Al final de una etapa dura en la vida, lo mejor es tomar una decisión. Un día, un profesor hecho famoso porque daba educación sexual a los chicos, les dijo eso: en la vida, o tomas tus propias decisiones o pasarás por ella como una maleta. Se le había quedado la frasecita. Ciertamente, la etapa estaba siendo especialmente difícil, así que el decidir se hacía urgente. Aunque también, según manifestaba alguien con autoridad, un economista-filósofo amparado en algún estudio, las crisis económicas reducen las opciones que uno tiene. Por todo lo cual se comprende que la posibilidad de elegir se había convertido más bien en un empujón. Tomi levantó su maleta y sus papeles, se fundió en un abrazo con su amada esposa, besó y abrazó a los chiquillos, uno a uno, les sonrió exageradamente feliz, se dio la vuelta para que no lo vieran llorar y se enfrentó a un policía. El aeropuerto se lo había tragado.

Un gran país, centrado en el sistema, Ispanija; un país hermano, casi gemelo. Desde la altura del avión, una mancha amarilla; y pensó de inmediato en la bandera. Mucha gente viene aquí a tomar el sol, a beber y a divertirse; malo no será. Habitado, en definitiva, por gente del sur, cálida, alegre, desenfadada; que puede uno incluso distinguir entre el pasaje. No estaba seguro, a ver, aquel quizá que hablaba más alto que el resto. Según se comenta, chismorrean sin parar y gritan para anunciar al que no quiere oír que están aquí. Pero, llegados, son iguales en todos lados las dependencias aeroportuarias, las cabinas de control, las mamparas acristaladas, el trato, siga al frente, no sobrepase la raya continua, mire aquí, afloje el dedo, oprima, desvístase, su pasaporte, su cédula de identidad, algo que declarar, esta foto es vieja, ya sabe uno se hace mayor sin darse, para qué viene, turismo, dónde, en una ciudad señaladísima, cuánto dinero trae, poco me temo, digo suficiente, quién lo espera, una pareja amiga, nombres, apellidos, ¿varón y mujer?, ocupación del varón, ocupación de la mujer, domicilio en el que residirá, no se apoye, sabe si sus amigos han rellenado la solicitud de acogida de un inmigrante, estarán a la puerta esperando, sabe si su amigo ha rellenado la solicitud de acogida de un inmigrante, no le entiendo, discúlpeme, sus amigos que si tienen la documentación para que usted entre, entrar, sí, ellos hacen lo posible para que me dejen pasar, vaya a la sección Extranjería, presente esta tarjeta, dónde, la puerta alta del fondo con el cartel rojo donde aquella señora, gracias, gracias, vamos, siguiente.

Es un país acogedor, le dijeron sus amigos. Era más acogedor antes; ahora, desde que hemos adoptado la normativa internacional y las directrices humanitarias continentales, las cosas son distintas, y las personas; no se sabe si actuamos por calor humano o por esa fiebre nueva de amor a las leyes. Hemos pasado de la campechanía al rigor en una generación; por el miedo a que nos confundan con latinos improvisadores, nos hemos vuelto alemanes. Tomi sonreía sin entender ni papa. Su amigo peroraba a voces; pero luego, las cosas importantes se ventilan en un asador. En un qué, perdona.

Hemos tenido que declarar a la policía nuestros ingresos, continuó ella, los de mis padres y mis suegros; hemos tenido que presentar la escritura de la vivienda y un plano –con el visto bueno de un arquitecto colegiado, que nos pasó su minuta– en el que había que señalar cuál era tu habitación, y de cuántos metros hábiles disponíamos. Hay gente que para acoger a un amigo o a un familiar que vive fuera, como los metros no eran suficientes, ha debido hacer obra en la casa. No entiendo tanta molestia. Tiene su explicación, como dice el ministro de Seguridad y Orden Interior: antes la gente metía en sus hogares de cualquier manera a sus seres queridos, incluso a personas que no conocían, recomendados de amigos de otro amigo y de otro; les daban de cenar una sopa y jamón cocido, los ponían en una litera, o simplemente echaban unos colchones al suelo y ¡hala!, a dormir. Eso se acabó; nuestros buenos gobiernos vieron en ello un abuso de la condición amical o familiar, y determinaron que las buenas relaciones no podían ser excusa para imponer al invitado unas condiciones de estancia no ajustadas al patrón de vida interprofesional. Por responsabilidad, bendita palabra, por higiene, por convivencia (un estudio científico ha demostrado un vínculo entre la violencia y la falta de espacio) y por imagen –todo hay que decirlo–, se estableció una normativa severa que los anfitriones hemos de cumplir. Si no reunimos los requisitos, y se nos deniega la calificación de “Casa residencial temporal no lucrativa”, no podríamos recibirte. Uf, lamento tantos problemas. No eres tú sino la ley, bendita palabra.

Esta es tu habitación. ¿Ves lo que te decía antes? Aquí hubieran podido establecerse, en otro tiempo, tres o cuatro personas; ahora no dejarían meter ni a tu mujer si viniera a verte. Ya. Tú no te preocupes, llegado el caso, nos iríamos a vivir donde unos amigos; llevamos en el país veintinueve años, podemos hacerlo sin necesidad de conseguir la Licencia Interdomiciliaria. ¡Esto es organización! Se nota el primer mundo. ¿Te gusta la colcha?

Los amigos de Tomi eran cariñosos con él; se levantaban los dos sigilosos, se preparaban, tomaban su desayuno y le dejaban la máquina de café encendida antes de marcharse a sus trabajos, callados o susurrando como fantasmas. Los primeros días, incluso, le ponían una nota casi familiar sobre la mesa de la cocina para que al levantarse no se sintiera tan solo.

Tomi se despierta, triste; hace un poderoso esfuerzo por no echarse a llorar. Él quiere incorporarse, meter los pies en las zapatillas y vamos parriba (como se dice aquí), el trabajo bien pagado se encuentra afuera. Él quiere estar convertido en un luchador; por contra, su cuerpo lo traiciona, con pesares, imaginaciones, las escenas con su mujer y los niños… para la decisión de pasar de la cama a la puerta de la calle está obligado a recorrer muchos espacios intermedios como la famosa tortuga de Borges eléata. Conque cada día se detiene más cerca, cansado antes, y si el primer día alcanzó a desayunar, el siguiente sólo llega hasta la ducha, el otro hasta orinar y el último ha vuelto a acostarse, enciende la luz de la mesilla, pues ni siquiera ha subido la persiana, y tras de algunas vueltas, saca la novela y se queda a leer. Cuando el estómago ronronea, se sirve el café, muerde una galleta o del pan anterior y se vuelve a tumbar. El gobierno no sólo se preocupa de tu bienestar “material”, le había explicado su amigo, también por el “cultural”: hemos tenido que acudir a amiguetes para reunir el mínimo de 1000 volúmenes que exige la acogida de un huésped. No sé si serán buenos, tampoco importa; el caso es que están en esa biblioteca de tu cuarto y los que encontrarás bajo la cama en unas cajas. ¿Te gusta leer? Me alegro, porque deberás esforzarte en conocer algunos de los novelistas de aquí; lo digo por el examen que te hacen en cuanto pasas el año de estancia. Ellos, además de por el sagrado cuerpo, velan por tu “leal integración”.

Tomi se acostaba triste. Abría uno de aquellos libros gruesos para enfrascarse mejor y continuaba con su lectura, entendía bastante, se entristecía aún más, dormía, soñaba; se caía desde las alturas, lo empujaban por una escalera, escuchaba una voz, caminaba despacio por un lodazal de asfalto; sabía que sus hijos y su mujer se encontraban cerca, en otra habitación contigua e imposible y lejana, una luz iluminando la habitación filtrada no sabía por dónde declaraba que él era un hombre, procedía de otro lugar, de otra época, había llegado hasta aquel país para sacar dinero, enviarlo y hacer que vivieran, vivir él mismo, reunirse con ellos pronto. Estaba agradecido a sus amigos, sus amigos lo daban todo por él. Entonces la luz era un dios de bienvenida, la posibilidad de recomenzar, no tenía derecho a hundirse, no señor, el destino era pequeño, podía incorporarse ahora mismo y levantarlo. Porque el futuro nunca nos deja solos; siempre hay el resquicio en que apoyarse, ese trocito firme con la fuerza de la mañana. Conque, esta vez, Tomi se puso de pie, se aseó aprisa, tomó el café con leche, salió de la casa. Una nota que garrapateó en la mesa declaraba a sus amigos: Os quiero.

Un hombre si ha dejado a su familia en un lugar inalcanzable y camina ahora por una ciudad que no conoce entre gentes que no pueden interrumpirlo; un hombre que no se encamina a su trabajo mientras escoge las calles que decide recorrer, los escaparates ante los que detenerse o los bancos de los parques que tiene el raro privilegio de utilizar a esas horas del día; un hombre al que le duele la soledad como a un héroe el destino; un hombre así nace de nuevo, siquiera por unos ratos, y elige quién quiere ser, libre como el difunto Matías Pascal para ser libre antes que el tiempo amargo teja de relaciones las aberturas del cielo y de la tierra. Un hombre así únicamente existe en una película o en una novela de mentira, o en barrios arracimados de historias que a nadie le interesan; porque el que es un inmigrante, en el instante anterior y previo al que entra en un lugar cuando lo llama un cartel de se necesita dependiente, baja la cabeza y se entrega a la rueda. Alguien así es el hombre libre del que pregona occidente, y además porque deambular es gratis, cuando menos hasta que las urgencias del hambre, de echar un trago o evacuar la orina no obliguen al peaje de las monedas.

Al sucio peaje del dinero; que pasa de la cartera que se abre a una máquina mandibularia que no deja de archivarlo día tras día, segundo a segundo.

Tomi intuye todo eso, sabe intuyéndolo que siempre la claridad viene de lo alto como la sabiduría antigua, y que las horas arrebatadas al reloj pueden quedar en su memoria. Así que, paseos mediante, admite una ligera borrachera de tiempo que le recuerda su propia juventud y la de sus compañeros; ahora doblemente extraño por habitar una ciudad que no es la suya, y separado de todos esos ispanijos que no tienen que ver con él. Conoce la atracción de la velocidad del mundo avanzado, su llamada a engullirlo, su oferta múltiple, imparable, su amago de placeres que no concederá y que, cuando entregue, serán sólo el sabor de algo anunciado que ha de acercarse en el siguiente. Y lo mismo entonces; después, lo mismo. La culpa es tuya por no disfrutar lo que te ofrecen, que no has conformado tu cerebro a la insustancia. Al diablo con ellos. Nadie puede multarme ahora, nadie va a detenerme, nadie podrá venderme nada, ni siquiera mi propia vida feliz entre vosotros. No necesito nada. Por lo menos hasta las cuatro, que aquí se come tarde.

¿Extrañas algo?, se interesan. Las cacas de los perros en las aceras. Ríen los tres. Los parquímetros. Más risas. La siembra de bolardos, la falta de asientos en la vía pública, la lentitud del metro, las plazas hechas de cemento sin asomo de un vegetal, los horarios infames, los bares hasta arriba, las frases siempre sorprendentes, previsibles y niñas de nuestros políticos. La televisión de los programas. Ya a carcajadas. La propaganda publicitaria. Parece mentira que uno añora lo malo, conque para qué hablar de las cosas hermosas que uno deja, te destrozarían el corazón. Cada cual en su vaso de vino revisitando de pronto eso, que usted ya sabe.

Los tres amigos.

Querida Gacela, ¿te ha llegado ya el dinero? Lo que toma el banco es mucho, pero lo que deja es suficiente. ¿Cómo te encuentras tú?, ¿y los chicos?, etcétera. Yo no me quejo. Mi ocupación comercial no es lo que más me gusta, aunque me entretiene unas horas y algo se gana. Además, siempre hace buen tiempo, apenas llueve; si supieras que el sol me ha hecho moreno. Mis compañeros de aquí no lo pasan bien con este trabajo; a mí, por ser inmigrante, me compran más que a ellos y a mejor precio. ¡Alguna ventaja tenía que haber en salir de casa! Lo que me alegra es que la gente aprovecha cualquier ocasión para charlar un ratito. Me preguntan de dónde vengo, cómo están las cosas por aquí, digo por allí… se interesan de si como todos los días, si tengo un techo, una cama, lecturas… Yo me preocupo: quizá les hago sospechar que paso fatigas porque no voy bien vestido. Pienso comprarme una chaqueta elegante. De los policías no tengo la menor queja, son infinitamente más amables y educados que los de allí. Se acercan con tranquilidad y la precaución de no pisarme la manta donde coloco la mercancía, me indican que la venta callejera de objetos copiados sin autorización está prohibida. Si en ese momento estoy realizando una transacción, esperan a que la termine, y siempre me dan tiempo para que recoja. Nadie me ha golpeado, ni perseguido, ni una sola vez me han requisado el material. Se limitan a conversar con uno; y no creo que lo hagan por reparo ante los viandantes, sino por convicción. Son gente defensora del principio de igualdad de oportunidades: un hombre, una mujer, merecen cada uno la suya; es el corazón de la civilización civilizada. Un guardia me dijo el otro día que reconoce que yo no soy el culpable; sino mi patrón que gana en verdad con este tráfico, y personalmente entendía que yo tuviera que recurrir a esto. Claro, los derechos de las multinacionales, de los artistas y las empresas que fabrican los productos auténticos, todas esas personas también tienen que vivir. Se trata del típico caso de conflicto de intereses, me aclaró uno que en sus ratos libres estudiaba Economía, o Moral social, no me acuerdo. ¿Qué dices a eso?

Gacela, hoy he empezado de camarero. Es una profesión de futuro, este país está lleno de bares.

Gacela, me han despedido. No les culpo; he tropezado y he tirado la sopa sobre un cliente. La segunda vez. Te juro que andaba pensando en ti. Por suerte, me dan el equivalente a un día completo y seis horas de paro. No te preocupes, que ya me arreglo, tu dinero a fin de mes no te va a fallar. ¿Cómo estáis? ¿Le compraste a Vigor el chándal para el colegio? Te quiero mucho, más por la distancia. Desearía tu cuerpo junto al mío para amarte esta noche. La cama vacía me espera hasta última hora a que apague el ordenador, cuando arden los recuerdos.

No sé qué harán otros que han llegado de lejos; a mí la falta de sexo se me vuelve insufrible. Las mujeres que pasan no puedo dejar de verlas como cuerpos sexuados; se cruzan por delante de mi rostro, y me hieren como el raspar de un cuchillo por el interior cuando se alejan. Quisiera obligarlas a mirarme para entrar en conversación con ellas. No soy menos atractivo que los de aquí. Desearía detenerlas, a lo mejor si se lo pido; aún no me atrevo. Todo ser humano debería sospechar al menos cuánto sufre un extranjero que no puede abrazar a nadie. De eso se trata.

Me han dicho que las prostitutas nos hacen descuento, ¿es verdad? – Se lo pregunté a un paisano.

A mí no me vale, yo quiero a alguien que me llame por mi nombre. Es lo que peor llevo, amigos.

Pues claro.

Los inmigrantes somos carne abandonada, sexo en tensión, un deseo que se licua en recuerdos y reaparece cada día, cada noche, hora tras hora. Hasta que al final, la pesada negativa nos ha convertido en cuerpos que se han acostumbrado a olvidarse de sí mismos, a renegar, salvo en la semana de celo en que nos restregamos con las paredes y callamos los ojos para que no nos delaten.

Gacela, perdona estas brusquedades que tú no mereces.

Gacela, estoy leyendo mucho, no te preocupes por mí. El trabajo embrutece, pero mi espíritu se mantiene sano. Del montón de libros que mis amigos han reunido obligados por la ley, llevo leídos cerca de noventa.

 

Tres años después de su llegada, Tomi solicitó el permiso de reunificación familiar. Le fue denegado. La casa en la que vive, caballero, no reúne las condiciones para que habiten más personas. Es mi mujer, sabremos arreglarnos. Lo miraron como a un maltratador. ¿Quiere que figure en su expediente la propuesta de que su mujer y sus cuatro hijos convivan con usted en una sola habitación? Hombre, saldríamos de ella algún rato, la casa de mis anfitriones también dispone de salón, living, cuarto de baño. Repito la pregunta ¿quiere que figure en su expediente la propuesta de que…? Entiendo, entiendo, entiendo; Tomi entendió que debía negar. Es una idea muy tonta; pidió disculpas. Bueno. Buscó una casa en alquiler que reuniera las condiciones de habitabilidad exigidas. Entregó de nuevo la solicitud. Fue denegada. Ahora por qué. Tiene usted el certificado de integración. Sí, aprobé el de un año. Ha hecho el de tres años. No, se cumplieron los tres no hace veinte días. Hágalo, apruebe y solicite. Hizo el examen, suspendió. No supo todas las comunidades autónomas. Los nombres de todas, sí; lástima que no las hubiera contado, pedían el número. Tuvo prisa, sumó mal o se le escapó algún sumando, erró la cifra. Era pregunta indispensable: rechazado. No se apure, lo confortaban, de aquí a seis meses tiene otra oportunidad, un hombre, una oportunidad, ya sabe, gracias muy amables.

Sus amigos se pusieron fúnebres. Le recomendaron nuevos libros de integración, los publicaba un consorcio de editoriales con el beneplácito de la Admón competente –en un primer nivel, el Estado; en un segundo, la Comunidad (cada uno con su sello, ojo); un tercero, optativo, correspondía a la Localidad más próxima al candidato–. El 75% de las preguntas, los tribunales las extraían de allí. Contra quién luchó un tal Empecinado, a qué se dedicaba Frascuelo, a quién llamamos Príncipe de la Tregua. Qué circunscripción abarcan los migueletes, determine el origen de los corporales de Daroca, en qué localidad nació Esparterovich, quien tiene una estatua, por qué es célebre su caballo. No aprobaré en la vida. Tararee el himno nacional. Qué significa el rojo: la tradición, el conservadurismo, la conformidad, ¡la sangre! ¿Y qué significa eso? ¿El amarillo?: la envidia. No. El oro de América. No. El sol brillando en lo alto. No. La arena, la arena de la playa. ¿Hay más colores? Jamás superaré el cuestionario. Un país, cualquier país, es indescifrable, ¿cómo van a pedirme a mí que comprenda el suyo, si no termino de entender el mío? Ahora, que me obliguen a aprenderme los Derechos Humanos, ya verán que acierto.

Es así, Tomi.

A propósito, les dijo, ¿sabíais que el Derecho humano a los alimentos no aparece hasta el número veinticinco?

Lo han dado por supuesto.

Ya veis.

Es horrible, les dijo una noche tras la cena, aquí todo es privado. Ellos dos lo miraban con atención. Nacer es privado, ir al médico es privado, morirse, estudiar en el colegio, estudiar una profesión o una carrera; por cada cosa que haces tienes que pagar a un empresario. Si quieres jubilarte, tienes que pagar a un empresario, si vas por una carretera, tienes que pagar a un empresario, si te paras en un área de descanso, tienes que pagar a un empresario, si quieres ver la televisión, tienes que pagar a un empresario, si quieres escuchar música, si quieres conectarte para ver las noticias o enviar una carta, tienes que pagar a un empresario. Ellos dos le sonreían. Antes criticaron que Papá Estado te protegía. Ahora, desde la cuna a la tumba, uno camina atado por empresarios que te cobrarán por cada cosa que hagas. Siempre hay alguien que saca un beneficio de nuestra vida. Son iguales que arañas de las que no podrás soltarte hasta que te mueras. ¿Hay algo libre de ellos? Han privatizado el agua que bebemos, y hasta las aceras por las que paseamos, si te sientas en uno de los pocos bancos de la calle o en un jardín al pie de una estatua, tienes que pagarle a alguno. Sí, admitió su anfitriona, por aquello de la libertad. ¿Libertad, para quién? A mí su libertad me asfixia. Siempre con esas liendres aprovechándose de mis necesidades. No exageres. No es sólo una sensación. Las cárceles son privadas también, ¿no? Y en las elecciones, te cobra el empresario que gestiona el voto; son suyas las papeletas, las urnas, hasta los cubículos de cortinas malolientes que nos prestan. Algún día el nombre de este país acabará en SA, de sociedad anónima. Hay una propuesta. Es broma, lo que sí han estudiado es privatizar las familias. ¿Cómo? Contemplarlas como Unidades Económicas Particulares, de manera que si te invitan a comer, por ejemplo, lo consideran la prestación de un servicio por la que deberán declarar tanto ellos como el invitado; lo mismo si los abuelos llevan a sus nietos al colegio: genera una cotización. Ya hay empresas interesadas preparando el proyecto. Y por el sexo, ¿también van a cobrarnos?

Quiero morirme.

Lo único bueno del cielo es que allí no habrá capitalismo. ¿Estás seguro?

Gacela querida, sé que nunca nos encontraremos. Y no aguanto más la espera. Como no puedes venir, he pensado en regresar. Buscaremos algo por allí; algunos ahorros tengo y sabremos salir adelante, qué te parece.

¿Qué vas a hacer?, le preguntaron sus amigos.

Un robo en la empresa. Dejaré que me atrapen y me repatriarán enseguida. Porque eso sí, para demostrar que los inmigrantes no vienen a robar, al delincuente lo reenvían de inmediato a su país, clase turista. Sus amigos se pusieron tristes. Algún día se borrarán las fronteras y cualquier persona podrá transitar por toda la tierra como si fuera su casa. Es un lindo pensamiento astronáutico, apostilló Tomi, creo que lo dijo Randolph Scott junior, el famoso cosmonauta norteamericano, a la vuelta de su viaje a Marte. Es un hermoso pensamiento humano, zanjó ella. (A Randolph Scott junior le prohibieron divulgar sus opiniones políticas. Viendo que no desistía, le diagnosticaron Síndrome de Perspectiva Generalista –en inglés GPS– y lo sometieron a una cura. Cuando hubo sanado, lo sacaron del calabozo; ahora trabaja como guía en el Museo Intercontinental de Sondas Espaciales, Rímini, Italia.)

Tomi, con la excusa de resolver unos papeles más urgentes, se quedó solo en la planta del edificio en que trabajaba. No había nadie que pudiera espiarlo, sólo un guardia jurado amigo suyo, Miguel Santurce, que hacía la ronda, y los que estaban abajo contemplando la fila de pantallas eternas. Tomi se levantó y fue hasta una de las cajas fuerte, colocó un cartucho con esparadrapo, lo encendió. El ruido de la detonación sobresaltó a la vigilancia, corrieron. Encontraron a Tomi caído y aturdido, envuelto en humo; lo había derribado la onda expansiva. Su amigo Miguel comprendió todo. Esto se hace de otra forma, pordiós, lo amonestó. Tosían. Y mientras le aflojaba el nudo de la corbata: me lo dices y se organiza, hombre. Anda, levanta que todavía nos asfixiamos. Un compañero meneaba la cabeza: aquí solamente se hace el amago. Lo siento, se disculpaba, aún en el suelo. Encima has dejado la oficina perdida, mira el escritorio del jefe, destrozado, mira la pared y las cortinas, negras; ya verás los de la limpieza en cuanto lo vean mañana. Decidles que lo siento… Que lo sientes, te rompen la crisma de un escobazo. Soy muy torpe. Eres muy tonto. Además que te lo harán pagar, ¿tú sabes que estas cajas de seguridad ya no se encuentran?, ¡qué vas a saber! Es que no estoy integrado. Chistecitos encima.

El médico de la empresa comprobó que los pulmones de Tomi no habían sufrido daño y que sus tímpanos estaban bien; sólo le molestaban los ojos y para eso le recetó un colirio; al despedirse, lo hizo con una palmadita en el hombro. El jefe no quiso verlo, pero los compañeros y la tropilla de vigilantes se despidieron abrazándolo. Uno de ellos le pasó un paquete. Tú entras por la puerta C, preguntas por Gonzalvéz, Mariano, que vas de mi parte y verás que pasas sin problema. Gracias, gracias, compañeros. Y ya sabéis, si en alguna ocasión tenéis que viajar a mi país, hay un hermano para hacer lo que pueda por vosotros. No quisieron emocionarse.

A continuación, los amigos que lo habían cobijado en casa. Antes de devolver los libros deberíais leerlos, les dijo, alguno merece la pena. Derramaron lágrimas en la cena del adiós. Todo ocurría muy deprisa. De pronto estás en un sitio y en cuanto te das cuenta en otro. Eres el mismo en los dos casos, sólo que tu alma ha cambiado. También tu cuerpo, que ya no siente la amenaza de ese lugar extraño, que ha comido y ha bebido allí con los otros, que ha descansado en una cama escuchando los ruidos de esa ciudad, que no son nunca los de la suya porque los coches parece que frenan de forma distinta, los camiones de la basura remueven la podredumbre a su manera, y las sirenas de ambulancias y policías llaman y solicitan un camino abierto con su lamento particular.

Con todo, tuvo que pasar veinte días en un centro de detención de titularidad pública gestionado por una empresa que le cobró con retenciones bancarias. Fue un espaldarazo de angustia, pues temió que saldría del país sin blanca, en verdad ligero de equipaje y pobre, como si en realidad nunca hubiera estado trabajando allí. Y así sucedió en efecto; en el momento de ser llevado con escolta al aeropuerto no le quedaba una moneda en el bolsillo.

El avión sobrevoló la ciudad realizando un amplio círculo que abarcaba kilómetros; igual que si quisiera despedirlo aquel atardecer. Él contemplaba, esposado al asiento, la mancha oscura e irreconocible de aquella urbe por la que despacio se irían prendiendo en hileras unas luces votivas. O le sugerían a él un homenaje. Sin previo aviso, el cielo nublado acogió el aparato para suspender la identidad de los pasajeros. Ya no pudo ver nada. Regreso a mi casa, le confió al del asiento contiguo; este vio las esposas y le sonrió: qué suerte, yo unos días de vacaciones y vuelvo. Sí, le contestó Tomi, soy afortunado, tres años…; mi mujer y mis hijos me esperan allá; ahora, no sé si voy a reconocerlos. No se apure si tarda en renacer el cariño, está ahí; los chicos son animalitos de costumbres, es posible que les cueste un poco. Deles tiempo. Lo decía un viejo que había hecho el recorrido doscientas veintisiete veces en su vida, larga de obrero. Claro. Se miraron y se entendieron de una fila a otra. También iba encadenado. Brota la semilla que uno dejó cuando tuvo que partir. Al menor no lo conozco, ¿sabe?, me marché antes de que naciera. Vaya.

Las nubes no pueden conformar un país. El alucinado Baudelaire imaginaba en ellas su destino. Su destino apetecido de viajero: él pensaba en un vagabundeo por regiones y territorios sin explorar cada vez más alejados, aunque eran los viajes mentales del que no quería abandonar su ciudad. Las nubes no pueden tener coto (si bien se investiga en ello, hasta ahora sin resultados). Las nubes no saben del trastorno de usos horarios ni de la prisa ni de memorias personales ni nada; quizá por eso, en algunos hombres sensibles que las contemplan, como también les sucede con el viento de la tarde, con la vista del mar en vacaciones y el silencio concentrado de una noche de hospital, algunas veces, les despiertan preguntas metafísicas.

El celeste uniforme pareciera que fuese a dejar caer de pronto una respuesta, de trecho en trecho, cuando al fin se impone en el paisaje; es sólo un campo por donde avanza el ruido inmóvil de un aeroplano, lo único que cuenta en realidad. Los pasajeros se callan una vez que han dominado el miedo; los atienden con esmero las azafatas; comen, beben, van al escusado, se ceden el paso unos a otros en el pasillo angosto, juegan con máquinas que la tecnología brinda sin moverse del sitio, y alguno lee o arropa a su hijo pequeño si lo acompaña; acaso dos se encuentran para charlar un rato, incluso con franqueza, de sus historias personales: algo que luego contará cada uno, incrédulo, respetuoso hasta omitir incluso cierto dato incómodo de esa biografía urgente que ha escuchado como si lo conociera, con el fin de preservar la amistad que hubo surgido y después se borra. El pasajero Sánchez López, Tomás, ocupante del asiento 22 D, acusado de sabotaje y condenado, repatriado junto a otros hombres en un vuelo chárter por motivos de seguridad nacional, ha apoyado las manos sobre su vientre, ha cerrado los ojos; duerme ahora haciendo un poco de ruido al exhalar el aire.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.