Javier Sáez de Ibarra es uno de los autores más inquietos del panorama literario patrio. Ha publicado varios libros de cuentos, pero la novela se la ha dado a penúltiMa para ponerla en circulación. No cabemos en nosotros de gozo de poder compartir, cada miércoles, un nuevo capítulo de Vida económica de Tomi Sánchez. Engánchense como lo hicimos nosotros.

 

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera:
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

 A hora que no hay quien vaya a las aguas
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tánto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.
                                   Quedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                                 ¡COMO NO VA A PODER!
Azular y planchar todos los caos. 

                                                                 César Vallejo, VI, Trilce

 

A eso de las once de la mañana, un 4 de abril anticiclónico y de temperatura suave para ser exactos, Tomás Sánchez López, en ese entonces obrero metalúrgico, sufrió un accidente con una cortadora de planchas. Nadie se explica cómo –digamos–; porque el operario no activó el seguro, porque el seguro tenía una holgura que las revisiones no detectaron, porque no se efectuaron revisiones de hecho, o porque no había seguro ni mantenimiento; el caso es que la máquina cortadora (semi manual) encontró su brazo con el filo. Limpiamente cayó su mano en el gesto de sujetar algo todavía, con su guante de seguridad puesto. La mano, el brazo se despidieron con un saludo más arriba del codo de donde solían, dicho esto para no entrar en detalles de mal gusto; y el empleado se desmayó.

–¿Otro? –dijo el encargado cuando corrieron a decírselo–. Id haciendo algo vosotros, un momentito. Y así terminó de ordenar unos albaranes, colocar unos presupuestos y llamar a su secretaria para asuntos inmediatos.

Los compañeros de Tomi se agitaban. Uno trataba de despertarlo hablándole con cariño, otro trajo un vaso de agua, el más avispado cruzó toallas sobre la herida. –Más toallas, –No quedan, –Las del piso de arriba, hombre, –Ah.

–En el botiquín hay gasas –anunció alguien.

Corrían los compañeros de Tomi laboriosos, hormiguitas.

Una o dos secretarias bajaron a ver, se fueron con la cara entre las manos. Otra dijo las toallas tienen que estar más apretadas.

Llegó el encargado-jefe, que de estos asuntos tenía alguna experiencia.

–¿Cómo está? –se interesó.

–Ya ve, jefe –respondió uno de los compañeros.

–¿Qué pasa? –preguntó Tomi que en ese momento se había despertado.

–Ayudadlo a levantarse y sacadlo –ordenó–, aquí no debe estar.

–Pero ¿esta sangre es mía? –preguntó Tomi.

Entre dos lo auparon. Así, de pie, parecía que no hubiera pasado nada. Solo que Tomi seguía alarmado: ¿y mi brazo? No mires, compañero. No te preocupes. ¿Tengo el brazo? ¿He perdido el brazo? Lo hicieron ponerse a caminar, uno apretando las toallas para restañar la hemorragia, el otro sujetándolo del miembro ileso; parecían polis que llevaran a un detenido.

–¿Alguien ha visto mi brazo? –insistía Tomi.

–Y cogedme esa cosa, hacedme el favor –continuaron las órdenes–. Llamad a Puri que limpie el suelo que está hecho un asco.

Un tercero recogió el trozo de brazo, al principio con aprensión. Pero luego, quizá pensando que él mismo había estrechado esa mano en alguna circunstancia, lo llevaba sostenido con las dos manos igual que a un bebé.

–Mi brazo. ¿Dónde está?, compañeros…

La extraña procesión que se había formado caminó unos metros por la planta de la fábrica, desconcertada y solícita, dejando un reguerillo; después se detuvo, incapaz de elegir.

Habló el jefe. –Vamos afuera –dijo. Y lo siguieron todos.

Avanzaba así la comitiva: el encargado-jefe delante, luego los dos compañeros con Tomi, el que llevaba el brazo separado con otra empleada detrás. Y la voz de Tomi la última: ¿qué pasa con mi brazo? ¿Y mi brazo?, los seguía diciendo.

–Valor, amigo –lo consolaba uno–. No es el fin del mundo…

Aunque la voz no se convencía.

Cruzaron la planta sorteando las máquinas que la ocupaban por entero, llegaron a una de las salidas, superaron el control y se hallaron fuera.

El sol los golpeó con su vigor inevitable. Entrecerraron los ojos casi al mismo tiempo, y miraron a ambos lados para cruzar con la precaución de que no pasara ningún coche. El encargado-jefe dirigía la marcha. Enfrente había los restos de un parque todavía con árboles, una explanada de tamaño medio, una fuente seca hacía años y dos o tres bancos útiles; allí se encontraban de tanto en tanto niños, ancianos, alguna prostituta, canes, cada cual a lo suyo. Esta vez no había nadie.

Llegaron ante un banco con varias tablas de asiento enteras.

–Sentadlo ahí –decidió el encargado-jefe. Y lo volcaron en él con cuidado–. También el brazo –añadió.

Y el que lo llevaba lo colocó junto a Tomi. Desde cierta distancia podía recordar un bocadillo.

–Ya está –les dijo el jefe a los que lo habían acompañado. A Tomi lo estremeció un suspiro–. ¿Qué más hay para ver aquí? Volved al trabajo.

Se volvieron. Uno rechistó –Pero…

Cuando se quedaron los dos solos:

–Mi brazo –se quejaba Tomi mirándolo.

–Mira que os digo que seáis prudentes… –se lamentó el jefe.

–Mi brazo.

–Ahora no queda más que ser hombres.

–Mi brazo –continuaba.

–Mira, Tomi, te vas a quedar aquí quietecito, con tu brazo, descansando.

–¿Me vais a dejar aquí?

–Este es un buen sitio, Tomi; no te quejes, por favor. Estás sentado debajo de este árbol grande para que el sol no te haga daño.

–Estoy herido, he perdido el brazo.

–No has perdido nada, Tomi, lo tienes a tu lado. Y ya te digo que no es mal sitio ni mucho menos, hay quien deja a los accidentados en otros peores.

–Ya lo sé –admitió.

–Luego venimos a recogerte –ya se iba. Tomi se revolvía en su banco–. Estate quieto, hazme el favor, que no eres un crío. Cuida de que no le pase nada al brazo y tranquilidad. En cuanto acabe el primer turno mando a alguno de estos a que se ocupe. ¿Estamos?

Ya había cruzado la calle y se disponía a franquear el portón de la fábrica. El guarda de seguridad se perfilaba en su garita de entrada. Se veía a Tomi que levantaba el brazo sano despidiéndose.

–¡Piensa en cosas alegres! –le gritó el jefe desde allí, como un consejo.

 

Yo miraba mi pobre brazo, pero me deprimía un poco; así que traté de desviar mi atención. Contemplé la fachada sucia de nuestra fábrica, las aceras, los árboles, las copas de los árboles, los caminos de tierra, la explanada llena de hoyos… Pensaba en la primavera que iba a traernos alegría después del miserable invierno que habíamos tenido… Pensaba también en las energías que la primavera nos daba cuando éramos jóvenes… Pensaba en cómo me agradaba esa estación del año. En el nuevo mundo inminente que iría a sorprendernos.

Suspiré. Suspiró.

Tomi se quedó en el banco en donde lo habían dejado sus compañeros, al lado de su brazo, que ahora no parecía suyo aunque conservaba un aire familiar. En ese rato pensó muchas cosas. Pensó que sin el brazo ya no podría estrechar igual a su mujer, y que ella echaría de menos sus caricias, ahora tendría que esforzarse en hacerlas solo con una mano. En sus hijos, y en cómo jugaría con ellos, si todavía podría ser un buen modelo y padre. Tal vez lo despreciaran. Se pondría traje y corbata, pero no serviría de nada, la manga colgando lo delataría. Se pondría el mono y lo mismo. Cuando caminase por su barrio con el brazo a medias, no sabría ocultarse. No había nada que hacer. Y esto lo entristeció muchísimo.

Quiso imaginar que recuperaría el brazo. A mucha gente se lo habían reimplantado con éxito, y luego habían conducido motos, cargado paquetes o levantado a su novia para cruzar así el umbral de su casa nueva… No podría echar un pulso, claro, pero a quién le importaba eso. Llevaría una vida más tranquila, más como debe ser, sin angustias ni prisas, feliz. Ese brazo roto, ese brazo iba a resultar un corte en su vida, empezaría a tomarse las cosas de otra manera; miraba el brazo inerte, aquel trozo separado de sí mismo estaba siendo capaz de prometerle una existencia diferente, sana y dulce. Al contrario de lo que había pensado, no se cerraba una puerta oscura, se le abría una etapa de dicha.

Meditó sobre su vida, agitada y revuelta siempre. Sí, años veloces llenos de sobresaltos. La loca juventud, las decisiones y los rumbos tomados, la marcha de su casa, la elección de una pareja, luego de otra, de la tercera, el nacimiento de un hijo, de otro, de otro más, este trabajo, el siguiente, el nuevo, el cambio de domicilio, la partida del barrio conocido hacia otro por descubrir, la mudanza en que algo se pierde inevitablemente, los amigos que se van, los que llegan, las crisis y la felicidad. Se reconoció en los dolores que le había dado, en los sufrimientos incluso, que en aquellos momentos en el banco sólo podía juzgar con simpatía. Y en la muerte. Ya se sabe, uno se pone a pensar en su vida y en su muerte pocas veces, pero siempre de improviso en lugares insospechados. Así que en la muerte. Tomi se alegró de haberse vuelto, hacía poco, católico (bueno, más o menos católico o algo). Sintió que no tendría miedo a morir; en ese instante supremo cruzaría la frontera con serenidad, casi con gusto, sabiendo que del otro lado conservaría la misma energía, iguales ideas que aquí, y podría seguir visitando esos árboles, los bancos, la fábrica, su casa, a su familia, a sus queridos amigos… solo que –se figuró– siendo mejor persona, flotando con cariño por todo lo que existe.

 

Luego la segunda hora se le hizo más pesada.

Se echó un sueñecito; lo despertaron unos chicuelos que deberían estar en clase.

–Señor, ¿es suyo el brazo?

Por fortuna no lo habían tocado; lo arrimó a su pierna. Para incorporarse, tuvo que empujar con fuerza con el brazo bueno hacia arriba. Cuando estuvo derecho sintió que le dolía la cabeza bastante y que tenía sed (Debió pedirles a sus compañeros una botellita.)

Ante él, tres chavales de unos diez años le recordaron a sus hijos.

–Oye, ¿no me podríais traer agua?

–La fuente está seca.

Uno de ellos se había empeñado en tocar el brazo. Al fin se atrevió, pasó el dedo por el reborde de carne que asomaba de la camisa y el mono.

–Está frío –anunció a los otros con una sonrisa.

Sus amigos quisieron imitarlo al momento. Él se aterrorizó: –Voy a perderlo –les dijo.

Me levanté deprisa, cogí el brazo y eché a andar hacia la fábrica lo más rápidamente que pude, que no era mucho porque estaba mareado y con las piernas torponas. Tenía que pedir a los compañeros que me llevaran a un médico. Debían llevarme como fuera, si el brazo se me enfriaba, a lo mejor ya no podrían pegármelo; si era necesario, pagaría yo sus horas, o lo que quisieran. Pero perderlo no, de ninguna manera. Entré. En el control Narciso, un tipo con rostro de bulldog, cabeza cuadrada, pelo al ras y modales fijos se asustó nada más verme; sin esperar una orden decidió llamar primero a una ambulancia, después al encargado. Creo que me desvanecí, me recuperé en seguida rodeado de personas.

El hombre y los niños me habían ayudado a sentarme en un banquito a la entrada. Viéndome pálido, seguramente, los críos me daban aire con las manos.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.