Llegó el día más grande de la vida de Tomi. Su boda. Sonaron las trompetas, bailaron, bebieron y comieron, comieron y bebieron, disfrutaron. Las cosas que se hacen en una boda. En las bodas se lee también, al menos en el rito católico, porque a los que se casan les toca siempre leer un fragmento de la Biblia. Las bodas, antes de esta novela, eran territorio lector. Pero ahora más.

 

Por fin, se casó Tomi. Ninguno de sus amigos creíamos que llegaría el día en que engatusara a alguna.

O que lo engancharan a él.

¿Cómo se llamaba?

Miranda.

No, Magdalena.

Miranda.

Magdalena.

Dejadlo, el caso es que empezaba por eme.

Tomi era católico cuando se casó. Por eso dio el paso a la iglesia.

Te equivocas, con independencia de su matrícula, Tomi se embrazó por necesidad. Tenía ya cuatro o cinco chavalotes, si me acuerdo, una situación angustiosa lo atravesaba, sin plata ni para bocadillos. Así que aceptó el acto por imposición de ella; o ni eso, por el empeño de sus suegros, señores burgueses y catolicones de los de antes. Aliviaron su situación con el sueldo de la señorita y la inestimable ayuda.

Pobre Tomi. Yo creo que esa vez estaba en la seguridad de lo que emprendía.

Tan seguro como el que bebe agua cuando le aprieta la sed.

Creía que el enlace sería definitivo. El iluso.

Yo ya sabía que no.

Yo también.

El cura habló muy correctamente, la verdad sea dicha. Y Tomi le asentía con la cabeza; recuerdo su imagen sonriendo todo el tiempo y las manos entrelazadas con las de ella.

Cualquiera las entrelaza cuando está ennoviado.

Es lo suyo.

El cura habló de que un hombre y una mujer que se aman, si se lo declaran mutuamente ante Dios, dejan de ser dos individuos para hacerse una sola carne. ¿No os estremece? Debéis que reconocer que es un concepto poderoso.

Tomi había escondido a sus hijos entre la concurrencia, por si las moscas.

¿Tú crees que el cura no sabría nada?

Una sola carne significa la fusión de los miembros hasta el tuétano; desde ese momento, la idea es que no se pueden separar como no se rompen una oreja o un brazo sin dolor infinito. Y además el tiempo de la propia vida que comparten; según eso: lo que le ocurre a uno le está ocurriendo al otro.

Todo muy bonito, aunque los niños también forman una sola carne con sus padres.

No lo niego. ¿Te parece que Tomi se ha desentendido de ellos alguna vez? Ni de sus parejas, y yo diría que ni de sus amigos, no cuento excepciones. Para mí, Tomi ha tenido un sentido de fidelidad único hacia todas las personas que han convivido con él.

Ya, yo también lo aprecio. Pero anota qué casualidad, esta Miranda o como la nombres, fue la que menos duró con Tomi. A los diez meses, le tiran del currículum al esforzado y lo mandan a Japón.

Y qué podía hacer si le vinieron dadas.

Ganó la pasta, regresó al año, y si te he visto me olvidas. El tiempo de la ausencia rompe hasta el acero; las cosas como son.

Su mujer debió de sufrir mucho. Por él, quiero decir.

Al volver esa sola carne se deshizo en dos mitades. Tomi venía roto, nunca supo aguantar la soledad, no te extrañe que conociera a una nipona.

¿Tú crees?

Seguro. Cuando retorna a Occidente, tropieza con sus hijos repartidos a sus madres, y la señorita que había vuelto como las golondrinas a su familia de origen. Me explicas cómo se recompone este drama.

No tiene solución. Tomi se puso furioso; con todo, me consta que lo intentaron.

Ver el desmembramiento de su familia lo mató; y lo que le costaría reunirlos. Tal derrama no se disculpa.

Yo reconozco que estuvo feo. Ahora, ¿qué iba a hacer la mujer? No eran suyos los hijos. Al final, la propiedad rige.

Tú lo has dicho; añade que sus padres lo miraban como a un apestado desde que hicieron la cuenta de que lo acompañaba un caudal de hijos. De varios vientres. Y súmale el recorrido fractal de los trabajos de Tomi, el número cero en su cuenta, y el alquiler en precario; no son crédito para unos padres sólo los ojos grises. ¿Iban a entregar a su hija como una esclava?, ¿cómo una rehén?, ¿cómo una prenda? Seguidamente se les larga el yerno al Sol Naciente para jugar su vida en una central nuclear que dejaba escapar su energía barata, sostenible y segura para matar el  mundo.

Volvió enfermo.

Enfermo de miedo, diría yo, si bien rico.

Rico, Tomi siempre lo ha sido durante una temporada.

Él la quería. La mañana de los esponsales intercambiaron los eslabones de oro. Ella lo sostenía de la mano y le prodigaba besos; él le retiraba la molestia de un mechoncillo en el rostro. Los padres de ella suspiraban, incrédulos y temerosos de que su Dios lo maldijese por ese fraude de su yerno.

Hacían sus cálculos.

El suegro nos examinaba a los amigos del novio y no le dimos buen pálpito. La mujer se hacía la tonta. Respecto a las borracheras, el hombre se tocaba el sitio del corazón para recriminarle; se volvió pálido el negociante.

Las cosas del comercio. Y que a esa gente católica nunca se la llega a hacer cristiana, alguien lo ha dicho.

El padre de Tomi sabéis que estuvo de su lado. ¿Y la madre?

Huida.

En cuanto al cura, también pretendió su tajada. Pero menudo nuestro amigo: no contrató las flores, echó la zancadilla al fotógrafo tramposo y le dijo nones al sobrecito. Que si uno hace publicidad con la bolsa del supermercado, lo mismo con la parroquia, les razonó; y tuvo el valor de hasta requerirle dinero: por propagar que aún hay quien se casa de estas maneras.

Ahí yo disiento; debió remunerar el sermón.

Tomi se ofreció a entregárnoslo.

Lo sé; mas considera que el presbítero no debe abandonar el micro si vive de él. Y a saber qué hubiera soltado el cónyuge.

Algunas verdades.

Se quiere decir inexactitudes.

Inexactitudes del corazón.

Eso mismo.

Yo he visto a Tomi de rodillas, llorando una vez.

No me cabe duda.

Él confió en el paso que daba. No he conocido a un hombre más libre.

Dentro de lo que cabe.

En ello estamos. Tan firme en su decisión: el amor para la vida entera y esas predicciones.

Lo que vale conocerse a sí mismo, que recomendaba el griego.

Encima, la dicha de encontrar un alma gemela y su cuerpo asociado.

El gozo máximo. Sin menoscabo de que el alma fluctúa como la bolsa y el cuerpo es lo que te dejan los contratistas.

Tal teoría repugna por su vil materialismo.

Lo que nace de la dura imagen.

Tomi amaba a esa joven.

¿Quién lo duda?

Tú, que hablas con tanta malicia.

Tomi esperaba hacer las cosas bien, quería corregir su trayectoria, ver la diana. En más de una ocasión me dijo que era su cuerpo quien llevaba el mando, el cuerpo de un crío que se resistía a oscurecerse. Mientras arrastraba la calamidad de su espíritu como un saco.

Lleno de hijos.

Lleno de hostias. Él quería ser una sola carne, probarlo al menos.

Otra vez, querido, otra vez; ¿no te enteras de que ese documental ya lo hemos visto? ¿Por qué pensó que aquella de blanco sería la distinta? Brindó su alma un puñado de veces. Y esas mismas se la devolvieron rasguñada. Por no hablar de la resulta de ellas.

Lo que pasa es que nunca perdemos la fe. En Occidente el espíritu lo ha fraguado el Resucitado. Y nadie sabe ya creer en la derrota. Esa estructura encadena los hechos de la Historia nuestra como la fila de vértebras en la espalda.

Amén que has estudiado.

Tomi luego colocó el anillo suelto en una cajita; de ahí no ha salido.

Si no tuvo que empeñar cajita y todo.

A ninguna otra atreverse a reconocerle ese gesto, ¿no lo consideráis patético?

Para eso está el juzgado civil, gracias a dios, para validar nuestras repeticiones.

A ti te ha endurecido la vida que aguantas, te extirparon el romanticismo. Sabe que la sed de amor nunca concluye, hasta las momias pelean con su soledad.

Te confundes, que yo en ese enlace saqué otro. Me alcanzó una prima de alguien que ignoro quién había invitado ni me importa. Se fijó en mí la morena, me sacó a bailar trastabillando y todo, habiendo yo perdido el habla con no sé qué otras cositas.

Granuja.

También hubo quien recogió, en vez de dar, el dinero de una cesta consagrada a los novios. No pongas esa cara; lo considero un reparto. Que malos tiempos fueron entonces.

Mismitos que ahora.

Lo más santo es ya el varón y la mujer que deseen vivir juntos.

Dos que se uncen, cualesquiera.

Yo no vi en Tomi a un hombre humillado: creció a la estatura de un gigante, por encima de muchos. Necesitamos la luz así. Ya sé, brujo, me dirás que es banal lo que la naturaleza nos impone.

Ni lo pienso.

Nos incumbe en un acto coral, resuelto con cuatro pasos sencillos. Con él detenemos el tiempo, lo más a que podemos aspirar en la vida que nos han regalado; después lo arrojamos hacia lo alto como el agua de un surtidor. Se besan ella y él delante de sus amigos. Y estos los vitorean. Unos se remiten a otros, mejores, enriquecidos, más generosos; así nuestras caras resplandecen durante unas horas.

Nuestras caras, durante unas horas.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible
(Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.