Hasta aquí, cuarenta semanas compartiendo con los lectores un poco más de la historia de Tomi Sánchez. Javier Sáez de Ibarra ha realizado, con la complicidad enamorada de penúltiMa, algo muy poco común: regalar toda una novela a razón de un capítulo semanal y permitir así un tipo de puesta en circulación distinta de un producto literario, actualizando las viejas propuestas del folletín con la velocidad y particularidades de las tecnologías de la información. Ahora los lectores tienen la posibilidad de hacer lo que hasta ahora no han podido: leer la novela entera a su ritmo, sin estar pendientes de esa actualización periódica que podía constreñir el particular ritmo lector de cada uno. Sean bienvenidos a La vida económica de Tomi Sánchez de Javier Sáez de Ibarra.

 

Sobre el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este; frente a un máximo estacionado sobre uno de los viejos países mastodonte; de momento no mostraba tendencia a esquivarlo desplazándose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían con su deber.

Tomi se asomó a la ventana. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica (lo que es obvio). Eso significa que hacía unos catorce grados centígrados. La salida y puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos (que ya no se publicaban, cuando menos en aquellas latitudes). El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa (si ambas cosas son compatibles en una misma frase). En pocas palabras, que describen fiel y literariamente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un corriente día de agosto de aquel año.

Tomi, asomado a la ventana, contemplaba la llanura infinita en la que se sucedía el dibujo de sembrados estériles, barbechos imposibles, ríos extintos, alguna carretera extraviada hacia poblaciones en sombra, cicatrices de trincheras, bultos de búnkeres, y las suaves formas curvilíneas de lomas desgastadas por el tiempo de la geología. Un cielo sin pareja imaginación sucedía en su etérea superficie azul que se continuaba a sí misma y en la que apenas la muesca de una nube o los barridos del viento comparecían, como si hubieran olvidado que era aquel su escenario por haberlo sustituido por otro que vaya nadie a saber dónde caía.

A esa hora de las seis y diez de la mañana, sus hijos dormían en su habitación, su mujer en el otro cuarto; un pesado reloj marcaba el tiempo; sobre el techo y las paredes se difundía la luz que cambiaba suavemente el color que les habían dado; algo se despertaba, no precisamente quién o qué, sino una forma de conjunto bajo esa fuerza del sol, aunque resistiéndose, remoloneando, negándose con obstinada testuz a aceptar su destino.

Ese hombre tenía los ojos abiertos por la inercia de la costumbre de un horario, lo que no significa que pudiera ver gran cosa. Simplemente estaba allí, desalojado de la cama, de la misma manera que lo había sido del sitio en el que había trabajado durante los últimos dos años, tras unos hechos recientes y desagradables. Hechos que no recordaba, pero que lo habían uncido a la situación de su esposa, quien ya había cumplido un trienio sin el ingreso de una moneda al hogar; y que, prácticamente, los habían llevado como en volandas a tomar ese apartamento en esa casa, lejos de la que había sido su hogar.

Todavía ciego, quizá aturdido, se cambió los pantalones, se puso una chaqueta sobre el pijama, unos zapatos y salió. Fue bajando la escalera hasta la entrada del edificio.

Había conducido su coche con su familia hasta allí por carreteras sin nombre, por territorios despoblados, sin atractivo, esperando; había sorprendido a algunos vecinos de la villa, preguntó por la pensión ocasional que brindaba la única casa alta de la comarca, y entregó al propietario la cantidad que le permitiera quedarse en ella durante treinta días al menos, desayunos incluidos; había estrechado su mano como se debe; había permitido, favorecido más bien, que los niños cayeran simpáticos a los dueños; descargó del automóvil el equipaje, y lo subió hasta el último piso, más barato donde temían que hiciera un excesivo calor.

En la calle desierta corría algo de aire, entretenido en chocar con las paredes, levantar capas de polvo, menear las hojas de unos cuantos árboles, disimular un poco la temperatura alta que enseguida iba a llegar. La flanqueaban edificios pequeños, despintados de rojo, ocres y verdes, con portales abiertos y ventanas en las que las esteras se rendían a la luz; delante, escasos coches dormían desde hacía tiempo como si fueran mercancía en venta. Ni una sola tienda abierta todavía, ni un paisano con prisa para hacer una entrega, cumplir un encargo, ni un campesino que hubiera buscado la hora fresca para su labor. Nadie, nada. De manera que la hora temprana se hacía, allí, inverosímil, un mero tiempo de tránsito hacia la realidad.

También él se hallaba así en aquel sitio. (Algún filósofo se atrevió a decir que el paro laboral es una de las pocas experiencias fuertes que le quedan a un ser humano sumido en una sociedad civilizada bajo un estado protector, que lo acoge cuando nace, lo alimenta, lo educa, lo orienta, potencia sus capacidades para extraer de él lo mejor, lo somete al acicate siempre picante de la competencia. ¡Basta!) Cansado sin saber bien de qué, expectante de nada, igual que el que ha corrido para encontrarse con alguien y sabe de pronto que esa persona ya no vive ahí. Tenía las seis y pico de la mañana en su cabeza y en su corazón, un pijama, los zapatos y la chaqueta como toda su propiedad, su vigilia, su sentido. Sin embargo, se sintió aliviado, incomprendido y libre. Llevaba unos hijos consigo, a los que adoraba, una mujer que había elegido permanecer con él. Ahora había llegado en su compañía a una tierra que no se diría propicia para dejar huellas o testar una herencia, tan olvidable como tantos acontecimientos pasados; el lugar exacto entonces. Recorrió las calles sin encontrar nada, sin buscar, sin esperanza; reconociendo el presente, con la serenidad de saberse hombre que corresponde a un paisaje.

 

Los chicos estaban acabando su inacabable desayuno cuando dos individuos bien trajeados entraron en la cantina de la pensión. Supo de inmediato que venían por él. Los vio colocarse en la barra sin dejar de observarlo, donde pidieron un café y unas tostadas, tortillas y una botella de vino. Comieron en silencio cada uno lo suyo, premiosos, limpiándose la boca con cuidado antes de beber, controlándolo todo con el rabillo del ojo. Estaban habituados a recibir miradas de recelo o temor, dejaban que tropezaran en ellos y les fueran devueltas a los curiosos sin una pista.

Su mujer no se sobresaltó, sólo se arregló el pelo; se ocupó de los chicos cuando hubieron terminado de comer y jugar, y salió con ellos a la calle. El sol poderoso los empujó a las sombras de un parque desnutrido que ofrecía a los niños un columpio, un tobogán y un arenero.

Los dos hombres se acercaron a la mesa, intercambiaron unos gestos y se sentaron con él. Tomi los invitó a café. Aceptaron.

Dejaron que los minutos transcurrieran hasta que las tazas se quedaran mediadas o vacías. Entonces habló Tomi:

–Algo he tenido que hacer mal.

El más alto, de apellido Musil, le sonrió. Su colega, que se llamaba Lester, repuso:

–Nada importante.

Los tres eran sinceros y tenían razón. Así que guardaron un silencio apreciado.

–Es por el tiempo –dijo al fin Tomi, que se sentía anfitrión–: el calor ya desde la mañana de este pueblo hace el fin del mundo. Se queda uno sin fuerza.

–Por eso me sorprende que haya venido hasta aquí –inquirió el más alto.

–Una vida parada se desgasta igual en cualquier parte –razonó Tomi.

“Es cierto”, respondió uno, “pero este no es un buen lugar para chicos”. “No hay río, ni pantano, ni playa”, argumentó el otro.

–Así aprenderán a aburrirse –dijo Tomi.

–¿Usted piensa que es una virtud el aburrimiento? –le consultó Lester.

Tomi no sentía ganas de hablar tras una pregunta que tampoco llevaba la intención de ser contestada, así que calló. El otro hombre intervino:

–Es una experiencia que cada vez se castiga con más firmeza. Nosotros también estamos aquí por ese motivo. ¿Usted lo entiende?

–¿Qué tengo que entender ahora? –interrogó Tomi mirándolo directamente a los ojos.

El interpelado pareció dedicar un esfuerzo a prestarle atención:

–Es muy sencillo –le dijo–. Usted recibe una prestación por desempleo. Según las nuevas instrucciones publicadas ayer, el gobierno le retira la cantidad correspondiente a una hora de esa prestación por cada día que usted no busca un trabajo nuevo.

–Por eso vienen. Para comprobar que no hago nada por encontrarlo –dijo Tomi lo que los tres sabían.

Asintieron, sin pena ni gloria.

–Antes no era así, ¿eh?

–Antes no.

–Empezó ayer.

No obstante, Tomi parecía el más animado.

–Bueno –les dijo–, en este lugar no se puede encontrar nada. Compruébenlo ustedes mismos. Si hallan un trabajo estoy dispuesto a aceptarlo, el que sea.

Cada rostro de la pareja de inspectores se reconoció en el otro.

–Es seguro eso –admitió Musil–, lo damos por válido. Usted aquí no verá nada que hacer. Pero nosotros tenemos que quedarnos veinticuatro horas. Nos bastará con que salga, camine por ahí, pregunte a alguien, indague por las tiendecitas… lo consideraremos una búsqueda.

–De esta manera no perderá nada –continuó su compañero–. Ahora bien, si se marcha de este pueblo, sepa que recibirá la visita de otros agentes.

–No está mal –dijo Tomi–, gracias.

Aquello había resultado una especie de acuerdo. ¿Quién dijo que era imposible?

–¿Otro café?

 

La tarde de ese día fue terriblemente calurosa. A la hora de la siesta, quizá por vergüenza, Tomi no accedió a acostarse, y eso que se encontraba cansado del madrugón. Si al menos los inspectores hicieran lo mismo; aunque sabía que se habían quedado en la cantina, el único lugar para las relaciones públicas que tenían allí. Conque besó a sus hijos, se disculpó con su mujer y bajó para dejarse ver.

El dueño había tenido la ocurrencia de sacar dos o tres mesas a la acera, bajo un emparrado, porque dentro la temperatura era sofocante. Les sirvió té helado, licores con una piedra de hielo, café frío. Remedios apenas que iba depositando sobre su mesa, uno cada vez. Se retiraba un rato. Luego salía y conversaba con los clientes de toda la vida que habían acudido a la invitación de las sillas afuera. Era un hombre que combinaba de forma intermitente la energía que le exigía el negocio y la lasitud de sus convecinos. Además tenía el don de saber charlar de todo un poco. Un tipo agradable, quizá el intelectual del pueblo. Tomi no lo conocía bien todavía, lo saludó y se sentó con los forasteros.

–Aquí no llega la guerra –les había explicado, secándose con un trapo la frente y los ojos–. Ya pasó. Nos arrancó muchos jóvenes por las levas, y nos ha dejado algunos solteros tristes y una colección de minas.

–¿Cómo es eso? –quiso averiguar uno de los inspectores.

–Allá, donde antes hubo labranza –señaló a lo incierto–: minas anti-persona. Si la pisas te lleva la pierna, o algo peor. Las sembraron por todo aquello y nos trajo la ruina. Muchas están ya inservibles, pero la gente no se atreve a salir. Bastantes animales hemos perdido ya. Así que el pueblo mira para el otro lado, hacia la carretera que conduce al norte, por donde se fueron las últimas columnas de nuestro ejército. Cuando las elecciones aparece algún político y se compromete a quitarlas. Diez años se han cumplido ya, ahí siguen. El año que viene vendrán otra vez para contar lo mismo. Hoy ya casi nadie confía. Los viejos no. Yo tampoco.

–No hay que perder la fe –parecía que lo censuraba, Musil.

El hombre, que era prudente, chasqueó la lengua y se largó a otra mesa.

Se quedaron callados, cada uno a su bebida.

El compañero lo miró a su vez, recriminando esas palabras. Tuvieron su cruce de signos sin vencedor ni vencido, Tomi reprimió un bostezo y se quedó inmóvil. Después de un largo silencio, dijo:

–Luego saldré a buscar por ahí.

Nadie contestó.

 

El calor persistía. Alguno había extendido sus piernas para apoyar los pies en alto sobre una silla. Se habían recostado en el respaldo buscando una postura, que dejaban hasta el momento de un trago. A veces, se cerraban los ojos solos. O se abrían sin llegar a mirar nada en particular. Cada tanto volaba un pañuelo al cuello, a la frente. El calor persistía, el chirrido de las chicharras, las ondas de aire asfixiante, los minutos lentos de la hora, el sopor. El calor. Una voz, si surgía, apenas rozaba el sonido. Por la calle no cruzaba nadie. En tales momentos uno querría suicidarse o ser arrebatado. Con tal que no requiriese demasiado esfuerzo.

Al cabo de sesenta minutos la acedia no había desistido, aunque algún cambio volvía más soportable la espera. O era el efecto del café, o era la reposición de los cuerpos, o era que el engranaje del tiempo tiene y tiene que seguir fabricando y moviendo sombras, después de todo. Los tres, más o menos coincidiendo, se habían despejado en parte. Y ese consuelo los había animado a conversar.

–Uno puede aprender de lugares como este, ¿no creen? –dijo Tomi–. Otro sentido de la vida, tal vez.

Como tardaron en participar, Tomi debió de creer que sus palabras carecían de valor. Sin embargo, no fue así.

–Hemos conquistado la realidad y perdido el sueño –contestó Musil–. Ya nadie se tiende bajo un árbol a contemplar el cielo a través de los dedos del pie, sino que todo el mundo trabaja.

Una pausa, y su compañero continuó como si la reflexión hubiera quedado incompleta.

–Tampoco debe engañar nadie al estómago con idealizaciones, si quiere ser de provecho, más bien tiene que comer chuletas y moverse.

–Es exactamente como si la vieja e inepta humanidad se hubiera dormido sobre un hormiguero, y la nueva se encontrara al despertarse con las hormigas en la sangre; desde entonces se ve, por eso, obligada a realizar las extorsiones más violentas sin conseguir aplacar la frenética comezón de la laboriosidad animal.

– Sí –coincidió Tomi.

 

Cuando resbalaba la luz hacia el ocaso, se despidió de los inspectores para hacer un recorrido por alguna calle.

Uno de ellos se levantó al servicio, dejó a su compañero solo, lo que para alguien que los hubiera observado resultaría curioso; no tardó en regresar a su sitio y pidió otra bebida. Poco después, el segundo se incorporó sin dar una explicación y les dio la espalda; cruzó al parque en donde se veían la mujer de Tomi y sus hijos; se acercó con cautela. Pasados unos minutos, hablaba con ella; cada vez más animado. Los chicos se acercaron a él, le preguntaban cosas, él se reía, luego retomaban sus juegos. De vez en cuando, el hombre les devolvía la pelota de goma que se les escapaba.

Tomi se despidió del inspector que se había quedado sentado, sin decir nada; recorrió la calle y, antes de doblar la esquina, el que atendía a los chicos levantó una mano para saludarlo.

Tomi se introdujo en el vientre de la población. Habló con algunas personas, todas eran amables y escuchaban con sumo respeto. Uno de los vecinos señaló en una dirección; otro, en otra. Tomi se dirigió a ambos sitios, se perdió yendo hacia uno, reencontró el camino, llegó con retraso, acudió al otro. Por fortuna, la temperatura había cedido cuatro o cinco grados. Se podía respirar, y el sudor de sus axilas y del pecho se le había secado por sí solo. Era el momento de la euforia. En verdad. De repente, dos, cinco, diez, veinte gentes habían dejado sus casas y se encontraban por las calles. El enemigo sol había cejado, los bríos rebrotaban en ellos; se podía vivir. Tomi caminó más deprisa, con renovado contento. Recabó información, consultó a los que sabían. Obtuvo algo interesante, y consideró que ya había cumplido por ese día, podía volver con los suyos sabiendo que no le descontarían nada.

Echó a andar, animoso, con la precaución de no perder la calma.

Sus hijos chutaban la pelota a lo alto, estaban jugando con otros niños; su mujer se inclinaba hacia el inspector más joven, y se echaba para atrás, riendo. En la terraza de la cantina se había congregado un buen número de paisanos. El otro inspector de hallaba rodeado por ellos, entre los que charlaba como uno más.

Sin lugar a dudas, el pueblo entero constituía ahora una orquesta, se sentían las vibraciones de una vida armónica, colectiva. Eran el viento de la tarde, el sol huido y la tierra descalentándose sus artífices, los compositores, los directores y los músicos principales. Tomi parecía dichoso.

 

Antes de reunirse con su familia, se dirigió a entrevistarse con el inspector de semblante más serio que continuaba en la terraza, para brindarle su informe. Apoyó su brazo sobre el respaldo de la silla en que estaba sentado, aguardó a un respiro de los conversaciones con los parroquianos y le dijo que había iniciado sus pesquisas por encontrar empleo.

–No crea –le dijo casi al oído–, es posible que, después de todo, haya algo para mí.

El inspector se puso de pie.

–Me alegro. Por mi parte es suficiente –le aseguró con un gesto administrativo; e incitó a Tomi a que lo acompañara.

Ya había pagado las consumiciones; atravesaron por entre el grupo de vecinos, algunos de los cuales los despidieron, y abandonaron la cantina. Se dirigieron en línea recta hacia donde estaban su compañero, la mujer y los niños. Uno de los chicos había pateado la pelota bien lejos y el inspector fue a recogerla.

–Es muy servicial –dijo Tomi para hacerle un cumplido.

–Ah, sí.

–¿Lo estáis pasando bien? –Tomi le preguntó a su mujer desde cierta distancia.

–¡Sí! –le contestó ella con una sonrisa.

Los chicos andaban por su alrededor, aguardando a que llegara su nuevo amigo.

Este apareció con la pelota en la mano, no exactamente en la linde del parque, sino algo más lejos, pues la patada había sido demasiado fuerte. Levantó la mano y gritó:

–Hay que tener cuidado…

Botó la pelota en el suelo; en ese momento un turbión de tierra saltó a los aires, las piernas del hombre, las caderas, su cuerpo y la frase incompleta. Cayeron desperdigados en la pequeña planicie, trozos de aquella persona; ya no lo era. La tierra se posó violentamente en la tierra, el polvo quedó en suspenso. No volvió una palabra.

Los chicos miraron hacia donde ya no había nadie. Tomi y el otro hombre y la mujer vieron un brazo, con su manga y su hombro a unos metros; eso les dijo todo. Algunos vecinos reaccionaron antes, aunque demasiado despacio, y se aproximaron a la escena. Es cierto que nadie gritó, ni corrieron, pues antes ya había sucedido. Uno retrocedió para llamar a alguien que seguramente tenía el cometido de hacerse cargo.

Tomi y el inspector quisieron buscar con los ojos otras partes de aquel cuerpo. Daba lástima el despojo, y la persona que lo tuvo, y hasta el espacio mismo donde había estallado. La mujer y Tomi se miraron.

La mujer y Tomi, entonces, reunieron a sus hijos, que acudían espantados, llorando, gritando, temblando; los recibieron abrazándolos. Tomi les repitió todo el tiempo: no pasa nada, no pasa nada, tranquilos. Impidió a uno de los pequeños levantar la cabeza. El hombre se ha muerto, dijo una de las chicas. No se ha muerto, replicó la madre sin saber por qué. El abrazo se hizo más fuerte para que palabras y lágrimas y los comentarios cesaran. El grupo era cerrado y sólido; junto a él cruzaron algunos vecinos para atender a lo ocurrido, sobre ellos aún el polvo de una nube terca que no se deshacía.

Cuando se calmaron los niños, sus padres se los llevaron al hostal en que vivían, con la precaución de que no pudieran ver los restos ni oyesen palabras inconvenientes. Enseguida llegaron. Los chiquillos y a continuación la mujer traspusieron el umbral del  bar restaurante; pero Tomi se quedó todavía allí vuelto hacia la escena.

–Pasa tú con ellos –le pidió–, tengo que hacer una cosa.

La mujer miró hacia el mismo lugar, comprendió lo que quería y aceptó entrar. Cuando Tomi comprobó que habían ocupado una mesa, volvió sobre sus pasos.

El mayor de los inspectores estaba quieto en el mismo sitio de la calle en que lo había sorprendido la explosión. Respiraba con dificultad, no movía la boca, ni los ojos, no pestañeaba. Una gota de sudor, quizá una lágrima, se habían detenido también en su rostro. Tomi podía distinguir todo eso perfectamente porque se había colocado a su par. Permaneció en esa posición unos minutos; hasta que entendió que el hombre no reaccionaría. El compañero se había ido para siempre, ya no iba a volver; en el suelo quedaba un socavón no demasiado grande; algunos ciudadanos que habían colaborado con diligencia ya tenían casi todo el cuerpo recogido en una bolsa, ahora buscaban los fragmentos menores.

No había qué hacer.

Tomi le apoyó la mano abierta en la espalda, que continuaba rígida.

–Vamos adentro –le sugirió, a la vez que ejercía sobre él una suave presión para que se diese la vuelta–. Usted necesita ahora que lo ayuden.

El inspector giró sobre sus talones, todavía con los ojos inexpresivos y la boca sellada; se dejó llevar.

Acaso un trabajo de detección de bombas anti-persona estaba haciendo falta allí. Aunque Tomi no iba a sacar el tema en ese momento tan delicado.

Recorrió muy despacio, al ritmo que marcaban las piernas del inspector, los metros que lo separaban de la cantina, y lo hizo pasar. Luego miró con intención a su mujer y a sus hijos, que tomaban al fondo unos refrescos. Dio unos pasos también por el establecimiento hasta la barra. Y dijo:

–Una cerveza para este hombre.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.