Remitido a la consideración de la revista para su publicación, este relato de Jordi Manau Trullàs es una muestra más de la vocación de inclusión de penúltiMa a través de la sección abierta a las colaboraciones no solicitadas: Postulados.

 

Miraba a su alrededor asustado. Buscaba un punto de referencia que lo relajara de su torturado mundo interior. Yo estaba sentado enfrente, observándole en escrupuloso silencio. Al menos un día a la semana pasábamos un par de horas en aquel bar cerca de la facultad. Rodeados del griterío universitario. Apenas hablábamos hasta que la cerveza se calentaba. Marco y yo estábamos en la treintena. Una edad suficiente para intuir que los sueños empezaban a desmoronarse. Vivíamos juntos, mejor dicho, él vivía en mi apartamento del centro. Lo encontré en el andén de la estación de metro Rocafort. Plantado ante un anuncio de unos grandes almacenes. Repetía en voz alta, una y otra vez, las ofertas en telefonía móvil.  Al principio no lo reconocí, pero al acercarme un extraño déjà vu me teletransportó a las vetustas aulas de la Facultad de Ciencias Económicas. No había ninguna duda, mi software cerebral de reconocimiento facial concluyó que se trataba de Marco Sans.

Una jarra de medio litro impactó contra el suelo rompiéndose en mil pedazos. Uno de ellos llegó hasta la punta de mi zapato izquierdo. Marco no se inmutó. Seguía perdido en el laberinto del minotauro.  Alguien tendría que advertirle que no era Teseo. Quizás y solo quizás, intentaba esbozar recuerdos de estudiante sin alopecia para descubrir en qué punto exacto se torció la maldita línea recta. Las fiestas locas en el campus, los fines de semana en Ámsterdam sin pegar ojo, los versos de Allen Ginsberg jodiéndolo todo, la testosterona regada con vodka al servicio de la andrología experimental. Todo quedaba enterrado bajo quince años de asesina somnolencia existencial.

No sé porqué me identifiqué con su pena. Le abrí las puertas de mi casa y entró sin vacilar. Me sentía solo, no era raro después de trabajar doce horas al día en una auditoría puntera. Aquel era el precio para llegar a comprar un boleto de la suerte y canjearlo por ser socio de la firma. Mejor no preguntarse el significado de todo aquello. Marco podía ser simplemente una distracción. Una especie de robot con inteligencia artificial y capacidad de encajar mis filias, fobias y parafilias.  Recordaba a Marco como el animador de los saraos y empedernido consumidor de toda clase de toxinas. Tenía que ser el catalizador que necesitaba.

Todo resultó decepcionante. Una vez más el paso del tiempo segaba todo brote de insurrección individual. Marco estaba atrapado por el abandono de su antigua pareja. La archiconocida historia de duelo sentimental eterno con bucle en la fase de shock y negación, para aterrizar en la etapa de tristeza profunda. Estaba paralizado por el recuerdo de aquella damisela perturbadora, persiguiendo un holograma por las calles de Barna. Cada día repetía el mismo relato cansino, no solo con las mismas palabras sino con la misma entonación nasal. El rostro reflejaba seriedad majestuosa cuando hablaba de aquel ángel caído. Sus labios trémulos incidían una y otra vez de manera enfermiza en describir su belleza. Era una depredadora amorosa, inmadura y narcisista. En realidad estaba convencido de que se trataba de una enamorada del amor, de la sensación que le produce que se enamoren de ella y de la idea de estar enamorada. Sin duda era un peligro, una detonación venenosa para el corazón. Marco tuvo mala suerte, pudo ser cualquiera.

Salimos del bar, refrescaba. Caminamos sin rumbo, intenté introducir algunos temas de conversación sin importancia. Marco no respondía. Cerraba los ojos describiendo su cuerpo de miel. Como esparcía crema chantilly en los senos, fundía cubitos de hielo en los genitales, compartían fresas bañadas en todo tipo de fluidos y practicaba sexo oral bañado en chocolate caliente.  Oír aquel monologo mientras la luna empezaba a matarnos, no dejaba de ahondar en mi poderoso fracaso existencial. Travessera de Gracia estaba trufada de turistas anonadados con los escaparates preparados para la temporada navideña. Por mi mente no dejaba de sonar la melodía de aquella canción veraniega de título esquivo. De pronto, sin saber cómo, me encontré caminando solo. Retrocedí sobre mis pasos y pude distinguir a Marco entre un grupo de japoneses. Admiraban como circulaban los trenecitos por una inmensa maqueta ferroviaria. Era una simple juguetería pero Marco escudriñaba el interior de la tienda.

-Es ella, es ella. La del fondo-  musicó un hilo de voz imperceptible por el estruendo del tráfico.

-¿Quién?- respondí con desgana y algo de hambre.

-Nnnaaaddddiiiiiaaaaa- alargó el nombre como un chicle de fresa sin apenas sabor.

Nadia, repetí para mis adentros. Era curioso como nunca mencionó antes su nombre. Como si pronunciarlo solo fuera reservado en presencia de dioses. Nadia, Nadia, era un nombre bonito.

Sus manos se arrastraban por el cristal como si quisiera desintegrarlo. Le hubiera aconsejado que se olvidara, ir de putas para cicatrizar egos desechos. Pero lo dejé todo en manos del destino.

-¿Cuál de ellas es?- le pregunté observando aquellas cuatro chicas vestidas de rojo con el anagrama del negocio estampado en las mangas.

-La cajera- respondió con voz grave. Al fin su telepatía onírica fue recompensada desde la realidad.

Sinceramente era un bombón, para que engañarse. Empezaba a alegrarme del fracaso de mi amigo. Con solo verla, uno intuía que era la solución a todos tus problemas. No porqué se solucionaran sino porqué desaparecían. Podría ser una buscona. Marco era un genio de las finanzas. Especialista en algoritmos bursátiles de una gran entidad financiera. Ganaba una cantidad ingente de pasta. Un buen partido para una cajera con cuerpo de modelo.

De repente las luces del local se apagaron. La vista tardó unos segundos en adaptarse a las siluetas de las chicas que se movían como fantasmas en la penumbra. Fin de la jornada laboral y Marco no tenía ni la más mínima intención de alejarse. Tuve que arrastrar sus noventa kilos apartándolo del ridículo. Como podía aconsejarle que se olvidara de aquel monumento mezcla de Venus y Afrodita.

-Tienes que olvidarla Marco, pasar página. Hay cientos de mujeres en la ciudad mejores que ella. Solo es un bache pasajero, encontraras tu media naranja. Llegará el día en que nos reiremos de todo esto. -se me daba bien mentir, incluso sin ninguna convicción.

Aquella noche Marco no dejó de llorar como un niño. No podía pegar ojo con sus llantos dando banda sonora a la noche. Un sentimiento de culpabilidad me nublaba la mente. Ataques agudos de sinceridad a las tres de la madrugada. Nuestra amistad solo era pura superficialidad juvenil. Al acabar la universidad nos separamos para encontrarnos virtualmente años después  en el adictivo Facebook. No era capaz de consolarle, no me importaba un comino su vida y su pesadez empezaba a embriagar mi paciencia. No soportaba la debilidad sentimental, resumir la vida con un emoticono de mierda. Me encontraba totalmente al margen de todo, la agresividad de la ciudad me asustaba. Estaba creando un revestimiento de aleación para aislarme, eyaculando fuertes dosis de incredulidad y pesimismo. No sentía, era incapaz de merecer algo de pasión pisando el asfalto. Aquellos llantos también eran los míos.

Era sábado y mi cuerpo se negaba a ponerse en marcha. Pasos, una larga ducha, el pitido del microondas, alguien había tomado la iniciativa en aquel glorioso fin de semana. Me levanté con una tremenda erección. La imagen de Nadia pasó fugaz por mi mente. Tuve que recuperarla entre los archivos de mi represión y colocarla de nuevo en el proyector. Vestir su desnudez con lencería de encaje negra, y un vestido de noche color rojo pasión. Salí al pasillo con el albornoz y rascándome los testículos.  Marco se encontraba vestido con su mejor traje hecho a medida en Santa Eulalia y dos maletas American Tourister flaqueándole.

-Me marcho. El banco me ha trasladado para que ponga orden en la filial de Londres. Tema de racionalizar costes y simplificar organigrama. Ya sabes, como siempre de apagafuegos. -su mirada rehusaba a cruzarse con la mía.

-Pero desde cuando lo sabías- fue lo primero que vino a mi mente.

-Hace quince días. Mejor así, nunca me gustaron las despedidas- me enseñó un billete de avión con destino a Heathrow.

-Te lo pasaras en grande. Londres es una ciudad acojonante- tuve que contener mi alegría.

-Gracias por compartir el piso. Ha sido menos duro. -Guardó el pasaje y del bolsillo derecho de su americana diplomática apareció otro sobre.

-Esto es para las molestias. Lamentó que no haya sido divertido- tendió la mano insistentemente.

-No, no… no es necesario. Somos amigos, mi casa siempre estará abierta para ti- la verdad es que el sobre pesaba. Estaba deseando saber quanta pasta habría allí.

-Entonces hasta que el destino vuelva a tirar los dados- era la primera frase ingeniosa que articuló en aquellas tres semanas.

-Aprovecha la ocasión. Te irá de lujo, ya lo veras. Deja que el tiempo lo cure todo. Las inglesas son muy liberales y…- no dejó que acabara la frase. Encajamos las manos, abrí la puerta, encendí la luz del rellano. Marco caminaba renqueante por el peso de las maletas. Un abrazo final hasta que el ascensor se lo tragó.

Allí estaban apilados los diez mil euros en billetes de cincuenta. Otra vez solo, con aquel extraño silencio que agrietaba los resortes de la confianza. Me había acostumbrado a la rutina enfermiza de Marco. Que podía reprocharle, el pedestal donde se sustentaba mi supuesta seguridad estaba infectado de aluminosis. Él había vivido el dolor del despecho, las quemaduras en el corazón, poseía tatuajes y cicatrices en el alma, virus eróticos reales que infectaban el cerebro. Yo no tenía nada, un campo yermo sin una dirección clara. Aferrado a la fe de la inanición mientras menguaba la esperanza de encontrar una ración personalizada de felicidad edulcorada.

Debía volver a las antiguas costumbres. Customizar mi tiempo de ocio al máximo. Salir de aquel maldito apartamento. Que el sol de la ciudad quemara mi piel de muerto viviente. Dejar de esconderme mientras el yo, el ello y el superyó se peleaban por conducir mi cuerpo por autopistas de peaje. No permitiría nada de eso. Siempre supe que Freud y yo no seríamos colegas.

Caminé más de cinco minutos perdido con la bolsa de la ropa sucia. No daba con la lavandería autoservicio recién abierta en el barrio. Al final de un callejón sin salida, se encontraban las relucientes lavadoras relamiendo las coladas. Introduje las monedas y me acomodé al lado de un pakistaní que me miró con curiosidad. Yo solo deseaba quedar hipnotizado por el bombo metálico multicolor girando sugestivamente. Aumentaba la conciencia sobre el cuerpo y se aceptaban sin pensar  las locas paranoias. Una voz femenina envolvente se sobrepuso a mi voz interior. Pedía al pakistaní cambio para la secadora. El sueño parecía más que real. Me pellizqué y note el dolor. Nadia apareció como un torrente de agua fresca. Radiante de vida.  Que coincidencia más mágica y epifánica. Tras la negativa del pakistaní yo era el próximo. Me adelanté ofreciendo mis servicios de gentleman refinado.

Buscaba como un desesperado algo de valor en las compuertas más blindadas de mi interior. No podía dejarla escapar, volver a la nauseabunda vulgaridad. Solo necesitaba un pequeño anzuelo con caviar en la punta.

-Sabes, soy muy bueno acertando nombres-  me sentía ridículo, patéticamente atenazado por mis propios prejuicios. Como era posible caer tan bajo. Utilicé la información privilegia de Marco en beneficio propio.

Ella me miró enternecida por mi inocencia. Supongo que percibió una extraña pena maternal mezclada, no agitada, con ciertos tics psicosomáticos. Se acercó con esa agilidad que solo los felinos poseen. Por unos microinstantes, decenas de líneas borrosas y confusas me regalaron la ceguera  de las víctimas de Cupido. Estaba a su merced. A escasos veinte centímetros de aquella piel lisa, suave, tonificada, el mundo irradiaba una contaminación vitamínica.

-Si adivinas el mío habrá premio-  me susurró deteniendo la ruleta. Tenía que existir algún dios para que me encontrara ante aquel cambalache trucado. No dejaría que aquellos luceros azules trastabillaran mis cuerdas vocales, ni aquella melena de oro 3N me dejaran afónico, y mucho menos que aquel cuello de princesa Cleopatra 2.0 me regalara amnesia aguda.

-N.A.D.I.A-  resalté alto y fuerte, como los generales antes de ser fusilados.

Salí de la lavandería con su número escrito en un trozo de revista del corazón. La llamaría durante la semana. Tendría que controlar mi ansiedad. Hasta el jueves no contactaría con ella. No quería ser uno más de esas decenas de pesados que merodeaban a su paso. Guardé aquel número como si fuera el tesoro de Jonh Silver.

Quedamos en un pequeño restaurante del Born. Uno de aquellos rincones con encanto con la esperanza de que el tiempo se detuviera. Llegué media hora antes para impregnarme de la atmósfera y tener ventaja sobre ella. Recordaba como estuve dando vueltas alrededor del teléfono durante toda una hora antes de decidirme a llamarla. Al final todo fluyo de manera perfecta. Su voz embelesada me atrapó en la telaraña de los sueños repletos de tréboles de tres hojas y unicornios plateados. Me condujo por la senda de la sumisión, del derrotado obnubilado por la grandeza de su captor. Nadia era la deidad femenina ensalzada en los cantos heroicos y los poemas mitológicos. Extendía su mano para que yo me fundiera con ella alejándome de la mortalidad.

Apareció como una detonación brillante, sesgando la noche en astros incandescentes. A su paso, el perfume embriagador regalaba magnánimo feromonas seductoras. Era toda para mí, solo para mí. Las miradas de envidia de los camareros y comensales no lograban atravesar mi fina piel de cordero. Apaleado por la majestuosa realidad, el sueño se desvanecía hasta confundirse temporalmente con el instante terrenal. Los segundos eran largas secuencias con cientos de frames amenizados por el zigzagueo de la melena sedosa de Nadia. Vestía un vestido de noche azul cobalto, sencillo, pero contundentemente ceñido a la simetría perfecta echa mujer.

La cena fue deliciosa. La ingesta permanente de pequeñas dosis de vino tinto multiplicó mi capacidad sensitiva. Quería captarlo todo, para que la intensidad nunca cediera ante el recuerdo nostálgico. Nadia era la comensal con la que todo enamorado sueña. Simpática con pequeños detalles pícaros, soltando el freno de mano lentamente, apretando los grilletes al aprendiz de macho alfa.

-Tienes que prometerme dos cosas- la copa tipo flauta le acariciaba los labios mientras contemplaba su reflejo en las pupilas dilatadas de mis ojos. Por todo el cuerpo fluía oxitocina, la sentía por el hipotálamo y la espina dorsal.

-Lo que quieras, amor- firmaría mi sentencia de muerte si me lo pidiera.

-Vamos a limpiar nuestro pasado y olvidemos el futuro. Solo el presente aquí y ahora-  por un instante su rictus se endureció.

-Ningún problema. Solo aquí y ahora- alce la copa cerrando los ojos hasta oír el chichín que sellaba nuestro pacto.

Pasaron dos semanas y ya compartíamos mi piso. Nada pregunté, ni de dónde venía, ni lo que quería. Solo nos besábamos cada medio minuto y trazábamos planes para las próximas cinco horas. Una locura que empezaba a revestir mi nuevo “yo”. Alienado de la pesadumbre del mundo. El sol me parecía más resplandeciente y la contaminación más saludable. Caminaba sin dudas y mi cabeza despejada no dejaba de crear y crear idealizaciones cada vez más asumibles. Tenía que esforzarme por no pintar el futuro de rosa al lado de Nadia. Volvía a ser un crío ilusionado por los postres y las visiones de los tres reyes magos. Suponía que aquel era el estado natural del hombre urbanita, apenas me acordaba de los días muertos perdidos en el valle de las lágrimas.

Aquella noche era especial, no existía una razón para que lo fuera pero Nadia cultivaba rosas rojas en el desierto. La cama transpiraba su aroma corporal y ella languidecía de deseo por ser la heroína rescatada de manos del villano una vez más. Oía sus gritos de súplica mientras terminaba aquel dichoso informe financiero. Tecleaba rápido antes que la lascivia nublase mi buen juicio. El teléfono vibró varias veces acercándose a mi posición. Dudé, pero podía ser importante. Aquellos días de cierre de ejercicio contable nos mantenían histéricos a todos en el despacho.

-Hola que tal mon vieil ami, no te lo vas a creer. Los milagros existen amigo mío- era la voz de Marco. Un chorro exultante de alegría, contaminado por el arraigo a la vida.

-Madre mía Marco. Que tal por Londres……mucho roast beef asado- me había olvidado completamente de él.

-Tengo un sorpresón, tú serás el primero en saberlo- cerré los ojos para esperar cualquier demencia.

-Nadia está en Londres tío. Colega me la encontré en South Kensington con unas amigas justo en la entrada del Albert Hall. No te parece increíble-  la verdad es que me parecía del todo increíble.

-Nadia, pero si……- cerré el portátil.

-Tenías razón respecto al destino. Que probabilidades tenía de encontrarla entre tres millones ochocientos mil turistas. Oye te dejó, la estoy siguiendo a distancia. No quiero perderla de vista. Un saludo-  Marco colgó perdido en sus realidades paralelas, persiguiendo fantasmas parecidos a los que le causaron las heridas. Sentí aflicción sincera por él, hasta que después de dos segundos comprendí que su magnitud de la tragedia también era la mía. Dándome un puñetazo en medio de la mandíbula, resquebrajando todos mis huesos. Desde el dormitorio aquella voz, más dulce que nunca, exigía mi presencia sin más dilación. ¿Quién era aquella alucinación real de carne y hueso?

Ante mí, el insondable abismo de la dicotomía. El maldito cruce de caminos y la bella dama de la fortuna con sonrisa postiza. Es que los fantasmas merecían un nombre y el universo una explicación clara. Que todas las ramas filosóficas acudieran a aleccióname, que todos los credos influyeran, hasta abriría las puertas a los políticos que me convencieran. Podía oír aquel cuerpo de mujer como se restregaba con las sábanas mientras pronunciaba mi nombre como lo pronunciaba mi madre al mecerme. Debía tomar una decisión, dejarme llevar por la lógica que me impregnaba. Priorizar, eliminar lo superfluo. Hasta que lo vi claro, muy claro. La asfixia de la mente resolvió el enigma hasta hacerlo clarividente. Solo cabía una opción, donde la racionalidad se unía por unos instantes con el triste animal. Mi único deber como un todo material y energético era: FOLLAR

 

Jordi Manau Trullàs (Manresa 1973) es economista, fotógrafo y escritor. Como escritor tiene una novela terminada, De Rodinia a Pangea pasando por Pannotia. Además ha publicado algunos relatos en revistas culturales como Culturamas y Espacio Ulises. Como fotógrafo artístico ha realizado exposiciones en Sitges (Sala Santiago Rusiñol) y  Terrassa (Sala Soler i Palet). La fotografía que ilustra el texto es del mismo Jordi Manau., su trabajo puede apreciarse en su página web:  www.jordimanauphoto.com
Postulados es la sección que recoge los textos enviados de modo espontáneo por los lectores de penúltiMa y que han sido aprobados por el equipo de la revista para ser publicados.