Tanta importancia como los personajes o las pequeñas tramas que componen los once relatos de este libro tienen los espacios periféricos en los que se desarrollan. Un albergue a las afueras de Talavera, lo que ya es irse a ninguna parte, un hotel marroquí venido a menos, lo que ya es venir a nada, una isla llena de matorrales en medio de las aguas emporcadas del Guadalquivir, una barriada donde la ciudad pierde el nombre cerca de un desaguadero, una avenida parisina entre rotondas y autovías, un hotel al lado de un edificio en el que se celebran ferias y exposiciones, lugares que son el síntoma de la precariedad emocional y laboral de quienes los transitan. Como se dice en el que nos parece el más logrado de todos, el que abre el volumen y se titula Las cartas de Gerardo, son sitios raros “donde adquirir algún conocimiento o experiencia insólita, que suele ser sinónima de sórdida y que forma parte de nuestro llevarlo todo al límite”. Parejas que terminan de descomponerse en el viaje emprendido como salida al bloqueo en el que se encuentran, obsesiones enfermizas como la de quien se dedica a inventar lo inventado y llena de conejos una isla como solución a un problema que solo consigue complicar, extrañamientos como el de la trabajadora de un hotel, una muchacha que no quiere distinguirse en nada, invadida por sueños que no son suyos, en el excelente relato La habitación de arriba, o el de una hija que recibe mensajes por Facebook de su madre recién muerta. Los relatos de este libro sí que hurgan en las heridas, la prueba más contundente de ello está en el titulado Encía, en el que una pareja, después de una pantomima o simulacro de boda, se va de viaje y durante el mismo a él se le abren las encías y comienzan a supurar con un hedor insoportable. Las situaciones, opresivas y morbosas, acaban en el terreno de lo fantástico, como a ese personaje que le crece una protuberancia, especie de pata con manos, de la oreja, o esa abuela fantasmal que flota en el techo o el animal extinguido hace 5000 años que le sale al paso al archiduque en el desconcertante relato Myotragus. El que le da título al conjunto La isla de los conejos nos ha remitido al episodio que Rosseau narra en Las ensoñaciones del paseante solitario, que en su quinto paseo describe la isla de Saint-Pierre, en medio del lago de Bienne, en Suiza, en la que pasó dos meses y donde propuso la introducción de parejas de conejos para que se reprodujesen, pero esta idea ha debido de ser recurrente a lo largo del tiempo, pues la autora ha declarado que la anécdota tiene inspiración real en un conocido suyo. Al personaje del relato, como a otros del libro, lo que le gusta hacer es lo que nadie hace, pero movidos por las obsesiones que los poseen todos  acaban por romper lazos con esa parte de la realidad en la que sus equilibrios ya eran bastante inestables. Elvira Navarro se mueve por los territorios de lo inquietante, lo terrorífico y lo perverso, que ya en su debut con La ciudad en invierno había pisado, y se alinea con escritoras como Mariana Enríquez y Samanta Schweblin en el cultivo de lo abyecto y lo terrorífico como síntomas de un mundo en descomposición, en el que sabe destacar los aspectos de la precariedad económica o emocional de unos seres endebles que están superados por las circunstancias. Algún lector puede sentirse abrumado por las abigarradas situaciones de los argumentos y quizás eche de menos que los relatos se resuelvan de una manera un poco más explícita. Pero el género está ahí para jugar con él y la autora, aunque con cierto desequilibrio entre las propuestas, relatos excelentes como los destacados junto a alguno fallido, pensamos en Memorial, lo lleva a su terreno de una forma muy hábil y eficaz: brevedad y una concisa repulsión.

 

Antonio Báez visto por Curro Romero

Antonio Báez (Antequera, 1964) ha participado en diversas antologías de microcuento y relato breve y ha publicado los libros La memoria del gintonicGriego para perros y su título más reciente es La magia de los días, publicado por la editorial Talentura.