernecitas rollizas, toda sana la niña como debería ser siempre. Se acabó la, cómo era, inspección higiénica. ¿Dónde tiro esto? Así luego no dirán que no recojo mis restos orgánicos, cada uno a lo suyo. Y yo que ahora estoy en Seguros… No viene aquí nadie, qué pasa, este tiempo que estoy perdiendo me pertenece a mí, y en cambio ellas sin ocuparse. Si me ponen la multa de aparcamiento se la cobro, hombre. Calla, cielo, papá está contigo, mi chiquitina, vamos a ver. Me llevo los pañales y las toallitas, no les dejamos ni el agua. ¡Señorita! ¿Señorita? ¡He terminado! Ni caso.

Mientras la chaqueta roja viaja por la planta primera y luego a la segunda, ahora la lleva Patricia como la capa un torero. Todos lo han visto, ¿no? Que se la está llevando. Morodo, ¿Ha visto a Sánchez? Sí, señor, lo he visto pasar por la sección hará unos cinco minutos; el hombre iba deprisa, debía de estar bastante liado. Sí, eso va a ser.

Estornuda, Tomás. Sólo me falta ponerme enfermo yo ahora, la próxima hay que traer ropa de recambio por las emergencias. ¡Salud!, le dice la señorita que llega. ¡Qué bieeeen, ahora sí que está cómoda la niñaaaa! Tanta atención hipócrita a él lo fastidia. ¿Y qué vas a protestar? Mis hijos son rehenes, es lo que piensa. Más vale caerles bien a sus guardianes. Sonriendo, sonriendo mejor.

 

[…]

 

–Al fin, eeeeeee, Sánchez.

–Un gusto. (Un hombre casado con hijos nunca tiene un lugar de retiro.)

 

[…]

 

–Usted debe salir a la misma hora que sus compañeros. –Mis compañeros no salen a la misma hora que yo.

–Pues entonces ¿de qué estamos discutiendo? –No lo sé.

–Usted debe salir a esa hora. –Esa hora es las ocho y media.

–¿Cuál es el problema? –Hacemos más horas, que no son pagadas, y aunque lo fueran.

–¿Cuál es el problema? –Para usted y para ellos no sé, para mí que tengo hijos.

–Todos tenemos hijos. Y deseamos lo mejor para ellos. –Por eso, tengo que cuidarlos.

–El trabajo es por amor. –El trabajo no me deja quererlos.

–Traiga una foto y póngala en su escritorio; piense que usted es un privilegiado: los que trabajan en el puerto no tienen su suerte, y los que no tienen empleo, menos. –No es suerte, sino una condena. Mis hijos me necesitan.

–Sin trabajo dejarán de necesitarlo.

 

[…]

 

–Tengo cuatro hijos. –No me haga reír. NADIE tiene cuatro hijos.

–Uno, dos, tres y cuatro. ¿Quiere mirar las fotos? –Nadie tiene cuatro hijos, en este país. Si los ha conseguido, le costará mantenerlos. (Perdone el chiste), porque usted vive en la imaginación de otro país.

–Me da igual dónde me quiera colocar. (Perdone ahora el mío.) Para mí son inconfundibles. Inintercambiables. Insustituibles. Impresc… –Ya, ya, deténgase. No me apetece oír el panegírico de los conejos.

–Los conejos viven de lo que encuentran en el campo. Yo no. –Escuche, aquí no se ha inventado esta ley. Existía desde antes, existirá después.

–Señor Jefe, lo que existe antes y después es el tiempo. El tiempo. En cambio, los relojes y los horarios los ponemos nosotros, esto es: ustedes. –Señor empleado, se equivoca, como siempre, las manecillas y los números son el síntoma de un engranaje superior, más complejo, más profundo.

–Señor Jefe, no llame profundo a ese orden suyo que nos imponen; lo decisivo es cómo el tiempo nos juzga. Es decir, quiénes somos; aunque yo dudo que lo entienda. –Filosófico está, señor empleado. Pero lo que usted llama juicio es sólo su opinión, esa que ni siquiera le da tiempo de formarse sobre sí mismo antes de caerse dormido cada noche. Seguro que usted querría un rato para recordar en la cama lo bueno y lo malo que ha hecho durante el día. Malgasta el poco tiempo que le queda.

–Usted no revisa nada, porque carece de órganos para la visión, señor Jefe, ese engranaje lo primero que hace es cegarlo, y así se creen sagaces. –Tanta cultura, señor mío, no puede ser buena, tanta cultura inútil quiero decir (no le diré yo adónde mandaría las Letras). Usted no entiende el mundo contemporáneo. ¿Cree que yo quiero fastidiarlo, porque soy insensible a sus solicitudes?

–Yo ya sé que no le interesa el empleado, ni siquiera para dañarlo. –Gracias, hombre, por exculparme en su universo moral. (Aunque no me importa.) Yo tengo como misión salvar esta empresa. ¿Le gusta el viejo lenguaje teológico? Colaboro en la salvación del mundo. La salvación nunca está asegurada, pues la flecha del tiempo nos lleva atados a su cola. He ahí el engranaje. O nadamos o pereceremos. ¡Yo, usted incluido, y usted primero!

–Señor Jefe, usted sólo mira hacia adelante, ciego como todos los vencedores. Delante sólo se ve su propia furia y la de los que son como usted. Sombra y destellos, niebla y nada. –Oh, cómo suena el divino bardo. Lo que hay por delante se llama el espacio abierto para la civilización.

–Pues yo le digo, señor Jefe, que hasta ahí los acompaña el hedor de los que abandonaron atrás. –Ya veo el peligro del melodrama. Sí, debe usted ser de esos viejos cristianos o comunistas en extinción. Esos nostálgicos a los que les encanta hablar del infierno, cuando se olvidan de sus propios quemados.

–Ya veo que es usted un liberal de esos que temen la libertad. –Los liberales inventamos la democracia. –Los liberales restringieron el voto a los varones ricos de piel blanca; sólo inventaron la inviolabilidad del correo.  –No desprecie los avances, la libertad también se juega en parcelas pequeñas. –No habrá democracia hasta que uno no elija su empleo, su empresa, a su jefe y su sueldo. –Quiere mezclar economía y política; usted sueña, y los sueños, malos son. –Yo lo que quiero es vivir.

 

[…]

 

–Un trabajador debe cobrar por su productividad. –¿Y qué tal si cobra por los beneficios que se reparte la empresa gracias a él?

–Señor mío, no lo tenía por ingenuo. No sabe nada de economía. –La economía es una ciencia inexacta.

–Por supuesto, he ahí su mayor virtud. –Ergo, entienda mi desidia para soportar su discursito.

–No es un discurso, señor empleado, sino un recordatorio. –No lo necesitamos, señor Jefe, la nómina es el texto que cada día nos obligan a recitar.

 

[…]

 

–La economía no; la ética es una ciencia exacta.

 

[…]

 

–Sí, ya lo sé, ya lo sé. Ahí está la puerta. –Su candor no deja de sorprenderme. Y lo voy a echar de menos, se lo aseguro. Ahí no está la puerta, amigo mío, está la calle.

–¿Sale usted a la calle alguna vez, señor Jefe? –Por supuesto que no.

–Yo podría describírsela. ¿Ha visto alguna vez esas películas a cámara acelerada de un cruce en una ciudad? Grupos de gente esperan en la acera mientras los coches circulan; cambia el semáforo: paran los coches y la gente cruza; al instante vuelve a cambiar: los coches corren de nuevo, la gente se agolpa.  –Muy ordenado, ¿no cree?

–Sobre unos y otros, pasan veloces las sombras de nubes. La sensación de ese tránsito infinito no es de orden sino de que personas y coches son masas indistintas. –¿No lo son?

–No, porque cada una de esas personas en automóvil o a pie sabe adónde se dirige, sólo que a la mirada de la cámara no le importa ni permite que lo averigüemos. Esa es su mirada, señor Jefe. Una mirada insuficiente, se lo dije una vez. Seguro que usted invierte sus ganancias aburridas en cuadros de arte abstracto que alguien le recomienda, es lo más parecido a su falta de visión. –Caramba, qué clásico, no lo tenía a usted por un realista.

–Realismo es todo, señor Jefe. –Realismo es no hacer preguntas, y atenerse a las consecuencias, amigo mío. Realismo son los hechos. Pero para cuando usted quiere verlos, ya han pasado y llegan otros. ¿Y soy yo el ciego?

–Claro. Porque predica un movimiento que se niega a distinguir. –Se trata del mundo: un paso fugaz, una estrella que brilla en la noche inconcebible, una nada apenas luminosa; así lo ha descrito el pensador más vigoroso, ¿no es verdad?

–Yo estaría de acuerdo, salvo por un detalle, cada ser humano es una frágil resistencia, una excepción, un hueco, un momento, aunque sea un grumo en esa corriente. –Bueno, bueno, mi querido, no se sulfure… si quiere le concedo que somos un grumo… si se fija, verá que no me parece una gran diferencia, ¿cree que ha ganado algo con esa distinción? Ya sabe lo que uno hace con un grumo en el puré. Perdone la risa.

 

Lo echaron un jueves, que es un día urgente por la mañana, apacible y prometedor al final. Supongo que lo recibió como la fecha de una operación que a fin de cuentas zanja la  incertidumbre.

Cogió sus trastos, vació sus cajones, llenó unas bolsas. Se colgó la chaqueta. Fue uno por uno, despidiéndose. ¿Cuánto tiempo había sido, año y medio, dos? Quien más quien menos se detuvo para saludarlo, un apretón de manos, algún abrazo, besos, una lágrima esquiva, buenos deseos, ánimo, ya encontrarás algo, y ahora… que él recibía con estoicismo. Vas a disculparnos que aquí no podamos hacer una revuelta (o había querido decirse una colecta). Sí, sí, lo comprendo… Las personas de los compañeros parecían islotes en el decorado de ficción, o marionetas vivas entre objetos establecidos, viejas e ineficaces, sensibles sin embargo, que no dejaban de preguntarse quién es el siguiente.

Tomás se iba arrastrando los pies por donde otras veces había ido corriendo; la moqueta que administra el odio amortiguaba la pena, un sol lacio ensuciaba de luz las paredes acristaladas de plomo. En un orden contable que existía, esos segundos de inacción eran pérdidas; por contra, desde el punto de vista de la consideración del material humano, podía acaso computarse como un estrechamiento en las relaciones de los que quedaban, por consiguiente una inversión temporal con vistas a una mejora futura de la coordinación entre ellos, y por ende de la producción misma, alcanzada entre los empleados una cierta empatía emocional de efectos temporalmente imprecisos. Establecido entonces un balance rápido entre ambos términos, el debe de la pérdida de minutos y el haber de la vinculación afectiva, se diría que resultaban igualados.

En cualquier caso, el señor Jefe, no estuvo allí para despedirse (se encontraba de viaje en un pretexto), acaso porque en sus cálculos esa ganancia de coordinación no se contemplaba, y sí, en cambio, su propio asunto, o el hecho del mantenimiento de una jerarquía –una distancia estricta– sobre sus subordinados: condición inexcusable para el gobierno.

Sánchez por última vez tornó la cabeza, vio alcándaras vacías sin pieles y sin mantos. Alzó los hombros, suspiró el compañero y levantó sus bolsas.

–Bueno –dijo con un susurro–, un contrato de trabajo jamás abolirá el azar.

Sánchez se sacudió el polvo de las suelas y oprimió el botón del ascensor. Patricia lo ayudaba con algunos enseres. Esperaron juntos sin mediar palabra; él con una mueca en el rostro que lo desfiguraba un tanto; ella tan firme como compasiva; elegantes ambos para la ocasión, incluso guapos: los veíamos cada uno desde nuestra posición habitual en los escritorios; nos mirábamos entre nosotros sin querer decirnos nada, solamente comprobando que continuábamos allí. Un momentito antes de retornar a nuestras ocupaciones. ¿Qué hora será?

Ya habían bajado.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.