¿Somos un cuerpo o ya somos entes virtuales? ¿En un mundo globalizado como el de hoy, tenemos cuerpo, somos algo más que números? ¿No son ya todas las biografías meras sucesiones contables? La novela de Javier Sáez de Ibarra se hace, semana tras semana, preguntas como estas.

 

Mi mujer embarazada de meses con la cara entre las manos, el niño también llorando, y yo moviendo el carrito; los tres en un banco público como unos parias. Seguramente, recordábamos la célebre estampa de la Virgen, José y la mula en medio de la calle, de noche, sin tener adónde ir: esa imagen que se le graba a uno de pequeño, y es para siempre ejemplo de la desolación de una familia pobre. Quizá por eso, algo crujió por entre los nobles sentimientos del bancario que habíamos visitado el primer día, y que nos rechazó la petición –humildísima– de un crédito para una choza (negativa que otras diecisiete veces llegamos a oír con mínimas variantes en cuanto a los modales, el tiempo dedicado, las fórmulas de saludo y cierre, por no hablar de las peliculitas). Ese hombre que digo, cumplidas sus tareas y, por ende, con buen apetito, y que se encaminaba a su casa, se detuvo un momento en su trayectoria y nos miró. Bendita curiosidad. Nosotros estábamos ya sin fuerzas, golpeados por la desesperación y la enemistad entre mi esposa y yo. (Doble existencia volcada: un pasado que creíamos feliz porque prometía, el presente deslavazado, la inhóspita ciudad, el cansancio de sus padres de tenerme a su costa, nuestro propio hijo que, por momentos, se me parecía en no querer entender…) De manera que en medio de la calle, habíamos dirimido nuestra frustración y todo, todo absolutamente, se resolvía en la impotencia.

No recuerdo bien si nos invitó a comer (oferta que, supongo, rechazaríamos), o a su casa. Lo cierto es que puedo ver que, en algún momento, nos encontrábamos la familia en un lado de la mesa grande del salón de dos ambientes, callados y atentos, incluido el crío, con lágrimas navideñas (aunque era octubre), con muchas ganas de ser felices y estrenar la buena suerte. La mujer de aquel hombre hizo un gesto y una empleada suya nos retiró los primeros platos para traer los segundos. Luego le habló a mi compañera casi al oído, con un cariño que no supe registrar; mientras el hombre escanció el vino en mi tercer vaso, y sus gafitas limpias de patilla delicada me parecieron bondadosas, no duras como la vez anterior. Aquel hombre se hallaba en su casa, no en el banco, y esto, sin duda alguna, lo humanizaba. Yo me puse nervioso de todas formas, no imaginando cuál sería el precio por toda aquella beneficencia.

Al término de los postres, como era lógico, tuvimos que empezar a contarles nuestra penosa historia, que proseguimos ya arrellanados en el tres piezas de la parte de la tertulia. Mi mujer, con el subrayado de su vientre, guiaba la narración que yo matizaba o corregía en mi interior. Si bien, a la que, cuando el señor me examinaba, yo asentía circunspecto y falso.

Rosa les confesó que sus padres no querían tenernos en casa por más tiempo. Tres años ya así, casi desde casados tras el incidente con nuestro primer alquiler, una peleílla y tal. Me adelanté a sus explicaciones para evitar inconvenientes y argüí que un niño no siempre es lo más adecuado para la vida de unas personas jóvenes. La mujer del bancario dijo cómo que no, si un niño es la alegría de cualquier hogar. Su marido sopesó las palabras de su cónyuge: Sí, observó, ya anda, revuelve todo… Además por qué ellos tienen que estar aguantando a otra familia. Un padre y una hija deben ocupar cada uno su casa, es ley natural, ¿no les parece? Y entonces tiré por el medio de las explicaciones amargas de cómo las inmobiliarias nos cerraban las puertas con sus ofertas inaprehensibles; cómo habíamos deambulado semanas y meses de un lado a otro, hasta decidirnos a pedir un dinero que, perdón por la puñalada, nos denegaron una puerta detrás de otra. Resumiendo, en fin, todo muy triste, muy depresivo, güisqui sí, gracias, sólo un poco, como les decía no se lo deseo a nadie, así es la vida y ya nos arreglaremos, ¿verdad Rosa, cariño? Pero Rosa ni dejarme quería que la tocara con una mano y yo no quise seguir mucho más y se me aluvionó el silencio; además, tuve que responder con la cortesía de un trago, alabar lo bueno, agradecerlo y quedarme a esperar.

Mi mujer lloró. Por la elocuencia de su nasciturus se volvió imán de aquel encuentro. Yo quise apurarme los tragos y que nos retirásemos, porque sin duda representaba el eslabón más débil, y de ahí en adelante sólo cabía que recibiese los escobazos, total para nada, porque no tiene sentido hacerse el mártir si no se atisba el beneficio. Sin embargo y contra pronóstico, aquellos señores nos abrazaron en su imposible corazón abierto. Enjugaron las lágrimas de mi mujer mientras absolvían al villano por no gozar de trabajo ni de dinero en aquellos momentos amargos en que otra cosa no es más perentoria. Nos pusimos a su disposición. Ellos decidieron que, por un tiempo, si no nos ofendía, hay sitio de sobra y para nosotros no es ninguna molestia, al contrario, nos encantaría ayudaros a vosotros y al niño, que así va a vivir con tranquilidad, incluso tenemos una muchacha que es un amor de dulzura que cuidará al pequeño para que tú Tomás, Tomi si lo prefieren, tú, Tomi, busques un buen empleo y podáis tener la vida que os merecéis. De verdad sentíos en vuestra casa desde ahora mismo. Mi mujer se abrazó a ella; yo no me atreví hasta enseguida a levantar los ojos al hombre y sonreír a una cara francamente convencida; sabiendo que mi rostro se hacía gigantesco y rojo y que la vergüenza en él no dejaba pasar mis planes que no quería admitir aunque venían con el güisqui, la alfombra y la librería; sin embargo no, ¡no! Había que ser un hombre varón y ofrecer resistencia. Muchas gracias iba a interrumpir: no podemos aceptar; gracias de nada, ya está hecho, qué egoístas sois los hombres, no ves que para Rosa es lo mejor sin duda, y para el crío ¿cómo se llamaba? Vigor, ah, Vigor, qué nombre más curioso, se lo puso él, bueno, a iniciativa de él, los padres siempre pensando en lo mismo. Aquí vais a estar muy bien. El señor no dijo ni pío, yo acepté otro vaso del oro líquido y me permití sucumbir.

Mentimos a sus padres, y nos trasladamos a la casa grande de nuestros nuevos amigos, el bancario y su dama.

Las normas estrictas de Rosa apagaron un poco la hermosura de nuestra habitación, dejarla recogida, ventilarla todos los días, hacer la cama, depositar la ropa sucia en la canasta, cuidado con el baño, que no quede encharcado ni sucio, ojo con los pelos, alerta a las colillas, ducharme a diario aunque no saliera. Voy a salir todos los días a primera hora a buscar trabajo, qué te crees, me ofendí. Vamos a pagarles la habitación que dinero para eso tenemos, no quiero misericordias. Mi mujer me abrazó. Tendremos a nuestra hija en nuestra propia casa, declaré. Quedan dos meses, me respondió. Dos meses son el plazo, ¿vale, cariño? Ujum. Rosa me abrazó como cuando éramos novios, eso pensé, aunque su cabecita vuelta quizá se estaría despidiendo de muchos anhelos y tramando un giro a su vida. Tampoco yo estaba plenamente en lo que estaba, el tiempo de inactividad y mis rencores me hacían no percatarme de la verdad de mi situación. Sin embargo, esa ofuscación (bienintencionada) pasó pronto: salvado el primer momento de bríos, supe con entereza que nada podría cambiarme; yo era igual que una roca desgajada de lo alto que rueda por la pendiente, bota y rebota, salta por un vacío, cae y vuelve a rebotar y rueda y continúa cayendo. Juro que me abracé a ella para que no ocurriese nada malo, dándole al mismo tiempo mi pésame por ser así, con lágrimas de impotencia, gratitud y rabia. Era el marido y padre de una criatura; con otra en puertas. Hubiera querido hundirme allí mismo, abolir mi genio, ser borrado de la vida de ella, morir deprisa o regresar a un tiempo en que yo no era semejante yo y adonde nadie me conociera. Por un instante, me alegré de esa abierta posibilidad imposible. Que al menos podía pensar. Pero es que no, yo era un bulto de estorbo y ese estorbo estaba agarrado a las caderas de aquella mujer a la que el azar de la vida había convertido en mi esposa; de manera que no podía moverme, hasta que ella dejó que la besara, me devolvió una caricia y con llanto en los ojos me apartó con un déjame tonto que hay mucho que hacer, soltándome la mano del sitio y separándose.

Pasó el tiempo como suele. Rosa continuaba en su empleo, cada vez más torpe y cansada; del crío se ocupaba, como nos prometieron, una jovencita nacida para el cariño; nuestro benefactor, el bancario, salía cada mañana pulcro y optimista a sus ejercicios (los primeros tres días coincidía con él en la mesa del desayuno y cruzábamos frases de mutuo acuerdo; el cuarto día yo me adelanté y dejé la casa incluso antes que él, el quinto me retrasé yo, así que no pudimos vernos, el sexto, el séptimo, el octavo y los siguientes ocurrió esto último; hasta que su discreción sospecho que dejó de preguntar por mí).

La señora tenía horarios menos fijos, acudía a su tienda de antigüedades o a la galería de arte según disposiciones imprevisibles, nunca antes de las diez o las once; por eso era con ella con quien más conversaba. No me pareció tan estirada como en la impresión primera, ni tan fea; su escote, apetecible, sabía qué decir y cómo para arder a los hombres casi al descuido, hasta que cuando se sentía el ansia de adelantarse, allí te esperaba. Con el collar al cuello y sin ropa se ponía a horcajadas a disfrutar. Sus pechos bamboleándose ante mí como las pesas mercuriales y justas de la justicia. Sus jadeos y gritos eran el fin del mundo. En tanto, la claridad a raudales a través de aquella ventana de visillos blancos cuando la niñera había salido a pasear a mi hijo por la alameda. Aprendizaje de años tenían que servirme entonces, yo sentía que abrazarme a esa mujer, hacerla llorar de gozo, valían de meta a tanta práctica. Quería ser su objeto, su paria, su obrero; recibir mi salario y gastármelo en destruirme antes de al día siguiente volver. Me sentía sucio, al mismo tiempo que triunfante. Un día le derramé una botella entera del mejor licor de malta sobre el cuerpo para lamerlo y apoderarme de él mediante la villanía de un robo. Más tarde rompí esa botella con odio. Me enloquecía y la enloquecía yo a ella. No me inmutaban luego los encuentros de los cuatro sobre la mesa para las observaciones del día y el intercambio de cromos. Aquello era otro mundo, distinto, otras reglas, diferentes personas que también éramos. Las mañanas de sol, las nubladas, y también las frías (que requerían la calefacción encendida –y le insistíamos, sí, a la chica, que al niño lo abrigase, que salir tenía que salir porque era lo que más le convenía–), todas las mañanas las estrenaba yo con mi violencia; de fiebre me despertaba unas horas antes, angustiado y con ganas, me movía en el lecho, mi mujer se daba cuenta de que me ocurría algo raro.

Me vas a matar le dije a la mujer en un descanso, no puedo resistirlo; le confesé: tendría que marcharme, sus padres ya saben que vivimos aquí y están muy disgustados con nosotros, cómo criamos a la pequeña en esta casa que no es suya. Me quitas la energía, soy un pelele, cuántos días hace ya que no voy a buscar trabajo, me has debilitado como una droga, me siento sin carne por dentro, además no soy tonto, sé que en cuanto te canses, un chasquido de tus dedos y salimos de aquí pitando en peores condiciones que cuando vinimos. Sin dinero, con dos críos que alimentar y, lo que es peor, rotos como pareja, conmigo ya inservible para todo futuro. Ella me escuchaba paciente, sonreía cínica, eso no, me corregía, un hombre de tu clase camina sin alma. Sois así, la integridad os convendría; pero incluso sin ella te cambias de muda, sin haberte duchado te peinas con una gota de olor y a la calle a seguir combatiendo. Yo tengo estudios, he hecho lecturas, iba a contestarle, sé lo que es la fidelidad a un amigo, conozco el amor. Y, a lo mejor, mis palabras dijeron eso. A lo mejor hasta lo dijeron. Solo que yo me encontraba en otra parte, alejado de ellas. Seguiría dedicándome cosas que no escuché en mi penumbra real, hasta que oí con claridad dame un beso, pásame la lengua por los hombros, más abajo, ahí, sigue, vamos, entonces me desperté y estaba obedeciendo.

Fueron días tristes con que empezamos el año, con la emoción de un hijo, los regalos y parabienes; tras ellos otros días que iban asentándose y avanzando penosamente, sin cambios en perspectiva. Mi mujer convalecía de su enfermedad, digámoslo como es, dejándose a merced de los labios de la pequeña, a la que llamamos Libertad (asustada de que la empresa decidiera echarla no más se reincorporase al trabajo), alimentándola con esa leche, en otra cama, agotada; mientras yo me encontraba con mi amante, cada vez con menos fuerzas y la furia de seguir emprendiendo una huida que ya se había vuelto un círculo.

Un día sí salí antes de que amaneciera; quería encontrar un trabajo bueno, ganarme el dinero, ser un hombre formal, escupirles su misericordia a la cara, abrazar a mi mujer y a nuestros dos pequeños de nuevo, entrar en una casa limpia y modesta, quería mirarme en el espejo de la entrada y aceptarme. Quería un sol tibio, que unas brisas me despejaran el mal, que me concedieran el tiempo que necesitaba… ¿por qué no amanecía para mí?, ¿por qué todavía era de noche en marzo?, ¿por qué la otra gente sabía qué había que hacer y adónde ir?, ¿por qué avanzaban todos tan serios y tan graves?, ¿por qué nadie decía nada?, ¿por qué…?

Entonces sólo mi dios de acero, sólo mi dios de acero vino y me dio una palmadita en el hombro.

Yo regresé a casa cansado y con las manos caídas. Me prometí no beber más, buscar un comienzo, no beber más hasta que tuviera empleo, o hasta que me reconciliara con Rosa, no beber una maldita gota hasta que dejara las artes de aquella mujer. Prometí no beber, solemnemente no beber hasta que hubiese algún cambio de cualquier clase o no beber sin más, aunque no hubiese futuro, porque no había futuro que hacer.

Conque abrí la puerta de regreso y no pasó nada.

… Mi mujer le daba el pecho, dormía mal, yo le cambiaba los pañales sin apetecerme, sacaba al mayor al jardín o a la calle. Por las tardes todo era ordenado y fingíamos. El fingimiento se volvía viscoso o transparente y amable, de pronto simpático, incluso un poquito optimista, hasta que de pronto surgía una barrera horrible. Y sí me dejé resbalar de nuevo, porque no había cambios. Por un tiempo imaginaba que ella se lo confesaba todo a Rosa, de mujer a mujer, así teníamos paz y un final dramático. Soñé que su marido se volvía lúcido en el instante preciso, me afrontaba y gritándome: en mi propia casa, yo que te he dado cobijo, canalla, me haces esto, ¿no tienes vergüenza? Yo feliz me hundía más, más, me hundía quiero decir hasta la salida del fondo. Ensoñaba incluso que Rosa una mañanita se levantaba con su dolor de espalda y sigilosa, involuntariamente inocente, oía la refriega nuestra; ahí enlazaba los cabos de mi rareza, la distancia en los últimos meses de la mujer anfitriona, y entonces se descomponía, aunque firme para decidir por los dos.

Sin embargo nada, nada de eso ocurrió. Y yo sentía mi carne infecta pudrirse de dentro afuera. Me gustaba su cuerpo de gacela poderosa, junto al alcohol que me servía. Y mi dios de acero tiene la paciencia y los nervios de acero, pues como me retrató ella sincerándose cuando me dijo que yo sé vivir sin motor, sólo con la cáscara, tirando hacia delante; ahora cuánto, cuánto tiempo, dios mío, hasta que me destroce.

Entonces. Ya. El destino vino a sacarme.

La cría se puso enferma, una fiebre inconcebible, un pie en la muerte o el daño cerebral, Libertad que se nos iba del todo, nosotros suplicando corriendo al hospital en la madrugada horrible, las enfermeras actuando, los médicos advertidos, nosotros con la angustia entre los huesos. Rosa y yo más unidos y desamparados que nunca. Sentí deseos de confesarle mi traición allí mismo; no lo hice. Entonces me reconoció que había llamado a su madre para que viniera, no me dejó ni enfadarme, que la llamó para no verse tan sola. Quiso llorar y no pudo; dijo mi nombre, movió la cabeza. Dudé; ella ignoraba mi asunto, aunque era como si ya lo hubiera sabido y sin culpa dejara caer el lazo para desentenderse de mí.

De modo que me porté como un hombre, me interesé por mi niñita querida. Algo firme había surgido en mí, quise que se salvara y que todo se fuese al diablo. En esto, llegaron mis suegros con su cara alarmada, su eficacia, su amor; tuvieron conmigo la delicadeza que les supe corresponder, apoyé a su hija; y sufrí. Sufrí como un cerdo. Que este dolor me edifique, que me vuelva duro; estreché los hombros de Rosa en un descuido y la retuve, mirando hacia lo alto, a un cartel de la pared que pedía silencio hasta que se me hizo borroso. Ella se desembarazó, del que para mí fue un minuto suficiente.

Un encargado sanitario vino a decirnos que la niña estaba bien; el peligro había pasado, no existían complicaciones ni secuelas ni nada. No se preocupen. Pueden entrar a verla y dormir en la habitación, una persona. Esta noche en observación y mañana se la llevan. Qué alegría. Su madre entró a la habitación; yo me quedé con mis suegros, decidimos que cada uno a su casa y los despedí. Tal vez porque tenía miedo, quise llevar las cosas hasta el final. Permanecí la noche entera allí; atravesando puertas, pasillos, escaleras, la entrada de urgencia de las ambulancias y los coches, sentado en un banco olvidado en el que nadie se sentaba nunca, sin otra compañía que unos cigarrillos y las horas de madrugada hasta el amanecer. Se me hizo largo, supe resistir al sueño, no pensé ninguna cosa. Era un cerdo, pero un cerdo bastante inconsciente.

A los tres días, Rosa se había vuelto con sus padres y yo me había librado de aquella mujer fatal que me supo entretener. Les dimos las gracias al matrimonio, quizá tan satisfechos de sí mismos como perplejos, quienes escucharon nuestra razón y ocultaron sus sentimientos. Realicé la mudanza con ayuda de mi suegro, que primero la llevó a ella y a los críos, luego el resto de los bultos. Si quieres vuelvo por ti, me invitó, te acerco a donde me digas. No acepté su ofrecimiento; había bajado con él hasta el mismo portal, sobre todo por que no me vieran los que habían sido mis anfitriones, y le dije adiós. El hombre me dio un abrazo, no sé el motivo (supongo que su yerno lo sería siempre) y me dejó con mi maleta. Cuando lo vi marcharse, empecé a caminar. Unos trescientos pasos me bastaron para sentir que mi vida recuperaba su peso, y tuve que descansarlo sobre un banco. Apoyé la maleta en el asiento y me coloqué a su lado. Era una caja lastimosa con un asa: rozada, descolorida y rota, con el valor acaso de la fidelidad más que de los recuerdos. Asemejaba un amigo, silencioso y cabal. Pasaba gente a mi lado. Cruzaban los automóviles a sus destinos. Sólo yo estaba quieto, bajo el sol insultante del mediodía. Me acordé de mi propia imagen y la de mi mujer cuando estaba embarazada y llevaba yo el carrito. Habían transcurrido sólo unos meses que ya me parecían años; la imagen se había vuelto algo irreal, susceptible de ser retenida con ese orgullo de la precariedad vivida y superada al fin. Ahora, en cambio, me había quedado solo; con mi yo pérfido, inútil y deseado. Solo yo. Necesitado de una figura nueva con la que identificarme, que sin embargo no se acercaba.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.