Afincada en Italia desde hace años, Marisa Martínez Pérsico viene realizando de modo simultáneo una labor de creación literaria y otra de difusión y estudio de la literatura hispanoamericana en relación con la península italiana. En breve aparecerá su novela en la editorial RIL, es una alegría poder compartir con los lectores de penúltiMa su inicio.

 

Madrugábamos todos los sábados de verano para ir a pescar. La familia completa se subía al Fairlane gris sin olvidar el perro, el mate ni las medialunas que mamá nos pasaba clandestinamente por debajo del asiento a Nicolás y a mí para evitar el «escándalo de las migas en el tapizado de antílope».

La ruta me hacía bostezar con su estampado de flores amarillas. Desde aquellas visitas familiares al útero del campo bonaerense, cuando escucho You were always on my mind tengo la sensación de que algo falta. Y son las botellas para la Difunta Correa, abandonadas a un costado del asfalto cada dos o tres kilómetros.

Esa canción me recuerda a mamá. Durante el viaje, ella se daba vuelta para vigilar el desorden del asiento trasero y sorprendía los pies sucios de Nicolás jugando con el cenicero del auto, una guerra de empujones y arañazos recíprocos, las migas imperdonables en el vestido, la alfombra, el tapizado. Entonces el reproche mudo, la seña amenazante con una mímica discreta para que «papá no se entere». Me gustaba hacerla enojar porque esos guiños diplomáticos eran casi intrascendentes. Otras veces me acariciaba con sus ojos de pestañas infinitas que se enredaban como patas de tarántula, unos ojos que desde entonces tienen algo de Priscilla Presley, mientras los pétalos de los cardos santos se enganchaban en las escobillas del parabrisas y yo creía que papá era Elvis, porque nunca cambiaba de cassette.

La hora en la que el sol subía a la mitad del cielo y se dejaba de ver por la ventanilla llegábamos a la casa de la abuela. Ella sabía adivinar cualquier visita a la distancia por la forma de caminar, por el modelo del auto o la forma de vestirse.

El único trazo artificial del paisaje era la cúpula de una usina láctea abandonada, escondida detrás de los ramajes de unos árboles frondosos. El resto eran abrojos, pampa, yuntas de vacas blanquinegras y calandrias equilibristas que se columpiaban sobre los cables de luz. Me gustaba verlas volar a las nubes, después de jugar al trapecista.

Apenas reconocía el Fairlane de su hijo, la abuela se arrojaba a la puerta con cinco gatos falderos que se le enredaban en los pies. Primero eran abrazos, qué grande que estás, pensé que no venían, ¿cruzás la calle sola?, un matecito, otro abrazo, la gata tuvo cría, cuándo me moriré. Siempre me pareció que mi abuela experimentaba el tiempo de un modo diferente al resto de los seres humanos. Nos recibía con su delantal de flores y su brushing y empezaba a balbucir un repertorio de preguntas anacrónicas, como si nunca importara la respuesta. Inmersa en un paisaje tan cíclicamente rutinario, ofrecida a la cronología de la naturaleza, parecía insensible a captar la evolución de los seres y las cosas. A diferencia de otras abuelas conocidas, yo creía que la mía formaba parte del reino vegetal.

El amor por la metáfora que sentí desde niña se alimentó de las mentiras que mi padre me decía cuando yo todavía era incapaz de comprender que eran bromas. Una de las tempranas enseñanzas paternas fue que las manchas de las vacas Holando-Argentino eran el código de barras del reino animal: parecían todas iguales, pero siempre había alguna diferencia. Para mantenerme entretenida me mandaba al campo a comparar el cuero de las vacas, y así llegué a los doce años creyendo que traían «sello de fábrica». Al enterarme de la verdad experimenté la misma decepción que con los Reyes Magos, la cigüeña parisina, el Ratón Pérez o Dios. Pero tenía lógica la metáfora vacuna: no en vano papá era ingeniero.

Después de los abrazos de bienvenida, papá y yo salíamos de pesca. Llegábamos rápido porque a él le gustaba correr picadas con otros autos o con el viento, pero siempre con su «Fairlane de ocho cilindros en V» y no sé cuántos caballos de potencia ni cuántas revoluciones por minuto. Por lo general papá se vestía de marrón; en esa época se usaban el terciopelo y los pantalones de campana.

Cerca de la laguna había una avícola. Explorando entre las piedras de la zona encontré unas boyas rojas que parecían enemas. Yo asociaba los enemas a los cacareos de las gallinas y al escándalo de plumas  que provenía de las casetas de la avícola, imaginaba un escenario de crestas movedizas y rabos desplumados. La única vez que había gritado como una gallina fue la noche en que me pusieron un enema, entre olores de albahaca y perejil: el médico decía que eran eficaces para el estreñimiento.

Nunca supe si esas boyas rojas eran enemas, pero desde entonces comencé a mirar a los objetos tratando de explicarme su función oculta, sumergida en un estado de «convalecencia permanente», como lo llamaba Baudelaire. No me conformaba con ver un plátano de tal o cual manera, o un picaporte roto. Esos objetos tenían un itinerario sellado en su memoria material, y si la razón no era evidente, me inventaba una respuesta propia. Casi siempre errónea, que tenía ocasión de refutar años después, cuando algún acontecimiento azaroso me otorgaba la oportunidad de comprobarlo. Muchas veces quedé en ridículo, alegando una razón absurda que se había erigido en un acierto sagrado durante mi niñez.

Cuando papá y yo regresábamos de la laguna mamá tenía la comida lista por si aquel día no había pique, pero casi siempre teníamos suerte y, además de picaduras de tábanos y ronchas de ortigas, pescábamos un sábalo o un pejerrey y terminábamos almorzando a la hora de la siesta.

 

Una tarde jugaba sola con figuras de barro, al pie de un molino.

Tenía cuatro años.

Con el viento, las aspas del molino producían un chirrido de chapas oxidadas y ahogaban las voces de los adultos, que conversaban adentro de la casa, durante la sobremesa.

Vi salir a mamá por la puerta del fondo. La espié a través de una hilera de plátanos y percibí el alerta. Deambulaba descalza entre las flores, tapándose la mitad de la cara con una mano y mirando el piso, como si hubiera perdido algo. La llamé en voz baja para que me reconociera: creí que se trataba de un secreto. Me gustaban los secretos, me hacían sentir grande, como la tía Norma, que siempre contaba secretos de sus novios mientras fumaba y se callaba cuando me oía abrir la puerta. Mi madre se arrojó sobre mí, me alzó en brazos y empezó a correr conmigo a cuestas, en dirección al monte.

Detrás de la casa, el campo se transformaba en un bosque clausurado por árboles caídos y arbustos entrelazados donde anidaban pájaros salvajes y se refugiaban comadrejas y culebras. Nos internamos en la espesura desconocida de las hojas. Durante la carrera me lastimé la frente con el chicotazo de una rama y se me rompió una manga del vestido. Hice un esfuerzo por observar el rostro de mamá: tenía lamparones morados en la mitad de la cara, el labio superior hinchado y violeta, y un ojo inyectado en sangre. Casi no se le veía el blanco de la esclerótica. «Qué puedo hacer, mamá», pensé, y acerqué mi mano a su mejilla mutilada tratando de encontrar la posición de una caricia que derrotara el vaivén. «Esto, y decirte gracias por quedarte conmigo, y que sepas cuánto te quiero».

Entonces recordé los soldaditos de barro que había dejado al pie del molino y la angustia me anegó el pecho hasta provocarme un dolor ciego. «Yo misma los construí, con las manos en el barro, y ahora los abandono a las lluvias y tormentas». Traté de recordar cada rasgo antropomórfico, cada vestigio de vida que les había asignado en mi fábula, como en una teomaquia homérica. Los soldados llevaban espingardas y arcabuces y eran custodiados por Adara, la diosa de larga cabellera y armadura de geranios. Los enemigos portaban una canana con proyectiles de uranio –que no era otra cosa que una hilera de bichos bolita petrificados por el susto, enroscados sobre sus anillos– y las mujeres lucían una túnica de flores silvestres.

Mamá y yo huíamos del enemigo como si detrás de nuestros pasos reventaran explosivos de napalm o nos persiguieran cuadrillas asesinas. Huíamos con tanta exaltación, con tanto teatro, como si lo único que supiéramos hacer con maestría fuera escapar, migrar, desaparecer. Muchos años más tarde, mientras miraba un documental inglés, descubrí los fuselajes de unos aviones militares idénticos a los que había imaginado que nos atacaban ese día. Eran el Fairey Sworfish, avión torpedero de la Segunda Guerra Mundial, y el F-3 Tornado de la Royal Air Force.

Quise olvidar. Quise pensar que todo saldría bien, aunque el final siempre fuera diferente. Mientras enumeraba los atributos de mis héroes, mamá se detuvo porque salimos a campo raso y ordenó arrojarse cuerpo a tierra. Yo ya no temía: mis soldados se habían quedado en posición de retaguardia. Desde allí protegerían nuestras espaldas, luchando con coraje.

Ursulita, hay que tirarse al piso, no te levantes. Seguime a mí. Así, bien, bien, nena, bien. Lita, por favor, no subas los pies que se te ven los zapatos. Arrastrate, los pastos son altos, ya vamos a llegar.

De pronto un sonido, un rugido lejano que se acercaba escupiendo bocanadas de humo. Mamá y yo nos detuvimos, paralizadas por el miedo. Pasó un relámpago: el golpe del metal sobre la tierra simple parecía un rayo vaporoso dejando estelas de polvo que flotaban en el viento. Miré a mi alrededor, para llevarme en los ojos la última imagen del mundo.

Girasoles.

El cielo nítido, las nubes a la vista.

El pasto inmaterial.

Un Fairlane gris.

Me hizo daño compartir un mismo terror con ese Dios de carne y hueso que se arrastraba conmigo, como si fuéramos dos víboras pateadas a la zanja.

Después, no sentí nada más. Me dormí para siempre.

Fue la primera vez que papá no nos encontró.

 

*

Le había pedido al conductor del ómnibus que le avisara antes de alcanzar la usina láctea, a tres kilómetros del pueblo. Durante el viaje leyó diez páginas de una novela de Raymond Chandler que había comprado antes de subir, probó un trago de café sin azúcar que escupió en el vaso y finalmente se quedó dormido.

-La próxima -lo despertó el chofer-. Cinco, siete cuadras derecho. Igual, pregunte.

Jorge se acomodó la mochila con el único peso de un cuaderno y un mapa, y contempló las líneas metálicas del vehículo que se esfumaban en el camino gris. La ruta era un conjunto de estrías onduladas que flameaban bajo el sol incandescente. «El lugar coincide», pensó al reconocer las descripciones que había leído en el diario. Miró sin sorpresa el puñado de ranchos con techos a dos aguas repartidos a ambos lados de la ruta. Una cinta dorada que titilaba a lo lejos le reveló que allí cerca había una laguna. Escuchó el silbar de las cigarras que celebraban la fiebre de la siesta y caminó con miedo de pisarlas.

-Buenas tardes, patrón -saludó a un hombre que pasaba junto a él, arreando una yegua zaina-. Ando buscando la usina.

El hombre detuvo al animal con un chasquido seco.

-La usina cerró hace más de veinte años.

-Voy de visita a la casa de un pariente, queda cerca -mintió Jorge, satisfecho.

Siguió las señas del hombre y caminó hasta que los ojos le pidieron un poco de cielo para canjear el marrón. Venía respirando tierra desde que el galope de una yunta de potros, camino arriba, lo había obligado a pausar la marcha. Pero iba bien: reconoció la usina clausurada detrás del bosque y una mancha rosa que brillaba a lo lejos. Miró los nidos deshabitados de las calandrias, las casas de los horneros abovedadas en las rendijas de los postes de luz y le pareció que todo aquello era antiguo. Con suerte, los ojos de Úrsula se habrían cruzado con las mismas formas que ahora veía él.

A medida que se acercaba le parecía distinguir con mayor nitidez el contorno de un cuerpo que lo esperaba, con las manos en visera. Tuvo la esperanza de que fuera la abuela de Úrsula, sobreviviendo en la longevidad que proporciona la vida sedentaria. Pero allí no había nadie.

Al llegar a la casa batió palmas, a la usanza campestre. Escuchó un entrechocar de tablillas y distinguió el brillo de un ojo que vigilaba a través de la persiana. Un hombre y un niño salieron a recibirlo.

-Disculpe, amigo, ¿aquí vive la familia Wenders?

-Hace mucho vivía una mujer -contestó el mayor, un tanto reacio.

-¿Conoce algún vecino que pueda saber adónde viven ella o su familia?

-Es raro lo que pide. ¿Viene por una herencia?

-Necesito devolverles algo.

El hombre ordenó al chico que fuera a buscar a su abuelo. Escoltado por un perro descolorido, el pequeño se deslizó entre alambres de púa y se perdió en el sendero parduzco, mordisqueando la hojita ondulada que robó de un laurel.

-¿Su nombre? -preguntó el paisano mientras abría la tranquera, después de unos minutos de escrutinio silencioso.

-Jorge López Wahl. ¿El suyo?

-Salustiano -y el hombre entró a la casa a buscar una silla.

Se pusieron a hablar de las últimas inundaciones, de la crecida de la Adela y la Vitel, dos lagunas encadenadas. El anfitrión le convidó un níspero y le contó la historia de una pasionaria marchita que, contra todo pronóstico, acababa de florecer. Jorge preguntó si le permitía recorrer el terreno.

-Vaya, pero cuidesé: hay culebras. Siempre andan en pareja, como las arañas. Mata a una y aparece la otra, para cobrar venganza.

Jorge bordeó la vivienda y llegó a un patio cercado de vegetación aglomerada, con el piso cuarteado por las raíces de los plátanos, que comenzaban a crecer en el cemento. Desde lejos le llegaba la voz de Salustiano distorsionada por el eco y le pareció que cantaba con una voz animal. En un lugar así uno corría el peligro de encontrarse a sí mismo sin máscaras, desnudo frente a la naturaleza, a riesgo de descubrirse una prolongación de pájaro o de piedra. Un grifo falseado murmuraba gotas en un balde de metal y sobre una mesa dormía una muñeca con el cuerpo de goma descolorido por la lluvia. Cuando Jorge la tocó, su pelo se deshizo en hebras amarillas y le salpicó las manos de sangre dorada.

Apartó las ramas y descubrió las aspas de un molino que giraban impulsadas por una ráfaga de viento. Por un segundo pensó que nuevamente su cabeza divagaba, pero el olor insípido de unos geranios aparecidos entre los arbustos y los alaridos de las cigarras murmurando una música impalpable le afinaron los sentidos. El molino estaba ahí, subordinado a su perímetro glacial con el rigor de un granadero.

Una hilera de lajas lo condujo hasta la máquina. Palpó las vigas de hierro como si necesitara comprobar la realidad de su descubrimiento y entró en la casilla de las turbinas, donde encontró cereales viejos, carcomidos por los gorgojos.

Estaba todo en su lugar, menos ella.

Había llegado tarde.

Veinte años más tarde.

Recordó que detrás del molino se extendía el monte que Úrsula y su madre habían atravesado para escapar de las palizas del padre y tuvo ganas de revivir esa aventura no solo con la imaginación.

-Ch-ch-ch-ch -chistaron a sus espaldas, y alguien lo pellizcó de la camisa, arrastrándolo hacia la luz-. Me parece que el bosque no será una buena prenda, déjeselo a las culebras.

Jorge hizo presión y consiguió liberarse. Cuando se dio vuelta, un anciano de ojos verdes y bastón de caña tacuara lo miraba por debajo de una boina destejida. Llevaba un pañuelo al cuello y una camisa labradora, que le quedaba corta de mangas.

-¿Familia cuánto? Qué imaginación, muchacho. Ese apellido váyase a buscarlo a Europa  -y el viejo lanzó una carcajada escuálida, como si le diera vergüenza-. Don Pérez, a sus órdenes -dijo, mientras gesticulaba con el bastón-. Pero salgamos de este pastizal que es peligroso, aunque usted se haya vestido de astronauta -y señaló la ropa de Jorge con la punta de la caña, el chaleco de neopreno y el pantalón de tela impermeable que se había puesto por si se caía en una zanja.

No tuvo otro remedio que seguirlo. Cuando llegaron al frente de la vivienda, Salustiano y el chico silbaban a dúo, recostados sobre una mecedora.

-¿Está seguro de que el apellido no era Wenders? -insistió Jorge.

-Eso no se lo puedo probar, amigo. Tenía unos ojos que no eran de acá, eso seguro. Aunque mire -reconsideró Don Pérez, dibujando círculos aéreos con su brazo ortopédico de caña-, acá en el campo en general nos llamamos de otra forma. Mi nombre en realidad no es Pérez, pero fíjese que decir Don Pérez es lo mismo que decir Don Nadie. Quizá fuera Wenders, quizá fuera otro. Da un poco igual.

El viejo carraspeó, como un inciso para cambiar de tema.

-Algunos piensan que el molino está embrujado. Gira y gira, pero no chupa agua.

-Ajá -asintió Jorge, con su incredulidad de porteño.

Jorge observó una fila de pájaros hospedados en los cables de luz y supo que eran calandrias porque hacían subibaja, como Úrsula decía. Balanceaban la hilera de colas para conservar el equilibrio. Por lo menos podía reconocerla de manera indirecta, en el paisaje.

Don Pérez seguía hablando pero Jorge oía el croar desordenado de las ranas que anunciaban la lluvia. El sol había desaparecido como por arte de magia.

-¿No sabrá en qué lugar vive su familia? -insistió Jorge, cuando tanto silencio le pareció descortés.

-Siempre esperaba la visita de su hijo, que venía en el verano. Nunca escuché de dónde. Ella usaba un delantal de flores pintadas y siempre tenía cinco gatos. No me pregunte por qué cinco, pero cada vez que se le moría uno necesitaba reponerlo.

Un mugido resonó en la lejanía. Solo Jorge lo escuchó, el resto se había acostumbrado. Salustiano miró el cielo, dejó de jugar con una telaraña, abandonó la mecedora y empezó a enrollar una manguera, a transportar baldes y sillas, a mover macetas y a ponerlas a resguardo en un galpón pequeño donde se veía una bomba de agua.

-¿Le gusta la ginebra? -preguntó don Pérez.

-Me tengo que ir, está por llover -dijo Jorge, cargando su mochila y la decepción al hombro-. Igual, gracias.

-Disculpe la curiosidad, ¿qué les tiene que devolver? -se apresuró a preguntar Pérez, antes de que se le escapara el invitado.

-Un diario. Encontré el diario de uno de sus nietos.

El viejo parecía no entender el sentido de sus palabras. Seguía tieso, como aguardando una frase aclaratoria. Entonces Jorge abrió la mochila y le mostró.

-Es un diario íntimo, no un periódico.

-¿Nieto o nieta?

-Nieta.

-Ya veo. ¿Y le parece venirse hasta acá por un cuaderno? Ella tal vez ni se acuerda que lo perdió. Si la encuentra le dirá maniático.

No importa.

Una bandada de urracas atravesó el celaje de las nubes y pareció destrabar su mecanismo, porque empezó a diluviar.

 

*

«Le has levantado la mano a tu padre, maldita. Has violado el cuarto mandamiento de la segunda tabla de Moisés: honrarás a tus padres. ¿Para qué te llevamos a Catecismo? ¿Para qué te bautizamos y te pagamos esa fiesta tan linda? ¿Para qué tomaste la Primera Comunión? Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, dice la Santa Biblia». Esto me repetía después de que una noche lo viera acercarse con el puño cerrado a mi madre, que estaba leyendo en la cocina. Como los guerreros tailandeses, adiviné lo que estaba a punto de pasar así que pegué un salto y me interpuse entre los dos. «¡No vuelvas a tocarla!», le grité. Yo ya no tenía cuatro años. Ahora sí que podía hacer algo: pegarle un puñetazo en la cara con todas mis fuerzas y romperle el cristal de los anteojos.

Más que el dolor recuerdo su cara de sorpresa, su mueca de incredulidad. No le había hecho tanto daño como Ulises al cíclope pero tardó unos segundos en reaccionar. Como la mesa había quedado sin levantar, alcanzó a manotear una botella vacía y me la rompió en la cabeza.

La cabeza no me dolió tanto –como decían en mi familia, la tenía muy dura– pero los pedazos de vidrio, al tratar de cubrirme, me cortaron los dedos de una mano abriendo pequeñas heridas que de inmediato empezaron a sangrar.

A mi padre le impresionó verme la mano bañada en sangre y se fue de la cocina cabizbajo, empequeñecido, como avergonzado. Lo escuché correr por el pasillo hasta encerrarse en su cuarto. Le faltó ponerse a llorar. Por la noche escuché que tenía hipo y que sus ronquidos se entrecortaban con violencia, como en un ataque de apnea.

Todavía me pregunto por qué huyó así, con tanto melodrama. Por qué esa reacción impredecible, qué lógica macabra se escondía en sus actos. Lo cierto es que aquella fue la única vez que me golpeó: el objetivo siempre había sido mi madre. Quizás creyera que a los hijos no había que pegarles pero a la mujer sí. Se habría tragado el cuento de que eran una misma carne y que ella era su posesión, o quién sabe. Después de todo, había que defender una ética. Y a los hijos no había que pegarles por ética, a menos que se entrometieran entre una mujer y su dueño.

Llevé las cicatrices durante años. Siempre las miré como un trofeo de guerra hasta que la piel se regeneró y desaparecieron. Pero solo se esfumaron de la piel.

Después de aquella noche no volvió a pegarle en mi presencia. Supongo que porque no toleraba la deshonra, ni los cambios de jerarquías ni de roles. Él era el padre. Yo, la hija. Las cosas en su sitio. Seguro habría tenido que escarmentarme si intentaba defenderla de nuevo y no habría podido soportar la culpa ni el remordimiento otra vez.

Reincidió la noche en que yo había salido a tomar un helado con Armando. Y fue la última vez.

«Le has levantado la mano a tu padre. Perra, hija de puta, maldita. ¿Para qué te llevamos a Catecismo? ¿Para qué te bautizamos? ¿Para qué te pagamos esa fiesta tan linda? ¿Para qué tomaste la Primera Comunión?»

Esta novela debería cambiar de nombre.

 

Marisa Martínez Pérsico (Buenos Aires, 1978) es escritora, crítica literaria y profesora en Italia, país donde vive desde el año 2010. Su último poemario es El cielo entre paréntesis (Valparaíso España, 2017).  www.marisamartinezpersico.com

Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.