Un nuevo relato que sirve de muestra de la literatura que se hace en El Alto, esa ciudad vecina de La Paz que los turistas sólo pisan para aterrizar y despegar pero que guarda en sus calles los momentos más importantes de la historia reciente de Bolivia. De la mano de Daniel Averanga Montiel, claro, uno de sus escritores más renombrados.

 

Dedicado especialmente a la memoria de María Luisa Talavera Simoni.

Era una mañana de sábado. Recuerdo que el cielo estaba despejado y se escuchaba inclusive el trinar de esos pajaritos “bicolor” que todos reconocen pero que pocos saben cómo se llaman.

El hombre apareció mientras yo ordenaba el mostrador de pernos y respiraba el ambiente sabatino, que de seguro sería tibio a mediodía; era una silueta al principio, porque el brillo del sol no me permitía distinguir bien el exterior. Incluso pensé que estaba viendo un fantasma. De pie, sin palabras. Ahí estaba.

Llevaba en el rostro una expresión que mezclaba vergüenza e indignación: los labios superiores estaban retraídos, como si iniciaran un rugido; las cejas, en cambio, parecían las alas casi replegadas de un ave.

Supe que aquel hombre estaba en la pose perfecta para llorar: hombros levantados, pecho hundido, mentón tembloroso.

Me acerqué a la salida un poco y lo vi perfectamente. Estaba enfocado en la parte superior de mi tiendita; es decir, la fachada.

Salí, me aproximé a donde estaba y le pregunté:

—¿Le puedo servir en algo?

—¡Usted ha hecho algo horrible, es un imbécil! —me espetó, bajó la mirada y ahí sí pude ver que estaba a punto de llorar.

Me di la vuelta para ver lo que aquel hombre había visto.

No había nada. La pared, el borde de la puerta de la tiendita, nada más.

Volteé para verlo y quise preguntarle qué estaba viendo y por qué me había gritado así; al final, sabía que a todos nos tocaba alguna vez vivir días malos y por ello creamos barreras para sobrellevarlos: tal vez aquel hombre escupía su rabia para no enloquecer, y encontró en un tendero al mejor candidato para desfogarse.

Pero no le pregunté nada; me quedé en silencio y lo vi a detalle: Llevaba pantalones y zapatos muy viejos; una mochila sucia, remendada en la parte donde las correas nacían; su saco tenía las mangas carcomidas y sus bolsillos estaban todos con los bordes ennegrecidos. Debajo de los pómulos y en el cuello, noté que le faltaba algo (mucho) de carne.

“¿Un pordiosero, en esta zona?”, me pregunté.

Para hacerme cierta justicia, esto sucedió hace más de veinte años y era tan tonto y prejuicioso como cualquiera que se considera joven. Todavía no me casaba con Miriam, ni gozaba de la presencia de Juanita y Waldo, mis hijos; tampoco había perdido a nadie, como efectivamente sucedería en 2003, al explotar aquel surtidor en Río Seco. En síntesis: yo aún no estaba marcado por el dolor. Por ello me había preguntado si ese hombre era un pordiosero o no.

Dicen que nadie debe arrepentirse de lo que piensa; pero al recordar lo que pensé de aquel hombre, esa mañana iluminada de sábado, aún siento algo muy parecido a la vergüenza (algo metálico y frío) entre la lengua y el paladar.

Pues bien, después de borrar ese pensamiento de mi mente, miré al hombre fijamente, más de diez segundos creo yo, y supe que él había sentido mucho, mucho dolor. Estaba flaco y en el interior de sus ojos pude encontrar batallas irresueltas.

Animándome por fin, parpadeé mucho y le pregunté:

—¿Qué sucedió, señor?

—¿Admira a un extranjero que asesinó a los nuestros? —replicó con rapidez, casi una acusación, un capricho echado en cara.

—¿Quién? —pregunté, humedeciéndome los labios; se habían secado de tanto estar separados ante la sorpresa de aquella visita inesperada.

Bueno, todos los que vienen a mi tiendita son visitas inesperadas, menos los agentes del banco, a los que debo casi seis meses más de depósitos para terminar de pagar esta mi tiendita; pero este hombre exudaba algo más, algo mucho más profundo que tristeza o indignación.

Lo noté en su forma de estar parado.

Lo sentí en su espalda casi encorvada por el peso de algo más que la simple mochila raída.

Y lo aprecié más que todo en sus ojos.

—Mi padre murió hace treinta años, en Ñancahuazú —dijo el hombre, y como si se lo ordenara algo adentro de sí, dejó de mostrarse patético—, y al hacerlo, nos dejó sin amparo; yo tuve que criar a mis tres hermanos, solo, sin ayuda de nadie.

El hombre había dicho Ñancahuazú, y eso bastó para que mirase de nuevo la fachada de mi tiendita y leyera:

“FERRETERÍA: HASTA LA VICTORIA SIEMPRE, COMANDANTE”

Y a un lado, pintada de blanco y negro, la famosa imagen del guerrillero argentino.

El nombre de mi tiendita y la imagen de Ernesto Guevara, desde la cual yo vendía herramientas y materiales de construcción, había sido idea de mi padre.

Él aseguraba que la lucha de los pueblos era necesaria, que aquel régimen, conocido como “El neoliberal”, debía terminar, extinguirse, y que el legado de Ernesto Guevara debía inspirar a los demás para luchar contra el sistema capitalista y carnicero, y todo, con el fin de recuperar la dignidad perdida en los tiempos de la hiperinflación.

Mi padre hablaba de igualdad, de justicia, de hambre y de política, porque en su infancia y juventud fue pobre. Todos lo habían tratado como basura, y muy a pesar de ser de tez blanca y de haber crecido en la ciudad, sufrió mucho, así también como mi abuelo.

Por eso mi padre admiraba al “Che”, y cuando abrí esta mi tiendita, con préstamos del banco y todo eso, la bauticé así gracias a la admiración que él tenía por ese personaje.

Por eso me molestó que ese hombre comenzara a escupir sobre la admiración de mi padre. Quise replicar con una pregunta referida a la forma en que el hombre estaba hablando, pero él habló primero:

—Tan solo tenía diez años y mi padre estaba entre los soldados que ese guerrillero mató.

—¿Él? —señalé a la pintura “bicolor” del conocido “Comandante”.

—Sí —respondió el hombre, y al mostrarme los dientes aletargadamente con esa respuesta, supe que estaba un poco ebrio—. Todos recuerdan a este tipejo, sus famosas frasecitas y sus fotos donde está fumando habanos y sonríe; pero nadie recuerda a los nuestros, a los soldaditos, a los olvidados.

—Pero señor… —quise acotar algo.

—Sí —el hombre volvió a interrumpirme—, sé que los militares de ese tiempo estaban vendidos, como casi todos los militares en tiempos terribles, pero mi padre no era de esos, era nomás un subordinado, y solo tenía veintisiete años…

Guardé silencio, miré el rostro pintado del “Che” y me pareció en ese momento más sombrío que heroico.

—Usted, ¿cuántos años tiene? —me preguntó.

—¿Yo? —me puse nervioso.

—Mi padre tenía veintisiete —dijo con tristeza el hombre—; yo ya superé esa edad hace mucho, y como nosotros éramos huérfanos de madre, después de la muerte de mi padre quedamos solos en el mundo. Como los militares superiores eran unos inútiles, no reconocieron ni a mi padre ni a sus compañeros heridos o muertos, y nadie pudo hablar por sus familiares —los ojos del hombre se ensombrecieron un momento—. Pero todos, hoy, hablan con orgullo de este asesino —señaló la pintura y por primera vez sentí que la fachada de mi tiendita necesitaba ser repintada urgentemente—; yo nomás tuve que romperme el lomo para sacar adelante a mis hermanos, y para qué, ¿qué gobierno recuerda a los soldados bolivianos caídos en Ñancahuazú? Le aseguro que nadie, nadie tendrá la gana y gusto de recordarlos, solo recordamos lo que nos conviene…

Bajé la cabeza casi con vergüenza, pero en realidad me quedé un rato viendo los zapatos desgastados del hombre: por ellos intuí que era un viajante, un peregrino, un paria, o quizá un prófugo.

Pensé en la caldera que en ese momento debía estar hirviendo sobre la cocinilla que tenía en la trastienda y en las tres humintas que había comprado para el desayuno y la hora de la merienda.

—¿Sabe una cosa? —comencé a decirle al hombre—, desayunaré dentro de unos minutos, ¿por qué no me acompaña? Tengo humintas, así charlamos un rato.

El hombre me regaló una expresión de auténtica sorpresa. Bajó la cabeza y se inspeccionó el atuendo. Sus labios comenzaron a moverse, como si rezara, pero en realidad estaba murmurando una disculpa por su apariencia.

—Vamos —lo animé—, aprovechemos la mañana. Tengo café o si prefieres, sultana.

El hombre suspiró y comenzó a seguirme. Yo entré primero y quise indicarle que tuviera cuidado con los primeros escalones de madera de la entrada, porque ingresar a mi tiendita era casi como internarse en un anfiteatro con trampita.

No estaba. Se había esfumado.

Salí, extrañado por no verlo.

Afuera, donde se supone que el hombre había estado parado, percibí un aroma raro, como a cenizas, a cuero quemado, a metralleta.

Pero no solo era eso, también olía a tierra seca, a sol y basura de cocina, el perfume característico de los lugares abandonados.

Me asusté, porque algo en mi mente me dijo que ese olor no era el de ninguna de esas cosas y de todas esas cosas al mismo tiempo: Era el perfume del olvido.

*

Ahora, veinte años después, sigo atendiendo mi tiendita; pero ya le cambié el nombre por el de “Ferretería Waldo”, en homenaje a mi hijo, y pinté la fachada de naranja.

 

Daniel Averanga Montiel

Daniel Averanga Montiel (Oruro, 1982) es, en sus propias palabras: “Escritor, pedagogo, todólogo charlatán, jurado de concursos privados de lencería femenina, exprostituto heterosexual de mujeres de alcurnia y peleador callejero. Premio plurinacional de novela Marcelo Quiroga Santa Cruz 2015 por su novela “La puerta”. Compilador de tres antologías de cuento de terror y fantástico. Actualmente trabaja inventando nuevas bebidas y dos compilaciones de cuento boliviano e internacional en la ciudad de El Alto.”

Poe y compañía es la sección dedicada a la ficción  en penúltiMa. Por necesidad un relato colgado en la web no debe ser muy largo, y eso nos recuerda a la unidad de impresión de la que habló el iniciador del cuento literario moderno. No nos parece mala cofradía para unirse a ella.

La fotografía que ilustra el cuento es del fotógrafo Pep Bonet, su trabajo puede ser disfrutado en su propia web: http://pepbonet.com