Ver Sans Soleil, en realidad cualquier película de Marker pero acaso esta más aún, supone una transformación notable en el espectador. Lo transmuta, convirtiéndolo en testigo, en cómplice de lo que ha presenciado. No se sale indemne del visionado, de la contemplación de Sans Soleil y en realidad esta sensación está más relacionada con lo que propone, con lo que alcanza, que es un modo si bien no nuevo, él llevaba ya más de veinte años tanteándolo desde sus primeras obras, desde sus colaboraciones primeras con Resnais, de su compañerismo con Agnés Varda, que iba más allá de los planteamientos estéticos de la Nouvelle Vague para llegar al núcleo mismo de la idea de lo que es el cine, y que terminó por ser considerado el nacimiento del ensayo cinematográfico. Un tipo de ensayo que apela, siempre, al intelecto del espectador, pero también cuida y atiende minuciosamente, a la vertiente estética. La concepción del montaje, la función de las locuciones, todo es reconfigurado en la obra de Marker. Película única, film rupturista, vanguardia encarnada, de todo puede decirse de esta pieza en la que Marker se transmuta en Sándor Krasna y recurre a Florence Delay como cómplice. La excepcional editorial Mula Plateada ha tenido a bien publicar el texto que Delay va leyendo en la película, el diario donde se dan cuenta de las misivas de Krasna que vamos contemplando, y que se muestra ante el lector como una pieza que se sostiene también de modo independiente, y lo acompaña de un generosísimo y no menos excepcional prólogo de Isaki Lacuesta, una carta de amor más de las muchas que el realizador gerundense ha dedicado a Marker. No se pierdan Sans Soleil. (Los más avezados encontrarán una sorpresa al final de esta entrada).

 

Obertura

La primera imagen de la que me habló fue la de tres chicos en un camino, en Islandia, en 1965.

Me decía que para él esa era la imagen de la felicidad, y también que había intentado asociarla varias veces a otras imágenes, pero que nunca funcionó.

Me escribió: “…un día la voy a poner sola al principio de una película, con una larga introducción en negro. Si no se ve la felicidad en la imagen, al menos se verá la oscuridad”.

 

Acto I

Me escribió: “Vuelvo de Hokkaido, la isla del norte. Los japoneses ricos y apurados toman el avión, los otros el ferry. La espera, la inmovilidad, el sueño interrumpido. Todo eso, curiosamente, me hace pensar en una guerra pasada o futura: trenes nocturnos, patrullas, refugios atómicos… Pequeños fragmentos de la guerra intercalados en la vida cotidiana”.

Él amaba la fragilidad de esos instantes suspendidos, esos recuerdos que no habían servido para nada más que para dejar recuerdos.

Escribió: “después de algunas vueltas por el mundo, ahora sólo me interesa la banalidad. La he perseguido durante este viaje con la obstinación de un cazador de recompensas.

Al amanecer estaremos en Tokio”.

 

Me escribió desde África. Contraponía el tiempo africano al tiempo europeo, pero también al tiempo asiático. Decía que en el siglo diecinueve la humanidad había ajustado sus cuentas con el espacio, y que la apuesta del siglo veinte era la cohabitación de los tiempos.

“A propósito, ¿sabes que en Île-de-France hay emús?”.

Me escribió que en las Islas Bijagos, son las chicas las que eligen a su novio.

 

Me escribió que en las afueras de Tokio hay un templo consagrado a los gatos.

“Me gustaría poder describir la simplicidad, la falta de afectación de esa pareja que vino a depositar al cementerio de los gatos una caja de madera cubierta de caracteres. Así, su gata Tora estará protegida. No, no estaba muerta, solamente desaparecida, pero el día de su muerte nadie sabrá cómo rezar por ella, cómo interceder para que la muerte la llame por su verdadero nombre. Era necesario que los dos estuvieran ahí, bajo la lluvia, para cumplir el rito que iba a reparar, en el punto donde se había roto, el tejido del tiempo”.

 

Me escribió: “Me pasé toda la vida preguntándome sobre la función del recuerdo, que no es lo contrario del olvido, sino más bien su reverso. No recordamos, reescribimos la memoria como se reescribe la historia. ¿Cómo recordar la sed?”

No le gustaba regodearse en el espectáculo de la miseria, pero en todo lo que quería mostrar estaban también los excluidos del Modelo Japonés. “Un mundo lleno de vagos, de lúmpenes, de parias, de coreanos. Demasiado destruidos para drogarse, se emborrachan con cerveza, con leche fermentada. Esta mañana, en Namidabashi, a veinte minutos del esplendor del centro, un tipo se vengaba de la sociedad dirigiendo el transito en un cruce. El lujo para ellos sería una de esas grandes botellas de sake que se derrama sobre las tumbas en el día de los muertos.

He pagado mi ronda en el bar de Namidabashi: este tipo de lugar permite la igualdad de la mirada, bajo la cual todo hombre vale lo mismo que otro, y lo sabe”.

 

Me habló del muelle de embarque de la Isla de Fogo, en Cabo Verde. “¿Hace cuánto tiempo están ahí, esperando el barco? Pacientes como las piedras, pero dispuestos a saltar. Es un pueblo nómada, de navegantes, de viajeros. Se han creado a fuerza de mestizajes sobre esas rocas que servían de frontera entre dos colonias de Portugal. Pueblo de nada, pueblo vacío, pueblo vertical.

Sinceramente ¿se ha inventado algo más estúpido que decir a la gente, como se enseña en las escuelas de cine, que no miren a la cámara?”

Me escribió: “El Sahel no es sólo lo que se muestra cuando es ya demasiado tarde. Es una tierra donde la sequía se filtra como el agua en un barco que naufraga. Los animales resucitados durante el carnaval de Bissau se van a petrificar apenas una nueva sequía transforme la sabana en desierto. Es el estado de supervivencia que los países ricos han olvidado, con una sola excepción –adivinaste, Japón… Mi perpetuo ir y venir no es una búsqueda de contrastes, es un viaje hacia a los dos extremos de la supervivencia”.

 

Me habló de Sei Shônagon, una dama de honor de la princesa Sadako, a principios del siglo XI, durante el período Heian. “¿Sabemos dónde se juega la historia? Los gobernantes gobernaban, usaban estrategias complicadas para enfrentarse. El verdadero poder estaba en manos de una familia de regentes hereditarios, la corte del Emperador no era más que un lugar de intrigas y juegos de ingenio.

Y ese pequeño grupo de ociosos ha dejado en la sensibilidad japonesa una marca más profunda que todas las maldiciones de la clase política, aprendiendo a obtener de la contemplación de las cosas más tenues una especie de consuelo melancólico. Shônagon tenía la manía de las listas: listas de “cosas elegantes”, de “cosas tristes” o incluso de “cosas que no merecía la pena hacer”. Un día tuvo la idea de escribir la lista de “cosas que hacen latir más rápido al corazón”. No es un mal criterio, me doy cuenta cuando filmo.

Me escribió: “Regreso por el camino de Chiba… pienso en la lista de Shônagon, en todas esas cosas que bastaría nombrar para que se acelere el corazón. Solamente nombrar. En nuestro país, un sol no termina de ser un sol si no es brillante, una fuente no es una fuente si no es cristalina. Aquí, poner adjetivos es tan grosero como dejar en los objetos las etiquetas con el precio. La poesía japonesa no califica. Hay una manera de decir barco, piedra, rocío, rana, cuervo, granizo, garza, crisantemo, que lo contiene todo.

La prensa sólo habla de la historia de ese hombre de Nagoya: la mujer que amaba murió el año pasado y él se ha sumergido en su trabajo, a lo japonés, como loco. Incluso, parece, ha hecho un descubrimiento importante en electrónica. Y después, en el mes de mayo, se suicidó: se dice que no soportó escuchar la palabra primavera”.

 

Me describió su reencontrarse con Tokio. “Como un gato que ha vuelto de vacaciones metido en su canasta y se dedica a revisar los lugares que conoce”. Corría a ver si todo estaba en su sitio, la lechuza de Ginza, la locomotora de Shimbashi, el templo de Renard sobre los grandes almacenes Mitsukoshi, que encontraba invadido por chicas y cantantes de rock. Le contaron que ahora eran las chicas las que construían y destruían la fama, y que los productores temblaban frente a ellas. Le contaban que una mujer desfigurada se quitaba la máscara delante de los transeúntes, y los arañaba si no la encontraban hermosa. Todo le interesaba. Él, que no habría levantado la vista por un gol de Platini, se apasionaba con la clasificación de Chiyonofuji en el último torneo de sumo. Pedía las últimas noticias de la familia imperial, del príncipe heredero, del gángster mas viejo de Tokio, que aparecía con frecuencia en la televisión enseñándole a los chicos a ser amables. Esa alegría simple de volver al país, al hogar, a la casa familiar, que él desconocía, podían dársela doce millones de habitantes anónimos.

 

Me escribió: “Tokio es una ciudad entrecruzada por trenes, atada por cables eléctricos, una ciudad que muestra sus venas. Se dice que la TV vuelve a sus habitantes analfabetos. Pero yo nunca vi a tanta gente leer en la calle. Quizá no lean más que en la calle, o simulen leer, esos amarillos… Me encuentro en Kinokunya, en la librería de Shinjuku. El genio gráfico que permitió a los japoneses inventar el cinemascope diez siglos antes que el cine compensa un poco la triste suerte de las heroínas de los cómics, víctimas de guionistas desalmados y una censura castradora. A veces, las heroínas se escapan, y se las encuentra en las paredes. Toda la ciudad es un cómic, es el planeta Manga. Cómo no reconocer esta imaginería que va del barroco plastificado al estalinismo lascivo, esas caras gigantes que pesan sobre la mirada, porque los voyeurs de imágenes son vistos por imágenes más grandes que ellos.

Cuando cae la noche, la megalópolis se disuelve en aldeas. Con sus cementerios tradicionales a la sombra de los bancos, sus estaciones y sus templos, cada barrio de Tokio se convierte en un pueblito bucólico escondido entre las patas de los rascacielos”.

 

La wikipedia la escribe gente que, normalmente, quiere bien a los autores, por eso reproducimos el inicio de la entrada sobre Marker:

Christian François Bouche-Villeneuve (conocido también con varios sobrenombres, pero sobre todo como Chris Marker) (Neuilly-sur-Seine, Francia, 29 de julio de 1921-París, Francia, 29 de julio de 2012), fue un escritor, fotógrafo y director de cine francés, a quien se atribuye la invención del documental subjetivo. Se dedicó, durante sesenta años de trabajo, a observar, con curiosidad meticulosa, con ironía cáustica y a menudo divertida, incluso con cólera, las vicisitudes de la historia mundial y también del individuo.

Philippe Dubois afirmó, en su Théorème 6: Recherches sur Chris Marker, una recopilación de artículos sobre aspectos de la obra de este director:

Chris Marker es, en cierto modo, el más célebre de los cineastas desconocidos.

Alguien maravilloso ha subido Sans Soleil a Facebook, y que luego digan que la red esta no sirve para nada, para los que no la puedan adquirir o alquilar (porque evidentemente la calidad no es la misma entre otras cosas), la dejamos aquí para su juicioso uso: https://www.facebook.com/documentaraudioyvideo/videos/390241001741819/