La escritora argentina afincada en Italia obtuvo con este relato una mención especial del jurado del certamen de décimo aniversario de El Pericón, de la ciudad de Padua, organizado con el patrocinio de la cancillería argentina en Italia. Aquí lo compartimos con los lectores de penúltiMa.

 

Se la habían llevado de chica, con un año, de San Telmo a Misiones, en la frontera con el Paraguay. Viajó con la mudanza, como una lámpara o una muda de ropa. No tenía recuerdos de aquel éxodo, solo una memoria ajena, de segundo grado, construida con relatos de los vecinos. Creció con un eslabón roto entre su nacimiento y la realidad.

Cuando tuvo seis años le dijeron que sus padres la habían abandonado en un cajón de fruta y que más tarde habían muerto en un accidente de coche. El culebrón de siempre. Una pareja de médicos de Posadas la pidió en adopción a un orfelinato de Pompeya. Le quedaron el apellido, la piel blanca, la nostalgia de las noches de luna a la orilla del puerto. La nostalgia de las noches de puerto a orillas de la luna.

Siempre sintió el tango más suyo que las canciones del litoral (dicen que la música es uno de los recuerdos intrauterinos que persisten, y era cierto). Aunque le gustaba el andar arrastrado de los bailes guaraníes, que celebran el contacto del cuerpo con la naturaleza, nada superaba el entusiasmo que le despertaba una milonga. Ni la polca rural, ni el chotis ni la galopa que preferían sus amigos. Tomaba mate amargo con cáscara de naranja pero no le gustaba el tereré.

Pasó su adolescencia entre la tierra colorada y escuchando hablar el yopará, ese código de mezcla entre el guaraní y el español, con una identidad superpuesta que la hacía sentir extraña.

Cuando terminó la escuela, Nadia –porque así se llamaba la muchacha, como en una historia rusa de Julio Verne–, dijo que quería estudiar cine.

–¡Cine! ¿Pero cómo se te ocurre estudiar cine? Eso existe en la capital. O en Córdoba. A lo sumo, en Rosario. En Misiones, imposible.

La advertencia no surtió efecto, porque Nadia se guió más bien por el consejo del padre –también médico– de Íñigo, el protagonista de un cuento español que acababa de leer: «Haz tu propia montaña, hijo, y así nadie te podrá culpar de vivir en la cumbre». En ocasiones, la literatura es mejor mentor espiritual que las personas.

Así que Nadia puso manos a la obra y se consiguió una beca. No le costó mucho porque era diligente y tenía buen promedio. Además, el gobierno nacional había impulsado un plan de formación orientado a la igualdad de oportunidades que beneficiaba ampliamente a las mujeres y a los alumnos de las provincias del interior del país. «Esto es el nuevo peronismo», pensó Nadia. «Ya no es la lucha de alpargatas contra libros. Eso es historia. Esto es justicia social.»

Más pronto que tarde se despedía de sus padres postizos en la estación de Posadas, canturreando un tango de Aníbal Troilo y Homero Manzi.

Le recomendaron la escuela de cine de Pasaje Giuffra, en el barrio de San Telmo. Fue escuchar «pasaje» y pensar en «galerías», lo cual la condujo irremediablemente a Cortázar y a la alternativa de otro cielo, como el de París. «Quiero estudiar en un pasaje, desembocar en otro cielo y volver al barrio donde nací», se dijo. Esa conspiración del azar prometía la gloria.

La Universidad del Cine, conocida como FUC, era un centro de producción de películas de largo y de cortometraje. Allí los estudiantes tenían ocasión de hablar con directores, guionistas, actores, técnicos, críticos de cine, nacionales y extranjeros. Por sus aulas habían pasado maestros como Krzysztof Kieślowski –Nadia amaba su Decálogo–, Ana Torrent, Marcello Mastroianni, Liv Ullmann o Angela Shanelec. Cuando tuvo que elegir la franja horaria de los cursos, eligió asistir de noche. En Argentina es frecuente que los alumnos trabajen durante el día para pagarse los estudios, por eso suele haber bastante oferta de clases casi hasta la madrugada, cosa que a muchos europeos les suena a ciencia ficción. No era el caso de Nadia, que tenía beca a tiempo completo. Ella era una privilegiada, no necesitaba esa cursada de vampiro. Pero desde chica sentía que quería quedarse en la noche. Que la penumbra era una de sus afinidades electivas. Su aproximación a la completud.

El «beneficio secundario» del turno vespertino no estaba contemplado entre las ventajas iniciales, pero muy pronto lo comprobó. Una característica de San Telmo, además de los adoquines y las callecitas estrechas, son los telos. Sí, los telos, voz lunfarda construida por metástasis silábica: es la inversión de hotel.

Con Marcelo, un compañero de facultad, Nadia conoció prácticamente todos los hoteles alojamiento y albergues transitorios de Plaza Dorrego. Nunca se acostumbró a la luz roja que se encendía en el techo y que sonaba con un pitido intermitente para informar que se habían cumplido las dos horas de pago y que había que irse. Con tanta puntería que casi siempre les cortaba el clima en la mejor parte.

Cuando empezó el otoño, a Marcelo lo contrataron de Kodak y tuvo que irse a Estados Unidos. La última noche juntos decidieron quedarse a pernoctar. No era justo arruinar la despedida con esa luz del orto, dijo él. Durmieron juntos y, al salir, Nadia se sorprendió de ver el barrio de día, los puestos de diarios abiertos, los Testigos de Jehová encorbatados con gomina, los vendedores de electrodomésticos a domicilio, el perfume de las medialunas recién horneadas en las panaderías.

–Mirá, están empezando a poner las baldosas –dijo Marcelo, señalando con la punta del pie una placa en el piso decorada con vidrios de colores.

Hasta entonces Nadia nunca las había visto. Todo parecía una sucesión de descubrimientos bajo la luz.

–Son las baldosas por la memoria –siguió explicando él–. Empezaron a ponerlas en Almagro, los vecinos. Recuerdan a los habitantes secuestrados en la vereda de la casa donde los vieron por última vez. Les ponen azulejos de colores. Tan lindos que los turistas vienen y se sacan fotos con el souvenir. Un día haré una película con estas baldosas.

Marcelo se fue a vivir a Los Ángeles pero antes le hizo prometer a Nadia que trabajarían juntos en algún proyecto cinematográfico futuro: ella tenía buenos conocimientos técnicos de rodaje y él una cierta destreza para la escritura de guiones.

–Está bien –accedió Nadia con una sonrisa traviesa, la que siempre ponía cuando estaba segura de que un deseo se iba a cumplir–. Algo juntos vamos a hacer.

Sus padres adoptivos iban, de vez en cuando, a visitarla. Alquilaban un piso en la zona residencial de Palermo; ella había querido mostrarles su facultad, presentarles a su director de tesis, pero no quisieron. Decían que era un mundo bohemio, que no encajaban en esa atmósfera, que no les gustaba el lugar, tan cerca del puerto, del estadio de Boca. Les sonaba a peligro. «Peligro», repetía su padre, y Nadia lo miraba fijo sin entender el motivo para una palabra tan seria.

El último semestre de estudios en la FUC coincidió con el inicio de la primavera y fue un despertar no solo de las buganvillas de Puerto Madero. Como todo final que se solapa con un principio, Nadia empezaba a necesitar el día, a preferir los amaneceres.

Al salir de la última clase se sentó en una terraza a observar la belleza decadente de los empedrados con jacarandá de la calle Chile. Sentía que faltaba algo. Una materia pendiente. Y no era su tema de tesis. Tampoco era Marcelo.

Una bicicleta advenediza se subió a la vereda y pisó una placa de colores: los transeúntes le dirigieron al ciclista un improperio que Nadia no pudo escuchar. Cuando se fue del bar, leyó la baldosa del conflicto. Más allá vio otra. Y otra más.

Llegó a Defensa y el nombre de la calle le sonó familiar, como una melodía de otra época. Jugando a la rayuela pero sin piedrita se dedicó a leer las baldosas que encontró a su paso hasta que su vista se detuvo en el presumible final de este relato:

 

«Aquí vivieron Héctor Véliz y Marcela Goeyte, militantes populares asesinados por el terrorismo de Estado. Barrios por la memoria y la justicia.»

 

Esa baldosa expuesta en una capital del sur como una cicatriz de asfalto era el verdadero «después del paredón», el significado íntimo y actual de una canción que siempre había entonado mecánicamente sin haber entendido. En realidad, eran generaciones de argentinos las que tenían que revisar y cambiar, como ella, el sentido de una letra de tango escrita en 1948, porque después de los paredones de fusilamiento de El Campito ese tango no podía volver a cantarse de la misma forma. Con el horror, después no significa lo mismo.

Nadia Véliz se desplomó, con los ojos cerrados, ante la puerta de la casa de sus padres, bajo la luz anaranjada del atardecer. Lloró con las rodillas pegadas al cemento durante horas hasta que se serenó. De aquella madrugada del ’77 le quedaban el apellido, la piel blanca, la nostalgia de las noches de luna a la orilla del puerto, la nostalgia de las noches de puerto a orillas de la luna.

Ahora podía llamar a Marcelo: había encontrado una historia para empezar a escribir.

 

Marisa Martínez Pérsico (Buenos Aires, 1978) es escritora, crítica literaria y profesora en Italia, país donde vive desde el año 2010. Su último poemario es El cielo entre paréntesis (Valparaíso España, 2017).  www.marisamartinezpersico.com

La imagen que ilustra el texto es de la fotógrafa Julia Borissova, su trabajo puede conocerse en su página web:  http://www.juliaborissova.ru/