Vivimos en la ancianofobia. La sociedad, que con la boca pequeña dice sentirse orgullosa de ellos, está encantada de que no salgan en las fotos. Los políticos se acuerdan de ellos porque piensan que es fácil sonsacarles el voto. Su olor corporal, ajado por los años, no es el más agradable. Todos parecen huir de ellos y, sin embargo, la única certeza que tenemos en tanto humanos es que nos dirigimos, ineludibles, hacia el viejo que seremos. Javier Sáez de Ibarra investiga este tema, como muchos otros, en su novela por entregas que, semanalmente, compartimos para ustedes.

 

Hablamos de él, de nosotros, de mamá. Por supuesto. Dejé a los niños que jugaran un rato fuera, porque bastante responsables los hacemos ser ya, tan pronto. Por lo menos, dediquémosles esos silencios de compasión.

Y mi padre, que les había sacado un refresco, repartido entre los mayores, con unas cortezas hurtadas a la cafetería de abajo, desaparecidas sin migas sobre el platito. Y yo con la pequeña sobre mi pierna dormida, que cada tanto convertía en un caballo trotón de trotes felices, imaginándolos.

–Tu madre ha acabado como tenía que acabar –declaró con amargura. Y luego se rio, con orgullo mal disimulado, lástima, derrota–, esta vez –se sonrió, yo lo acompañé con mi sonrisa–, esta vez los patines no le sirvieron.

Porque mi madre se había instalado unas ruedecillas en la suela de las zapatillas y, la verdad, sobre todo si se tiene en cuenta su edad, ochentona, se deslizaba maravillosamente.

“Es una ocurrencia estupenda –les decía a sus amigas y nos había repetido a nosotros–: una mujer de hoy con tantos quehaceres necesita el auxilio de la técnica. No va una a atender a su anciano marido –y corría cuando él la llamaba por el postre o un problema con el televisor–, o a los nietos –que, las pocas veces que por unas cosas u otras íbamos a visitarlos, ella atendía volando–, o a venir de la compra –era un gusto verla flotar por entre los puestos del mercado: de los ultramarinos al pescadero, de ahí a la carne o a la panadería…–con este calzado de goma y estas piernas inútiles. Y que, llegado el caso, hasta te sirven para huir de la policía”. –Se echaba sus risas, que siempre la seguían.

Me levanté a llenar un vaso de agua y a ofrecerle algo a mi chiquilla. Todo el tiempo jugaba, no me dejaba mantener una conversación adulta. En tanto mi padre sumido en sus penas, a la fuerza, se volvía más paciente. Tuvo sus buenos combates contra el destino, y ya había perdido. No quería culparla, tampoco había dónde dejar si no el fardo de la responsabilidad.

–¿A qué se tuvo que meter ella a hacer qué justicia? El diablo ese de San Patricio le lavó el cerebro. Esos fanáticos izquierdistas y los curas radicales.

Porque ella había empezado en esa parroquia con unas reuniones interreligiosas de renovación espiritual, dedicada al canto y las meditación; hasta que se torció. Bajo la influencia de uno del grupo que había leído a pensadores revolucionarios, pasó a interesarse por lo mundano, continuaron hacia lo cívico, y de ahí, mira por dónde, se atragantó con la dichosa economía que la condujo a la bronca pública. Y mi madre, que siempre había sido un poco la buena para todo, terminó de mala en la calle.

– Tu madre y yo teníamos que estar aquí, juntos. Viejos y un matrimonio, ¡lo natural! No ahora que me han puesto a compartir habitación con dos hombres, encima uno brasileño que es negro.

–Papááá –lo censuré.

–Que ronca como un maldito –añadió como justificación racional.

No eran tres las habitaciones, sino una en la que se levantaba una litera triple; con un armario empotrado, su mesa camilla, una sola ventana aunque grande, un baño con su par de armaritos, la mínima expresión de una placa de inducción para cocinar algún capricho –pues había comedores en el hogar–, la nevera y el fregadero con espacio para escurrir las tazas; el suelo sintético de una cosa nueva que ponen ahora y la pintura de las paredes, eso sí, de un verde manzana elegante y lavable. En total, dieciséis metros cuadrados a ojo de buen arquitecto. Lo que había: Su residencia, que le consumía la pensionceja hasta el último guarismo, en donde nos habíamos sentado a conversar una vez la hubieron despejado sus compañeros. “Da gracias”, había sido mi argumentación durante un largo tiempo; ya inservible.

–El otro es peor –proseguía él con su lamentación–, tiene antecedentes. No puedo descuidarme porque lo roba todo: efectivo, toallas, pañuelos, fotos, lo que pilla con tal de venderlo y sacarse cuatro cuartos. Lo han puesto con el negro porque es pobre. Yo ¡me ducho con el reloj metido en la boca! Hasta se come los yogures que traigo. Lo sé.

–Diles algo a las enfermeras –propuse.

–¡Baaah! Esas no quieren líos.

Hice una suma memorial de los bienes de valor que atesoraba mi padre: el reloj chapado, su anillo de boda, una cadena de plata que siempre llevaba al cuello. Fin.

–El día menos pensado voy a acostarme y no tengo pijama, o voy a tender y han volado las pinzas.

–Papá, tenéis un servicio de lavandería aquí.

–Es un ejemplo. Además, a mí me gusta lavarme mis calzoncillos y mis pañuelos, de qué otras personas tienen que saber.

–Saber qué, papá. Van los de la limpieza a andar mirando las mudas de un… (“viejo”, iba a decir).

–Yo sé de lo que hablo.

De pronto me asustó que estaba pensando en mi padre sólo como ejemplar de una especie. Mientras que mi madre me hacía pensar en ella misma. Estos hombres mayores se mueven despacio, me dije; sus pies arrastrados recorren distancias enormes con esfuerzo de viejos animales, enfermos de los castigos que les han propinado y las manías con que se resarcieron. Mi madre veloz, en cambio, ensayista de piruetas y volatines, disfrutaba la gracia de deslizarse con las ruedecillas de sus patines igual que un hada. Era cabal que se hubiera marchado. A hacer volar por ahí su destino inquieto…

Ella se habría muerto de una congestión en este sitio. Yo imaginaba hasta verlo el sarro adherido a las paredes, temiendo que algún día cayese sobre nosotros. Sarro que cubría las puertas, los pasillos, la entrada de aquella institución; después la ciudad entera, el país nuestro hasta las laderas de las montañas, alcanzando el aire mismo que las circunda y llegando al astro sol. Pero, además, estaba ese olor, el olor moral que nos envolvía; lo peor de todo. Imaginé que, traspasada la frontera, aún había países que compartían con nosotros la deyección, cuatro o cinco ensartados con sus diferentes colores de mapa para distinguirlos, eso sí; una masa de pobrezas informe que se replegaría únicamente ante la limpia y clara barrera de los mercaderes o hasta los Estados del Norte, grandes y numerosos como una alfombra que permite disimular sus miserias y calamidades.

Pensé en lo inmediato de mis hijos jugando a correr por los pasillos, sus manitas inocentes que tocaban puertas o butacones, no contaminadas aún. Pensé también a la inversa: si mejor dejar que poco a poco fueran acostumbrándose a las condiciones de nuestro verdadero mundo. Que nacemos y la ferocidad nos atrapa… pues eso.

–Oye, hijo, ¿no tenías un amigo que conocía a un primo o algo así de una concejala…?

–Sí, papá. ¿No te acuerdas? Por eso estás en esta residencia.

Había ido a ver a esa señora, la cual creía firmemente en la libertad de elección de centros geriátricos (aunque no existían más que dos), quien, al cabo de seis meses, nos encontró un hueco para mi padre en una residencia pública situada a mil kilómetros de su casa. “Pegadita a la cordillera: aire sano, noches frías, luz por la mañana, atardeceres declinantes, y campo, campo, mucho campo para caminar. Una vida sencilla que compartir con otros acogidos. No es la mejor del mundo”, advirtió sincera. “Tiene habitaciones reducidas aunque curiosas”. Y curiosidad sí que me despertó, al hablarnos de esa forma. Por adelantarse a algún reproche –que ni se me ocurriría hacer, antes le besaría el zapato–, me afeó que no hubiéramos suscrito algún seguro privado de pensiones. “Tuvimos que suscribir uno de supervivencia”, mentí, pues tal cosa técnicamente no existe. Porfiaba ella, escamada: “¿Ah, sí?”. Mientras, tajante, perseveré yo: “¡Oh, naturalmente!” (un adverbio este que suele dar buen resultado). Y aún ella: “Desconocía que se hicieran”. Y yo, cínico: “Hoy en día son de lo más común”.

–Aquí me voy a consumir, hijo. No soporto tener que dormir encima de unos tipos como esos; menos mal que me ha tocado la de arriba.

–¿Y puedes subir bien, con la rodilla como la tienes?

–¡Hago lo que puedo!

La explicación es que les habían embargado la casa. Conmigo no podían quedarse porque me encontraba metido en incontables líos. Por fortuna, un amigo me echó una mano y les concedieron esto. Cuando iban a entrar, mi madre ya había hecho lo que no debía (luego saco un rato y lo explico) y estaba recluida en un centro penitenciario. Admitieron a mi padre, únicamente. Ni que decir tiene, los últimos años de mi vida con ellos venían siendo desesperantes.

–Ya vamos a buscar algo mejor, no te preocupes –probé a consolarlo.

–Ah, sí.

Se quedaba callado como si te cerrara la puerta.

Entonces recordé uno de mis aforismos, que desde luego era bastante tonto y daba ganas de arrepentirse de haberlo escrito: “Salvo los viejos, todos llegamos a muertos”. Para borrarlo, mi cabeza se enredó en ideas estúpidas y temibles. Especialmente a cuál de los dos me parecería yo cuando llegara a su edad. Si acabaría demente o afligido. Prefería a mi madre, obvio; pero mi parecido físico con mi padre me hacía temer que la mente siguiese el modelo del cuerpo. Conque tenía yo ahí ante los ojos la estampa anticipada de mi propia figura, la que me abría el camino.

En esas, el caballo de mi pierna se ponía a galopar con los nervios, que desestabilizaba a mi hija, aunque no avanzáramos gran cosa.

–¡Qué guapa, la cría! ¿De quién es?

Encima jodiendo.

Mas luego su otra petición, la gran exigencia: que como iba yo a escribir su discurso fúnebre que se lo leyera ya. Le argüía: “Papá, si tienes una salud de hierro colado”. Y él: “Tengo ochenta, soy un hombre terminal; acaban de concederme la jubilación; al otro día cumplo uno de más, se me va la cabeza o me pisa un autobús y se acabó”. Razonaba. Luego para sí: “He ido a funerales donde no se han contado de los muertos más que mentiras: del embustero, que no tenía pelos en la lengua; del egoísta, que cuántos amigos se han reunido a llorarlo; el borracho resulta que era alegre; el avaro, ahorrador y responsable; el ladrón, enriquecido gracias a su empresa, ejemplo para la comunidad; el putero, buen padre de familia, amén de fecundo; del viejo vinagre que menuda energía. En ese plan. Y para colmo con el cura o el empleado del ayuntamiento presidiendo la función. Por no hablar de la viuda, los hermanos y los hijos que bien se estarían acordando, asintiendo por esa cosa católica y formal de que es mejor callarse ante la carne apagada. Y todos bien-vestidos, mañana es laborable y debemos madrugar. Menudo descaro.”

–Cuando la vida ha terminado –le dije–, no hay tiempo para correcciones –me sonó a un aforismo horrible; me interrumpió antes de que me cupiera explicarlo.

–Yo ya sé qué van a decir –suspiró.

–No pienses en esas cosas.

–Quiero que las escribas tú. ¿No eres escritor?

–¡Yo qué va, papá!

–Pues eres mi hijo; porque tu hermana bastante con que lee el periódico los domingos. A ti te toca. Anda, escríbemelo y déjame que lo lea. No entiendes que después para qué va a servirme…

“Porque mira lo que le ocurrió a fulanito, porque tal, porque cual, y porque a mí me gustaría…” Así con su matraca cada vez que iba a verlo, una vez y otra vez. Yo ni había escrito una línea, ni ganas.

Entraron los chicos de golpe, alguien los había asustado.

–¡Hay un hombre que lleva una cosa para andar! –Va temblando por el pasillo. –Nos ha enseñado los dientes y abajo no le quedaba ni uno… –A otro no se le ve la cara. –Sí se le ve, son las arrugas. –No, digo el que llevaba una venda. –¡Vamos a investigar!

Salieron igual que llegaron.

Mi padre se había vuelto hacia el marco de la ventana, adivinando lo que había ido a contarle. Su imagen podía servir de chantaje de emociones. Se le hacía un nudo en el pelo de detrás, como de chiquillo malo o anciano testarudo. No estaba muy limpio el cuello de su camisa. Sin embargo, yo avancé impertérrito:

–Los he traído para que estén contigo.

–Gracias, no hace ninguna falta –respondió sin mirarme.

–Pueden dormir aquí, lo he dicho en dirección: me dejan meter unos colchones (los tengo abajo). Les darán las tres comidas, no tienes que preocuparte, a ti no te recortan nada.

–No me preocupo por mí. Ya te he comentado lo del negro y el otro que es ladrón. No es sitio este para chicos. Además ya sabes que yo no puedo ocuparme de ellos, se ponen a correr y a ver cómo los sigo.

–No tienes que cuidarlos tú –le aclaré–, son ellos los que vienen a cuidarte a ti. Les he explicado qué medicinas necesitas, dónde se pone la ropa sucia y todo eso, y sobre todo que hay que respetar los horarios. Sabes lo espabilados que son. Lo único que te pido, por favor: que no les grites. Si les tienes que regañar por algo en algún momento, se lo dices sin levantarles la voz.

Refunfuñaba… ensimismado. Haciendo cábalas.

–A mí me urge encontrar piso –le dije–, no he podido hacer frente al alquiler y ahora estoy buscando por otros barrios. Parece que hay pisitos baratos, muy cómodos. Pero con el trabajo todo el día y los críos no hay manera de organizarse para ir a verlos… No te molestes, papá, por favor, no te lo pediría si no lo necesitara. Es cosa de días. En cuanto esté resuelto, te los quito de encima; dime que sí. A mí tampoco me gusta esta situación.

–Podías dejarme a Vigor una temporada…

El viejo no perdía ocasión de sacar algo. Estaba forzado yo a condescender.

–Bueno, ya veremos; lo estudiamos.

Meditaba sobre mi hijo, sano y alegre, en aquel tugurio; confiaba en que resistiría su fuerza. Cuál sería el efecto; si tendría luego que hacer algo para desintoxicarlo, si maduraría con la experiencia. Etc. Me atascaba con divagaciones, intereses, recelos… No tengo que explicar que también sufría…

–¿Y de mamá hay alguna novedad? –dije por necesidad imperiosa de cambiar el disco.

–¿Tu madre? Dando mítines en la cárcel –sentenció–. Defendiendo el tiranicidio, como todos los de su banda. ¡Con efecto retroactivo!

Le dio un ataque de indignación, de risa.

–Por lo menos se divierte –bromeé.

–Seguro.

–¿Te llama?

–Para discutir… Me pide que yo haga lo mismo, así me encierran también. Luego solicitamos reunificación familiar y seguro que la conceden.

Yo callaba. Mi madre patinaba con sus zapatillas seniles provistas de ruedas, flotaba por sus regiones límbicas, volaba a capricho de un lado a otro, sabiendo tocar con su varita rincones mediocres para hacerlos irresistibles.

–¿Tú me ves a mí en prisión? –la verdad era que no–. ¿Para qué voy a ir? ¿Para que me deje de lado por sus delirios de politiquería? Además que no comparto sus ideas, y además que yo entre rejas me muero. Prefiero estar aquí, con el moreno este y el ladrón, que por lo menos no hacen daño a nadie. Tengo mantas en el invierno, la comida no es mala, o no peor que aquella, si allí hay biblioteca, aquí también, aunque sea de libros recientes me arreglo. Ella me dice que deje mi vida anodina. Pero yo, cuando me apetece me doy un paseíto, dispongo de la llanura para mí solo; a diez kilómetros hay un pueblo donde se pueden ver monumentos históricos; miro los partidos por televisión; en fin, me las apaño. Y llevo una vida digna, de hombre libre: así se lo he dicho, duermo con la conciencia tranquila. Eso no se cambia por nada.

Tal vez, pensaba yo. Sería creíble si no fuera porque sus muecas penosas indicaban justamente lo contrario. Su tristeza.

Me dijo, como conociendo mis pensamientos:

–Lo que pasa es que me falta tu madre.

Era prisionero de su propio corazón.

Porque a mi madre la habían metido por atentar contra la viuda del exgobernador del Banco Nacional. La hirió en la cara con una tijera, creo, durante un acto de beneficencia al que había acudido la señora. En realidad se trató de un rasguño, aunque a la mujer el susto la dejó tiesa, y lleva meses con pánico –todavía no sale a la calle–. Mi madre huyó propulsada por los patines; volaba mientras iba gritando: “Nadie se ríe de los pobres”. Participantes al acto y ciudadanos corrieron tras ella. Tres pares de ruedecitas girando a toda velocidad bajo las zapatillas convertían a mi madre en una bruja a ras de tierra. No la hubieran alcanzado si no llega a estamparse con un autobús que se había saltado un semáforo; se rompió la cara, cayó y le echaron el guante. Ella forcejeando todavía vociferaba, insultándolos y lanzando sus proclamas cívicas. Oigo su voz: “Libertaaaaad, democraciaaaaa, redistribucióóóóóón”. Abofeteaba a sus captores alargando esas “vocales” con su voz macilenta de señora de ochenta cumplidos y mala leche de treinta.

La sacaron los medios: una foto retocada por ordenador para quitarle unas décadas a su rostro alucinado. No les importaba caer en contradicciones: la noticia, una crónica y el editorial consiguiente aseguraban que cada vez más ancianos con dolencias de la edad: alzheimer, incluso parkinson, y afectados de pérdidas de conciencia y capacidad de razonamiento, se convertían en víctimas de mafias violentas antisistema que traficaban con ellos para sus proyectos políticos de insurrección. Cha, cha, cha… Nunca consignaban las declaraciones de los protagonistas por exceso de cordura loca.

La resultante era: ingreso en un centro penitenciario un par de meses, vista ante el juez, y a casita por exceder la edad penal. A la puerta de la cárcel sería recibida con vítores, amén de cartelería y megáfonos, por los más chiflados de su asociación, autotitulada “Venganza Histórica”, una congregación de mayores de setenta y ocho años a los que la justicia no recluye, y que, en los últimos años, no han dejado de practicar lo que denominan “actos de justicia vengativa popular” (nombrecito que no admite dudas). Mi madre usó una tijera, otras personas emplean palos, piedras, globos con tinta china, destornilladores, cualquier cosa con tal de atacar a nuestros personajes más ilustres. Un día agreden a un empresario, otro a un diputado o a un consejero de comunidad autónoma, a la semana siguiente son dos concejales los heridos, un alcalde el vilipendiado, no pasa un mes sin que algún accionista de una empresa que cotiza en el Selectivo se lleve un bastonazo, un gerente un mordisco, o que a cualquier gestor de la administración o particular le arranquen la corbata o el moño, lo abucheen en público, no le permitan entrar en una cafetería, inaugurar un banco, etcétera.

–En lugar de estar en casa, dando lecciones de sabiduría y buen juicio a su propia familia… –han clamado desde sus tribunas politólogos, jefes de redacción, obispos.

Igualmente sufren esta ola de agresiones congresistas, banqueros, presidentes de grandes compañías y empresarios, sean de la construcción, la industria o el turismo, –ricos en general–, incluso directores de medios informativos y algún que otro articulista que casi nadie conoce. Pocos de estos próceres asaltados continúan en activo, la mayoría son gente cargada de años y méritos; muchos no sólo no entienden por qué otros ancianos y ancianas los desprecian y atacan con bastones o botes de pintura, ni siquiera pueden acordarse de lo que hicieron.

Dichas acciones recibieron en un principio el tratamiento informativo de anécdotas; si bien preocupantes, se las denominó “ajustes de cuentas”, “impulsos espasmódicos de la edad avanzada”, “deseos de ser famosos o “de los quince minutos””, “patologías derivadas del abandono que sufren nuestras personas mayores”, etc. Sin embargo, la proliferación de incidentes, el prestigio de las víctimas y la alarma social han conducido a alterar el concepto del fenómeno, que ha pasado a denominarse “violencia de la tercera edad” y “terrorismo anciano”. Se achaca al “resentimiento social” o a la “incapacidad para aceptar el orden que todos nos hemos dado, las condiciones económicas de la nación las cuales –lamentablemente– son las que son y no permiten las alegrías que todos quisiéramos, nuestro régimen de libertad y el Estado de Derecho imperante que tanto nos ha costado conseguir y mantener”. Lo grave es que se viene recrudeciendo; ya ha habido disparos: un sargento en la reserva reservada metió dos balazos a un exministro de defensa (¡de noventa años!) una mañana en que el pobre tuvo la audacia de salir de su casa de verano a comprar pan.

Traté de hablar con mi madre antes de que cometiera una locura. Me contestó que tenía una lista de agravios y culpables (cada uno con su dirección, sus presuntos hechos delictivos y algún dato personal). Se la pedí; tras resistirse un poco –creo que para hacerse la interesante–, me la entregó. Muchos de los nombres que tenía allí no los había oído en mi vida. Me confesó que ella tampoco, esas listas corrían entre los socios para que cada uno eligiera a su víctima por razones de odio particular o simple cercanía a su domicilio. Un disparate.

–Entonces ¿tú vas a ir a la casa de esta persona a echar excrementos en su buzón o darle una bofetada en la vía pública?, ¿a alguien que no conoces de nada?

–¡Que no conozco de nada, no! –se exaltó–. Qué más da saber su nombre completo, cuántos hijos tiene o si juega a la brisca en los ratos libres. Conozco el daño que ha causado a otras personas, y basta. Va a pagar por eso.

Le respondí que ella/ellos no debían tomarse la justicia por su mano, que si esa gente fuera culpable se los habría juzgado. Mi madre se reía. Le dije que su gesto no sólo era punible (y podía terminar presa), sino inútil, porque ese mal ya estaba hecho. Ahí se puso triste. Le dije que ese rencor acumulado tenía que olvidarlo, destrozaría tanto la vida de papá y la mía como la suya; le impediría vivir experiencias más felices, iba a envenenársele el corazón, y ese veneno ensuciaría todo. Le dije que pensara en sus nietos, que tanto la querían. (Estuve particularmente brillante yo en esa ocasión.) La hice llorar.

Una semana más tarde la detuvieron por destripar el cocker spaniel de no sé qué exconsejero de orden público con un cartucho de dinamita.

En la actualidad se tramita un proyecto de reforma del código penal para encarcelar a estos vengadores mayores. Sin embargo, no parece que pueda sustanciarse; los expertos afirman que en tal caso, sólo se lograría un efecto multiplicador del crimen: ancianos que viven en condiciones precarias no dudarían (tampoco sus familias con su apoyo) en realizar esos actos si, como sanción, logran plaza fija en un centro donde reciben alimentación y atención médica semigratuitas, y se les brindan actividades de ocio, además de un tiempo semanal para la visita de parientes y amigos.

Mi padre entonces me dice que ha pensado algunas cosas que yo podría decir de él.

–¿Cuándo?

–¡En mi funeral! –se enfada–. Las he puesto en una lista –añade, con vergüenza.

Hace amago de levantarse para enseñármela. Entiendo que él espera que se lo impida. Al moverme, resulta que mi hija se cae al suelo. Empieza a llorar.

–Ay, ay, ay…

No le pasaba nada, el susto. Enseguida mi abrazo, mis carantoñas, las lagrimitas fáciles y la sonrisa repuesta.

Le ofrecí un poco de agua, que bebió con avidez. Dejé el vaso en la mesilla, y le sequé la boca.

–Yo siempre he sido un hombre sincero, he recibido presiones y amenazas en mi vida por ese motivo. Me la he jugado más de una vez, hijo, incluso por defender a terceras personas. Yo no sé si tú sabes cuando hicieron la reconversión de nuestro sector…

– La verdad, papá, ahora mismo no me acuerdo bien…

– Bueno, y en el bloque igual: con el cantamañanas del presidente que no quería poner el ascensor contra la opinión de todos… quien le paró los pies fui yo. Por no hablar del follón con tus tías cuando la herencia del abuelo. Si hay algo que no soporto es la cobardía, el callarse por miedo o por conveniencia. No, señor, un hombre no puede dejarse pisar, ya la vida nos maltrata de un lado y de otro. La sinceridad y la generosidad también las he tenido en cuenta siempre. Ser generosos es lo más alto a lo que puede llegar una persona bien nacida; porque en este mudo todos necesitamos de todos, y la ley no nos señala qué tenemos que hacer. Entonces, lo que te digo.

–Papá, ¿por qué no haces tú el discurso? Yo lo leeré cuando llegue el momento si eso te tranquiliza.

Mis palabras lo trastornan, estalla una tormenta en su interior de relámpagos como hilos de los que no sabe librarse… Lo domina la amargura de querer y no querer declarar su verdad. Y yo lo entiendo con absoluta clarividencia. Mientas sacudo a mi hija al trotecillo, que, como un mantra gestual, me abisma en ella. Todo hombre desea un epitafio, la palabra que firmará sus días (esto quizá sería un aforismo aceptable). Tales palabras no puede escribirlas uno mismo, porque consisten en la herencia que han recogido los demás de él. De esta manera, el que fallece queda a merced de los otros. Pero, al mismo tiempo, uno quiere ser quien las imponga, que coincidan con lo que su voluntad ha tratado de hacer en su vida, y la imagen que se ha forjado de sí mismo. En la contradicción de ambas identidades, ambos recuerdos, se debate todo hombre. Y mi padre estaba manifestando con su silencio ese dolor dilema.

Yo quisiera que los viejos se deslizaran, que por fin se deslizaran por su vida igual que patinadores. Un ser humano ¿no tiene que llegar a ese punto en que pueda desprenderse de la gravedad de la tierra? Alzarse un poquito sobre la horizontal que ha constituido su vida, elevarse, dejar sus miserias, sus dolores físicos y morales, levantarse para mirar mejor, más lejos, más en paz con cuanto les ha ocurrido en el tiempo que les ha tocado en suerte existir. Esos pies arrastrados de las zapatillas por casas, residencias, portales, antes de subir a un coche que los lleve porque ya no pueden recorrer las aceras; esos pies como de elefante, como bases de columnas que los atan al suelo y no cejan más que para acostarse en la cama, que es otra prisión aun mayor; esa base plataforma firme que no les deja rejuvenecer: acaso sean solamente un espejismo, y las ancianas y ancianos se deslizan, en cambio, flotan y han aprendido a volar en el secreto, en su secreto que no podemos sino adivinar bajo esa apariencia de acabamiento y dolores que nos entristece, o que nos repugna, cuando ellos ya saben que viajan lejos.

Está mi hija conmigo, su cuerpo apenas pesa.

–Bueno, entonces –dijo luego de un espacio mi padre–, ¿me escribes ese discurso o no?

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.