Está llegando ya a las librerías la segunda edición de Hollywood, La Alpujarra, de Blasco Marqués, novela polimorfa y difícilmente etiquetable, editada por Che Books, el sello más gamberro de Ediciones Contrabando, y que cuenta en su catálogo —centrado en narrativa valenciana del siglo XXI— con autores como Mr. Perfumme o Bárbara Blasco, reciente premio Tusquets de novela. De la primera edición de este libro, gente como Francisco Ferrer Lerín ha afirmado: “Posee una prosa integradora, documentada, fluida, nerviosa… que es la adecuada hoy”. El cantante Nacho Vegas dijo: “Un aplauso para su humor corrosivo y la honestidad con la que aborda todos los temas”. Y Patricio Pron sentenció: “Singularísima primera novela”. Compartimos un breve fragmento del segundo bloque de la novela, la parte de La Alpujarra.

 

MÜNCHEN

Si yo dijera que Munich es una ciudad muy hippie más de uno me miraría con extrañamiento y hasta con compasión. Pues bien: Munich es una ciudad muy hippie. Mi visión de la ciudad es más bien sesgada. Los cinco días que pasé por allí los pasé con Fabienne. Con las piernas de Fabienne. Con el lunar secreto de Fabienne. Con los pies de Fabienne. Con su espalda y con su pelo. Y los pasamos en una tienda de campaña Quechua debajo de un puente al lado del río Isar durante los inicios del Oktoberfest. Por supuesto, a esa macro borrachera consentida y salchichera ni me acerqué. Tenía las piernas de Fabienne. Y el caso es que éramos medio ricos, yo había cobrado los gastos de representación de la embajada y ella había alquilado su piso en el centro por todo el tiempo que dura el festival. Pues oye, allí estuvimos. Debajo del puente en el río Isar. Y tan felices. Desde el primer día nos visitaron los amigos de Fabienne, un grupito muy majo, todos rubitos, altos, fuertes, ojos azules, con rastas, parecían recién llegados del Nepal o de los sue- ños más húmedos de Adolf Hitler. Encendíamos una hoguera para iluminarnos por las noches. Frío no hacía, me sorprendió. Tocaban música, fumábamos chilums. Al cabo de dos días se montó una pequeña comunidad. Varios chavos habían hecho el mismo business que Fabienne: alquilar sus apartamentos y venirse a vivir debajo del puente. El penúltimo día todos teníamos piojos.

En realidad Fabienne estaba saliendo con Mona, una chica argentina preciosa, fue algo que ya me advirtió los días que estuvimos juntos por las Alpujarras, pero en esto del amor libre algunas veces se gana y otras veces se pierde, Mona se hallaba —espero que muy a gusto— visitando a su familia en Mendoza.

Fabienne se quedó fascinada con las Alpujarras. Con qué elocuencia describía los pueblos y los paisajes a sus amigos, parecía que fuese ella la embajadora, estuvo en Órgiva, estuvo en mi casa, estuvo de voluntaria en un cortijo donde hacían aceites esenciales de lavanda cerca de Cástaras, tenía en mente la idea de regresar en abril con Mona y otros amigos y buscar un terreno para comprarlo entre todos y fundar una alegre comunidad, lo que sería encantador. Durante los días que anduvo por casa, estaba medio empecinada en aprender alguna artesanía nueva. Controlaba el macramé, sabía algo de patchwork y customizaba sus ropas con estilo, mas ya había constatado en diversos mercadillos y festivales que la competencia en estos tres campos es feroz. Le habían pasado el contacto de un tal Jirvan, de Órgiva, fabricante de orgones. Me pidió que la acompañara a visitarlo, así que le pegó un toque y un jueves nos plantamos en su casa. Jirvan (antes Manolo) vivía en una casita tres cerditos-fusión (adobe, paja, piedra), aunque él más bien tenía algo de Lobo. Vivía de prestado, un sufí holandés le permitió montar la choza en su terreno, supongo que a cambio de hacer proselitismo sufí o de algún otro acuerdo mahometano. A través de la comunicación no verbal, enseguida me dejó muy claro que se cagaba en mi chingada madre por haber acompañado a Fabienne, pues el numerito que tenía pensado para seducirla con su extravagante artesanía no incluía espectador masculino. Nos sirvió unas tazas de un té muy exótico y biológico, nos hizo sentar en su chambao y empezó a relatarnos su vida y obra. Trataré de resumirlo de la manera más “documental” posible. Jirvan (antes Manolo) abrió una tienda de informática en Madrid en los noventa que solamente le provocaba estrés y amarguras. Decidió (no por este orden) liquidar la tienda, venirse pa la Alpujarra y cambiarse de nombre. En la Alpujarra se topó con el sempiterno problema alpujarreño: ¿cómo coño hago yo dinero aquí? Empezó a leer al psiquiatra austríaco Wilheim Reich (vale, yo tampoco he leído en profundidad a este autor, empecé con Las funciones del orgasmo y me abrumó, pero al menos le eché un vistazo a la película W.R: los misterios del orgonismo del terrorista serbio Dusan Makavejev) y encontró la iluminación: se dedicaría a fabricar orgones. Nos mostró algunos productos. A mí me entraron ganas de preguntarle inmediatamente: ¿tú te crees que esto son orgones, Manolete? Pero me contuve. De verdad que estuve toda la reunión en silencio, deslumbrado. Producía básicamente colgantes y fantasías. Me detendré en las fantasías: pirámides, arabescos, pentágonos, octógonos, se puede hacer la figura que tú quieras, con un molde, todas de silicona transparente, levemente mórbida, y en su interior una serie de materiales heterogenísimos con reminiscencias a una ciencia-ficción real. Sin ir más lejos, Jirvan (antes Manolo) había machacado procesadores, placas base, audífonos, tarjetas de sonido, aceleradores de imagen, discos duros, teclados, altavoces… todo su saldo de la tienda de informática hecho añicos y metido cuidadosamente en sus orgones junto con cuarzos y otras piedras mágicas, curativas, milagrosas. Inmediatamente pensé en un amigo de Tijuana, perfomancer él, que se había colocado por el cuerpo atado con celo o esparadrapo durante varios días morrallita de este tipo y se filmó, El Nanomochotronik se llama el video; y a mí no tenía por qué mentirme: a los dos días tenía fiebre, le entraron escalofríos, delirios, vomitaba… una mierda realmente tóxica para el cuerpo y para la piel. Dos características físicas de Jirvan que no he reseñado –y que son consecuencia directa de su pasión sui generis por la orgonáutica— eran una voz pitufoide que hacía muy complicada la tarea de tomárselo en serio y un horrible sarpullido rosa, leporino, que le comenzaba en los labios y le llegaba hasta la nariz. Al menos, fue sincero en un punto: Hay que tener mucho cuidado en el proceso de creación y hacerlo SIEMPRE, re- calcó, al aire libre o en una habitación muy bien ventilada, la silicona líquida cuando hierve es altamente nociva, mirad, se tocó el sarpullido rosa, yo empecé a hacer mi Arte en un sótano cerrado y al inhalar los vapores me salió esto y también me ha afectado un poco a las cuerdas vocales. Nos mostró los colgantes, que me recordaron vivamente a esos juguetitos de plástico que se les da a los bebés cuando les salen los dientes para que mordisqueen. Elegid uno cada uno que os los regalo. Yo me llevé uno amarillo en cuyo interior se podían ver restos de lo que me pareció una tarjeta SIM machacada, dos piedritas blancas y algo que se asemejaba mucho a la purpurina, así como trocitos multicolores de papel, ¿habría sido Jirvan (antes Manolo) tan caradura de meter confeti? Todo puede ser, estábamos en la Alpujarra. Aparte de ser centros acumuladores de energía, la principal ventaja de mis orgones es que protegen de las radiaciones que emiten los teléfonos móviles. Fijaos, nos mostró su smartphone, yo, por la noche, siempre le pongo un colgante de- bajo, así, y puedo dormir perfectamente con el teléfono encendido, años atrás no podía, notaba que me dolía la cabeza, me desvelaba, los nuevos móviles crean muchas alteraciones por el 4G y porque las baterías se hacen con koltán, un material que no es tan radiactivo como el uranio o el plutonio pero es muy peligroso; yo siempre digo que, aparte de llevar uno colgado del pecho, y poneos bien los colgantes, ajustaos la cuerda, así, así, bien, deben estar en el centro del pecho, el tercer chacra, ahí… pues yo siempre recomiendo llevar otro cerca de donde tengamos el móvil. Estos, si queréis otro, los tengo de oferta, valen doce euros. Fabienne le compró dos más. No le salió tan mal la jornada a Jirvan. Entender español Fabienne entendía medio-medio, creo que no fue consciente de todo el surrealismo que nos había regalado Jirvan hasta que en el coche, de vuelta para casa, le traduje algunas partes en las que se había perdido. Ahí no pude contener la risa. En Munich caí en la cuenta que ella sí que seguía llevando colgado su orgón, había elegido uno azul celeste con trocitos de cobre o vaya a saber uno qué y el habitual toque de fantasía Jirvan: purpurina más confeti. Para cerrar el círculo, por las noches, en la tienda de campaña le excitaba pasarme el colgante por el cíndalo y conseguía arrancarme unas erecciones descomunales, ¿la fuerza del orgón o la calentura de su cuerpo tiernísimo? Por si acaso, yo le daba interiormente las gracias a Jirvan, a Wilheim Reich y a Munich, esa ciudad hippie en la que por unos días fui maravillosamente feliz.

 

Blasco Marqués (Valencia, 1988). Lector ácrata e impenitente, cineasta jubilado, perfeccionista en las paellas, eterno diletante, fanático de los tacos mexicanos y de las tertulias que no conducen a nada. Este es su primer libro. A ver qué tal.