Los sueños son irrealizables. O, mejor dicho, es peligroso verlos realizados. Mucho se ha insistido sobre ello. Uno de los sueños más recurrentes es el de contemplar la propia muerte, el propio entierro, contemplar las escenas de duelo que podemos provocar. Para otros eso sería odioso. ¿Quién sabe? En todo caso en la novela de Tomi Sánchez se tocan todos los palos, este de los funerales también. Con maestría, como nos tiene acostumbrados Javier Sáez de Ibarra.

 

Tomi ha muerto. En efecto. Un dolor fenomenal se extiende por sus amigos como la mancha. Algunos leemos verdaderamente a Vallejo. Otros recorremos pasajes de armonía; bebiendo, fumando, mintiendo, dejando a su labor los vicios que nos rematan. Sabemos que Tomi se nos ha muerto, aunque no estamos seguros porque su cuerpo exhibido no nos dice nada; tendría que levantarse él, medio cuerpo siquiera, y con clara voz –más o menos reconocible, semejante a la suya– explicarnos qué le pasa. Tal cosa no suele darse. No la esperamos. Hay quien sostiene que, en realidad, Tomi anda haciendo de las suyas dando vueltas alrededor de los corros, fisgando aquí, escuchando ahí, para después largarse con sus conclusiones a otra parte. Qué necio soy, hablo como un viejo temeroso. Los materialistas no creemos en la pervivencia de la mente, ni en el destino, ni en el sistema. Y él seguramente tampoco creía en nada, se hizo católico porque se aburría, porque se encontraba solo en el fondo de su alma, o para despistar, para joder iba a decir si no fuera por el lugar lúgubre. Qué sibarita.

Él había calculado la fecha de su defunción. Guardaba una colección de monedas para recordárselo a sí mismo; cada año que se consumía, gastaba una; así llevaba una cuenta atrás de su existencia con la que ser más consciente, decía, de su condición efímera. Pasa que se equivocó. Porque se ha muerto sin saberlo. El pobre. Él decía que no importaba, no jugaba a las adivinanzas, era un memento mori nada más; cada cual se hace sus ilusioncillas, de eso no cabe duda. Sus hijos, su mujer última, son unos destrozos; la casa sin terminar de pagar, nadie que se vaya a hacer cargo; qué será de esa familia, adónde recurren. Una verdadera lástima. Cualquiera puede opinar sobre la pervivencia del espíritu, lo único cierto es que las deudas se quedan.

Cuánta gente, cómo se le quería. Todos los que lo conocieron, los que oyeron hablar de él, tantos compañeros de oficina a los que no defraudó, los obreros del sindicato, los de la célula activista –que quedan vivos–, vecinos, familiares, la asociación del barrio, miembros de la casa de la cultura, un amigo de la editorial, las familias de ellas, ralas, ellas. Era un carismático. Si bien un carismático sin poderes; de otra forma, habría bandas y conferencias, artículos en los periódicos sobre su persona. ¿Me equivoco? Hasta yo, que lo conocía del instituto, recibí su influencia; compartíamos amigas, leíamos lo mismo, nos reíamos de todo bicho viviente, estudiamos una carrera juntos, juntos la abandonamos por la mitad como si fuera un mal libro, aprendimos palabras revolucionarias y desafiamos a la autoridad. Protestamos, nos dieron de palos en comisaría. Odiamos. Perdimos. Nos quedamos sin blanca. Yo lo engañé con dos de sus chicas. La vida hermana. Javi y Tomi, Tomi y Javi. Convivimos bajo el mismo techo. Yo lo he visto romperse como una guitarra, salir arriba otra vez. Soy inmarcesible, me susurraba de noche, con un vaso en la mano y otro en el cerebro. ¿Inmarcequé? Vete al diccionario, me decía el c…

Quienquiera en la de Tomi y Tomi en la de todos. Es imposible recomponer su imagen. Su cuerpo fragmentado se ha vuelto un símbolo. Quizá hubiera triunfado de haber cultivado eso; él mismo decía que uno no puede recomponerse por completo, o el río se estanca. Ahora lo miro como a un espejo quebrado en mil trozos, no los cojas no vayas a cortarte, con su risa burlona en cada uno, enigmático y fiel.

 

Tú me pides que te hable de mi amigo. Empiezo: me llamo Javier Aloja Fernán. Vivo aquí cerca. Te puedo dar mi dirección de correo, ¿tienes una tarjeta? Estupendo. Yo también escribo, por rachas; si quieres, mándame el texto antes de que lo publiques: puedo añadir algo. Y luego, oye, si sabes de alguna cosa, corregir pruebas, revisar artículos. Tú, aparte de necrológicas te encargas de más, seguro. Hago lo que sea. Ya sé que bien no pagan, pero yo siempre he cumplido.

Él era escritor. Escritor. Cuidado, novelista no lo pongas. Detestaba a los novelistas. Hizo cuentos, alrededor de una docena; decía que escribirlos era más difícil que empollar un huevo. Publicó varios de ellos en Internet. Abrir y cerrar de ojos. Los amigos y otra gente le hacíamos comentarios; favorables, bastante. No sé de nadie que haya intentado publicarlos. Luego está su libro de aforismos: La larga voz, cómo era, La larga voz de los ahorcados. Me parece, yo para los títulos soy fatal. Era pasmosa la rapidez que él tenía para inventarlos. Nos poníamos con una botella por medio y en media hora sacábamos veinte o treinta con más sabiduría que la que otros meten en sus libritos de consulta, autoayuda o como se diga. Claro que sí. Y más poéticos. Ese libro que sacó lo escribió en tres cuartos de hora. ¡No lo escribas! Es broma, hombre, una hipérbole. Claro, perdóname. De todas maneras, en su ordenador tienen que quedar –que yo sepa y recuerde– una novela, corta ¡eh!, inacabada (o a lo mejor ya la terminó y no nos lo dijo, que esto puede ser también), más aforismos, sin duda, y pienso que hasta poemas. Sí porque él siempre dijo que había que dar el salto de los cuentos a los aforismos, y de ahí a la novela, o no, de la novela a los aforismos, o al ensayo, ya no me acuerdo bien, el caso es que desembocaba en los poemas, que lo demás eran bobadas. Él era tímido; sin embargo, aspiraba a una carrera literaria como debe ser. No sé si su esposa estará al corriente; yo, desde luego, tengo la idea de mirar ese ordenador, que tiene que haber cosas. El problema de Tomi fue siempre el tiempo: no tenía casi nunca, excepción hecha de los periodos que se tiró en el paro. Dudo de que entonces escribiera, porque se deprimía. No sé, ¿desahogos, quizá? Hay que mirar, hay que mirar a ver lo que tiene ese muchacho. Yo quiero ocuparme personalmente. Te puedo llamar si te interesa, podemos hablar de cómo sacarlo a la luz. Lo que haya, la gente tendría que conocerlo. Ya hablaríamos de las condiciones.

No, no, no, no, no. Su libro se lo pagó él. Bueno, aquí entre nos, hicimos algunos una colecta de donde salió el dinero. Oye, esto, por favor, no lo pongas; te lo digo como persona, no como periodista. ¿De acuerdo?

Estudios: la secundaria y una carrerita que sacaron ad hoc en el periodo de crisis durante el primer armisticio, tras la debacle financiera; cuando la crisis de las bolsas, el estallido de lo que se llamó la madre de las burbujas y el crac contractivo de la gobernanza (nunca entendí lo que era eso); no vas tú a acordarte, eres demasiado joven. A la carrera de marras le habían concedido un nombre demasiado largo, sospecho que para hacerla más atractiva y para despistar, el nombrecito era: Politifinanzas Para Sociofilantrópicos Especulemprendedores, conocida por las siglas PPSE, aunque a los que lo cursaron nos llamaban Polinos, ya se ve la guasa. Tanto él como yo la abandonamos a medias, como es lógico y natural. En los dos cursos que pasamos de juerga en juerga, ligando y trabajando en garitos sirviendo lo que no nos bebíamos –además de acudir a las clases–, apenas si llegamos a entender el sentido de las primeras palabras (incluyendo el “para”). Yo no me quejo: aunque en la universidad te arruinan, siempre se obtiene algo: viene a ser más formativo que quedarse solo en la calle o mirando la tele en casa.

Disfrutó de la compañía de muchas mujeres, unas lo quisieron, otras no, él amó a todas, no siempre de la mejor manera. Tuvo seis hijos, o siete, este dato mejor habría que confirmarlo; han sido muchos, de todos modos. Un amigo que anda por aquí, Velasco, dice que tuvo mucha prole porque la cama era su último refugio. Como toda frase ingeniosa, exagera. Da en el clavo en que él no se sentía a gusto casi nunca, era muy nervioso; padecía de soriasis –no lo sabe esto casi nadie, quizá deberías borrarlo–, se trata de una enfermedad nerviosa que ataca a la piel: el sistema inmune enloquece y devora a su protegido. Sí, asqueroso.

Lo más terrible del caso es una cita de Walter Benjamin –¿lo conoces? No tiene importancia– que habíamos leído él y yo en la facultad. Cuando se leía…sí. Viene a decir que todo hombre tiene una dignidad que no le puede ser arrebatada, la dignidad de hablarles a sus hijos en el momento de su muerte.

O sea, con el corro de los chicos junto al su lecho, la decencia de esas palabras en la boca. Una despedida humana.

Es que me emociono cuando recuerdo ciertos temas. Discúlpame, voy a por otra cerveza. […] Ya está. (Mola que hay servicio de bar aquí mismo, ¿no?, reconforta.) No sé qué más quieres que te cuente. Tú pregunta que si me pongo a hablar yo, no paro. Bueno, porque yo de Tomi lo sé todo, ya te he dicho como es la cosa.

Te presento a su viuda si te apetece.

 

[…]

 

Para: liberalesanimales@freepanic.com

Asunto: Necrológica Tomi

 

Hola, Javi, te copio debajo el texto que he escrito sobre tu amigo Tomás Sánchez. Espero que te guste. No confíes en que el periódico saque todo, en fin.

Un abrazo, Esteban Pérez

 

Tomás Sánchez, escritor.

El pasado lunes falleció en la capital, víctima de un fatal accidente. Se nos va así un hombre de letras. Su obra inédita es mucha, como la de tantos de nuestros autores hoy en día. Publicó una sola obra, La larga voz de los ahogados, recibida con interés por un sector de la crítica. Este libro le abrió algunos cenáculos literarios que supieron valorar su lúcida mirada sobre nuestro mundo y su palabra ácida acerca de nuestra sociedad. Hombre de mundo, hubo de empeñarse en diversos y variados oficios, de los cuales extrajo una particular experiencia y sabiduría de la calle, más que de la academia, que supo plasmar en su obra. Viajó al extranjero. No recibió nunca medallas, premios ni menciones; él mismo se sabía marginado tanto por su personal trayectoria como por su renuencia a adscribirse a los diversos grupos estéticos que campan en el panorama cultural de la nación y le hubieran dado la indispensable visibilidad. Anoche, sin embargo, algún personaje de lo más granado de nuestra cultura y nuestra sociedad se acercó al Tanatorio Mac Ruber para rendirle un último tributo. (Allí se encontraban igualmente miembros de su familia y amigos, a los que mantuvo alejado del ruido mediático que pudo alcanzarlo a él.) Por unos momentos, las fúnebres salas repletas de gente y de ofrendas florales, se convirtieron en sedes de animadas tertulias en las que se glosó, a su debida manera, su vida y su obra. Se ha ido un hombre, un escritor, nos ha dejado su palabra, que es, para nosotros, un modo de seguir en el tiempo.

 

Observarás que he insertado, desgraciadamente, un paréntesis. A mi jefe no le gusta pero no sabía bien cómo encajar la referencia a su familia y a vosotros, que me parecía necesaria (además de que disponía de poco tiempo porque después tuve que cubrir un reportaje sobre el Museo de la Pradera, y luego una cosa de Gastronomía urbana –la vida eterna del becario– y entregarlo todo esa misma noche; un horror); este modo me ha parecido el menos malo.

Muchas gracias otra vez por el tiempo que me dedicaste el otro día. Y gracias también por el ejemplar de su libro, ya casi me lo he leído entero. Oye, qué buena la paráfrasis del número 44:

Para Wittgenstein lo místico es que el mundo sea. Para mí, que todavía sea.

Me emociona. Pienso que se nos ha ido un gran tipo.

Un abrazo, Esteban.

 

Creo que la crónica sale pasado mañana.

 

 

 

LA OPINIÓN VERDADERA, 20 diciembre

 

FALLECIDOS AYER:

 

SÁNCHEZ, Tomás. 45 años. Novelista, autor de La ancha voz de los abogados, editorial Campeón. Deja viuda y tres hijos.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.