Texto esclarecedor y al mismo tiempo seductor sobre uno de los poetas más singulares de la poesía chilena: Teófilo Cid, al que Martín Cerda se acerca con su habitual capacidad de releer y reconfigurar la Historia de la literatura y nuestros modos de leer. Como siempre hay que dar las gracias a Marginalia editores y a su cerebro en la sombra, Gonzalo Geraldo, por permitir que estas columnas de Cerda, que configuran la sección Punta de lápiz, lleguen a los lectores de la revista.

 

Teófilo Cid fue un observador perspicaz de los gestos que componían la vida callejera santiaguina hacia los años 50, aun cuando aparentase justamente lo contrarió. Teófilo, en efecto, acostumbraba recorrer el centro de Santiago como un ausente; pasaba entre la gente enfundado en un ademán supuestamente desdeñoso, sin mirar nada, ni esperar la mirada de nadie. Parecía tener el alma en un lugar distante, utópico o arcano.

Teófilo, sin embargo, sabía descifrar, como su maestro Baudelaire, el espectáculo urbano en sus detalles más nimios, hasta percibir los diferentes tiempos que arrastra el curso cotidiano de cada calle. “Lo cotidiano —señalaba alguna vez Maurice Blanchot— es lo más difícil de descubrir”. Teófilo sabía hacerlo. Estaba dotado de esa mirada micrológica que permite destapar las urgencias más elementales de la vida en los distintos gestos que intercambian los hombres en la calle.

La vida moderna es, quiéraselo o no, gesto gregario: vida en la calle. La poesía de Baudelaire —como lo subrayó Walter Benjamin— no hubiese sido posible sin la vie parisienne del siglo XIX. Ni la obra de Kafka sin Praga. Lo mismo ocurre con una parte importante de los escritos de Cid: En todos ellos, como último horizonte, aparece siempre el trasfondo arquitectónico de Santiago o más exactamente, el tablero geométrico de su viejo casco céntrico.

En su incitante “Ritual de la calle Ahumada”, como en otros escritos reunidos por la diligente mano de Alfonso Calderón en ¡Hasta Mapocho no más!, se impone, sobre toda otra particularidad, la dimensión óptica de la prosa de Cid. Teófilo hizo de la calle Ahumada un sismógrafo de las más profundas pulsaciones de la vida santiaguina. No olvido su inquietud cuando, redactores ambos de La Nación, la recorrimos luego de la asonada del 2 de abril. Parecía presagiar escenas más graves.

Teófilo había educado su mirada en Ortega. Su obsesión por los sucesos más humildes —por lo que llamaba “el sabor de las pequeñas cosas de la vida”— era tributaria de esa capacidad de asombro que enseña la pobreza, pero refinada por el perspectivismo de Ortega. Sabía cazar los gestos más significativos de las calles de Santiago e insertarlos en una visión de conjunto internamente coherente, aun cuando aparentase ir caminando por otras veredas de la vida, del sueño o de la muerte.

Es preciso liberar a Teófilo Cid de su leyenda.

 

Nota literaria fechada el 19 de agosto de 1978, correspondiente a sus entregas intituladas “Fragmentario” del periódico de circulación nacional Las Últimas Noticias

 

Martín Cerda nació en Antofagasta en 1930. Realizó sus estudios básicos en Viña del Mar, en el colegio los Padres Franceses. Desde entonces su pasión fundamental fueron los libros, especialmente la literatura y la cultura francesa. Por esta razón, a los 21 años viajó a París, con el propósito de conocer e imbuirse en la corriente intelectual encabezada, en esta época, por los existencialistas Jean Paul Sartre, Boris Vian, Albert Camus, Ives Montand, Simone de Beauvoir entre otros. Se matriculó en la Universidad de La Sorbonne para estudiar derecho y filosofía, allí entró en contacto con obras de escritores franceses y europeos fundadores del pensamiento moderno. Así, Cerda fue uno de los primeros escritores chilenos en estudiar a los intelectuales europeos de la década de 1950, adquiriendo con ello una erudición que lo posicionó como el único autor con la capacidad de difundir tales ideas en Chile. Todo esto ayudó a forjar su orientación de ensayista, actividad que abordó con gran entusiasmo, pues esta forma literaria le permitió situarse en la contingencia y dejar constancia de su tiempo. De regreso en Chile, trabajó como columnista en distintos periódicos y revistas, colaboró desde 1960 en la revista semanal PEC, y en el diario Las Últimas Noticias, donde escribió ensayos sobre hechos históricos, literatura, cultura y contingencia chilena. Asimismo, en 1958, participó de un suplemento del diario La Nación llamado «La Gaceta». Por otra parte, en esta época formó parte del ambiente intelectual chileno, integrándose a discusiones literarias en cafés y en tertulias y dando charlas. En 1970 resolvió abandonar Chile y establecerse en Venezuela desde donde siguió enviando artículos para Las Últimas Noticias. Además trabajó en un suplemento literario de un periódico de ese país. En 1982 publicó su primer libro, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo, en el que propuso un recorrido por la historia de este género, desde sus orígenes. En 1984, asumió la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile, cargo al que renunció el 3 de marzo de 1987, porque quería dedicarse por completo a la preparación de otros libros de ensayos. Ese mismo año, publicó Escritorio, un largo texto donde reflexionó sobre el oficio del escritor. En 1990, obtuvo la beca Fundación Andes para llevar a cabo tres proyectos de investigación en la Universidad de Magallanes (Umag): Montaigne y el Nuevo Mundo; Crónicas de viajeros australes y una completa bibliografía de Roland Barthes. Esta experiencia lo motivó a trabajar en la ciudad de Punta Arenas, donde había descubierto una escena literaria fecunda y una activa vida académica.Sin embargo, a los pocos meses de haberse instalado, en agosto de 1990, la Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, donde estaba alojado, sufrió un incendio que destruyó casi por completo su biblioteca personal y sus manuscritos próximos a ser publicados. Esta catástrofe le asestó un duro golpe del cual nunca logró recuperarse. Luego de sufrir un paro cardíaco a fines de ese mismo año, debió ser sometido a una intervención quirúrgica que, en definitiva, no resistió. Murió el 12 de agosto de 1991. Dos años después, los investigadores Pedro Pablo Zegers y Alfonso Calderón publicaron dos libros recopilatorios de sus ensayos dispersos en libros y revistas. Más tarde, el prólogo de Martín Hopenhayn a la última edición (2005) de Palabra quebrada; ensayo sobre el ensayo, marcó la reactivación de las lecturas e interpretaciones en torno a su obra, que vino a confirmar la publicación de Escombros: apuntes sobre literatura y otros asuntos, volumen de textos inéditos con edición y prólogo también a cargo de Calderón