Al fondo hay sitio. Acaso sea la frase más repetida en los autobuses, en los bares, en tantos lugares que se abarrotan de gente. También, por qué no, la frase que conviene recordarle a los que ahora, en el capítulo 39, llegan a La vida económica de Tomi Sánchez. Sigue habiendo hueco para ellos, y hay otros 38 capítulos esperándole. A ver cuántas veces va a encontrar la generosidad de que le regalen toda una novela. Pasen y lean. 

 

No tenía nada para ofrecerme el señor sacerdote; sobre la austeridad de la mesa que nos separaba puse mis manos. Había la luz de la tarde antes de la misa, los visillos limpios, el vidrio de la ventana con su reja por fuera y todo eso, una tranquilidad espléndida en su despachito donde yo era un volcán que no sabía estar sentado. Mis rodillas se molestaban con la chapa de la mesa y para estar enfrente de él tenía que moverlas a un lado o al otro; aclaro esto para que se me entienda también en este aspecto.

La conversación tuvo unos inicios de tanteo que yo quería saltarme para entrar en el meollo de lo que me ardía hasta allí. Bueno, le dije que me había convertido. Me miraba serio, desconfiado; dejándome hablar. Al catolicismo, se entiende. Me preguntó que cuándo me había sucedido tal cosa. Le dije que hacía unos meses. Me preguntó que cómo. Yo no quería contarle cómo, ni que había sufrido una crisis nerviosa por la que me internaron y que me había repuesto; para que no pensase que era un loquito que encuentra consuelo en la religión. Le mentí: le conté que mi vida había sido durante muchos años profundamente insatisfactoria y que por eso buscaba respuestas; que llevaba mucho tiempo leyendo los evangelios, haciendo silencio en mi corazón, y anhelando momentos de paz espiritual. Su desconfianza no menguaba pese a mis esfuerzos, cuando yo esperaba que se relajase y me escuchara con atención: por eso había dicho esas mentiras (yo creía que lo eran) supuestamente recomendables. Porque quería hablar de otro tema, tenía urgencia, me irritaban los prolegómenos, como me irritan ahora que aún no he empezado. Odio los prefacios y las cuestiones de forma, que nunca se terminan.

–Soy un cristo –le dije.

Se sorprendió de veras; no sonrió. Lo que sí, perdió su desconfianza.

–He comprendido que soy un cristo porque he vivido mucho tiempo como el mismo Jesús. Porque lo esencial de su mensaje, lo que dijo e hizo es esto: amar. El resto es secundario (intuí que su propia figura, el local que nos albergaba y la iglesia podían comprenderse en lo “secundario”, lo cual –entendí en la ráfaga del pensamiento– le resultaría ofensivo; pero). Yo también he vivido por amor a unas personas.

–¿Está usted casado? –me preguntó.

–Sí –(cómo explicarle mi pluriforme experiencia de vida con tantas mujeres sin haber visitado nunca ni el juzgado ni la capilla).

–Y tiene hijos.

–¡Sí!

Ahí podía proclamar una verdad. Que pareció complacerle.

–Ahora he descubierto que toda mi vida he amado a esos chiquillos. Son seis. Les entrego mi vida cada día. Trabajo por ellos, vivo por ellos, les he sacrificado mi salud, y mi tiempo, que no es mucho. Me dejaría matar al instante con que uno solo lo necesitara.

Me gustó haber podido decirle a alguien esa frase, pues era cierta. Y me hacía sentirme orgulloso. Y resumía la idea que Cristo predicaba. Con todo, el sacerdote no pareció muy impresionado (salvo por un liviano movimiento de cejas cuando escuchó el número seis). Esto me hizo pensar si mi experiencia sería semejante a la de otras personas que habrían acudido otras veces a entrevistarse con él en ese mismo despacho. Recordé entonces, incómodo, la vieja idea de que toda historia de amor es una repetición, aunque para el que la vive sea nueva.

Para no darle una imagen de soberbia, me acusé:

–Quizá sean demasiados hijos. Sí, porque mi vida laboral no siempre ha sido fácil –no iba a decirle que la sentimental tampoco–. Sé que hay muchas cosas que no voy a poder ofrecerles. A veces sólo lo imprescindible.

Él debió de verme compungido.

–Lo principal es el amor, ya lo ha mencionado usted, el amor de un padre y de una madre; que se sientan queridos por su mujer y usted, aunque no les den todos los bienes materiales que les piden. Por cierto –aprovechó la ocasión–, su mujer ¿no ha venido?

–Yo soy el católico –me apresuré–. Ella es fontanera, autónoma: trabaja muchísimo. No tiene fe, religiosa.

–Entiendo…

–Sí… –hice una pausa–. Verá, lo que me ha dicho lo tengo claro; quiero darles todo el amor que pueda. Ocurre que siempre siento miedo. Me explico: miedo al fin de mes, a no llegar, a la factura de la luz y que nos la corten, a que me echen del trabajo y no encontrar otro, a que de repente me trasladen de esta ciudad. Quizá usted desconoce esa sensación. Son cristales en la sangre. Un dolor dentro imposible de contrarrestar; te bloquea y te genera una angustia horrorosa. Muchas noches las paso sin dormir hasta que caigo agotado, o me despierto a las cuatro de la mañana con esa opresión aquí que ya no me deja. A veces se me ocurre compararme con una rata en un laberinto: solo que para ella existe una salida mientras que para mí no hay ninguna. Miro hacia lo alto y no veo que nadie me ayude; entonces, ese amor que le digo se convierte en un sufrimiento insoportable.

Yo ya sé, Dios no tiene como misión el ayudarnos. En este mundo las cosas de la vida no dependen de él; sino de nosotros mismos. Le aseguro que yo nunca rezo para pedir favores (me parece obsceno). Mi problema es que no sé cómo vivir con un dolor tan fuerte; me llena de amargura y mi sentimiento de felicidad parece que se debilitara. Lo que me asusta es que esa amargura me vaya royendo y al final se quede como un sentimiento obsesivo, único, y destroce todo lo bueno que tengo.

De continuo medito en Jesús, nuestro Señor, cuando marchaba con sus compañeros por los caminos sin nada que llevarse a la boca, teniendo que vivir de la gente que pagaba por sus predicaciones o que los invitaba a comer. Él nos pide que caminemos sin mochila ni calzado –no recuerdo exactamente–; sin miedo a lo que pueda ocurrir. Yo le aseguro que sabría vivir como un mendigo. No me hubiera importado serlo en alguna etapa de mi vida –de hecho he estado al borde un par de veces–; incluso ahora: así encontraría más momentos para la oración, me convertiría en un eremita urbano que pasa las horas en intimidad con Dios y consigo mismo. Con hijos es inviable. Creo que si Jesús los hubiese tenido lo habría atenazado el mismo miedo, ¿no cree? Incluso con que hubiera debido cuidar de su madre. Yo no me quejo; para mí, los hijos no son una carga, los adoro y me hacen sentir fuertemente lo que es el amor. Sé que mi destino son esos chiquillos míos; me debo a ellos por encima de todo en cuerpo y alma.

–Naturalmente, su primera obligación es cuidarlos, atenderlos. Usted ha elegido ese camino, y debe mantenerse fiel a él.

–Y lo hago. Pero no me ahorra ningún dolor. A veces hasta pienso que no deberíamos procrear.

–No diga eso, hombre.

–Entiéndame, de esta forma podríamos todos consagrarnos a la fe; el género humano desaparecería como en una ofrenda a Dios. Y seríamos creyentes sin nada que nos atase, ¿verdad?

Evaluó en el tono de mis palabras si eran de burla o por exceso de celo (cuando algo de ambas había).

–Perdone, está diciendo algo absurdo –reaccionó al fin–. No todos han de ser célibes; la vocación de la mayoría de las personas es el amor matrimonial como esposo o esposa, y traer hijos al mundo. De esta manera se expresa gratitud al Creador, que nos ha dado la vida.

–Si eso lo entiendo y me parece muy bien. ¡Yo hablo del ideal!

–Y la vida célibe con ser una llamada particular, también tiene sus problemas. Cada vocación, sea al matrimonio, al sacerdocio o a la profesión religiosa, ha de superar los suyos. El Señor a ninguno nos lo pone fácil (eso era un guiño simpático).

 

Yo hubiera querido extenderme un poco hablando de los hijos y sus necesidades; la comparación entre mi vida con ellos y Jesús, preocupado por una sola oveja perdida hasta el punto de arriesgarse a abandonar a las noventa y nueve sólo por encontrar a esa loca. No lo hice, pensé que exponerle mis desvelos por que tuvieran casa decente y comida bastante, y ropa cuando se gastaba o zapatos si se rompían, y además un tebeo o un juguete cada tanto, etc., era un discurso pesado y encima triste. Así que se lo ahorré. Sin embargo había una consecuencia teológica en todo eso que yo no me resistía a callar. Este sevillano, me dije, tendrá que oírme.

–Uno abre la Biblia, lee los maravillosos salmos –cualquiera de estos poemas es de una belleza inconmensurable–, y, si va al contenido, se encuentra con muchos versos que hablan del bienestar y del placer de vivir. Esto me gusta mucho. Proclaman, sin ningún género de dudas, la felicidad de disfrutar en la existencia humana. He traído copiado uno, uno al azar que he sacado antes de venir para aquí. Déjeme que se lo lea. Empieza con otra cosa, que luego me gustaría comentarle, y termina así:

 

Amor y verdad se han dado cita.

Justicia y paz se abrazan,

la verdad brotará de la tierra

y de los cielos se asomará la justicia.

El mismo Yahvé dará la dicha

y nuestra tierra su cosecha dará;

la justicia marchará delante de él,

y con sus pasos trazará un camino.

 

Yo me quedé extasiado; el sacerdote se sintió autorizado a añadirle una palabra:

–Muy hermoso. La acción de Dios en la tierra.

–Hermosísimo. Pero esa poesía tan esperanzadora, verdaderamente ¿dónde está? Quiero decir, la verdad, la justicia, la paz… la cosecha, la dicha. Todas las realidades decisivas de la vida humana se mencionan en este poema. Podía haber elegido cualquier otro: ocurre lo mismo. Este acaba con las palabras: “y con sus pasos, Dios trazará un camino”. Yo entonces pienso: esto no es un sueño, no lo han puesto ahí para indicar algo irreal o de otro mundo, ¿no? Se habla de la Tierra, es decir, se refiere a nuestro planeta. Habla de la vida humana feliz, y justa.

–Tiene usted razón.

–Está claro. Yo no sentiría angustia si eso fuera real. No digo que no tuviera otros problemas, ya lo sé. Pero no estos. El poema habla de un futuro, los verbos están en futuro, señalan algo por venir.

–Porque proclaman la promesa de Dios a su pueblo.

–Precisamente. ¿Y qué pasa con esa promesa? Que no se cumple.

–La palabra de Dios alienta al pueblo que camina, que vive en el destierro, y le anuncia que si cumple la voluntad de Dios tendrá la paz.

–Sí, la palabra que se refiere a una utopía puede animar a hacer las cosas. El problema es que la promesa de esa utopía no se ha realizado, y además ya sabemos que no se realizará. Nunca habrá justicia, ni paz, ni dicha para todos. Ahora bien, un camino que no llega a su destino, fracasa, es decir, es como si en realidad no existiera. Esto significa que no ha sido trazado por Dios.

Renunció a contestarme en ese momento.

–Palabras más bellas no pueden decirse, la pena es que históricamente son falsas.

Y añadí:

–Mire, padre, lo que yo me pregunto es por qué no hemos triunfado. A lo largo de la historia humana, quiero decir.

 

Tuve que ponerle algunos casos para que me comprendiera: desde la aceptación de la esclavitud a los siervos de la gleba y los niños mineros de Manchester en el XIX o de hoy en la India. El sacerdote, por su parte, cuando cayó en la cuenta, empleó su turno para refutar mi fatalismo con ejemplos medievales:

En la noche de los siglos de hierro los monjes copiaban manuscritamente manuscritos con que asentaron la civilización y nuestra prosperidad. El cristianismo había inventado el concepto de persona, la idea motora de libertad, el derecho internacional; corrigió las monstruosidades del paganismo y amansó a los bárbaros, convirtiendo la fiereza del hombre sin religión para el trabajo pacífico. La Iglesia ha sido, y es, depósito de cultura, cuna de artistas y pensadores, impulsora de la razón, de la pervivencia del griego, del latín. Yo, bajo su retahíla, imaginaba a los eternos labradores, y también a los esclavos cargados de cadenas que fueron arrancados de África y murieron sepultados en las bodegas atestadas de los buques en que los llevaron para depositarlos en otro continente. Ninguno pudo leer esos bellos códices miniados, ni oyó hablar de silogismos y panaceas. Y yo me sentía, más bien, uno de aquellos perdedores antes que un civilizado. Cuando terminó, brillante y convencido su muestrario, yo le repetí la pregunta, en otros términos naturalmente, para que no se molestase.

El sacerdote entonces tomó aliento, se tocó una mano con otra, se acercó al borde de la mesa de la que se había separado por ufanía, cambió la voz para mirarme con más respeto y probar a ser franco. La Iglesia, reconoció, es santa, aunque también pecadora; por otra parte, como lo somos cualquiera de nosotros. Nuestra vida es un peregrinar. Etcétera.

Yo me supe de pronto adolescente (torpe, nihilista, radical, para entendernos), de los que se ponen cazurros y no escuchan ni a su padre cuando presienten que les van a colocar algo demasiado bien montado. Hasta creí que me salía acné y se me revolvía el remolino.

En tanto me instruía, de reojo presentí la imagen del Cristo, una figura esquemática, con quien yo había hablado esa mañana, y adiviné que no le gustaba lo que venía oyendo. (Estuve a punto de decírselo a aquel hombre: ¿se habría escandalizado?) Conque opté por interrumpirlo con mis mejores malos modales:

–En tal caso, somos como los demás.

Le molestó, sin duda.

–No –dijo–, bueno, sólo en cierto modo.

Ahí retomó un hilo antiguo que venía de la madeja de san Agustín, las dos ciudades y todo aquello: el mal y el bien en eterno combate, solo al final de la historia –más allá del tiempo– resuelto. (¿Y a quién le beneficia el más allá del tiempo?, me preguntaba yo.) Luego se esmeró rescatando para mí los ecos de las clases del seminario, quizá también algo que hubiera llegado a pensar por sí mismo o bajo la inspiración de las hojas parroquiales que les prestan para organizarse sus misas:

–El hombre es una carencia, un dolor; el hombre lleva una falta ínsita en su naturaleza. Aspira a una justicia y una paz que no encontrará nada más que en Dios. Dios es la última respuesta a todos nuestros interrogantes e inquietudes. Mientras tanto, nuestra existencia es un humilde caminar. Debemos pasar por el mundo evitando hacer el mal y procurando hacer el bien. Es la tarea que nos toca. No podemos juzgar más allá de nuestra perspectiva limitada de hombres. Usted, por lo que veo, es talentoso y culto, dice que ama a su mujer y a sus hijos: estoy seguro de que es así. Esas cualidades que posee debe emplearlas a conciencia. ¿Cuánto más puede un hombre? En nuestra mano no está transformar el mundo, y no debe afligirse por ello. En cambio, sí se le exige que mejore aquello que encuentra a su alcance: esfuércese en hacer felices a todos los que lo rodean: en primera instancia a sus hijos y a su mujer –la cual, puesto que no es creyente, debe encontrar en usted un ejemplo que la haga recapacitar–; procure hacer más fácil la vida de sus amistades, de sus compañeros de trabajo; colabore en su parroquia. El mundo se cambia así, poquito a poco.

Lo que puede aprender de todo esto es que los bienes materiales no lo son todo, y no se puede poner en ellos la confianza. Usted ya lo sabe; aunque tiende a olvidarlo, me parece. Dios está más allá de los bienes, incluso de lo que necesitamos. Él es lo único necesario –en una fórmula de la mística–. Se trata de un aprendizaje difícil, pero puede darle paz si medita en ella. El horizonte de la fe no evita los males de la tierra, los coloca en otra dimensión, y ayuda a vivir con paz y esperanza. Usted ha confesado que no cree en el lento camino de la mejora de la humanidad; veo que sufre por ello. Debe corregir esa forma de mirar el mundo, que solo le provocará dolor, y amargura, como ha dicho; nosotros, como hombres, no tenemos capacidad para juzgarlo. Dios es el dueño de la historia, Él señala los caminos que recorremos, si bien en ocasiones nos resultan incomprensibles; es un misterio que debemos abrazar aunque no lo entendamos.

 

Yo callaba, y hacía rato que no escuchaba porque conocía ese discurso tantas veces repetido hasta volverse una fábula. Mi fuego se había consumido, a mis hijos no los veía reconocidos bajo el manto grueso de su consideración, pese a que yo había intentado hacerlos aparecer con suficiente dramatismo. Me había ido apartando de sus sentencias, armadas con su indiscutible implacable lógica; un muro de alzhéimer en torno a la pobreza efectiva de nuestra vida común. Un odio aguado me encharcaba el ánimo. En parte lo había previsto, en parte deseaba que fuera de otro modo, en parte estaba arrepentido, en parte no. Sabía que desde ese momento me encontraría solo para siempre. Que mi conciencia tendría que abrirse al interior, hacia la inseguridad y el miedo a la nada, y hacia mi fe en mi único dios, ya fuera mi ídolo o mi verdad intuida. Yo ya no sabía cómo responderle a aquel hombre, y tampoco podía remontarme al principio de nuestra conversación. Así que callando traté de salvar lo que amaba. Pero me negaba a bajar por ese descenso suyo y de su iglesia. Me endurecí más y más, creí que iba a explotar, y luego me relajé, y luego sentí una pena hasta el fondo. De mí, de él, de los niños sufrientes del mundo; de su santa corporación con todos sus hombres sabios dentro con sus sabias razones, y la terrible astucia del gran inquisidor. El enigmático cristo, sus enigmáticos ojos, su cuerpo abstracto me pareció el profundo malentendido, el que me daba la impotencia más allá de la rabia. No iba a consolarme con él. Sin embargo permanecía colgado, en la pared, frente a nosotros.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.