Javier Sáez de Ibarra va publicando de modo seriado, a razón de un capítulo semanal, su novela La vida económica de Tomi Sánchez en esta revista. Nosotros esperamos los miércoles semana tras semana para saber un poco más de las peripecias de su protagonista.

 

En aquella época, vivíamos con mis suegros, Rosa tenía trabajo y yo apenas. Quizá por eso en el fondo, sus padres la habían inducido a que buscáramos otra casa en donde instalarnos. Lo digo porque yo pasaba los días allí, durmiendo, o volviendo a media mañana derrotado por patear las calles de vacío y para beberme su güisqui. Sé que aceptar a alguien así como yerno, cuando mi suegro estaba en su empleo y su mujer al cuidado del hogar y de mi hijo, era duro. Qué queréis, uno es libre de buscar trabajo, no de obtenerlo. Eso de la libertad siempre me ha parecido un poco relativo. Conque me volvía hacia las once o doce como cuento; llegaba, jugaba un poco con mi hijo que, para que os hagáis una idea, aún no hablaba, y sacaba los cigarrillos, el vaso labrado, y colocaba los pies descalzos sobre la mesa para ver más cómodo el serial o la bulla de las conversaciones íntimas o la discusión político-económica de turno. La madre de mi mujer daba la papilla al pequeñajo y le hablaba mal de su creador. Yo la escuchaba porque en eso tenía algo de gracia. No me agradaba, pero aquello era vida. Lo malo, por las tardes; Rosa volvía deshecha del horario y apaleada por los autobuses (yo creo que los transportes públicos, a partir de cierta edad, o los dejas de usar o te machacan el carácter; no sería extraño que más de una pareja se haya disuelto por eso); traía ganas de descansar, abrazar al chavalín y descargarse conmigo. Como yo lo sabía, me encontraba ausente para atender alguna oferta repentina, o tenía unas décimas de fiebre y me había acostado, o estaba ahora mismito a punto de salir. La mayoría de las veces, sin embargo, no resultaba: dejábamos al crío con su abuela, nos encerrábamos en el cuarto y las voces chocaban con los cuadros y las paredes. Después, primero uno y luego otro, como en las reuniones clandestinas para no levantar las sospechas más que confirmadas de la policía, salíamos al ruedo del salón. Que se me entienda bien: yo, en serio, amaba a Rosa.

Quisimos encontrar otra casa que, naturalmente, no conseguimos. Antes que eso, yo pretextaba que quién iba a quedarse con el niño si dejábamos el hogar de los abuelos, estando ella atada al curro y yo buscándolo por ahí; ella decidió que nos privaríamos de parte de sus ingresos para pagar una guardería. Y yo: que los niños se enferman cada semana durante el primer año; y ella: que en tal caso lo llevaríamos con su madre hasta que se recuperase. Y yo: que quién lo llevaría si yo salía temprano a ir a buscar ese empleo. Y ella, que si yo salía temprano: ja. No tenía defensa que oponerle, estaba claro; lo que temía era perder el calor de aquella casa y sus comodidades entre las que me sentía a gusto: la licorería, como la alfombra, los muebles, la colección de libros tan buena, la mesa baja frente al televisor, y saber que unos padres nunca descuidan la manutención y el abrigo de su hija, de su vástago y de quien los acompaña para hacerla feliz. ¿No es verdad? A cambio de eso, sólo veía la perspectiva de un piso desangelado y frío, de madera oscura y pintura a la vista, sin cortinas, que tendríamos que colgar nosotros, falto de muebles, que tendríamos que conseguir no sé dónde. Sin embargo, Rosa aseguraba que se alquilaban pisos perfectos con todo lo necesario para entrar a vivir y disfrutar una vida normal. ¿Una vida normal? Ya hablaré yo enseguida sobre lo que significa “normal”. Para mí, por decir algo ya, normal eran esa alfombra que digo, su librería y sus vasos tan monos.

He confesado que la amaba; además, una mujer con siete meses de criatura en su seno tiene un poder avasallador sobre cualquier ser humano que respire aire. Ella confiaba en que ese poder le valdría en el mundo inhóspito de nuestra ciudad, que no respira oxígeno sino petroleado, y le daba arrestos para el ataque. Recorrimos gestorías, inmobiliarias, todo tipo de empresas que localizan, compran, venden viviendas. O no había o eran caras o acababan de alquilarse o estaban lejos o que llamásemos nosotros. Pues eso. Se dejaba conducir hasta un bar, donde me acompañaba con un agua mineral, sentada, incómoda, y con la mirada perdida. Yo, a veces, para que no llorase, me levantaba de mi asiento y me llegaba hasta la barra a preguntarle al tipo si conocía de alguien que alquilara una casa, me volvía con la indiferencia del no, o me acercaba al corcho de una esquina donde algunos colocaban sus papelitos de ofertas y peticiones. Qué desoladora mezcla de letras escritas a mano con un bolígrafo o por ordenador y desesperación.

Admiraba a Rosa por su valentía, por encima de otras muchas cualidades que recordar me hace daño. (Yo siempre he buscado mujeres de carácter que pudieran golpear el mío –lo que era imposible–.) Así que pidió salir un ratito antes de la mañana laborable a su señor jefe –que se lo concedió por humanidad–, vino a casa, le puso una ropa digna al niño, me tendió la chaqueta y anunció que nos íbamos. ¿A dónde? Al banco. Al banco ¿para qué? Para pedir un préstamo. Un préstamo ¿para qué? Para comprarnos una casa. ¡Una casa! ¿Nosotros? No dijo más. Cruzamos diez calles hasta la sucursal. No nos lo van a dar, no nos lo van a dar. Me paró en seco, en el borde de la acera. Me golpeó el carácter como expliqué antes. Bien golpeado. Yo le miraba al vientre protagonizado por nuestro segundo hijo, y pensaba en que sus palabras labrarían el futuro de la criatura. ¿Me entendéis?, aquello me gustaba.

Entramos: primero ella, luego yo empujando el carrito. Las puertas eran incomodísimas para recibir a los ladrones; había que pasar de uno en uno, esperar a que se corriese el vidrio, apretar un botón, que cambiase la luz, etc. El detector de metales discriminaba el cochecito, así que tuve que desentrar marcha atrás, tropecé con una señora, me disculpé y dejé el vehiculito infractor junto a la pared –con aprensión a que algún chorizo se lo quedase como botín al menos.

Rosa me recibió con una sonrisa de triunfo. Yo la amé.

Esperamos de pie a que las sillas delante del encargado quedasen libres. Yo, que procuré arrimarme a los buenos, me apoyé sobre una mampara que casi me tira con el peso de mi hijo y su bolsón. Los de otra cola me juzgaron como a un parricida. Los castigué con mi orgullo de no esperar tanto. Y con besos.

No tardó en aparecer un tercer hombre que nos inquirió, solícito, si nuestra entrevista con el empleado de la mesa sería respecto de un préstamo hipotecario. Mientras yo me empeñaba en descifrar su jerga, Rosa le contestó que sí. ¿Han visto el documental?, nos preguntó. Qué documental. El documental del banco. ¿Hay que ver un documental del banco? Jeta de asombro equivalente a un pues claro, qué pregunta es esa, vale que no sean del gremio. ¿Y esa gente de la cola la ha visto? Por supuesto que sí, señora. Además, damos un vale. ¿Y dónde se ve? ¿Hay que pagar? –puntualicé. El visionado es gratuito, me reprendió moralmente contento el moneditas. Además la sesión no tardará en empezar dentro de diez minutos. Consultamos el reloj digital de la pared que había al frente, tan imparcial como todos los relojes, si no más, extenuante como pocos. En deferencia hacia el estado grávido de mi amada aquel señor le permitió sentarse en una sala de espera sin butacas –en una que le alcanzó él personalmente–, donde otros condenados al cinematógrafo sufrían lo indecible. Saludamos, nadie nos contestó. Ahora saldrá el que corta los tiques, lo mismo reparten palomitas, jeje. Tenía unas ganas locas de hacer chistes; mi mujer no estaba de humor. Los diez minutos prosiguieron de largo hasta los veintiuno, con un doble efecto devastador para nuestra paciencia. Cuando llegaron, otra pareja y luego un joven dieron los buenos días, nosotros callamos igual que el resto.

Por fin la hora, un hombre abrió una puerta entre el ronroneo humillado del público y la prisa por entrar y sentarse. Rosa y yo lo hicimos como los demás, poco después de que el niño se hubiera despertado. Tendrá hambre. Entendí el mensaje y pregunté. ¿Un potito? Se lo das tú, me pidió ella. Algo me dijo que su abstinencia de cine ahora le hacía ilusionarse con la peliculita; me dio rabia, pero acepté. A la vez que íbamos entrando, giré el bolso y abrí la cremallera, tanteé en su interior el potito, saqué del bolso el potito, nos estábamos sentando, logramos nuestra localidad, tanteé en el bolso el babero, tanteé más en el bolso, ¿dónde está la cuchara?, no sé, calla, un hombre no llegué a ver si el mismo de antes hizo una introducción, búscala, ya la tengo, no cerré el bolso, sujeta esto, por favor, yo me hacía con el peso del crío, se apagaron las luces, mierda, no veo nada. Escuchamos la protesta de nuestro hijo en la oscuridad que coincidía con los títulos de crédito. (Eso podría ser un chiste del que no me percaté entonces.) Yo forcejeaba con el plástico del sellado protector y luego con la tapa del potito. Pude poner a mi hijo a cabalgar establemente entre mis piernas, sujeto con mano firme; con la otra, acerté a introducir la cucharita en el potito; me concentré en la tarea. Mucho. Mis ojos iluminaban en la oscuridad. De alguna manera, sé que encajé la mayoría de las cucharadas en la boca, sé que se manchó él y me manché yo, y el asiento, y el suelo, que lo limpié al comienzo como supe. En tanto una voz locutora, explícita, cálida, nos hablaba del bien desde la pantalla, en los ratos en que cesaba la música o sobre ella, una música de lata, animosa, que entraba a intervalos. Yo ni veía ni oía ni entendía. Implicado en la alimentación de mi retoño, sólo acerté a ver la escena en que una cabeza humana se colocaba entre dos espejos enfrentados y se multiplicaba así en miles de cabezas iguales hasta el infinito. De igual manera el banco consigue multiplicar la riqueza a partir de algo sólido; es el dinero una imagen, que se repite y aumenta, explicaba convincente la voz en off. Y yo comprobé esa abrumadora reproducción y deseé fugazmente entrar en ella. Mi impulso sólo se pasmó al preguntarme cómo se las arreglaron para borrar de la escena la cámara que la había filmado.

De pronto las luces encendidas desvelaron el desastre (me refiero a la acción de la cuchara pringosa sobre la carita del niño, el babero y los churretes en mis pantalones y hasta más abajo), traté de ocultarlo; corrían todos hacia la puerta, aliviados: animé a mi mujer a que los siguiera. Cogió su bolso, se despidió, se marchó. Me quedé solo en mi butaca más tranquilo, ocupado en cerrar la tapa de rosca del potito, limpiar todo con unas servilletas que habíamos traído de casa, guardar la cuchara, cerrar la tapa; me puse de pie, le hice una carantoña a mi hijo y pensé si dejar las servilletas disimuladamente en el suelo con el potito que no había cerrado; me pareció una reacción excesiva, así que traté de agruparlas hechas una pelota en una mano sin que me mancharan mucho, y sin soltar a mi hijo traté de cerrar la tapa del potito, no lo conseguí porque entraba y se salía todo el tiempo, calla, hijo, ya nos vamos, lo tranquilicé, me puse nervioso, traté de cerrar la tapa pero una tapa de rosca de un potito o de cualquier otro bote o frasco, una tapa de rosca en general no tiene por qué ser un objeto de mecánica sencilla. Así que al final, sujetando a mi hijo con una mano, me colgué el bolso en el hombro y salí llevándome en la otra la bola de servilletas y el potito y la tapa sucia del potito, de los cuales me libré al fin en una papelera junto a la puerta.

Cuando regresé a la civilización, mi mujer me hizo una seña pues ya nos tocaba. Con un ademán, el encargado nos autorizó a ocupar dos sillas delante de su escritorio. El niño se sentía a gusto, inverosímilmente, nos sentamos. Sin embargo, ni mi mujer ni yo podíamos acercarnos mucho a la mesa, porque una tabla de madera no dejaba pasar las piernas, a ella con su embarazo y a mí por el crío que sostenía bajo el pecho. Estábamos tan lejos como un náufrago sin fuerzas a dos metros de la orilla antes de ahogarse: juro que lo pensé a la vuelta. El encargado era un hombre bueno, de gafitas, el cabello algo más largo de lo reglamentario, con su corbata y su camisa bien planchadas que daban gusto, una aureola de perfume envolviéndole la cabeza, las tostadas o el croasán y el zumo de naranja con el café bien mezclados en su frugal estómago haciendo su trabajo. (Yo aún no había leído aquello de que un empleado bien desayunado y tras haber leído el periódico de la mañana es capaz de cualquier cosa.) Dominaba el castellano, sus manos y sus modales. Pensé que reciben cursillos donde les explican todo, pero todo, todo. Y por ese motivo, cuando se sientan ahí, ante gente extraña, pedigüeños y quejicas como nosotros éramos, ya saben qué hay que hacer, qué decir, cómo esquivar un golpe. Por eso nunca se sorprenden, no dudan ni se emocionan. Nunca, que yo haya visto, dejan que se enturbie su felicidad auténtica y sin mácula, casi contagiosa si no fuese por la evidente diferencia de precio.

Rosa supo estar agradable, seria, expositiva, a mí mismo me persuadió al momento. Sus manos no llegaban apenas al borde de la mesa del despacho, lo que quizá les privó de mayor contundencia; con todo, su presentación fue soberbia. Me gustaba mi mujer. El encargado escuchaba el relato con esmero. Te hacía sentir bien: el mundo ha sido hecho de nuevo esa mañana; los seres humanos pueden conversar, entenderse y ayudarse unos a otros. Henos aquí: un hombre educado y responsable, delante de unas personas alegres y necesitadas que, claro, tienen un hijo, otro en camino, un empleo seguro, y otro en camino también; son jóvenes, el mundo está en sus manos, con sus pocos ingresos viven encantados y contentos; hinchados de futuro, colaboran al sostenimiento demográfico-dinerario del país, dispuestos a devolverle lo que este les ha dado…

Pues resulta que no. Las pantallas y sus gafitas veían claramente que no. Y eso que tecleó los ingresos anuales de ella, que ella había sumado, más o menos, la noche antes. Datos que él había traspasado a otros datos más cuadrados de la pantalla, mientras nosotros esperábamos con toda paciencia y yo la miré a ella y ella me recriminó que ahora tonterías ni una, por favor, que no fuese un chiquillo. El encargado sabía decir las cosas sin que resultaran ofensivas. Era un hombre solvente. Parecía un amigo. Un amigo aconsejándote que ese coche en que pensabas gastarte la pasta no te convenía.

–Sus ingresos, señora, no permiten avalar un préstamo como el que me piden.

Un amigo al que le duele más a él. ¿Se dice así?

–Mi marido va a empezar a trabajar dentro de nada, y aunque fuera poco, que no tiene por qué serlo, ya llegaríamos –suplicó ella.

El hombre, de verdad, era comprensivo. Lo que pasa es que le tocaba hablar a él, eso ocurre exactamente igual en el ajedrez, que es un toma y daca.

–Si su situación económica se modifica, pueden volver a acudir a nosotros. O… –y nos agarrábamos a esa palabra (a esa letra), que él era el único que iba a echar a rodar a ver cómo seguía–, o buscan una casa más pequeña –y qué se entiende por una casa más pequeña, ¿una caseta de perro?– O –a ver, a ver–, o que esté más lejos –ya, solo que necesitamos vivir no muy apartados de mis padres para que se ocupen de nuestro hijo–. ¡Ah, ya! Me dicen que tienen que vivir lo más cerca posible de sus padres… –el hombre había escuchado con atención, sin duda; mas entonces el último “o” se desinflaba, las opciones se cerraban antes–. Está difícil la cosa. Con las premisas que ponen, está muy difícil… realmente.

El niño se puso a llorar de improviso, a gritar más bien, como si un sexto sentido suyo adivinara nuestra desgracia. Traté de calmarlo, pues hasta el encargado había procurado un alto en su razonamiento. No había manera de que se tranquilizase. Chillaba más fuerte. Los reos de la cola nueva nos observaban tratando de localizar un error. Mi mujer se impacientó, no quería cogerlo por falta de espacio y porque ella llevaba el diálogo. Le puso el chupete en un gesto inútil, sácalo de aquí, hazme el favor. Yo me levanté con el chiquillo en brazos, ¡cojones!, me golpeé con la mesa, perdón. Rosa me atravesó con los ojos. Coméntale lo de nuestro derecho a una casa según la Constitución, le susurré tratando de aportar algo y no parecer tan idiota.

Me alejé unos pasos, comencé a caminar y bailotear en círculo. Mi hijo berreaba sin freno, yo lo sacudía como a un bote antes de abrirlo. Entre el escándalo que armábamos procuraba atender a la disertación del bancario. Reconocía ante mi mujer que la ganancia de un préstamo para ellos era de cuatro y medio a uno. Resultó que palabras tan violentas podían pronunciarse en un lugar tan sereno.

El llanto de mi hijo me llevó a círculos cada vez más alejados. Le ponía el chupete y se lo quitaba, se lo volvía a poner, lo mismo; pensé si serían gases, si habría comido poco o eran nuestros nervios, que se los transmitíamos. Hice una respiración zen durante dos segundos. Mi niño era insensible a cualquier método de relajación.

Una mujer de cierta edad se me acercó; le permití que lo atendiera. Mientras Rosa continuaba con su desigual combate.

–Ustedes presumen de que cumplen una función social -o algo parecido escuché que le decía–. Pero sólo especulan, no les importa más que su beneficio.

El hombre se encogió de hombros.

Me sentí, de pronto, un absoluto imbécil. Ya os imaginaréis por qué. ¿Qué hacíamos nosotros dos allí? No se le explica a un león que se comen gacelas, ni a los cabreros que hubo un tiempo dorado. No podíamos enseñarle nada; el conocimiento de aquel modesto empleado era más profundo que el nuestro. (Luego, durante los días siguientes, ese hombre tuvo la misericordia de revelarme algunos detalles de su estrategia: todo consiste en el cálculo. Me dijo: si hay un saber avanzado en la civilización humana, más que el de la Física cuántica o la Anatomía cerebral, es el financiero: producciones inextricables, exitosas siempre y cedidas definitivamente a las máquinas, que ni sus administradores aciertan a comprender: he ahí la clave.)

Hablar allí era gastar saliva. Vi que mi mujer ya se había encogido sobre sí de manera significativa en su asiento; en cuanto a mí, minado por dentro, y con el ligero peso de mi hijo en el regazo, más delgado por las lágrimas, sabía que no era un rebelde que ahora le arrojaría el tarro de bolígrafos a la cara, le empujaría los expedientes y patearía la maldita mampara de madera que no dejaba descansar las piernas. (Esto no es una mesa camilla, esta no es una institución de caridad, esto es una empresa y este hombre un servidor colocado ahí para que no haya riesgos. El señor Bertold Brecht lo ha expuesto mejor que nadie.)

Di las gracias a la señora que había calmado al crío y me acerqué a la mesa en donde estaban.

–Hay una sala habilitada para los desahogos –le decía–. Ahí, donde pone: “Rechazados”; es cuanto puedo ofrecerle. Paredes y suelo acolchados.

–Vámonos, Rosa –le dije. Nos levantamos, ella con más dificultad.

Mi mujer le destiló un buenos días mientras se daba la vuelta. El hombre le contestó ya modélicamente de pie mientras mi silencio. Ella se apartó con la cabeza casi bajo los hombros. Yo contemplé el borroso frente de la cola de antes, un pequeño ejército de esperanzas. Cargué a mi hijo que respiraba tranquilo como si todo hubiera acabado. Nos pusimos en marcha. Había una moqueta a nuestros pies que llegaba justo hasta la puerta acristalada, sobre la que nuestros pasos pasarían sin dejar huella. Era agradable y desolador a la vez. Así me sentía.

Me sobresaltó la idea de que, durante nuestra estancia en la sucursal, nos hubieran robado el cochecito que había dejado a la entrada; lo busqué, no lo vi, me asusté. Miré de nuevo hasta que cesó la alarma: alguien, simplemente, a quien le habría estorbado el paso lo había cambiado de sitio.

No hemos perdido tanto, le dije a mi mujer que no podía entenderme. Bueno, me consolé, hoy seguro que mi suegro me sirve un güisqui doble, el mío y el de su hija que no puede tomarlo. A lo mejor siente lástima de nosotros y hasta nos saca de las anchoas buenas.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.