Las cartas, quién recibe hoy cartas que no sean del banco o de alguna administración pública. Pero las cartas, esas cartas que nos encontrábamos en el buzón y nos iluminaban el día. Con un poco de retraso, sí, porque como la luz de las estrellas tardaba un poco en llegar hasta nosotros. Pero calentaban igual. Las cartas, esa cartas. Como está que recibe Tomi Sánchez, el protagonista de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra.

 

Amor mío:

Aquí ya hace mucho frío. Este segundo invierno está siendo más duro aún que el primero.

Los días se acortan. Eso se nota. Nos acostamos cada vez más tarde, dormimos poco y luego durante la jornada estamos agotadas. Y no es que haya demasiadas cosas que hacer, sino que se van las horas en cientos de ocupaciones que tienen entretenido a todo el mundo. Pasa que casi nadie puede dejar de preguntarse por qué las hace; y esa pregunta convierte la rutina en hastío y el hastío en amargura. La diferencia entre una y otra es grande, y dolorosa. Eso se nota.

Las temperaturas, como te cuento, se desploman día a día. Hay quien dice que ya nos acostumbraremos. No sé yo. El Norte ha descendido, ocupa el horizonte; mires donde mires, otra cosa no verás. Con él, lo que nos rodea ha ido cambiando de aspecto. Los colores son pétreos y grises, contagian el paisaje, las cosas, la televisión, hasta los huesos de las personas.

No es fácil vivir para defender las colonias.

Tú me decías que no me quejara, pues otros aguantan en condiciones peores. Seguro que tienes razón. La raza humana es fuerte y su optimismo, incorregible. Pero no me resulta fácil a mí, que he conocido otra época, tener que ver todo el santo día el mismo escenario: nuestra ropa en los alambres, los árboles muertos y la tierra abierta por las venas trincheras. Encima ese olor a sequedad y pólvora, por no hablar del de carne asada. En especial me dan lástima los niños, que han vivido siempre en el campo, aunque todavía juegan entre los montículos y los agujeros. Por suerte, no les faltan juguetes –útiles, variados, de muchos colores–, que envía el gobierno cada tres meses, benditos sean.

Ayer el Ayuntamiento calcinó a once mujeres enemigas delante de nuestros ojos. Tuve miedo, y por eso te escribo hoy. Por eso y por más cosas, que te iré contando; es que necesito tiempo.

Amor mío:

El día que te fuiste es lo mismo que el día que me fui yo. Te habrá parecido una fiesta lo que celebramos; era nuestra manera de decirte adiós. Vinieron tus más queridos amigos. Qué increíble verlos juntos, se diría que tú también podrías llegar en cualquier momento. Como si hubieras bajado a la calle porque faltaba la sal; y alguien fuese a preguntar: “pero ¿dónde se ha metido este hombre?”

Ni entre todos unidos podían con el consuelo.

En cuanto a los chicos, casi prefiero no hablarte. Charli y Octavio jugaron con ellos hasta caer agotados. Así se les pasó la tarde más deprisa; vino la noche y los llevamos a la cama, aunque no podían de tanta excitación. Después de lavarles los dientes, Salud echó unas lagrimitas. Tuve que acostarme con ella; me quedé un rato largo, acariciándole el cabello hasta que me dormí. Luego la cubrí con la manta y me volví a mi habitación.

Amor mío: es duro vivir para defender las colonias. Una ya llega a dudar de que merezca la pena defender las colonias. Y encima lo lejos que están. Hemos extendido el frente sobre todo el territorio; las gentes de aquí no saben desembarazarse de nosotras. Así que el alto mando se apodera de los campos, las minas y los caminos con más facilidad de la prevista. Podríamos decir que nuestra bandera va acumulando, una tras otra, muchas victorias parciales. Creemos que, por ahora, es suficiente. Sin embargo nadie está satisfecha, ya nos lo advirtió uno de los militares de mayor rango: “Victoria no es sinónimo de orgullo, ni de alegría, ni de bienestar, conque vayan olvidándose”. “Victoria”, dijo, “es simplemente nuestro deber”. A nosotras nos afecta la situación, como te digo, los colores de piedra y la dureza del gris se nos quedan en los hábitos y en nuestros corazones. Afortunadamente, hablo a menudo con la psicóloga; me alivia desahogarme con ella. Eso se nota. Charlamos hasta que el teléfono se pone caliente y me pica la oreja. Corto la comunicación pero la atmósfera que se ha alejado retorna gradual y humildemente. Me abrazo a Pasión o a Salud para que se me pase. Te echo de menos.

La psicóloga opina que está bien participar en la lucha, sin descuidar la casa. Nos dice que son los dos lados de un mismo destino con los que construimos una sola identidad. Que bajo ningún concepto debemos renunciar a nada en nuestra vida. Y, además, como sabe todo el mundo, las mujeres podemos hacer a la perfección dos cosas a la vez.

De todas formas, no quisiera ser injusta; yo procuro ver los aspectos positivos de esta guerra, como nos recomienda la compañera sanitaria. En medio de la rutina, no puede dejar de haber hasta cierto punto novedades, es decir, emociones. Esas acciones repetidas a diario que te criticaba también ayudan a sentirnos miembros del campamento; si cada una hiciera lo que le apetece sería un desbarajuste. Vivimos bajo el espíritu común de la milicia, cada mujer en su sitio, el horario bien prieto, las instrucciones claras; la formación regula nuestros días, más que nada los laborables: así nos salva del infierno de estar sin obligaciones. Por si no bastase, los fines de semana disfrutamos de las costumbres locales. Es un remedio.

Algunas soldados dicen que no hay tiempo ni de hablar, las chismosas. Ya disponemos de buenos ratos para eso, en la peluquería, por ejemplo; además, en la radio del centro de comunicaciones te cogen el teléfono en cuanto llamas. Tus personas queridas pueden oírte por las ondas. O mandas mensajes que quedan recogidos y se difunden a toda velocidad. Fuera de aquí creo que el tiempo es peor, frío y enrarecido, con mal pronóstico.

Amor mío: la psicóloga del batallón dice que es mejor que estemos nosotras en el frente, en lugar de los varones. Dice que los gobiernos tienen razón en esto. No sé. Yo veo que muchas se aferran a sus críos, en especial si son pequeños, y rehúsan salir. Se quedan con ellos en las bases, incluso en la trinchera, jugando o haciéndoles la comida, enseñándoles algo de aritmética o los cuentos tradicionales. No salen a la batalla, así ocurre que pasan días sin que se cruce un tiro. Las últimas dos semanas yo creo que no hubo ni un bombardeo; cruzaron dos aviones de reconocimiento que nos asustaron, nada más. Hemos estado tranquilas, ah, salvo por las pobrecitas esas que calcinaron.

Ayer un periódico, en cambio, consideraba que era intolerable que combatiéramos únicamente las mujeres, y que la defensa de las colonias exigía un sacrificio más decidido de toda la población. Porque con nosotras solas con nuestros hijos en la milicia es verdad que muere mucha menos gente, la guerra se eterniza.

De repente ocurre que una o dos compañeras se desesperan; es muy difícil verse aquí día a día, mes tras mes, en esta soledad, sin que nadie cambie el panorama. Cuando ya no soportan la locura, salen gritando de la trinchera con su ametralladora y su casco. (Incluso sin protección.) Van en línea recta en busca de su enemiga o la muerte. Gritan, las injurian para provocarlas. Disparan ráfagas intimidatorias al vacío. Las hay que se vuelven del frente sin un rasguño, o más relajadas o furiosas; también quien se queda en el campo. Entonces una voluntaria debe recoger a sus hijos si dejó alguno, y explicarles como sepa que su mamá no regresa. El equipo de salud mental de campaña trabaja a destajo en turnos dobles, y cuando no llega reparte crucigramas.

Amor querido, la soledad es atroz.

Cada tanto pasan contingentes de hombres, da penita verlos, con sus trajes oliendo a ceniza, los cabellos abrasados por la combustión y las manos encallecidas: abren los ojos y dicen que si venimos de esta empresa, que si de tal fábrica, que ya no existe el taller del chaflán en la calle principal de aquel pueblo tan estupendo. Cruzan por delante de nuestras tiendas abiertas que se secan al sol, nos piden algo para el camino, se lo damos, tratamos de sonsacarles sobre la guerra, sobre el futuro, sobre cualquier cosa que quieran contar; hay una que les enseña unos condones viejos que ha guardado; ellos no los quieren, continúan avanzando en filas o en bandadas no preguntamos adónde.

Las obreras es raro que aparezcan por el campamento, porque temen que vayan a reclutarlas. Yo no sé lo que podrán encontrar de comer por ahí, las desgraciadas.

Amor mío, cuando llega la noche se encienden las luces y la jornada continúa. A veces pasamos del día a la noche y de la noche al día casi sin enterarnos; bueno, salvo por las cervicales que te duelen, o cuando ves que te has dormido enhebrando una aguja o poniendo la lavadora, y resulta que el canasto te ha servido buenamente de almohada. (El otro día me quedé frita mientras le hacía a Pasi la coleta.) Los chicos, de todas formas, sí que se dan cuenta de lo que ocurre; y eso a pesar del amor y de que estamos atentas. Se debe al cansancio que nos abruma, eso se nota. A ellos también. Menos mal que, como críos, se entretienen pronto.

El gobierno nos ha surtido mantas australianas, dicen que son las mejores, hechas con lana prensada de oveja. Con ellas no pasaremos frío los próximos inviernos. Son de color rojo, azul y verde, no tienen mal gusto los de allá; con rayas de diferentes tamaños. No es que no me gusten… si te fijas un poco se parecen mucho unas a otras.

Ya debes saberlo así que no voy a engañarte. Javi se fue la misma tarde de tu despedida. No lo culpo. Con los cuatro chicos y el otro más, que nos dejaron al cuidado nuestros amigos, el futuro no era cómodo. Encima debió suponer que yo tendría que ir a la guerra, voluntariamente o a la fuerza. Javi no es malo, tú lo conoces bien, sólo es cobarde.

Te quiere mucho. Recuerdo una noche, tú estabas fuera de casa, en la vendimia francesa quizá; después de hacer el amor nos quedamos mirando al techo. Él, superlúcido como se pone siempre; yo, medio dormida como de costumbre. ¿Te imaginas que pudiera vernos?, dijo. Estás loco. ¿O que hubiera muerto? –Me asusté–; que hubiera muerto y nos viera desde algún lugar, yo no creo en nada tras el mundo y tal y tal, pero imagínalo. Eso es una tontería. Vernos: a su mujer con su mejor amigo; sin poder hacer nada. Qué vergüenza. Yo me reí, me acarició, y me hizo cosquillas; luego siguió con su delirio. Se quedaría atontado, sin creérselo. Le contesté que tú nunca nos harías daño. Nos odiaría con toda su alma, el cielo a su alrededor se volvería rojo de ira. Amor mío, cada uno te recordábamos con un rostro diferente. Javi pensando en esas tardes juntos en la bolera, en su casa, en la tuya, vuestras noches de juerga y vuestras acciones políticas. Yo acordándome de cuando te rescaté de aquella relación penosa que te estaba consumiendo. Un día te llevé a mi cuartucho alquilado; durante una hora lloraste sin parar sobre mi hombro, en mi regazo, en mi abrazo, en mi seno. Entonces me enamoré de ti de manera fulminante quise comprarte y poseerte. Javi dijo: Tomi no está –y me sacó de mi ensoñación–; hemos sido felices, hemos tenido amor, y mañana no dejaremos rastro. Ahora podemos dormir tranquilos. Me había abrazado y se durmió igual que un niño. Yo me quedé imaginando los anchos campos de Francia donde habías ido a trabajar aquella temporada.

Amor mío,

Los secretos se deshacen como las nubes. Ahora miro este cielo de antes del amanecer, turbio y emocionante, lleno de promesas que no cumplirá. Quisiera tenerte a mi lado, que volvieras a tocarme con tus dedos finos y con tu cara sin rasurar de esa hora temprana. Me gustaría que me acariciaras como has hecho tantas veces, sentir mi cuerpo excitado, corcoveando unido al tuyo; me gustaría que tu pasión me dominase y me postrara después sin un átomo de fuerzas. Quisiera sentirte en mi interior. Luego llorar porque eso no posible ha sucedido; y dejarte que te vayas, quedarme yo sola acostada en mi refugio, persoñando.

Sin embargo, ya solamente fantaseo con que te ocupas de los críos para que yo pueda descansar, que te los llevas al parque acuático o a ver los pavos reales de los jardines que hay cerca de nuestra casa. Tu cuerpo no se halla entre nosotros, no lo veré más caminando por ahí, con esa característica tuya de avanzar siempre haciendo pequeñas eses. Por todo lo que he bebido en mi puerca vida, me justificabas con una sonrisa un día de entonces. Discúlpame. Ya no te apoyarás más en el quicio de la habitación, mientras yo me desvisto queriendo ser la mujer más atractiva del mundo. Ya no bajarás los ojos, tímido, como cuando yo llevaba hasta los talones mis braguitas, me encogía y daba unos saltitos, seguro que muy ridículos hasta ti.

Ahora todo ese inventario de placeres ha sucumbido. Los amigos se marcharon de una forma u otra. El duelo se ha resentido.

Desde hace meses, cobramos menos por más horas de esfuerzo. Hay quien hasta maldice las malditas colonias, los habitantes de las colonias, a los conquistadores y nuestros beneficios allí. La gente se encabrona, discute, se golpea con las paredes de la botella de la famosa mosca. Nos pasamos el santo día haciendo cálculos, restando; la resta se ha vuelto nuestra regla hoy; la necesidad, continuamente sofocada, como un ardor, como el fuego en que te incineraron y sobre el que he venido a sentarme yo. Cada vez estamos menos para nadie. Eso se nota. La psicología se desespera. Nos quedan estos recuerdos, pocos, a los que nos sujetamos como podemos, los que antes no necesitábamos porque teníamos a las personas imprescindibles. Se escapan, igual que nubes, la misma ausencia de nobleza y la misma prisa. Nos abandonan ante el muro del trabajo de cada día, qué barbaridad. Un muro oscuro, petrificante, de la piedra que vino del Norte y nosotros hemos colocado en un lugar señero para adorarlo con nuestro espíritu templo. Vamos chicas, vamos, nos anima la radio, que nos pone nuestra música favorita y reitera los locutores soberbios de su propia voz equidistante, hoy puede incluso ser un buen día. Recojo la casa, ventilo; cuando acaba la lavadora cuelgo la ropa; llamo a los niños que se den prisa en vestirse, a desayunar, voy haciendo las camas, ya vamos tarde al colegio.

Afortunadamente, como te decía, tengo un teléfono por el que hablo a veces…

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.