Yo, personalmente, creo que aquí se da un error grave de concepto. ¿Una ronda? Una ronda nos iguala a todas, perdonad que os diga, nos agrupa en una especie de rebaño, como para despachar un asuntillo menor. Por eso habría requerido más espacio; si me apuráis, un tratamiento no concentrado, sino repartido a lo largo de diversos momentos del texto.

Con tu crítica de que “nos iguala a todas” no estarás sugiriendo que consideras que tu historia personal ha sido la más relevante.

No…, o no sé. Precisamente eso es lo que tendría que verse en cada caso, y por eso cada caso requeriría un tratamiento particular. Yo estoy al lado de esta señorita que no sé qué relación ha tenido con Tomi, lo mismo ha sido solo un tiempo breve de verano; o lo mismo no, y ha vivido una relación larga. Nos hemos reunido muchas, si no todas, ¿y qué vamos a hacer, ir hablando cada una? Me parece ridículo, mejor dicho, me parece degradante.

Y a mí. No me apetece lo más mínimo estar compartiendo este espacio con vosotras; conque si me disculpáis, me marcho.

Por favor, quédate. Yo tampoco puedo saber quién eres tú ni qué te ha unido a Tomi. Si te vas no lo sabremos nunca.

Señora, debe de haber un malentendido, yo no estoy para satisfacer ninguna curiosidad. Mi historia es privada, y no tengo el menor interés en que la conozca nadie, menos aún unas personas a las que no he visto nunca.

Pues a mí no me incomoda hablar delante de vosotras, en absoluto; me lo tomo como una manera de completar una parte de mi vida, y seguramente me pueda ayudar a entenderla mejor.

Entonces, si queréis empiezo yo. A mi Tomi me gustó después de que me hubo conquistado. Sí, no pongáis esas caras; creo que todavía se puede utilizar esa palabra: conquistar, seducir, atraer. A mí me gustan los hombres. Y Tomi siempre ha tenido una mirada arrebatadora. Sus ojos grises podían abrirte como una naranja. No eran los ojos de un galán que te lleva a su terreno, lo que me sedujo de él fue la expectativa que sabía crearte. De pronto, todo lo que eras y todo lo que podías decir se volvía interesante con él. Se hacía valioso. Y eso con muy pocos hombres ocurre.

Sí, la mayoría de esos ojos suyos se abren solo hacia adentro.

O, sencillamente, no tienen.

Tomi sí, Tomi escuchaba con la mirada.

Cierto, aunque hubiera sido interesante que escuchara también con los oídos. Porque cuando lo nuestro empezó a ir mal, yo se lo dije, le dije lo que estaba pasando, sin embargo era incapaz de entenderlo; se sentía feliz, plenamente feliz, me contestó, y a él sus sensaciones era como que le daban una seguridad absoluta.

En eso tienes razón, Tomi era un hombre muy seguro de sí mismo. Un hombre muy, muy fuerte.

Pues perdonad, yo no estoy de acuerdo. Tomi en muchos momentos fue un hombre inseguro y errático. Vamos, lo he visto muchísimas noches quedarse despierto hasta las tantas con una copa porque no se podía dormir. Y no se iba a la cama porque sentía miedo.

¿Tomi, miedo?

No sé en qué época lo conociste tú.

No fue una época, fueron cuatro años.

Los míos, dos; pero me parece que no se trata de contar el tiempo sino de ver lo que pasó. Cuando estuve con él, se quedó en el paro. Bueno, ya sé de qué os reís, se quedó en paro otras veces. No encontraba nada, y un hombre con hijos y sin trabajo es un hombre que no ve. Sin embargo, ni en momentos así de duros perdió la sonrisa.

Sí que la perdió, sí. Se desesperaba.

De acuerdo, se desesperaba; ¿no es lo normal?

Tú parece que lo pones de imperturbable como una estatua, y yo no tengo esa imagen de él, sé que no era así. Una noche me dijo que no se suicidaba porque tenía hijos. Yo ni me ofendí por no tenerme en cuenta; podía entenderlo perfectamente. Él pensaba que si lo hiciera sería aún peor para ellos, que haría lo que fuese excepto abandonarlos, eso nunca.

Bueno, querida, lo del suicidio no es muy de Tomi. Lo de las bravatas, sí. Muchas veces ha dicho cosas que no pensaba. Sólo para impresionar.

Ah, entonces crees que Tomi no era sincero.

La sinceridad. En un hombre está siempre en cuestión, ni lo dudes… Yo diría más bien que era en eso como un crío, que suelta cosas a ver qué le dicen y si cuela, cuela.

¿Tomi, suicidarse? Si era más un vividor. En casa de mis padres tuvimos que quedarnos durante una temporada larga –¡Y en la mía! –, y allí se lo pasó en grande, ni buscaba trabajo ni nada, prefería vivir del cuento, hasta que mi padre decidió que ya había aguantado bastante, y yo también dejé de confiar en él. Y, fijaos, no lo hacía por maldad, eh, no lo creo, actuaba con una especie de inocencia, por sus caprichos, por inmadurez…

A qué edad salías tú con él, ¿a los doce? Vamos, inocencia; Tomi no ha sido inocente desde que empezó a afeitarse. Era inteligente y sabía lo que le convenía. Se aprovechó de ti y punto. Tomi ha sido un hombre indolente, nunca le ha gustado el trabajo.

Vaya, ahora me entero: él, que tuvo más de veinte empleos diferentes en los tres años y pico que lo conocí.

Eso precisamente prueba lo que digo. Cambiaba de ocupación porque nunca supo retener un empleo bueno, y no supo porque no tenía cualificación. Es verdad que anduvo en cosas de lo más variado, ahora ¿trabajar?: no le gustaba.

¿Y a ti, sí?

A nadie le gusta trabajar. –A mí me gusta lo que hago. –Se tiene que hacer y punto, ¿qué quieres discutir ahí?

Para Tomi, el trabajo era una forma de humillación. Y yo estoy con él. El contrato es un método moderno, y en consecuencia refinado, de tortura. Él decía que llegará un momento en la historia en que nadie tendrá que desempeñar un trabajo que no haya elegido; en tanto no sea así, ninguna sociedad podrá llamarse humana. ¿No tiene razón? No sé a qué te dedicas tú, guapa; yo estoy en una empresa de confección y te aseguro que no aguantarías ni diez minutos si no tuvieras en la nuca el fantasma de la pobreza.

¿En una empresa de confección, con sistema automático?

Hacemos de todo, pantalones, chaquetas, monos. Y encima la tela es mala; pues se venden a espuertas. Pasamos metidas ahí nueve horas y media. Menos mal que hay una sirena para que entre el turno siguiente, o nos tendrían como en Mánchester.

Nueve horas y media, las firmaba yo.

Tomi volvía muy tarde casi todos los días, pero siempre procurábamos que siguiera la magia entre los dos. Nos juramentamos para que, aunque nos machacaran el cuerpo, no les rindiéramos nuestra alegría. Nuestras almas no se tocan. Según las temporadas él me hacía la cena o yo a él. La tomábamos y nos quedábamos mucho rato sin hacer nada más que tumbarnos a mirar el cielo por la buhardilla, vivimos en un apartamento con una. En verano incluso salíamos a la terracita que había en el edificio.

Qué idílico.

La verdad que no tanto como quisiera; se oía el ruido de los ascensores con los últimos vecinos que regresaban a sus casas, y encima los helicópteros de la policía pasando cada trece minutos; a pesar de todo, era nuestro nidito. Tumbados en unas esteras sin nada o tapados con una manta, pasábamos el rato charlando de lo que había sido el día, acordándonos de cualquier cosa, besándonos, o simplemente juntos en silencio.

Sí, esas cosas son las que una podía hacer con Tomi.

Con Tomi y con otros hombres, a ver si ya vamos a empezar conque era único.

No, claro que no. –No.

Bueno, no; sin embargo, reconoceréis que la mayoría de los tíos actúan de otra manera. El hombre con el que estoy yo en este momento no es nada romántico. Dile tú que se tumbe contigo a ver la luna, ja, ni aunque le subas una caja de cervezas. Y si se la bebe se te queda dormido.

Pues Tomi tenía las dos cosas, se tomaría sus cinco botellines y luego se tumbaría a tu lado en la azotea o donde se lo pidieras.

Hablar, conmigo no hablaba mucho. Yo nunca he sabido casi nada de vosotras.

¿Cuántas somos? Cinco, seis, siete… –Más las que no han venido.

Cuando salí con él estaba deshecho, después de la relación contigo, creo que fue; ¿tú eres Paula? –No, soy yo. –Lo dejaste bien tocado. Y conste que lo convencí yo para que saliéramos, por su miedo a fracasar otra vez. Tenía la autoestima por el suelo.

No me resultó fácil tirársela.

Estáis pintando a un Tomi casi perfecto: que escuchaba lo que decíamos, romántico, que cambiaba de trabajo por sus hijos…: ese no es el Tomi real. El verdadero Tomi era un chico majo, que no sabía nunca lo que quería; estaba siempre insatisfecho y bebía por esa razón. En el fondo de su alma, aunque sintiera mucha libertad no sabía qué hacer con ella. Y lo peor era que nos había estado arrastrando a una serie de mujeres, y a unos hijos, y todo para ir hacia no se sabe qué.

Puede que tengas razón. Fue así desde el principio.

Yo creo que no, lo que pasa es que a medida que conocía mujeres y se unía a ellas, crecía la familia y, al dejarlas, el problema que le quedaba iba a más.

Lo cuentas como si la decisión de tener hijos, y los hijos, fueran sólo una cosa suya. Que yo sepa las que parimos somos nosotras.

¿Tú has tenido alguno con él? –Sí, a Salud.

¿Y cuando te separaste, te llevaste a la cría o la dejaste con él? –Se lo dejé. –¿Y te puedo preguntar por qué?

Pues mira, en el caso de otras no lo sé; en el mío, te voy a decir que yo no quería tenerlo. –¿Entonces estás diciendo que te obligó?

Eso no. Que no quería. Además estaba viendo lo que pasaba. ¿A ti te parece lógico que un hombre que ha estado con tantas mujeres se quede con el hijo de cada una? Es más bien raro, me parece. Lo natural suele ser lo contrario. Y pensaba: menudo panorama, si me quedo embarazada y nos separamos, ¿qué va a suceder?, se lo queda él. –Vaya, ni que los coleccionara. –Ya ves tú la paradoja, accediste a tener un hijo y luego se lo dejaste.

Oye, no me juzgues. –No te estoy juzgando, digo lo que ha pasado.

Yo te entiendo. Porque yo tuve una hija y él insistió e insistió hasta que se quedó con ella. –Insistió, pero se la entregaste tú.

En aquel momento fue lo más conveniente, yo estaba pasando una temporada muy mala, y lo mejor para la cría mía era que se quedara con su padre.  –Y no volviste con ella cuando te recuperaste de eso.

No me he recuperado todavía.

Es curioso lo de los hijos de Tomi, creo que quiso tener tantos porque eran lo único que de verdad le aseguraban algo de alegría. –Puede ser, nunca lo he pensado.

Nosotros decidimos tener una separación más normalita. La niña un tiempo con cada uno y tan felices. Luego vi que la cosa con él iba de mal en peor. No podía consentir que se criase con un hombre así, sin casa fija, sin trabajo estable, con amigos que no me gustaban un pelo, en un ambiente tan cargado y cambiante como el que vivía. Se lo dije, discutimos, claro, porque era muy niñero y, la verdad, a mi hija él la quería mucho; pero me la llevé. –Sin permitir que la viera. –No, las visitas no se las prohibí, lo que pasa que al no vivir ya juntos, le era más difícil y se fue desligando. Oye, y que tenía al chico mayor, Vigor, y luego no sé si estaba ya contigo. Que yo lo entiendo, tenía otras cosas que atender.

Entonces la has criado sin padre…

Yo hice lo mismo que ella, cuando vi que era una influencia nefasta. Tomi se puso muy loco. Fue dramático. Se encerró en casa con la cría y tuve que llamar a unos amigos para sacarla a la fuerza. No os podéis imaginar la que se armó, los gritos y el escándalo que montó en la escalera. Como vimos que no había más remedio, estos amigos míos tiraron la puerta abajo. –Qué bestias.

Bestias no, ¿qué queríais que hiciera? Por las buenas no atendía a razones, ¿iba a permitirle que se saliera con la suya? Ni hablar.

Así estuvo él como estuvo, sufrió una depresión de caballo. –Eh, ¿es que te crees que para mí fue un gusto? Yo también pasé lo mío. Me costó un año de terapia; me sentía una mierda por lo que había hecho, y por haber tardado tanto en tomar aquella decisión. Fue horroroso.

Pues yo conocí a Tomi poco después de eso que cuentas, estaba absolutamente hundido. Para colmo, perdió el trabajo. Tuve que hacerme cargo de todo durante unos buenos meses. Resultó durísimo, no solo para él, sino para los otros niños, que echaban de menos a sus hermanitos.

Yo lo que estoy viendo es que de una forma u otra, hemos sido blandas con él. Una por enfermedad, otra porque no le venía bien o lo que fuera, sin juzgar a nadie; todas aceptamos que se quedara con los críos. Y las que no habéis tenido hijos, acabasteis convertidas en una especie de madres para ellos.

Somos tontas.

Yo me enamoré de tu hija, de Libertad. Qué cría tan deliciosa. Jugábamos mucho las dos. Le gustaba esconderse por la casa, con lo enana que era, y yo tenía que buscarla haciendo ruido con los pies. Me esforcé lo que pude para que se sintiera querida; era una niña muy sensible. Luego siguió nuestra separación. Además de por perderlo a él, lógicamente, fue terrible porque sentí desgajarme de aquel pequeño mundo en el que había entrado. Perdonad que me emocione.

Era lo más cruel, conocerlo implicaba aceptar un mundo ya hecho y en marcha, un mundo tan delicado como los niños; te veías obligada a encarnar un papel que no te correspondía, pero nadie más podía desempeñar. –Yo recuerdo a Salud, tan traviesa, tan despierta, siempre proponiendo nuevos juegos a sus hermanos. –Yo de esa época tengo la conciencia muy tranquila; sé que fui una buena madre, los quise a los cuatro como si hubieran sido míos; y los quise sin reservas aun sabiendo que habría un final, porque sus madres verdaderas los reclamaran o porque mi historia con Tomi se deshiciera.

Sois unas santas todas. Yo, al contrario, no podía dejar de sentir cierto odio. Esa es la palabra, no voy a suavizarla. No quería a los niños, lo quería a él, los niños para mí sólo eran un estorbo.

Es verdad eso. Estaban siempre alrededor. –O encima. –Un agobio que no te dejaba vivir. Qué amor podía nacer ahí, qué relación normal; ninguna. Era imposible que madurase nada, quizá por eso las relaciones que tuvimos iban destrozándose tan deprisa. La mía, por lo menos.

Yo quise un hijo con él. Tuve más interés que él en eso. No me importaba que tuviera tres más, ni convivir con ellos. Deseaba vivir esa especie de fiesta continua que me parecía posible. –Fiesta continua, dices. –Sí. Fue maravilloso; mientras duró aquello, lo fue: una celebración de gente, de hogar, de vida. –¿Tú no te das cuenta de que entonces querías a tu hijo más que a los suyos? –Pues claro. Aunque no me lo propusiera de ese modo, suponía que inconscientemente sería así. Pero yo todos los días los levantaba, les daba el desayuno, los vestía, los llevaba al colegio. Un día Vigor lloraba porque no quería ir porque le habían pegado, y mi pequeñina esperó a que lo atendiese a él.

Sí tienes razón, pienso yo, en lo de la fiesta continua. Era la fiesta del caos: la casa nunca podía estar limpia ni ordenada, y los niños no siempre tan atendidos como debieran, eso es incuestionable; y, sin embargo, a cambio de esas deficiencias, nos sentíamos sumergidos en un humor especial. –Sí, la improvisación. –No, la alegría de la libertad. –¿Qué libertad, con un padre parado dos veces al año, con la angustia siempre de no tener para pagar la luz ni el gas, y el miedo a que una mujer extraña se llevara a su hijo…? ¿Eres romántica o qué te pasa?

Tomi y yo quisimos formar una comuna, al principio. Buscamos gente, encontramos algunos que parecían dispuestos y nos dieron su palabra; luego ninguno quiso llevarlo a la práctica. La idea era crear una célula alternativa a la sociedad. No teníamos dinero para comprar tierra que cultivar, ni tampoco una casa; así que decidimos establecerla en un piso. Una comuna en un piso de dos personas. –Perdona, una “comuna” de dos se llama vida en pareja. –Hicimos una comuna porque no admitíamos normas de nadie, y aceptábamos que vinieran todos esos niños.

Vaya, entonces resulta que la idea de quedarse con los niños fue por eso. Ahora me entero. Y me parece horroroso. –¿Te parece horroroso? Gracias a esa decisión, a los chicos nunca les faltó un hogar.

Cuando empezó la Primera Guerra Vecinal, hicieron la leva y me tocó marcharme al frente; dejé a mi hijo Energía en sus manos. Por las noches, me conectaba y veía su carita, hablaba con él y contigo, creo. Muchas veces os bendije por estar ahí. Mis padres habían muerto los dos, mi hermano pasaba. Vosotros me dabais seguridad. Así que me es indiferente si lo llamáis comuna o familia o club de hijos y padres. Mi hijo no se ha resentido de falta de amor: y es lo único que me importa. Cuando volví de la guerra, sufría el síndrome de la artillera: mareos, insomnio, pánico, todo eso que seguramente ya conocéis; me faltaban las fuerzas para criarlo, y lo dejé con ellos. Luego tú ya no estabas, había otra mujer: tú, me parece. –Sí. –Me pareció que tenías el mismo espíritu joven y cariñoso, así que después de las visitas, al menos me quedaba tranquila. Durante la Segunda Guerra ya me desentendí del todo: entré por ese túnel infernal y me olvidé por completo de lo que había sido.

Celebrábamos los cumpleaños y les contábamos a los chicos la historia de cada uno. –Eso es aberrante. –Éramos una comuna, en efecto: de presentes y, más aún, de ausentes. En especial las mujeres. Los niños no siempre nos recordaban, es lógico, algunos eran pequeños para eso. Sin embargo, mostraban interés en saber más de esas historias. Formábamos una comuna en el tiempo. –Una comuna de perdedores, desarraigados y desparecidos.

Es correcto lo que has dicho: una comuna de perdedores, desarraigados y de… desaparecidos. Igual que mucha de la gente que nos rodeaba por aquel entonces. Por aquel entonces y ahora. Con la diferencia de que esa otra gente que se consideraba normal estaba metida en su casa y aislada con su desarraigo y su pérdida. Eran los mismos fracasados, sólo que ignorándolo.

¿Me vas a decir que esos niños se han criado bien; y, además, que tú has vivido cómoda en esas condiciones? –Perdona, tengo que contestarte. ¿Tú has estado en la guerra, o la has vivido desde aquí…? Porque no es lo mismo, ya la has oído hablar a ella: se puso enferma y la obligaron a volver. Ahora dime qué familia y qué relación con un hombre podía construir. Tú, ¿qué le habrías dado? Dímelo. –El error es previo a todo eso. Ella no debió ir a la guerra, no debió separarse de su hijo. –En eso estoy de acuerdo, pero ¿quién puede decidir lo que es previo y lo que no en su vida?

Escuchad: un verano nos marchamos los cuatro de vacaciones. Diez días. A una de esas cabañas que habían habilitado para que algunas familias de mediana economía pudieran salir. Nos levantábamos de la siesta y recorríamos los prados jugando, recogiendo plantas y molestando a las ovejas. En esto, Energía se quedó a mi lado y contemplamos el horizonte. Entonces me preguntó si la muerte estaba allí, detrás de las montañas por donde se ponía el sol. Ya sabéis las preguntas de los niños, no sé de dónde sacaría eso. Vi como el resplandor del atardecer que se iba apagando, y sentí un estremecimiento. Le contesté que sí. Que la muerte vivía lejos detrás de las montañas, y el sol se iba hasta allí a acompañarla porque era una señora muy vieja y muy pobre que pasaba frío. Me preguntó si algún día podría ir a verla. Y le respondí que a mí me gustaría hacerle ese favor, pero no podíamos porque estaba tan lejos que, aunque camináramos mil días seguidos, no la alcanzaríamos. Se quedó conforme; me respondió que por eso el sol era el único que podía llegar adonde ella para calentarla.

Para mí también, perderlo fue como la muerte. Yo lo amaba. Puede sonaros inconveniente que lo diga de esta manera puesto que todas lo habéis querido también. Yo lo amé con delirio. Y él también me amó a mí. Rompimos porque no pude soportar su modo de vida, demasiado… exigente. Yo deseaba una vida más tranquila, necesitaba otros hábitos. Durante un tiempo creí que sería posible, hasta que vi que no; me estaba volviendo loca. Algo se rompió dentro de mí, una rama entera de un árbol que, al cortarla, ves que va a llevarse la mitad del tronco. Aun después de la separación, todas las tardes merodeaba por su casa, veía a los chicos entrar y salir, lo veía a él cuando llegaba, aparcaba el coche y subía a su piso. Un hombre cada vez más agotado. Una vez lo abordé, y le supliqué que habláramos un rato; no me hacía caso. Y qué hago con los niños, me contestó. Allí estaban ellos, en lo alto del edificio, aquella luz. Aquella maldita luz. Una noche pensé que se quemaba el inmueble en que vivían. Le pedí que os los devolviera y nos marcháramos juntos. Solo tenemos una vida, qué pasa si la desperdiciamos. Y qué hago con los niños, me contestó. Los niños. Los niños. Qué hago con esos amores.

Lo terrible es que no se puede compartir cierto amor. Por eso el proyecto suyo de la comuna es absurdo. Ya lo estáis viendo. Alguien tiene que quedarse fuera. Pasa en todas partes, no hay sociedad humana que pueda incluir a todos; unos por una cosa, otros por otra: tiene que haber incluidos y excluidos. –Creo que estás yendo muy rápido, y lo que dices suena a fascista. –¿Sí? Díselo a esa mujer que se sienta a tu lado y ha perdido todo.

Yo no os cuento esto porque quiera ser ejemplo de nada. Él me rechazó las dos veces. Comprendí claramente que nunca me elegiría a mí, estando ellos. Así que ya no me quedaba otra opción que tratar de olvidarme. Ese hombre que tanto había amado se dio la vuelta y me dejó allí, desamparada. Me vi a mí misma saltando sobre su espalda y abrazándolo o apuñalándolo…; él se iba al portal para entrar y marcharse. Así fue como sucedió.

A veces puedes dar todo tu amor, y aun así es insuficiente. Entonces ¿qué más puedes? Tu vida se destroza delante de tus ojos sin que nadie lo evite. Él me había dicho uno de sus aforismos, uno que termina diciendo que el amor necesita suerte. Es una gran verdad, que triunfe depende mucho del momento y del lugar adecuados. Si yo hubiera sido su primera novia y no la tercera, y si eso mismo te hubiese ocurrido a ti, ¿qué habría pasado? Hemos aparecido en un orden en su vida, y él también en un orden en la nuestra: eso decidió todo. Cuando salí con el que luego fue mi marido me ayudó a olvidarlo; si hubiera sido al revés, ¿lo habría traicionado por Tomi? Quizá sí, quizá no. ¿Y si en ese entonces no tuviera hijos?

Son elucubraciones sin sentido. –No, porque el amor forma parte de una historia personal. No se viven amores desordenados, se dan en un momento concreto y no en otro, eso hace que tengan determinadas características. –Pues yo no creo que ame de modo diferente. –Sí, porque no eres la misma hoy que hace diez años. –Yo no soy la misma, la emoción de mi amor, sí.

Tomi vio como su alma se iba pudriendo, después la crisis que tuvo casi lo vuelve loco. Cuando rompimos seguimos escribiéndonos, y él me iba contando algunas cosas. Su fe se derrumbaba, sus proyectos, sus ilusiones íntimas. Iba acumulando una sensación de vacío e impotencia. No le gustaba el mundo en que vivimos, pero no sabía qué hacer en él. Quería a sus hijos, y estoy convencida de que nos quiso a cada una de las mujeres que aparecimos en su vida, aunque no le compensara de su sentimiento de frustración continua. Trabajar y dormir, me decía, trabajar y dormir, no hago otra cosa. Hasta había dejado de escribir, que era lo que más le había gustado siempre. Yo le dije que amara a la mujer que estaba entonces con él; y me dijo que lo hacía, que eso lo había salvado de cometer un disparate. De todas formas sufría. Era un hombre sufriendo una hemorragia de ilusiones, sin nada con que detenerla.

La última noche que pasé con Tomi antes de separarnos, me preguntó si yo podría ser feliz de nuevo. Le dije que sí, que me recuperaría, y que había aprendido mucho junto a él. Lo dije completamente en serio; me sacaba seis años, yo era joven, sabía que encontraría otros hombres. También me di cuenta de que yo no era quien le dejaría en su vida una marca importante. Me pareció. Y, sin embargo, entendí que se quedaba como con un golpe moral después de nuestra convivencia. Uno que sumar a otros que ya llevaba encima. Me pareció que se volvía ante mis ojos repentinamente más viejo; me alegré de dejarlo y sentí lastima por él. Un hombre a cierta edad si no sabe lo que ha conseguido y no ve lo que nunca conseguirá, se parece a un animal extraviado. Así lo vi yo aquel día, cuando le dije adiós.

El pobre de Tomi.

No estoy de acuerdo.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.