Claudia Aboaf revisita el balneario Ostende, donde Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares ambientaron la única novela que escribieron a cuatro manos. Texto legendario dentro de la historiografía de la literatura argentina, la presente reconfiguración del pasado desde el presente actual, donde se han trastocado las posiciones de la pareja dentro del canon patrio, obliga, también, a establecer nuevos modos de lectura donde, bien desde posturas feministas o bien desde posiciones menos marcadas, se le haga justicia y se relea esta novela, más allá de las adaptaciones audiovisuales que, en la mayoría de las ocasiones, sirven para inmovilizar su presencia e influjo que para dinamizarlos.

 

En el libro de huéspedes del Viejo Hotel Ostende hay fotos de veraneantes de riguroso blanco recostados en algún médano perfilado por el viento. Alguno de ellos podría ser Bioy o Silvina. O estar ellos entre el grupo que posa —los hombres con bañadores que cubren el torso, las mujeres con las piernas al aire, bronceadas— en el balneario Ostende. En la costa argentina sopla el Pampero y los vientos alisios que mueven de lugar los médanos vivos:

«…me hundía el sombrero en la cabeza para que no me lo arrebatara el viento…»

Escriben Silvina Ocampo y Bioy Casares tal vez, recordando su propia llegada al Hotel en la década del 40. Es al Dr. Huberman, el protagonista de la novela, a quién el viento libre de la costa le quiere arrancar el sombrero.

 

El contraste entre este aire excesivo que puede soplar a cien kilómetros por hora durante una tormenta de arena y, el aire viciado del interior del cuarto de hotel, delimitan, en la novela, dos mundos que obran con fuerza contraria: Anábasis —cita Huberman buscando el mar en el aire, como un griego que espera encontrar el cielo— y Catábasis, la inmersión que el Dr. H narra como cronista de la muerte en un mundo de hotel, aislados por cuatro días, tapiadas las salidas por esa arena y por ese viento

«¿Estábamos todavía encerrados en el hotel, en medio de la tormenta de arena, con la muchacha muerta en su cuarto?»

 

El balneario Ostende
En 1908, F. Robette embarcó en Bélgica de proa hacia argentina. Era un emprendedor que provenía de una familia que había hecho fortuna vendiendo ajenjo en Bruselas y proyectaba levantar un balneario sobre la franja costera atlántica, inspirado en la naciente cultura balnearia europea. Pero la guerra complicó la siguiente temporada, la invasión y derrota de Bélgica frenaron la salida de 500 familias de colonos que se esperaban en el litoral bonaerense. Había que convencer a los habitantes locales para que adquirieran terrenos y construyeran modernos chalets con facilidades. Tras la retirada Belga, los hacendados de la zona y, la alta sociedad porteña que ya había desarrollado una sensiblería romántica o casi nostálgica de las costumbres europeas, se volcaron a los balnearios. Las redes ferroviarias «que aspiran a englobar las localidades más insignificantes» estaban en constante crecimiento.

 

El Viejo Hotel Ostende, «El Hotel Bosque de Mar»

«El edificio, blanco y moderno, me pareció pintorescamente enclavado en la arena: como un buque en el mar o un oasis en el desierto»

 

Recuerda su primera impresión el Dr H. al llegar al hotel desde la estación de tren, en un automóvil que maniobraba en los tablones que se habían colocado sobre la arena amenazante. Más adelante el Dr H. verá un promontorio en el cangrejal, en la playa inmensa, algo que le parece un bote arrastrado por la corriente.

«-¿Qué es eso? –pregunté.

-Una ballena- gritó.

Sentí el olor a putrefacción. Imaginé el enorme cadáver del cetáceo, recorrido y devorado por los cangrejos.»

 

Fue cierta esa aparición sorpresiva de una ballena enferma en la playa de Ostende que no tardó en morir y comenzó a dar tan mal olor que se decidió quemarla por partes. La quijada del cetáceo puede verse hoy exhibida en una vitrina del hotel.

 

La construcción comenzó en 1913, las dos plantas mantienen su perfil histórico, de un estilo inclasificable, con falsas asimetrías que sugieren un pentágono incompleto y escaleras que no se sabe adónde conducen. Incluso para el huésped que aún no atrapa las vacaciones, aunque su cuerpo ya deambule por el hotel, la arquitectura obliga a una observación más atenta, a nuevas perspectivas, como en la Relatividad, el cuadro del artista holandés Escher. No es raro cruzarse con un recién desorientado que de ahora en adelante llevará un libro bajo el brazo como una consigna.

 

Desde 1960 estuvo en manos de Abraham Salpeter y, en el presente, de su hija Roxana Salpeter, quienes entendieron el destino del balneario, del hotel: sería un Hotel Literario. No sólo lo clásico pervive, también lo hace lo infrecuente. Y a las exhibiciones de películas en la playa nocturna, se sumaron los cursos de literatura, por ejemplo alguno acerca de Alicia en el país de las maravillas. También se conserva intacta la habitación 51 en donde Saint-Exupéry escribió Vuelo Nocturno.

 

El matrimonio Silvina Ocampo Adolfo Bioy Casares, signado por la asimetría (y luego resignado a ella) combina una conspiración o un concierto bilateral de sombras antagónicas (Wilcock y los miembros más lúcidos de Sur hasta llegar a Alejandra Pizarnik del lado de ella; Borges, Peyrou, el Pen y el Tenis Club argentino, del lado de él) y retuerce a su vez los modelos de lateralidad menos recónditos, hemisferios geométricos, anatómicos o geográficos. Si la asimetría comenzara por la edad (Silvina, 1903; Bioy, 1914) y se detuviera a los pocos pasos, las obras tal vez no serían tan disímiles, ligeramente empañadas o lastimadas por el aura común y el Zeigeist correspondiente. Pero por suerte no se detiene, y una serie completa de conjeturas acerca de la inteligencia y la imaginación pueden trazarse y trocarse, de acuerdo se las agrupe del lado izquierdo o el derecho, canjeando los rehenes como en una partida de ajedrez despojada de las leyes y reglas que obedecieron Monsieur Teste y Rrose Sélavy. Luis Chitarroni.

 

Podemos diseccionar la novela buscando cada pluma, colocando fragmentos de un lado u otro, agruparlos o canjearlos, tentados, por ejemplo, en Miguel, un niño que diseca pájaros marítimos, y enlistarlo entre los niños crueles de Silvina.

«…empuñaba un enorme albatros embalsamado. Atada al pescuezo del pájaro con una cinta verde, colgaba una fotografía del niño… el cutis ceroso, la mirada intensa y la cara de laucha… evocó imágenes de pequeños y feroces animales acorralados.»El niño que besará en la boca a la muerta. O agrupar las ironías coquetas de clase del Dr. Huberman, en la inteligencia de Bioy.

«Como un evadido de la ropa (convencionalismos de la vida urbana) , me enfundé en mi camisa escocesa, en mi pantalón de franela, en mi saco de brin crudo, en el plegadizo panamá, en los viejos zapatones amarillos y en el bastón con empuñadura en cabeza de perro. Agaché la cabeza, con no disimulada satisfacción examiné en el espejo mi abultada frente de pensador, y otra vez convine con tanto observador imparcial: la similitud entre mis facciones y las de Goethe es auténtica…»

«Mientras saboreaba un scone juiciosamente dorado consideré que los hechos cardinales -los nacimientos, las despedidas, las conspiraciones, los diplomas, las bodas, las muertes- nos convocan alrededor del lino planchado y de la vajilla inmemorial…»

Pero si como un trepanador de cerebros queremos extirpar y poner bajo el microscopio la creación de uno y otro, tendríamos que ignorar el vínculo y creer en esa religión ególatra en la que lo propio es de uno. Disfrutemos entonces de la tercera cosa: el libro. El libro es el cuerpo del vínculo de estos dos escritores. Como en Los Autonautas de la cosmopista, el matrimonio de Julio Cortázar y Carol Dunlop, también Los que aman, odian es una producción matrimonial viajera, uno hacia el sur por la autopista marítima de París a Marsella y los otros, recorriendo el atlántico sur pasando por Ostende camino a Mar de Plata.

 

 

El libro

El Dr. Humberto Huberman, médico homeópata, nos relata los acontecimientos en primera persona. Aprovecha los diagnósticos a simple vista para brindarnos una descripción física de los personajes. El Dr. H ingiere glóbulos a cada momento y se declara de tipo arsenicum: preciso, exigente de las reglas convencionales. Pero su contracara, según el vademecum homeopático, delata a los autores: sensación de que la muerte los acecha. ¿Serían Bioy y Silvina observantes de esta medicina? De importante tradición en el pasado de la argentina, a fines de 1800, se trataron con glóbulos varios presidentes de la época, como Mitre y Sarmiento, también se incluyó un botiquín homeopático para el tratamiento de las tropas en la guerra del Paraguay. Esta digresión que hago está solo justificada por que el abuelo de mi abuelo Ulyses Petit de Murat, Juan, trató a esos mandatarios y curó la fiebre amarilla con ese tratamiento.

 

También el Dr H. nos relata que

«…aunque yo era un médico respetable […] escribía con variada fortuna argumentos para el cinematógrafo. Ahora para Gaucho Film Inc., me encarga la adaptación, a la época actual y a la escena argentina, del tumultuoso libro de Petronio»

Así referencia lo epocal de la escritura del libro ya que, Petit de Murat, amigo de Bioy y Borges, estrena, en el año 1942, la adaptación para el cine, de la obra: La guerra Gaucha de Leopoldo Lugones. Despuntando así toda una serie de films épicos gauchescos y también un modo de ganarse el sustento para los escritores. Petit señala

«…que no había nada cinematográfico en ese libro (La guerra gaucha de Lugones)».

Tal vez, tanto la idea del Dr H. de adaptar el Satyricón de Petronio, como mi abuelo la Guerra Gaucha de Lugones eran desafíos batallados al tener que empujar la ortodoxia poética a una narrativa que pudiera gestar un guión.

 

En las primeras líneas de Los que aman, odian comienzan las vacaciones para el Dr H. Pero enseguida advierte al lector acerca de las novelas policiales y las novelas fantásticas, citando a Betteredge, personaje creado por Wilkie Collins en la primera novela policial o detectivesca de Inglaterra en el siglo XIX, proponiendo volver a la «picaresca saludable y al ameno cuadro de costumbres», sin embargo nos hará transitar ambos caminos mientras los cuestiona.

«Tuve un momento de vacilación. ¿No convendría tomar de aliada a la rutina y empezar, ahí mismo, mis tareas literarias? … Mis manos respetuosas acariciaron unos instantes el libro de Petronio; lo miré con nostalgia y lo deposité en la mesa de luz.»

Pero al salir de la habitación y avanzar a tientas por la oscuridad de los corredores y llegar a una escalera de cemento gris va a dudar entre bajar o subir. En ese momento oirá unos gritos. Detenido en el fondo de un corredor algo amorfo y veloz le roza un brazo. Es el niño Miguel quien ha tenido una infancia triste, anémico y mal desarrollado, acogido en el hotel, esperando que el aire de mar lo fortaleciera. Sin embargo su cama se encuentra en el cuarto de baúles, en las profundidades del hotel donde el Dr H. encontrará, en el suelo, entre dos baúles, el enorme pájaro blanco ensangrentado.

 

En su primer paseo por la arena «una dura peregrinación», ve «contra un fondo de resplandores inverosímiles, hecho de mar y cielo» las figuras de dos muchachas. Son Mary y Emilia las dos hermanas que desde el principio atraen y confunden. Emilia: alta, rubia, atlética, «peligrosa melómana» y concertista. Mary se define: «Soy una niña con alas» . Traduce y corrige novelas policiales.

 

Luego de que el mismo Dr. H. escuchara esos gritos e insultos desde el corredor, casi a su llegada, verá luego como Emilia llega triste al comedor y a Mary que la domina obligándola a tocar el piano. Allí Mary inspirada por la música, delineará delante de todos los huéspedes pequeñas biografías orales. La suya consentida y adorable; la de Emilia más irónica pero igualmente cariñosa. Triangula la ya compleja relación entre ellas, Enrique Atuel, novio de Emilia. Hombre amulatado de superioridad intelectual atrapado en un triángulo amoroso con las hermanas. El mismo que arrastrará al Dr H. a salir del hotel a enfrentar la tormenta que los ha dejado recluidos y subordinados a la muerte de hotel: todos los que allí se hospedan o trabajan serán sospechosos .

«Penetramos en una turbia claridad, que parecía desprovista de fondo y de cielo, entre ráfagas y espirales de arena, en un mundo vacío y abstracto, donde los objetos se habían disgregado, donde el aire era casi macizo, áspero, ardiente, doloroso».

Bioy y Silvina inician el carrusel de sospechas, poniendo el foco en uno u otro huésped, quienes incluso develarán sus verdaderas identidades, intensificando este método de intriga policial hacia el fin de la novela.

 

Los parientes lejanos que administran el hotel y lo dejaban hospedarse a cambio de una deuda impaga desde tiempos inmemorables. El Dr. Mannnig; Cornejo quién tiene conocimientos del mar y la meteorología. Se suman en el hotel, luego del descubrimiento de la muerte de Mary, el comisario «de ojos celeste en los que vibraba su vida entera y a través de los cuales escuchaba y pensaba»; el ebrio médico forense; el boticario, quien acercará al hotel una carta reveladora; la dactilógrafa que hace sonar el gong para anunciar las comidas y es la encargada de perseguir a las moscas como Muscarius, el Dios que aleja a las moscas de los altares.

 

Un libro de Phillpotts se vuelve uno más, uno de los portadores de sospechas y revelaciones. Párrafos marcados por la mujer antes de morir, una carta dirigida a un desconocido entre sus páginas. Incluso la falta del libro, que parece desplazarse también por el laberinto de pasillos, puede ser una pista. El comisario admira a Víctor Hugo y recomienda «obras modernas» como La Montaña Mágica de Thomas Mann. Ante las primeras conclusiones del comisario acerca del culpable el Dr. H se siente dispuesto a creerle:

«Los crímenes complicados eran propios de la literatura; la realidad era más pobre»

Luego dirá el Dr. H devenido en cronista: «…he confundido la realidad con un libro», para salvarse así de cualquier error.

 

Finalmente el viento que arremolina la arena, la eleva como humo de chimeneas por sobre el tope de las dunas creando pirámides provisorias se serena.

«En la blancura del pecho vi agolpada toda la nostalgia de los días en que la luz , “sombra de los dioses”, ilumina cristalinamente al mundo junto al mar; días que, para nosotros desaparecían sepultados definitivamente bajo la tormenta de arena»

Dr.H:

«…Lo malo de ver un espectáculo como éste, pensé, es que después uno ha de encontrarlo en su infierno»

Entonces la intensidad de la narración parece menguar también, pero será luego de una última sorpresa entre tazas, sustancias y confusiones que la novela recién escampe.

 

Así el Dr. H es el cronista presencial de los sucesos y, el género clásico policial negado e interpelado por los mismos autores dentro de la narración, se arma sin embargo alrededor del encierro en una casa (hotel) y un asesino entre ellos.

 

Pleno de citas literarias para el lector curioso.

 

PD: Hoy el hotel y su balneario están despejados de tormentas y una calle separa al hotel de las dunas que retoman sus lomos de camellos en el bar del hotel en una pequeña terraza abierta al mar atlántico.

 

Claudia Aboaf nació en Buenos Aires. Actualmente vive en Tigre. Ha publicado las novelas: Medio Grado de Libertad (Altamira, 2003), Pichonas (Notanpüan, 2014), El Rey del agua (Alfaguara, 2016) y El ojo y la Flor (Alfaguara, 2019). Estas dos últimas son distopías biopolíticas. Tiene cuentos publicas en antologías tanto ganadores en concurso como de ciencia ficción. Ha escrito artículos feministas para diarios y revistas, así como realizado colaboraciones en revistas gráficas y digitales. Ha dictado conferencias en universidades como USAL (Filosofía) : «Narrativas distópicas recientes»  y en «Jornadas de Mitología: Distopías» en la universidad Háskóli Íslands, Reikiavik, Islandia. Da seminarios de literatura y astrología en la Casa Museo Xul Solar enTigre, en el Museo Xul Solar de Buenos Aires y en el Museo Nacional de Bellas Artes.