En su devenir narrativo Tomi Sánchez va repasando todos y cada uno de los aspectos de la vida que nos ha tocado transitar, así llega por ejemplo a la cultura que es algo material, ¿no?, porque ocupa lugar, o al menos tiene espacios dedicados a ella, pero, esos espacios, ¿se pueden poseeer o sólo habitar?

 

–Bienvenido a la casa de la cultura –lo saludó Martín Portales.

–Muchas gracias –le correspondió Tomás Sánchez.

–Espero que se encuentre a gusto entre nosotros –respondió, a su vez, Martín.

–Estaré tanto tiempo como me dejen –repuso Tomi.

Y se echaron a reír los dos amigos.

El acuerdo estaba hecho. Conque el recién llegado buscó un sitio discreto en una de las mesas, cerca de la esquina de los lavabos, se quitó la chaqueta y la colocó en el respaldo de otra silla, porque no había casi nadie a esa hora. Apoyó los codos sobre la mesa y las manos bajo el mentón. Apenas adoptada –y sin tener nada que decir o hacer–, esa postura de inmediato le hizo sentirse inteligente. Pasaron unos minutillos, respiró hondo varias veces seguidas, percibió los dedos bajo la nariz: esto le permitió darse cuenta de que se estaba concentrando. Una idea estalló: yo nunca pienso y, sin embargo, no es malo. Además, la calefacción funcionaba bien allí y el sol iluminaba la amplia sala en la que los fluorescentes se dejaban siempre encendidos. Un cuarto de hora después fue a ver a Martín. –¿Qué me aconsejas? Nadie le había pedido nunca eso, Martín se sintió trascendente. Su natural pícaro y posmoderno originó la respuesta. Mira, ahí está el catálogo, una letra / un autor; no tienes más que seguir el orden alfabético y cuando acabes, si te quedan ganas, lo reinicias. Tomi se maravilló. A: Aldecoa, los cuentos. ¿Cuentos? Coge este volumen.

Tomás se veía al comienzo de una formación para toda su vida. La fortuna le brindaba esta oportunidad, tiempo, comodidad, un buen amigo que lo orientase. Leer era sencillo. ¿Iba a despacharla?

Eran las cuatro de la mañana. La churrería tenía algo de vagón de tercera clase. Dormía una vieja con sueño altisonante de suspiros y entrecortado de babeos. Tomi se levantó. –Qué perfección le dijo a Martín, estas frases son extraordinarias. No se puede decir mejor, altisonante, entrecortado, y comparar la churrería con un vagón. No voy a poder leer más. ¿Por qué? Con un texto tan bueno me tengo que parar a cada rato, y el libro es enorme. Martín se divertía. No te fijes tanto, dedícate a la historia. Tomi protestó.

Había vuelto a su lugar. Y era el comienzo, de la primera página, de un solo cuento, de un solo autor, de la letra A. ¿Cuántos tesoros habría? No acabaría nunca. La ansiedad lo venció y tuvo que cerrar el libro. Colocó los codos y las manos donde solía; procuró tranquilizarse. Respiró en profundidad para mitigar su desconcierto, que era real y le aceleraba el pulso. Si me duele esa belleza he de detenerme; si me detengo, nunca acabaré de leer a todos esos nombres que lo merecen. El dilema le pareció insoluble. No tenía que haber empezado, salió a la calle (saludó a Martín, que se ocupaba en esos momentos de unos papeles, con la mano).

Afuera encendió de inmediato un cigarrillo. El soletón lo molestaba, pero el frío del aire era un consuelo. Se veía lo de siempre: la inanidad del tráfico, la línea de los árboles que no habían podado aún, los colores de cada día, la rapidez del tiempo de los demás para él detenido ahora, el efecto práctico de la vida siempre contemporánea, los trabajos de la supervivencia. No lejos de allí había un cine, cerrado en ese momento, reservando su caverna catedral para la hora oportuna. Cerca, algunos bares que no conocía aún. La lastimadura del sueño altisonante de suspiros y entrecortado se había disipado sin más preámbulos. Con no mucha dificultad había vuelto a ser quien era, había salido del repentino cajón; ni rastro de la angustia. ¿O sí? Debía librarse de la tenaza de aquella dichosa frasecita, acudió a un bar y pidió una cerveza. El camarero hablaba con un cliente, picado porque su equipo sólo había empatado en casa, vosotros no habéis ganado nunca nada y lo que tenéis es envidia; ¿y en esta liga?, ¿en esta liga qué estáis haciendo? ¡Naadaaaa! (y alargaba la palabra que se transformaba en una culebra que al otro le entraba por los ojos para envenenarlo), acomplejados es lo que sois, acomplejados. Con furia –después de todo, teatro–, cumplió el requisito de ponerle aceitunas en un platillo. Tomás fue a sentarse a una mesa vacía y poco limpia junto a la ventana. En el local, aquellos dos alimentaban su disputa, otros dos la seguían con gusto, uno introducía una moneda y luego otra al interés de una máquina, uno más allá salía del servicio y volvía a sentarse, el suelo con servilletas de papel usadas, palillos, cáscaras, las paredes amarillas, los cristales sin brillo, la grasa en el aire. Hasta la cerveza del primer sorbo le resultó insípida… ¿Por qué pasa esto? ¿Cómo podemos soportarlo? ¿Adónde iré yo? ¿Quién sabe huir? Contempló a dos mujeres cruzando la calle con la precaución de no ser embestidas, luego el semáforo en rojo para los coches, que los iba deteniendo a esa orden. Por lo menos, el tráfico es una forma de armonía. Da tranquilidad, aunque sea la única.

Transcurrió por la mañana como supo. Al mediodía, después de comer, le hizo a su amigo la confidencia de sus aprensiones. Lee, lee, Tomás, detente donde quieras y sigue adelante. A lo mejor ha sido mala idea lo de ese orden. No, si es la belleza de algunas palabras lo que me mata. Martín quiso recordar qué filósofo lo había dicho antes. Rilke, ¿no?, o algún romántico alemán; se distrajo en su búsqueda. También podías leer libros de autores malos, es más entretenido. No, yo de verdad deseo una cultura. Entonces, disciplina. Lee más seguido, procura no entretenerte tan a menudo; lo que te impresiona permanecerá en ti casi sin que te des cuenta, y luego te servirá. Tomi quiso pagar el almuerzo, no se lo permitió. A la tarde regresaron a la biblioteca.

Tomi volvió a sentarse al mismo sitio y abrió el libro por donde lo había dejado. Ahora, más tranquilo, las palabras corrían a otra velocidad, de vez en cuando sólo tropezaba con un adjetivo, una expresión, etc. Pero las páginas iban pasando, de un gusto a otro; las 754 se acabaron algunas horas, días después. Cuando hubo terminado, cerró el volumen y reposó las manos sobre el vientre como si hubiera comido en exceso. Sentía orgullo, y una pesadez instalada en su cabeza; sin duda, había devorado la inteligencia de aquel hombre. Se levantó para colocar el volumen en la estantería; era verdad, estaba más pesado que antes, con más relleno interior, contento. Fue adonde Martín; todavía quedaban un par de horas hasta el cierre. ¿B?, déjame pensar. Uf, precisamente en esa hay muchos, le dijo: sin discusión, Baudelaire, Borges…

En lo alto, ¡el Cielo!, este muro de cueva que le asfixia, plafón iluminado para una ópera bufa, ¡el Cielo! Tapadera negra de la gran marmita donde hierve la humanidad imperceptible y vasta. El cielo – tapadera – de la marmita… Nosotros hervimos en ella. La idea de la tapadera lo acompañó algunos días, y luego fue algo que él ha ido recordando en distintas circunstancias de su existencia. La cultura no da de comer, le había asegurado Martín, te dará que pensar. Ciertamente. La tapadera. Luego fue a penetrar en el maestro argentino, saltando la norma autoimpuesta de solo un autor por letra. El señor Borges se burlaba; incluso cuando escribía en serio uno sentía la ironía corriendo por debajo, como si no creyera en nada, o como un ferviente crédulo que juega a disfrazarse, lo de la tortuga, el argumento extravagante de los pájaros teológicos o la bola insospechable. A Jorge Luis le gustaba escribir después de haber leído, eso era todo, y el carrete le duró incluso cuando se quedó ciego. La C: Camus, los hombres mueren y no son felices. El estado de sitio; nadie habla de ella y en ninguna se explica mejor el mundo que hemos construido.

–¿Estás disfrutando? –Mucho. Te dará envidia verme leyendo aquí a diario. –A mí me alegra. –Y, encima, cobro. –Por cierto, es posible que tengamos una inspección dentro de dos semanas. Ya sabes, te metes conmigo a catalogar. –Podría hacerlo ya, si quieres. –Tú lee, mejor.

D: Dostoievski el gran enrevesado; empezó y no pudo acabar Demonios, ni Crimen y castigo. – Tú lee… Y volvía sobre las páginas; algo en la mirada de su amigo velaba en el santuario. A todo esto, había llegado el señor inspector. Venía a averiguar. Le tendió la mano frígida y se la recogió de vuelta; inspeccionó con dureza la declaración de su movimiento fantasmal entre los rimeros de libros sin ablandar un semblante empleado, fatigado y obtuso de mucho rato sin respirar aire o por el exceso de neón en el ambiente. Se extrañó de que no usara gafas todavía: el vigilante utilizaba una astucia afilada de exitosos prejuicios. Tomi se puso no-fingidamente enfermo, amarillo, y tuvo que correr a vomitar al baño. El otro no se dio cuenta de nada, al menos ahí delante. Tomi regresó bajo el imperio del deber adonde había que seguir disimulando. –¿No se va usted a casa? –No me gusta dejar las cosas a medias, razonó él. Apretaba los dientes como un funcionario auténtico. –Bueno, bueno, daba su aprobado el caballero epíscopo. Giró por última vez en redondo, alguien tan cuadrado. –Ha sido un placer, ya vendré otro día. Gordo asqueroso.

Eliot tenía un poema en el que una marea humana camina por un puente arrastrando su dolor, cuando alguien repara en uno de esos hombres, se dirige a él y charlan un poco; todo ocurre en la atmósfera de un sueño. Tomi no sospechaba que se pudiera escribir de esa manera, la imagen lo conmocionó; le recordaba a algo que había sentido durante una noche o que fuera posible en algún momento de la realidad. Acabó pronto porque otras cosas no pudo seguirlas, salvo un tal Pufo o algo parecido; además, Martín lo sorprendió con la oferta del Evangelio: Lucas. Le resultó alucinante: el libro empieza como una novela histórica, bien documentada; de pronto se transforma en una de ciencia-ficción: surge un ángel y le dice a un viejo que su mujer, estéril además de anciana, se va a quedar embarazada. El hombre, como es lógico, no se lo cree; y entonces la novela gira hacia el chiste, porque el ángel castiga al anciano: lo vuelve mudo. Así que, sin decir palabra, el señor fecunda a su esposa, la cual se esconde, seguramente por vergüenza. Se interrumpe la narración para hablar de la Virgen María. Pasados los meses indispensables, nace el hijo de los dos viejos y el padre, sin ningún otro mérito, es liberado por fin de su silencio. En ese momento, estrena su voz recitando un poema extraordinario. Por la entraña de misericordia de nuestro Dios nos visitará una Luz para iluminar a los que caminan en tinieblas y sombras de muerte, y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Tomi disfrutó de ese pasaje lírico. Sin embargo, nada de esto evitó que su amigo Charli se burlara: no leas ese libro, te adelanto que el evangelio termina fatal.

En la F, nada que reseñar, Faulkner con sus melodramas sudorosos, contraindicado para la época estival que había llegado ya; el pretencioso Flaubert al que Borges le había tocado un poquito la cresta por la superstición famosa de la mota justa. En la G, el envidiado García Márquez con sus portentosos comienzos y sus meandros de una prosa irresistible. A continuación, vendría la H.

Tomi cobraba cada mes un sueldecillo, la nómina se la había arreglado Martín, nacida de una partida de libros y unos extras de la biblioteca para imprevistos; tras un dedo en el sitio oportuno, la gracia recayó en su protegido. Hasta las próximas elecciones, le dijo, y sólo si perdemos. Supongo que al señor inspector lo habrás dejado una impresión favorable. ¿O vomitaste por él? Tomi sonreía.

Heidegger había escrito: el ser humano no existe como una suma de vivencias que vienen una tras otra para desaparecer habiendo sido reales apenas un momento. ¡Ah!, ¿no? Este “una tras otra” tampoco va llenando paulatinamente un recipiente. El ser humano ni siquiera ocupa un trayecto longitudinal de vida, sino que él mismo se prolonga… El lector se esforzaba: luego el ser humano no tiene el aspecto de un rayito que circula, para el que cada momento pasa sin dejar huella; pero tampoco oblongo de tanto amontonar experiencias como bultos en una saca. (Si hay que elegir prefiero la luz, por lo menos no pesa.) La solución es que él mismo se alarga, dice el pensador, aunque no en la forma de rayo ni de caja, ¿En qué quedamos entonces? Para resolver el embrollo suelta lo de que el ser humano se gesta históricamente, su historia es su ser. Ni mi vida está quieta, ni desde luego soy alargado, cuando no tengo más que este instante, y puedo fallecer ahora mismo. Además, afirma, conservamos nuestra historia pues ella nos constituye. Así que, concluyo, el corazón es una lata. O somos como la luz, en realidad: a ratos un corpúsculo, a ratos una onda que gusta de viajar. Y me acuerdo de mi madre que quería que yo estudiase, de mi padre que me dejó por imposible, de algunos amigos y novias, y de los muchachos con los que queremos dinamitar la ciudad, también de mi pobre salud, del cura que me hizo cobarde y del otro que me animó a la lucha. Se queda Tomás petrificado en la sala, delante de otras personas con sus corazones ocultos que avanzan en una marea sin fin sobre un puente, mientras él siente el torbellino de su identidad inespacial, imperceptible y vasta, bajo la mirada de un ángel terrible que lo deja mudo del susto en un recodo del laberinto (¿?). He aquí la cultura. Ahora, comprender que si sale de esta casa –su refugio en el tiempo–, se hallará otra vez entre los bares y la ciudad nerviosa, agitándose sin propósito, pero él sabiéndolo, aun con la posibilidad de volver sobre lo que todavía no ha leído para no descifrar nada, para reconocer ese desconcierto y los versos precisos de Vicente Huidobro, ai aia aia ia ia ia aia ui Io ia i i i o Ai a i ai a i i i i o ia.

Contempla a los inocentes chicos abanicándose con los plásticos con poemas que les ha repartido su profesora, un grupo que se fija, casi no se pelea, escucha, lo examinan a él con curiosidad clasificatoria y recordante; la joven cede la autoridad a Martín, quien les hace de cicerone en la actividad pedagógica, y les dice: esto es una biblioteca, se prestan libros aquí, podéis llevarlos a vuestra casa sin olvidarse de devolverlos para que los utilicen otras personas. ¿Podemos coger los que queramos? Y un cartel manda Silencio, la profesora insiste: Silencio niños; les ordena que se sienten por las sillas, ellos corren a unas y otras, se sientan, se desientan, se apoyan hasta que las ocupan por afinidades y pueden golpearse con los abanicos hechos de papel de nuevo, se ríen, se entrelazan, ahora vuelven a atender los mocosos. Tenía yo un profundo mirar de pichón, lanzaba suspiros de acróbata. Los niños escuchan a la boca magisterial diciendo: La cultura os hará hombres y mujeres sabios, aprenderéis muchas cosas emocionantes, bonitas, os divertiréis muchísimo (la boca sonreía como si fuera cierto); pero yo una tarde cogí mi paracaídas y dije he aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. Conseguiréis buenos trabajos, una vida llena, la plenitud, mi paracaídas empezó a descender vertiginosamente. Seréis buenos ciudadanos en el sistema que nos hemos dado. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto. Por vuestro propio bien, vedlo como una oportunidad. Y esto es lo que te digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo. Qué hermosa la belleza de la niña que estaba mirando a Tomás; este se dio cuenta porque había levantado los ojos del libro, porque los tenía levantados desde hacía rato para que no cayeran con ese paracaídas, y la niña no apartaba la vista como si quisiera verlo bien, asegurarse de un presentimiento; y aunque Tomás sabía que en cualquier momento esa mirada ya dejaría de significar algo, no obstnte, la criatura se la estaba ofreciendo a cambio de nada, sin que él tuviera que merecérsela; la cría miraba el libro y a él que lo había leído, y escuchaba el látigo de la educadora penetrando en la carne desamparada dejándolo que resbalara por sobre ella para formarle esa herida. A ti que haces pensar en el comienzo del mundo. Esa eres tú, mi hermosa niña amante. En tanto el cartel ominoso decía Silencio, y otro más allá rezaba No es más el que más tiene sino el que más sabe, y otro No abandonar el sitio durante más de quince minutos. (Se entiende porque los periódicos de esos días, hartos los próceres de tanto paro y tanta mala imagen que repercutía en ellos, repetían eso tan eufónico de invertir en educación es invertir en futuro, compitamos, pero empecemos compitiendo en cultura, libros, ordenadores, inglés, educación, y sobre todo exámenes, examinemos sin descanso a la población que nos lo devolverá con excelentes creces). Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar de tu vida estrenándose, los barcos en ella, las flores en ti, los caracoles de tus ojitos. Entonces ella se volvió hacia un compañero que le gustaba, la profe rezonga: Si no me hacéis caso, Si no me hacéis caso, ya no venimos más ¿he sido clara lo habéis entendido no volvemos más?: Se le estaba fugando el futuro delante de sus narices a ella, a la guardiana, se iba al garete la importancia, el provecho, el sistemazo que nos están dando, qué poco me ha durado, jolines. Y él: Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta. Dios mío, qué hermoso es todo esto. Mientras unos chicos bajo las mesas se repartían pataditas. Una niña se tocaba el pelo como haría de mayor. Un libro es tu mejor amigo. Sé triste, sé triste, les susurró a las niñas, la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú te crees, le declaró a un niño algo fugitivo. La profesora: Así me gusta, chicos, este hombre qué va a decir, que somos el colegio peor. Y Martín, que no pierde una: claro, ¿hay competiciones de colegios? A eso la señorita que lo mira, comprende, no es tonta, no comprende, no lo mira, mira a la masa de niños a su cargo, de repente me ve a mí, me ve cara de Tomi, se repone y sigue. Hombre, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo. Y les silabeo: la I: Ionesco de se habla inglés, no lo leeréis ninguno; la J: el señor Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves, no lo leeréis ninguno, y yo en cambio para siempre que topo un cuento malo me acuerdo de ese personaje –el cabrón de Joyce– que con él se limpia el culo; la K de Kafka, cuando en los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo, no lo leeréis ninguno; la L: Lorca, a este sí, daos por obligados, no lo entenderéis porque ya no hay ni quien cultive hierbas en la boca del muerto ni quien abra los linos del reposo. Se terminó.

Habían pasado más de dos veranos o tres, quizá, ciertamente. Dejó los libros desbaratados sobre la mesa y fue directo a ver a Martín. Hablaba más con los ojos, por la carne ya fofa, bajo el cabello revuelto.

–No puedo más –dijo–, estoy saturado.

–Entiendo, demasiada belleza; por favor, no te desmayes aquí.

–Ya sé que te estas burlando con una de tus referencias ocultas.

–El síndrome de la “S”, pero yo te he elegido a Sontag.

–No paso a la M.

–¿Cómo? Ahora viene Marx, ¡luego Nietzsche!

–Viviré sin ellos.

–¡Imposible! –protestó sin énfasis–; al menos desde 1989, el que no es marxista es bobo… Y el viejo Friedrich calienta la sangre.

–Nombres y nombres, páginas y páginas, total para qué. Reconozco lo bueno, gracias a que puedo estar aquí no tengo que buscar otro trabajo.

–Hasta las elecciones, Tomi, que la estamos cagando últimamente y veo que nos dan la patada. Tú aprovecha.

–El mundo de la cultura está fuera de la realidad. Vengo, me encierro a leer, se me pasan las horas con libros buenos, sí; y…

–Sales al anochecer, ¿no te sientes más feliz, más rico?

–Eso es cierto. Cuando subo al autobús de vuelta, comprendo que todo desea decirme algo: la gente, pobre, que viaja conmigo, el orden de las calles, el peso de los objetos, los gestos cotidianos; al llegar a casa, mi familia. A veces lo que ocurre me resulta decepcionante. Otras subrayan lo que ya he leído. Puedo recordar el ir y venir de Stephen Dedalus. Todo eso que bulle en mi cabeza a menudo me estorba en la vida cotidiana. ¿No sientes que participamos de dos mundos a un tiempo? El otro día discutí con mi mujer porque no me hacía cargo de las notas de una de las crías; me distraje imaginando a Arcadio, que antes del fusilamiento pensaba en Úrsula y en lugar del miedo a la muerte moría de nostalgia. Quedarse en las ficciones es una idiotez, cuando existen personas de carne y hueso, más si dependen de mí porque se encuentran –iba a decir, arrojadas– conmigo en la vida. Por la cultura se sufre.

Se rio.

–Y eso que no has hecho las fichas.

–¿Qué fichas? ¿Tenía que hacer fichas? ¡Haberme avisado!… Te burlas.

–En cuanto dejes de leer, todo se empieza a olvidar y se acabó la congestión.

–Entonces es muchísimo peor. Ha sido una pérdida de tiempo. Más me valdría haberme contratado de camarero en cualquier tugurio donde llenarme de varices.

–Sin dramatismos, Tomi –lo reconvino, un poquitín profesoral–. Llevas los nidos de todos esos libros en tu cabezota y ahí se quedan. Como diría Kafka, algunas lecturas sólo son para ti, diferentes a las de cualquier otro. El resto no cuenta.

–¿Y lo que falta? No acabaré nunca.

–Porque sólo te queda año y medio. Tú no pasas de la Ñ.

–Bueno está –replicó Tomi–,  lo que he leído ya me ha inspirado.

–¿Inspirado para qué?

–Para escribir un libro yo también, y dejar constancia. Al fin y al cabo, lo natural es escribir. Creo que empezaré con los aforismos, me parecen lo más fácil; de hecho, ya tengo algunos.

–¿En serio? ¿Me los enseñas?

–Poco a poco, amigo; los aforismos salen como hongos, pero luego hay que pulirlos: una coma aquí, un sinónimo allá, hasta conseguir la fórmula.

–No tengo prisa; puedo esperar a tus revelaciones –se sonrió el bibliotecario.

–Oye, ¿y por qué me has mandado leer a Heidegger, que no hay quien lo entienda?

–Pues está claro, porque se llama Martín.

 

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.