Una de las novelas más llamativas del otoño literario en España está resultando ser la segunda de las novelas del murciano Diego Sánchez Aguilar: Los que escuchan, publicada por Candaya, a la que se acerca en este texto Ernesto García López, que fue quien se encargó de la presentación de la misma en Madrid hace unas semanas. Aquí les dejamos a nuestros inquietos lectores esta crítica indagadora e intrigante.

 

Se dice que para adentrarse en un libro lo primero es conocer su historia, su peripecia. El resumen de eso que, falsamente, llamamos argumento. En este caso, en la contraportada, se nos advierte: «El acto de clausura de la Cumbre del Futuro tiene un final inesperado que sitúa a los presidentes del G7 en una incómoda posición. Mientras sus asesores intentan averiguar quién ha causado ese problema y cómo solucionarlo, se intercalan escenas de la vida de unos personajes unidos por un hecho: todos escuchan un extraño ruido cuyo origen no pueden determinar. Este sonido provoca en ellos unos efectos secundarios que les harán replantearse sus vidas y sus convicciones éticas en un mundo que parece desmoronarse por momentos. Cuando el futuro se intuye como un territorio poblado de fantasmas, Diego Sánchez Aguilar recorre en Los que escuchan, todas las formas de la ansiedad y el miedo que definen la sociedad contemporánea.» Podríamos creer que ya está, que estas líneas han conseguido sintetizar la esencia del libro, que ya tenemos información suficiente para elegir (o no) su lectura…pero…

¿Qué significa escuchar un mundo? ¿Qué es escuchar un mundo? Y, sobre todo, ¿cómo se escucha un mundo?

Hay quien puede pensar que escuchar un mundo es escuchar signos, sentidos, información, hechos. Hacer una lectura unívoca y comunicativa de la realidad. Así nos lo transmiten la mayoría de los medios de masas. Televisión, radio, periódicos, canales de youtube, redes sociales. Sin embargo, esa escucha es epidérmica, unidireccional, a veces simple eco de resonancias. Se queda sólo en una de las capas de lo real. La más evidente, la más homogénea, la que (en el fondo) menos prescribe (en términos comprensivos) la naturaleza relacional y problemática de la economía política y libidinal del mundo. A esta escucha bien podríamos llamar oír.

Por el contrario, hay otra forma de escuchar un mundo, y es a través de sus ritmos, sus precariedades, sus fallas, las señales que no terminan de encajar, los «movimientos líricos del alma» (que decía Baudelaire), lo que no revela necesariamente información, sino aquello que se resiste a producir sentido; todo lo que es oscuramente inmanente, desordenado, ordinario, irreductible y heterogéneo en lo abierto de lo real. El poeta y lingüista peruano Mario Montalbetti dice que el poema (si lo pudiéramos entender como una forma de escucha del mundo) se coloca en el borde entre el sentido y el no sentido. Es un dispositivo intersticial. Se resiste a producir significación. Y precisamente por ello su potencia crítica radica en desestabilizar el nombre que damos a las cosas. Así la poesía se convierte, antes que nada, en una intervención crítica de la lengua cuya disidencia política no subyace a los temas, sino a lo que le hace al lenguaje, a cómo problematiza las categorías afectivas y semánticas que nos constituyen. Pues bien, traída esta noción al libro que nos ocupa (no en vano Diego Sánchez Aguilar es, ante todo, poeta), la «escucha» del mundo que impregna esta obra se comporta como un borde de lenguaje entre el sentido social y el sinsentido social.

Ahora bien, ¿qué mundo es este que escuchamos en la novela? ¿Qué otro mundo podría ser? La respuesta la da el propio autor: el nuestro, nuestro mundo, el que habitamos a diario, eso que podríamos denominar capitalismo tardío, neoliberalismo, post-fordismo, elijan el marbete que más les guste, en su vertiente cibernética y ya casi post-postmoderna.

Un capitalismo neoliberal que se muestra incapaz de abordar el principal desafío al que nos enfrentamos como especie, esto es, nuestro propio acabamiento (vía crisis climática). Un capitalismo que no es, como a veces piensan algunos izquierdistas ortodoxos y atrapados en la melancolía, un mero sistema de producción y explotación. Se trata, por el contrario, de un dispositivo afectivo, post-léxico, rigorista, que fabrica mundos. Un mecanismo de trabajo onírico que «empresarializa la vida», que convierte en anhelable la lógica del mercado, y que mercantiliza todos los órdenes de la estructura libidinal del sujeto. Y es que, siguiendo la estela de la vieja Escuela de Frankfurt y de pensadores post mayo francés (como Laval y Dardot), el capitalismo neoliberal es, antes que nada, un dispositivo de producción de deseo y subjetivación. Nuestras vidas son vidas-mercado. Da igual que seamos de derechas o de izquierdas, hoy en día la iniciativa de producción de mundo la tiene el mercado y todos vivimos «vidas de derecha», querámoslo o no, porque ganaron el deseo, esa fue su mayor conquista. No siempre sucedió así. Hasta los ochenta el mercado no configuraba todas las parcelas de la subjetividad de la gente. Pensemos en los llamados «Cuarenta gloriosos» (ese periodo de crecimiento económico en el primer mundo que va desde la posguerra mundial hasta finales de los setenta) donde una potente, si bien no exenta de problemas, conciencia de clase articulaba buena parte de la vida social y afectiva. Pero desde entonces, y con mayor fiereza a partir de la revolución tecnológica de los noventa y dos mil (o lo que Paul B. Preciado llama la «heroína electrónica»), ese modo de ser se ha adueñado de nuestras vidas. Impera en nuestras vidas. Somos un gigantesco Yo articulado cibernáticamente por las pulsiones de mismidad e individualismo. Lo que el propio Paul B. Preciado denomina «modelo petrosexoracial». Todos reproducimos el mercado con nuestro mero existir. No hay un afuera. No existe un lugar-otro. De ahí que el desafío de la transformación hoy en día sea sustancialmente más abrupto, complejo y abarcador de lo que fue en épocas anteriores. Nos movemos entre el No Future, la derechización, la desafección, la deserción, y la urgente necesidad de resetear el sistema desde parámetros completamente distintos. Una encrucijada ontológica y existencial.

Y esto mismo es, a mi juicio, lo que escuchan los personajes de esta novela. Escuchan el crepitar de un mundo neoliberal que asiste (impávido) a su propia neurosis, al camino hacia la nada. Escuchan la dificultad extrema (que no la incapacidad absoluta) para gestar un sujeto colectivo capaz de enfrentar este orden de realidad. Y lo que es más dramático aún, los personajes de esta novela escuchan el crepitar de sus propias vidas-mercado, plagadas de «grumos en el pensamiento» (como diría Emilio Lledó), atravesadas de inconsistencias, imposibilidades, mentiras, ansiedades… Ansiedades de tipo laboral, ansiedades por el sentido de la creación artística, ansiedades climáticas, ansiedades en el entorno escolar, ansiedades éticas y políticas… Los que escuchan escuchan todo eso y mucho más.

Visto desde esta perspectiva, y si de verdad buscan dentro de sus propias almas no me lo negarán, todos somos, de alguna manera, acusmáticos. Una palabra que se repite en el libro una y otra vez. Todos tenemos la capacidad indefinida, brumosa, incómoda, de escuchar esos ritmos incomprensibles y amenazantes. Ese crepitar de mundo.

En este sentido, bien pudiéramos aplicar a este libro aquella máxima shakesperiana (después reelaborada por William Faulkner en El ruido y la furia) en donde se decía (famoso soliloquio del acto 5, escena 5 del Macbeth):

La vida no es más que una sombra andante (Quentin) actor deficiente
Que apuntala (Jason) y realza (la señora Compson) su hora en el escenario
Y después ya no se escucha más. Es un cuento
Relatado por un idiota (Benjy), lleno de ruido y furia,

Sin significado alguno.

Ruido y furia sin significado alguno. Bien pudiera ser ésta una precisa descripción del mundo neoliberal en policrisis permanente que habitamos. Pero más allá de Shakespeare, si hay una referencia clave para entender este libro, desde mi punto de vista, sería la de Mark Fisher y su Realismo capitalista. No he podido evitar leer Los que escuchan de la mano de Fisher. O, mejor dicho, releer a Fisher de la mano de Diego Sánchez Aguilar. Pondré tres ejemplos.

Primero: «Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo» como decía Frederic Jameson. Esta idea fue reelaborada por el propio Fisher, y a su manera, también por Diego Sánchez Aguilar en el texto que nos ocupa. Sobrevuela todas y cada una de las páginas de la novela, se convierte en una suerte de arquitrabe ideacional.

Segundo: respecto a la ecoansiedad y la impotencia de construir un sujeto colectivo capaz de afrontar el desafío del cambio climático, esta novela parece levantar narrativamente la siguiente idea de Fisher: «En lugar de afirmar que todos, es decir cada uno, somos responsables del cambio climático, podríamos decir que nadie en verdad lo es y que ese es el problema. La causa de la catástrofe ecológica está en una estructura impersonal que, aunque es capaz de producir todo tipo de efectos, no es capaz de quedar sujeta a responsabilidad. El sujeto que se requiere a tal fin, un sujeto colectivo, no existe, pero la crisis, una crisis global como todas las que enfrentamos en la actualidad, necesita que lo construyamos.»

Tercero: respecto a la propia apatía e impotencia en la que viven los personajes de la novela, Sánchez Aguilar parece reutilizar el concepto de «impotencia reflexiva» y «hedonia depresiva» de Fisher, buscando encarnarlo en voces narrativas que materializan tal desesperación.

No desvelaré ninguna más de las tramas narrativas que articulan esta obra, pero a lo largo de sus 539 páginas asistimos a la bajada en apnea de unos personajes hacia su propio «realismo capitalista». Y, créanme, les aseguro que no les dejará indemnes. Se vuelven espejos de nuestras propias inconsistencias.

Ernesto García López (Madrid, 1973). Antropólogo, escritor y artista plástico. Hasta la fecha ha publicado los poemarios Voz (Ópera Prima, 1998), Fiesta de pájaros (Devenir, 2002), El desvío del otro (Devenir, 2008), Últimos poemas de Félicien Rops (Ayuntamiento de Zaragoza, 2005), Tierra de nadie (Plaquette, Pen Press, 2009), Ritual (Amargord, 2011), Todo está en todo (Amargord, 2016), Los afectos (Varasek, 2019), Bemba baba (La Garúa 2021) y Hospital del aire (Candaya, 2022). Como artista ha realizado la exposición De donde huye la raíz, en la Galería Habitar la Línea, septiembre-octubre de 2019, dentro del Festival Hybrid de Madrid. Durante los años 2008-2012 desarrolló labores de codirección editorial en la Revista Internacional de Literatura Galerna (Montclair State University y The City College of New York). Esta publicación tenía por uno de sus objetivos establecer un puente de comunicación entre la literatura hispanoamericana y la española. Ha publicado también poemas en diferentes revistas literarias destacando la Revista de Occidente. Ha reseñista literario en Nayagua y Culturamas. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y publicados dentro de la antología New Poetry from Spain (Talisman House Publishers, 2012) y en Streets where to walk is to embark. Spanish Poets in London (1811-2018), editado por Shearsman Books (2019). Como antropólogo sus investigaciones se han centrado en los movimientos sociales y la cultura política en España, así como en el estudio de las desigualdades. Ha colaborado con diversos medios de comunicación en el campo del análisis social y político como Eldiario, Diagonal o Ctxt (junto a Amador Fernández-Savater). En la actualidad sus esfuerzos se concentran en la escritura ensayística y la narrativa.