Cuando la pintura occidental tuvo que asomarse a la modernidad lo hizo, en buena medida, a través del ferrocarril. Su silueta, sus estaciones, las vías férreas, todo lo relacionado con el tren comenzó a aparecer en los lienzos de los impresionistas, primero, y más tarde se hizo el protagonista en las obras de la vanguardia, ya fueran los montajes del constructivismo ruso o los carteles comerciales de Loupot y Cassandre en la Francia de comienzos del siglo XX. En esta novela había que dedicar algo de espacio a la imagen de las vías, a revisitar esas formas dadas que forman ya parte de nuestra memoria retiniana, para darles un nuevo giro.

 

Había muchas vías vacías, libres. Conté unas diez o doce separadas de dos en dos por los andenes. Se veían también gruesos pilares de color gris que sostenían la cubierta de la estación; distinguí algún altavoz que fue blanco y ahora ocre, igualado por la suciedad a las paredes a las que se hallaba fijado. Ausencia absoluta de bancos. Pensé que hacían falta para las despedidas y las esperas. Sólo que acaso obstaculizaran el trasiego de los pasajeros. Todo por la eficacia. El suelo de los andenes también era gris, aunque más claro que el otro, acaso desgastado por la marcha de hombres, mujeres, ruedas o equipajes que arrastraban en toda clase de circunstancias, de los que no había más huella. Por modernas que sean las instalaciones del ferrocarril, nunca terminan de deshacerse de esa única sensación que suma pena y abandono, constaté. Ni la luz del sol la vence: la atenúa un poco o, como mucho, la alivia durante las horas centrales del día, antes de que el atardecer traiga su subrayado impasible. Aun reparé con la mirada perdida en unos números, demasiado escondidos para resultar útiles, grandes y estilizados, pintados de rojo, a los que igualmente había deslucido el pasar del tiempo.

No hay nada alegre ni estimulante aquí. En verdad, las estaciones están hechas para que uno se marche en el tren, llegue corriendo o salga lo más rápido posible de ellas.

Consulté el reloj. Faltaban todavía algo más de cinco minutos para la salida. No suelo sentarme tan pronto, me gusta esperar en el andén junto a la puerta del vagón hasta casi el momento en que se inicia la marcha. Si esa vez había ocupado mi sitio, fue solamente a causa del hombre que insistió en entregarme la maleta de regalo. Entonces, de pronto, sentí el deseo de incorporarme y bajar. Sin embargo, una reacción refleja me encogió las piernas al ir a ponerme de pie; no llegué a levantarme. Me había podido la precaución (no diré el miedo) de que esa mujer, resentida por no salirse con la suya, me envolviese en un nuevo incidente y ocupara mi sitio. La miré con rencor. La creí capaz de eso o de cualquier otra locura. Conque volví la cabeza al cristal de mi ventanilla y me entretuve otra vez contemplando los andenes y las vías. Un hombre, al fondo, vestido de uniforme caminaba con un maletín negro en la mano, buscando tal vez a quien entregárselo.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen SalvajeEl CuadernoQuimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último libro publicado.