La semana que viene la editorial pacense Aristas Martínez pone a la venta la nueva novela de Bruno Galindo, uno de los más inquietos agitadores de la escena literaria y musical, y del umbrío territorio en el que ambas se mezclan,  que tenemos en España. De esta novela, que supone el retorno a la ficción de su autor, ha dicho Eloy Fernández Porta: «Bruno Galindo regresa con una sutil y rotunda novela sobre el original y la copia, la autenticidad y el cine: sobre la realidad filmada y emulada de nuestros días». A partir del día 21 en librerías, no se pierdan este Remake, que, al contrario de lo que suele ser habitual con los remakes que abarrotan salas de cine, sí merece la pena.

 

El director salió de la entrega de premios con esa sonrisa del mundo del espectáculo. Metió las manos en los bolsillos de su esmoquin y en uno de ellos sintió, doblado en cuatro, el papel con el discurso de agradecimiento que habría leído si el premiado hubiera sido él.

Fue a la fiesta posterior, felicitó al ganador (fue el año de los siete premios de Figurantes) y socializó con gente de la profesión. Le convidaron a MDMA y bebió un par de vodka-tonicsla combinación le ayudó a mostrar la mejor versión de sí mismo entre los presentes.

En la fiesta se encontró con una antigua amante, representante de actores.

El director y la representante abandonaron el local, pidieron un Uber y fueron a la casa de él, igual que la última vez. Allí bebieron más vodka con tónica, escucharon una playlist con música de los años 70, 80 y 90, y coincidieron en que todas esas canciones eran mejores que las actuales.

Ella había sido actriz en el pasado, pero tras una larga sequía había optado por dejarlo y abrir la agencia, desde donde se dedicaba a rentabilizar las carreras de otros actores. Él había dirigido una decena de películas, pero fundamentalmente vivía de sus trabajos para la productora de tributos personalizados. Hablaron de lo más interesante de sus vidas y omitieron detalles sobre todo aquello, sobre los trabajos alimenticios. Luego entrelazaron sus lenguas como habían hecho en tantas ocasiones a lo largo de los años.

Pasaron al dormitorio y se desnudaron sobre las sábanas. Cada uno recordaba bien el cuerpo del otro. Ella comprobó manualmente su erección y la estimuló con la boca; él metió una mano en su entrepierna y comprobó la lubricación de ella. Él tanteó la mesilla y localizó un preservativo en un cajón. Luego, con un movimiento que pareció acordado con su amante, la volteó para penetrarla desde atrás. En ese preciso instante él experimentó una inesperada desgana y supo que la cópula no sería posible.

La representante se incorporó y le dio un suave abrazo, lo que el director interpretó como un gesto compasivo. Quizá ella pensaba que él había bebido demasiado, que el MDMA le había sentado mal o incluso que no haber convertido la nominación de su película (además en una categoría en la que él no había tenido mucho que ver: la de vestuario) le había generado alguna inseguridad. Él prefirió no afrontar ninguna de esas posibilidades (y mucho menos la última, que avivaba la dolorosa falta de vigencia de su cine desde hacía casi dos décadas) y se dejó envolver por el silencio y el sueño. Ella abrazó su espalda y, después de intentar reanimarle con unos sutiles movimientos pélvicos, se dio por vencida y también cayó dormida.

Al rato él se despertó.

Se levantó y se metió en la ducha. Abrió el grifo. Se enjabonó.

Empezó a masturbarse. Primero recurrió al recuerdo de esa misma noche. La recreación de la escena vivida tuvo un efecto de excitación inmediata. Luego su mente viajó a otra parte y le trajo imágenes de actrices que formaban parte de su pasado. La trabajosa confección de esa anatomía colectiva, de esa mujer que finalmente no era nadie, le guio hacia una eyaculación que le dejó una sensación de vacío y frustración.

 

Cuando regresó al dormitorio encontró a su amante sentada en la cama.

Tenía puesto el sujetador y la mitad del vestido, el elegante modelo mikado de seda negra que había lucido en la entrega de premios. Tal vez ella deseaba pasar el resto de la noche en su propia casa; quizás había recordado que a él le gustaba dormir solo, o a lo mejor tenía que levantarse temprano. Él no llegó a intuirlo, ni se le ocurrió preguntárselo.

Estaba soñando, dijo ella.

Él no supo qué contestar a eso, y se ofreció a llevarla a casa. Ella dijo que no era necesario, que pediría un Uber.

Insistió.

Ella aceptó.

Bajaron al parking. Entraron en el coche. Arrancó.

Hablaron poco durante el camino. El director encendió la radio. Estaba terminando una canción de los 80, y justo estaba siendo mezclada con otra de la misma época. Él hizo un comentario algo sofisticado sobre la música y el tiempo. Dijo algo sobre el pasado como tema para una fiesta.

Ella sonrió ante el comentario, como si aquello le sonase de algo. Luego contestó:

«Todo se repite».

Él reaccionó con una sonrisa y un gesto de asentimiento; también le sonaba la situación. Y añadió:

«A lo mejor lo que vivimos no es más que el simulacro de algo que nunca llega a realizarse».

Su compañera se quedó pensativa unos segundos. Luego respondió.

«Tal vez son lo mismo».

Él preguntó qué quería decir.

«El simulacro y la realidad», dijo ella.

Llegaron.

Ella le dio un beso, más cerca de la mejilla que de la comisura de los labios.

Él esperó desde el coche a que entrara, y justo cuando lo estaba haciendo pensó en preguntarle qué había soñado. Pero ya era demasiado tarde. Le incomodó su torpeza, que se sumaba a ese beso dudoso.

Sí alcanzó a proponerle, cuando ella casi estaba al otro lado de la puerta, ir juntos a ver la exposición de la que todo el mundo hablaba.

Ella postergó su respuesta recurriendo al gesto universal que significa «ya nos llamaremos».

 

El director arrancó y emprendió la vuelta a casa. El haz de luz que venía de las farolas, siempre una encendida por otra apagada, iluminaba y oscurecía alternativamente la cabina del coche mientras se abría paso por la avenida desierta. La iluminación restringida era una de las señales que dejaban ver que la recuperación económica no era, como aseguraban la política y los medios de comunicación, un asunto consumado. A él esa intermitencia le recordó el principio mecánico en que se basaban las proyecciones cinematográficas (al menos hasta la llegada del cine digital) y le trajo este pensamiento: la vida es una cadena de secuencias sometidas a montaje. Como era común entre los miembros de su profesión, todo le recordaba siempre a alguna película.

«Drive, de Nicolas Winding Refn», se dijo.

En ese momento, como movido por un mandato inconsciente, cambió de idea, dio un volantazo y tomó un desvío.

Condujo un rato hasta llegar a un antiguo barrio de la zona norte, ahora convertido en parque de oficinas.

Echó de menos algunos edificios. Esas construcciones habían sido demolidas por aluminosis, la enfermedad del hormigón que, a principios de los 90, justificó el derribo y la posterior construcción de bloques que a menudo no llegaban a ocuparse. Los otros edificios, los indultados, eran reconocibles por sus viejos aparatos de aire acondicionado en las fachadas y por las antenas parabólicas que, pese a haber sido superadas por tecnologías más discretas, jamás fueron retiradas de las azoteas. Había novedades que nunca había visto: Cash Converters, tiendas de cigarrillos electrónicos, bares con afterwork y otros negocios característicos de aquel tiempo.

Aparcó cerca de su antigua casa.

Caminó hacia allí.

 

Empujó la puerta principal mientras hacía palanca con una llave por un resquicio de la cerradura y la abrió con un mínimo esfuerzo.

Entró en el ostentoso portal.

Se enfrentó a la enorme escultura mural hecha con cemento, gruesos cristales de colores y azulejos de piscina. Se fijó en los nombres de los arquitectos, grabados en una tipografía pasada de moda. Acarició el pasamanos de falso bronce, que terminaba junto a un friso bañado por un grueso gotelé que imitaba a una piedra volcánica pintada de blanco. Pellizcó la hoja de un cactus lleno de polvo, hundió las manos en el macetón; la tierra seca estaba mezclada con bolitas blancas de poliestireno expandido.

Se sentó en la silla del portero. Era imposible que aún trabajara allí el mismo de su infancia, pero al abrir el cajón de su escritorio comprobó que los hábitos del actual empleado se parecían mucho a los del hombre que ocupó el puesto durante su niñez. Le sorprendió que cultivara la fidelidad a la misma revista de crucigramas (una modelo joven con cara antigua sonreía en mitad de la cuadrícula), pero aún le resultó más curioso comprobar el talento tenaz del conserje rellenando autodefinidos, y su desinterés por los dameros. Tenía bolígrafos bic, gomas elásticas, palillos dentales, cigarrillos sueltos. Parecía el tesoro de un cuervo.

Merodeó un rato.

Se puso cómodo sobre un viejo sillón de escay. Se quedó ahí hundido unos minutos en la sombra. Una rampa para sillas de ruedas, un extintor: observó estas novedades.

Se acercó a la zona de casilleros de correos; introdujo los dedos y extrajo cartas de aquí y allá. Comprobó que casi todos los destinatarios eran empresas, despachos y gestorías, y las devolvió todas a su lugar. Observó que había pocos pisos ocupados por viviendas. Poca gente habitaba ya el edificio de su infancia.

Se decidió a subir por la escalera, no por ser sigiloso sino por recrearse en los olores de los viejos días. Hizo una parada en el entresuelo y cruzó la pequeña puerta que custodiaba el cuarto de basuras. Encendió el interruptor de la luz, escuchó el tictac del temporizador y dedicó un instante a contemplar las bolsas que yacían allí amontonadas. Imaginó el estrépito que habían producido al caer por el hueco golpeando las paredes, como una salva de cañonazos disparados de arriba abajo. Sin miedo a ser escuchado, se dio el gusto de emular en voz alta ese estruendo tal y como él lo recordaba.

Bum.

Agujereó un par de bolsas esperando sentir el olor agrio que resulta cuando se amontonan la ceniza y el papel. Buscó los sellos de correos en los que, sobre un fondo monócromo y junto una cifra fraccionaria, solía destacar la imagen de un viejo monarca aún apuesto. Nada de lo uno ni de lo otro; el tabaco y los sellos de colores pertenecían a otra época. El papel era el único elemento superviviente en la basura de las oficinas.

Salió.

Al subir los escalones de mármol rosa y gris (le llamó la atención su aspecto de embutido: una especie de mortadela de piedra), se fue deteniendo en los distintos pisos como si estuviera tomando posesión de sus dominios. Abrió los ventanales que daban al patio de luces con el movimiento desenvuelto del propietario de una mansión que descubre los muebles a su regreso de un largo viaje.

Para completar la subida llamó al ascensor. Echó en falta los botones blancos de plástico, algunos de los cuales recordaba ligeramente quemados. En su lugar brillaba una hilera de cuadrados de aluminio con el número retroiluminado. Toda la cabina estaba ahora revestida con ese material frío y plateado. Ni rastro del original. Recordaba el dibujo del niño acompañado por su madre con unos enormes genitales masculinos groseramente pintarrajeados, y una tosca esvástica con las aspas mal trazadas. En cambio, una pequeña cámara le observaba sobre el anuncio de un teléfono de emergencia.

Una voz femenina automática anunció, con un escueto gerundio, el cierre de las puertas.

 

Por fin llegó al último piso.

Primero miró la puerta con curiosidad y deleite, sin atreverse a tocarla.

Luego acarició la cerradura cuidadosamente, como si fuera la piel de un anciano. Le asombró que en tantos años no la hubieran cambiado. Por lo visto no lo habían considerado necesario los sucesivos inquilinos del piso desde que su familia la dejara vacante.

Había pasado tanto tiempo… pero él recordaba cómo se abría: en qué sentido debía girar la llave, qué fuerza exacta debía vencer, dónde se sentía una mínima resistencia y en qué punto debía tirar suavemente del pomo y después empujar para que la puerta cediera.

Aquí transcurrió su vida, pensó. Lo que merecía la pena de ella: buena parte de los hitos escritos en la hoja Excel que, impresa y plegada, siempre llevaba en la cartera. Le había llevado años redactar ese inventario de recuerdos. Estuvo mucho tiempo añadiendo unos y quitando otros: esto sucedió en tal año, esto en tal otro; aquello le marcó, aquello otro fue superfluo. Gracias a este ejercicio tenía conciencia de una cronología bastante rigurosa de los acontecimientos importantes de su vida. No dejaba de sorprenderle constatar hasta qué punto podía recordar ciertas cosas sucedidas años atrás mejor que otras que habían ocurrido hacía unos días. De acuerdo a esa lógica, tenía más recuerdos en los primeros años que en los recientes.

De hecho, llevaba mucho tiempo sin añadir nada nuevo a la hoja.

Años.

Periódicamente se apagaba la luz. Las primeras veces pulsó el botón y se volvió a escuchar el tictac del temporizador, que venía del cuarto de máquinas, junto a la puerta de la azotea. Pero al final ya no la encendió más.

Entonces hizo coincidir su frente con la mirilla. Sus ojos y el pequeño cristal convexo que sobresalía de la puerta eran los vértices de un triángulo equilátero en la oscuridad del descansillo.

Con un leve movimiento de su cabeza, apenas levantando mínimamente la barbilla, pegó los labios a la mirilla y sacó la lengua.

Entonces la lamió.

La chupó.

Succionó delicadamente la mirilla.

Como un pezón.

Y pensó que ese lugar contenía todos los lugares donde había vivido. Sabía cómo se plegaban los muros al otro lado de la puerta. Donde se formaban las habitaciones. Conocía cada pared y cada esquina. Recordaba que en el vestíbulo había un taquillón zapatero estilo castellano y en el techo una lámpara tipo farol con cuatro cristales. No olvidaba que el pasillo distribuidor contaba con un armario empotrado y una lámpara de plafón hexagonal de cristal biselado. Sabía que el salón comedor estaba gobernado por una mesa de madera con patas torneadas y pie central; un grueso vidrio la recubría y cuatro sillas encajaban en sus costados.

Tenía muy presente el escritorio-secreter con puerta abatible de su habitación. El mimbre trenzado del cabecero de la cama. El juego de cortinas de terlenka calada del cuarto de sus padres. Las manchas de calor sobre los cubreradiadores. La estantería pequeña en madera clara barnizada junto a la pared en la que quedaron (¿estarían aún?) las marcas de su progresivo crecimiento.

Tuvo una idea.

Sacó de su bolsillo las llaves de su casa, de su casa actual, escogió una de ellas y la introdujo muy lentamente en la cerradura. El modo perfecto en que encajó le produjo tal sobresalto que separó la mano como de un objeto caliente.

Aquí transcurrió su vida, recordó en ese momento.

El amor familiar. Los cumpleaños y las fiestas. La época escolar. Las aficiones. Su primer romance. Los estudios universitarios. El primer trabajo. Las adversidades iniciales.

El resto es remake.

 

 

Bruno Galindo es escritor y periodista. Ha publicado la novela El público (Lengua de Trapo, 2012); el ensayo Omega. Historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca (finalista Premio UFI, Lengua de Trapo, 2011); el libro de viajes Diarios de Corea (Debate/Random House, 2007); el volumen de entrevistas Vasos Comunicantes: Cómo y para qué hacer canciones (Fundación Autor, 2002) y los poemarios África para sociedades secretas (Premio Rafael Pérez Estrada, Vitruvio 2002) y Lunas hienas (Vitruvio, 2001). Desde mediados de los noventa ha trabajado en suplementos culturales de El País (donde continúa escribiendo actualmente), El Mundo y Cultura(s) de La Vanguardia, entre otros. Ha publicado en las revistas literarias Granta, Eñe y Quimera. Es cofundador de la revista-web El Estado Mental. Es intérprete de spoken word, ámbito en el que ha grabado varios discos y ofrecido recitales en España, Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.