La república de las letras es, como la casa de Asterión, un recinto sin puertas. Basta querer entrar en el laberinto para perderse en él. Algo parecido sucede con la lectura. Para ambos tipos de osados locos tenemos en penúltiMa una sección como Postulados. He aquí un nuevo texto que demuestra que siguen entrando valientes al dédalo de la literatura. Demos la bienvenida a Àlex Marín Canals.

 

Mario llegó a casa con la pistola contra el corazón. Saberla tan próxima a él, notar su contacto frío y metálico, le hacía dichoso y, por un momento, se sintió feliz. En el viaje había tenido que detenerse en una gasolinera, pedirle las llaves del baño al dependiente y encerrarse en un retrete retorcido y apestoso para apuntarse con el arma debajo de la barbilla y darse cuenta de que, realmente, esto es lo que deseaba. Recorrió su hogar con la feliz impresión de que esas cosas (el cepillo de dientes, un marco de fotos, el plástico de cierre del pan de molde tirado en una esquina del comedor) eran reales, suyas, auténticas. Lo único que le faltaba por hacer era despedirse de sus conocidos y amigos. Algo que unas tres semanas atrás, cuando tomó la determinación de volarse la tapa de los sesos por primera vez, le había parecido absurdo, cobraba ahora una importancia superlativa. De este modo, podría marcharse en paz y, en cierto sentido, sus cosas, las verdaderamente importantes, dejarían de pertenecerle al éter, o a un comprador en una subasta privada de la policía tras su desaparición, pues tenía la intención de dejarlo todo bien atado. Telefoneó a tres amigos, se dejó voluntariamente olvidados a unos cuantos con quienes no tenía ganas de conversar de nuevo y se preparó. A cada uno de ellos lo citó a una hora concreta de la tarde, insistiendo mucho en la necesidad de verlos, con la idea de sorprenderlos apareciéndose en sus casas antes de tiempo para que tuviesen la guardia bajada. Así pues, y con una sonrisa maliciosa como si se tratase de un niño pequeño, comió todo aquello que le gustaba, dejó los platos sin fregar apilados sobre la mesa, la televisión encendida, recogió la carpeta con los papeles firmados, la caja con las llaves del piso y el sobre con el dinero, los metió en una bolsa azul, la única cosa que, en justicia, era de Matilde, y salió a la calle en esa tarde de abril a las tres y cuarto. Para hacer tiempo, se detuvo en la tasca de Julián y tomó un vaso de vino mientras este le contaba otra vez que sus hijas no querían estudiar. Las tres chicas eran enormes, gruesas, feas: iban despeinadas, sucias, escupían en el suelo, se sonaban los mocos perpetuos a cada rato, los sorbían antes de hablar, pero tenían un encanto tranquilo, pues siempre le habían parecido nobles y jamás lo habían mirado con malos ojos. Afortunadamente no estaban cuando Julián le confesó que no sabía qué hacer con ninguna de ellas. A esa hora de la tarde dos parroquianos se escondían en una esquina, mirando la televisión y no les prestaban atención. Como siempre, volvió a la carga: en tono plañidero, una mano sobre el trapo, este sobre la barra metálica, la otra junto al pecho como Mario un rato antes, como si de verdad él portase una pistola, exclamó: «¡Es que no me van a valer ni para casarse, don Mario! ¿Quién va a querer a esas muchachas cuando yo no esté con lo guarras que son?». Como no era la primera vez que hablaba de esta guisa, no se sintió sorprendido, pero sí comprendió a las muchachas. Teniendo un padre como el que tenían, lo normal era que la desidia pudiera vencerles. «¿De qué se queja, don Julián? ¿Ha visto cómo tiene la tasca? Nos quejamos por vicio, mi señor». El dueño del bar se quedó petrificado, enrojeció y ante la perplejidad que lo enmudecía, Mario siguió, sonriente: «No puede ir por ahí insultando a sus hijas, es lo único que tiene y probablemente sean las que en el futuro, y cuando no se aguante ni los pedos, tengan que cuidarlo. Si usted las trata como a perros y las desprecia, lo pondrán en un asilo de mala muerte». El dueño, entre intimidado y desconcertado, asintió ante las palabras de este, intentó darle la razón pero no supo cómo hacerlo, pues lo habían desarmado. Mario le puso el billete de cien sobre la mesa con una sonora palmada, le dijo que se quedase con la vuelta y lo utilizase para empezar a comprar productos de limpieza. «Adecente esto un poco y verá cómo ellas toman ejemplo y empiezan a ducharse -mientras salía, todavía con el dueño descoyuntado ante las salidas de Mario, añadió-. Pero no vuelva a decir que son unas cerdas delante de sus clientes, por favor». Si don Julián gritó luego, cosa muy probable, Mario no se enteró. Salió a la calle con el corazón alegre y tranquilo. Podía imaginarse al mesero algo más comedido y ciertamente más magnánimo con sus hijas. Ninguna de las tres merecía eso. Ese golpe de efecto, esa humillación, tal vez le valdría el beso de una de ellas. Por suerte, y al pensarlo se alegró, Mario dejaría de ser Mario en unas horas. Caminó bajo el sol de abril, sorteando adolescentes, viejos y automóviles con pasos ligeros. El vino rancio le pesaba en el estómago y le hacía sonreír cuando, a las cuatro menos cinco minutos, tocaba el interfono de la casa de Rigoberta. Esta, que estaba corrigiendo un manuscrito según le había referido antes, no lo esperaba, ni siquiera había empezado a vestirse para salir, pues habían quedado a las cinco y media en la cafetería de don Crespo, y se mostró un poco reticente a dejarlo entrar. Le preguntó por qué había venido tan temprano. En su tono de voz se notaba cierto deje de desconfianza, después de preocupación. ¿Cómo no iba a preocuparse? Le respondió mientras presionaba el botón de apertura de la puerta principal. Mario podía imaginársela en pijama, aunque jamás la hubiera visto ni siquiera despeinada, y fantaseó fugazmente con esa idea, la visualizó con un pijama blanco con lunares amarillos, el pelo lacio, pegado a la cabeza, despeinado, sin rastro de maquillaje, tal vez con gafas. Tenía ganas de verla así. Le encantaba lo que estaba ocurriendo. Rigoberta estaba asomada a la puerta, aguantándola con las dos manos, desconfiada y circunspecta. «¿Qué ha pasado? Con el ruido de la calle ni siquiera te he oído. ¿Estás bien?», le dijo en tono preocupado mientras avanzaba hacia ella y le daba dos besos, forzándola a desprenderse de la puerta y dejarle entrar. «Simplemente tenía que verte ahora mismo, Rigoberta. No te preocupes, no me quedaré demasiado». No contenta con esta respuesta, tan extraña al Mario que conocía, puntual, puntilloso, jamás inoportuno como en esos instantes, lo miró desde el recibidor mientras él se colaba en la sala de estar e insistía con la pregunta, reformulándola: «Estás raro, Mario. ¿Te ha pasado algo? Jamás me habías dicho antes que tuvieras ganas de verme». Mario paseó por la sala de estar, atestada de folios, bolígrafos, diccionarios y cuadros con el rostro de escritores extintos, a los que ella idolatraba y de los que él no tenía ni la más remota idea. Le sonaban algunos, incluso había leído algo de uno o dos de esos dioses, como los llamaba Rigoberta, pero no compartía su afición. Siempre la había tenido por una chica extraña, con los hombros pegados al cuerpo, los brazos caídos, un poco encorvada, temblorosa, pero alegre, jamás se había planteado que Rigoberta fuera una mujer, tenía su intimidad, la preservaba y, en cierto modo, él la estaba violando. «No me voy a quedar mucho rato, lo prometo», le dijo, sentándose en el sofá, entre varios libros abiertos, llenos de post-its. «Vaya, siento haberte pillado trabajando. Es que tenía que verte urgentemente». Advirtió que había silenciado el equipo de música, pero no alcanzó a ver qué cedé había sobre la repisa, abierto. «Bueno, ¿por qué? Dime qué pasa». Rigoberta estaba de pie, con los brazos cruzados sobre una chaquetilla negra que le cubría el cuerpo. Mario adivinaba que tras esta pieza de franela había un pijama de lana gris, sobrio. Metió la mano en la mochila, cogió la caja que iba a regalarle y la sacó. «Venía a traerte esto. De hecho, quería hablar contigo un rato, de manera distendida, ya sabes, y después quería darte esto». Tendió la mano, ella dudó en cogerlo o no. Le miraba a los ojos por encima de las gafas, lo que le daba un aspecto sombrío. «¿Qué demonios es eso?» respondió, ya sin miedo, alcanzando el regalo. Mario, vivificado, exclamó: «¡Adivínalo! No lo abras todavía -tras una pausa y una risita impropia de él, por lo juvenil-. ¿Pendientes? ¿Pulsera?». Rigoberta aventuró con su peculiar humor negro: «¿Un clavo con el que te piensas suicidar?». Mario se rió antes de responder, señalando el cuadro de Ivan Bunin que estaba en la repisa que había sobre la televisión apagada. «Ah, Chejov, ¿no? Fue él quien decía que si aparece un clavo al principio de un cuento, este tiene que servir para que el protagonista se cuelgue al final». Ella lo atajó, seria esta vez: «No, no fue Chejov. Todo el mundo se lo atribuye a él, pero no tienen ni idea…». La pausa no incomodó a Mario, que, en vez de perder su sonrisa, la redobló, señalándole el paquete y haciéndole tocar de pies a tierra. «De todos modos, no es un clavo, no te haría yo eso. Ábrelo, por favor». Ella, nerviosa y expectante, lo hizo. Dentro había unas llaves con un simpático llavero de un gato lamiendo una raspa de pescado. «¿Y esto?». «¿Es que no te gusta el pescado? Pensé que tenías que recibir un buen regalo, porque sí, no le busques explicación. Siempre has estado ahí y yo nunca me he dado cuenta. Quería darte las gracias por todo y, de algún modo, pensé que esto de aquí podría ser un buen regalo -una pausa en la que ella, sonrojada, no alcanzó a decir nada y Mario, ahora algo circunspecto, resolvió-: en todo caso, tengo prisa». Se levantó, Rigoberta se echó para atrás, tartamudeando. ¿No quería un café, una copa, no quería quedarse un rato? Fuera hacía mucho calor y no atinaba a ser servicial, le dijo, pero le agradecía el regalo. No preguntó a qué departamento podían corresponder esas llaves, ni siquiera pareció pensar en eso. Con su mirada de perro observaba a Mario, lastimera, mientras este negaba con una mano, la izquierda, y con la otra se colocaba la mochila sobre el hombro derecho. Él evitaba penetrar con sus ojos en los de ella porque sabía que Rigoberta siempre había estado un poco enamorada de él. «Cosa extraña esta -dijo a media voz- esto del amor idiota». Ella le preguntó qué estaba diciendo. Si quisiera finalizar la sentencia, Rigoberta terminaría herida y no era su intención. El dicho es: «Amor idiota, yo por ti y tú por otra». Pensándolo y casi a punto de expulsarlo, se sonrió otra vez. ¿Por qué darle dos regalos, uno envenenado y el otro amargo? Lo que tenía que hacer era ayudar a Pedro. ¿Cómo hacerlo? Muy sencillo. «Pedro quiere decirte algo, no por el móvil: en persona. Me dijo que no sabía cómo contarte esa tontería que tenía que decirte y me pidió que te citase hoy. Menos mal que me he acordado antes. Por eso he tenido que venir sin avisarte. Creo que tenía que consultarte alguna mierda de una cosa que tenía que comprar, no sé». Rigoberta se sacudió los fantasmas de nuevo, observó el llavero, se mordió el labio, se encogió de hombros. «No me ha dicho nada, no tengo ni idea -pero tras esta frase de derrote, pareció repensar la situación e, intrigada, preguntó-. ¿Qué quería?». Mario le contó la mentira que tenía pensada desde hacía rato. Le refirió la dirección a la que tenía que asistir y la hora, le confesó que Pedro era tan tímido y tan tonto que no se había atrevido a escribirlo en el grupo de WhatsApp. «Ya sabes que hace muchas faltas de ortografía, creo que es algo de comprarle un libro a alguien muy especial, no sabría decirte ahora». Con la excusa del libro, tan mal hilvanada como torpe, Rigoberta se puso lívida, pero la asimiló como cierta porque Pedro era, por lo general, poco comunicativo, un poco tonto, algo disperso y, de eso estaba segura, siempre había estado enamorado de ella. Sin embargo, era tan tierno, dulce e inocente que, bajo ningún concepto, esa idea iba a ser algo parecido a una encerrona. Ambos pensaron a la vez que Pedro no era malo. Mario consideraba que era, de todas las personas que existieron alguna vez, la más simple del planeta. Y con una sonrisa de oreja a oreja, abrazó a Rigoberta y salió al pasillo atestado de tomos de coleccionista con paso decidido. «Espera, espera. ¿No quieres un…, no te apetece un…? -pausa, Mario estaba ya en la puerta-. ¿Qué voy a hacer con esas llaves?». Mario abrió la puerta, hizo el saludo militar y se metió en el ascensor que, en todos esos minutos, no se había movido. «Trabaja a gusto, te enterarás en su momento y espero que te guste mi regalo. Lo hago con todo el corazón. Escúchame. ¿Qué estás traduciendo?». «Corrijo unas galeradas de Bunin». Alguien cerró la puerta de un piso de arriba. «¿El de Warner Bros, el conejo?» soltó Mario, sonriéndose y casi desvaneciéndose detrás de la puerta del ascensor. «El de la foto de antes, el que dijiste que era Chejov» respondió Rigoberta, seria: para ella la literatura no era cosa de risa, sino todo lo contrario. Una prueba de ello era su casa atestada de retratos, obras, manuscritos y pruebas de autores con y sin reputación. «El del clavo, pues» dijo con determinación Mario, y se fue. En la calle empezó a caminar con un sentimiento extraño. Así como por la mañana se había sentido dichoso por la sensación de seguridad que le había dado tener la pistola contra el pecho, o encañonándole, este encuentro le había dejado descalabrado. ¿No se pensaría que todo esto formaba parte de una broma macabra? A lo mejor sí, pero él lo hacía con buena intención. Se detuvo en uno de los pocos buzones amarillos que quedaban en la ciudad para enviar cartas y seleccionó la que escribiera destinada a ella. Ojalá saliese esa tarde a la calle y le hiciera caso. Tal vez Pedro y ella… Mientras iba pensando en esto, fue aligerándosele el corazón. ¡No podía fallar, seguro! Tras unos minutos deambulando por las calles se sintió fuerte para encontrarse con el torpe de Pedro. ¿Por qué pensó en él y no en Beatriz, Edmundo, Consuelo, Jorge o alguno de los otros? Sus pasos resonaban en la calle, ahora solitaria aunque transitada por un goteo constante de coches y motos. Se observaba en los cristales de los escaparates. Lo que le ocurría al identificarse en los distintos espejos es que la imagen que le devolvían y la que él tenía de sí mismo eran incompatibles, se sorprendía, se asustaba, se inquietaba. Ese de ahí no era él. ¿Cómo iba a serlo? Su rostro no era el que debería ser, ni su complexión, ni el aura que transmitía. Parecían dos imágenes contrapuestas, que chocaban: realidad e idea. Dio un par de saltitos, cambió el paso desechando la idea de reconocerse en la calle. Por este motivo necesitaba a Pedro. Sacó el teléfono móvil, lo telefoneó. Cuando le contestó, le dijo que se asomase a la ventana. Este obedeció y Mario le saludó con la mano. «¡Ábreme, tío, que tengo prisa!». Pedro hizo caso de inmediato y Mario penetró en ese edificio con una sensación de sosiego, amparado por la oscuridad, el olor a moho, a orina, a viejo de las cañerías de esa construcción de mediados de los cincuenta. Pedro fue a su encuentro en medio del pasillo, lo abrazó, le preguntó qué era lo que quería y si necesitaba cualquier cosa. Por lo general, la efusividad, la sensibilidad, la estulticia de Pedro era motivo de burla para Mario: se mofaba de su buena disposición, corazón generoso y credulidad. No ahora que, por un momento, estuvo a punto de llorar. Sintió que del pecho le brotaba algo caliente para arriba, más amargo que el reflujo pero también más cálido y entrañable. Recordó fugazmente una sensación parecida entre un Mario-niño y una Matilde-aún-joven-madre, un abrazo que le hubo reconfortado de una sensación neblinosa en el principio de su historia de amor frustrada. «Pedro, tenía que pedirte un favor…». Se quedó envarado, viéndose en los ojos de su amigo, bajo la luz mortecina del ascensor. Miraba detrás de él donde la puerta se había quedado abierta y dos perros mezcla de yorkshire permanecían con sendas colas con lazos rosa y azul respectivamente, esperando la orden para poder salir a la calle. «Dime, lo que sea. Que tú me telefoneases antes ha sido tan extraño… -sospechando algo, añadió-. ¿No será trabajo?». Desde hacía un tiempo estaba en paro y por este motivo tenía tiempo de educar a sus perros y de atenderlo a las cinco y media de la tarde, con esa efusividad y presteza. «Nada de eso -hizo un gesto indicándole la intimidad del hogar y el otro entendió, accedió, entraron en casa y fueron a la cocina: luminosa, amplia, con lo imprescindible, acaso heredado de unos padres acomodados en otra época. Es decir, viejo, pero cuidado y útil-. Tenía ganas de verte». Pedro le relató las bondades de sus perros mientras estos jugueteaban a su alrededor, le preguntó por lo que había estado haciendo las dos últimas semanas, pues desde entonces no había aparecido en ningún sitio, le refirió sus últimas entrevistas de trabajo y omitió la última fiesta a la que no le habían invitado a causa de ellos dos. Sin embargo, esa conversación que Pedro hubiera mantenido de mil amores, y que Mario parecía incapaz de soportar, no se dio. Mario sabía de su visita por las fotografías de Facebook, pero no iba a preguntar nada, no le interesaba, no quería meterse en un fregado, al contrario. Más tarde iría a verlos, sería su última visita. Tomaron cervezas, conversaron, Mario se dejó llevar e hizo tiempo dándole cuerda a Pedro. En cierto momento se descubrió a dos kilómetros y medio de ese sitio, en la habitación, acariciando el arma, feliz y seguro con la pistola en el regazo. Y Pedro se dio cuenta de que no le oía y le preguntó qué lo había traído aquí. «Me doy cuenta, bueno, sé que te molesto un poco con tanta tontería. Dime si puedo ayudarte». Su voz, franca, su rostro pálido y bonachón, su barba destartalada, su mentón afilado y sus dedos pelados a la altura de las lúnulas que delataban su nerviosismo, le ayudaron a relajarse. «Tengo que pedirte un favor, y te pagaré por ello. ¡No! No tienes que negarte a aceptar el dinero porque si no me lo aceptas no te pediré el favor ni que me ayudes». «Lo que -concluyó él- sería una putada que te haría. Bien. Sea lo que sea, lo haré». Los perros estaban sentados, mirándole mientras hablaba hasta que sonó un claxon y ladraron brevemente, dispersándose por la cocina. Alzó la mano derecha mientras bebía un trago de cerveza del botellín, sin dejar de contemplar a Pedro. Sonrió, introdujo la mano en la mochila y le dijo: «El otro día estuve en la peluquería, ¿sabes? No un barbero de esos de los de antes, sino una peluquería moderna. Y había una tía buena y una vieja. Me tocó la vieja, ¡ja! Y se me pone a hablar. Que si esto, que si lo otro…, me lava la cabeza, me seca, me sienta, que si esto, que si lo otro. Y me pregunta que cómo quiero que me corte el pelo. ¿Sabes lo que le digo? Me dice: ¿Cómo quieres que te corte el pelo, guapo? Y yo: En silencio». Pedro se rió, Mario, que había estado hurgando en la mochila, sacó el sobre. «¿Y qué te dijo luego?». Se encogió de hombros, despreocupado. «Me hizo lo que me ves», le respondió, señalándose un trasquilón sobre la oreja izquierda. Pedro abrió el sobre, contó el dinero aunque Mario le reconvino y leyó la dirección. «¿Y qué hago con esto? ¿Tengo que irte a comprar a la dirección que está escrita ahí?». «Sí, bueno, está pagado». «Entonces este dinero, ¿todo para mí? ¿Todo, todo? ¡Es mucho! -fingiendo sospecha, pero feliz-. ¿No será una pistola o algo ilegal?». Mario se echó a reír, sin poder controlarse. Las cervezas, el vino, el nervio le había subido. «Al contrario, de eso ya voy servido. Es un regalo que no puedo ir a buscar. Tienes que cogerlo y llevarlo a un sitio. Sobre todo, no debes decir nada de mí. Tienes que hacerme este favor. El dinero es para comprar tu silencio. Ahora júramelo». Pedro ni titubeó. Acató, sonriendo, le dio las gracias: «No, nada de eso: ¡júramelo por tus padres!». Pedro se emocionó y le juró guardar silencio. «Pero dime, por lo menos, qué es». «¿Sabes lo que son los órganos sexuales de las plantas?». «¿A qué te refieres?». Mario cambió de tema, miró su teléfono y fingió tener prisa, aunque siendo sensato, la tenía. Él, Pedro, tenía que hacerle ese favor esa misma tarde y él tenía una última visita inaplazable que cumplir. Salieron los dos a la calle. Mario le exigió que dejase a los perros en casa y aunque Pedro no solía salir durante el día sin llevar a sus dos perritos, con ese fajo de billetes y esa misión extraña, y esa compañía, le hizo caso. Al final de la calle, no pudo dejar de decirle, casi con admiración, lo distinto que estaba. «No pareces tú». «Sin embargo, lo soy», espetó Mario. Sugirió un atajo para Pedro y se despidió dándole un golpe en el hombro. Cuando llevaba unos diez metros, sintió vértigo. Se preguntó por qué este vacío lo arrebataba de su perenne tranquilidad de hacía unos minutos cuando Pedro reapareció de nuevo, abrazándole con notable fuerza. «¿Qué te has pensado?», exclamó Mario, empujándole y apartándose. Se sintió violento, vivo y le instó a que se dejase de agradecimientos, hiciera lo que había pedido, se diera prisa puesto que si no llegaba a tiempo al sitio, no serviría de nada. Cuando Pedro empezó a trotar en dirección contraria a la que él había tomado, puso un mensaje de móvil a Rigoberta en el que decía: «Por favor, si de verdad quieres saber de qué son las llaves, vete a la Calle Balmes con Rico. Te toparás de morros con la fortuna». Ella le respondió de inmediato que llevaba un ratito paseando por esa calle y él temió que descubriese a Pedro demasiado temprano. Pero eso ya no dependía más que de la fortuna. Comprobó que ya eran las seis y media. No era tarde, seguramente Gustavo no estaría en casa. Mejor así. Pondría en un sobre los papeles firmados y los dejaría en su buzón. Estuvo pululando durante un buen rato en la entrada, esperando a ver si alguien abría la puerta principal, pero como nadie lo hacía, llamó a distintos interfonos. Cuando preguntaron quién era, él respondió, como todo el mundo, que llevaba correo comercial y le censuraron: «Aquí no lo admitimos, idiota. ¿Que no sabes leer?». La voz de mujer, desagradable, lo dejó perplejo, pero feliz. ¡Qué temperamento! «Pues ábrame, que no tengo la llave y soy tu vecino del segundo», mintió. Y ella lo hizo, soltando un evidente resoplido acompañado de un nombre que no era el suyo pero que posiblemente le había hecho la misma demanda anteriormente. Junto a los buzones descubrió algo que le sentó como un cuchillazo, tranquilo y destruido a partes iguales. Matilde tenía su nombre puesto en el buzón de Gustavo cuando él ni siquiera se había dado el tiempo para quitarla del suyo. Los mejores amigos lo traicionaron al fin, por fin, al final. Le dolió como una mala patada, no porque no lo supiera sino porque en menos de un mes todo se hubiera formalizado de ese modo. Los amigos comunes los habían aceptado, nadie había tomado partido por él, ni siquiera se había sentido apoyado verdaderamente por los amigos que le buscaron entonces. Las llamadas, las citas, los encuentros, los mensajes, todo le había parecido hueco, vacío, estúpido. Solo esa pistola le había dado algo de orgullo, fuerza para seguir adelante hasta el final. Cualquiera que pensase que descerrajarse un tiro era cosa fácil, que lo viese a él ahora mismo, allí, ante ese buzón. Le temblaban las manos cuando extrajo de la carpeta los papeles y los doblaba e introducía dentro de un sobre vacío. Las manos le temblaban. Cuando iba a dejar el sobre ya que había penetrado la mitad en el interior del buzón, escuchó esas risas inconfundibles. Tantas veces en el pasado, tantas veces ahora mismo resonaban evocando su vida en común. Esa peca en medio de la espalda, enorme, asquerosa y adorada a partes iguales, esa leve cicatriz en el muslo izquierdo, mil veces reseguida por sus labios. Eran ellos dos, Gustavo y ella, que regresaban, apoyado él en el hombro de ella, vestidos a conjunto con ropa tejana, el cabello pelirrojo suelto, ondulado de ella, la calvicie cuasi absoluta de él, los ojos azules y verdes de ambos, el sol y la luna. «Oh, Mario…, no te he respondido antes porque no podía». «No te preocupes. Hola, Matilde». «Hola, Mario». Sincronizados los ojos de la pareja, descendieron a la par, evidentemente avergonzados. «¿Qué incómodo es esto, verdad? Venía para entregarte este papel, no sabía dónde te quedabas pero me imaginé que era aquí. Gustavo…». Este, envarado, se apartó a un lado mientras entraba una madre con sus dos hijos y llamaba al ascensor. Decidieron subir los tres. Mario reposado y tranquilo, con el sobre en la mano, ellos dos soportando el golpe. En casa, en el comedor, a la mesa, se tomó su tiempo para hablar, pues él había insistido con sus mensajes en que necesitaba hablar con él, y seguramente con ella. En la decoración de ese amigo querido había otra mano que lo había modificado todo sutilmente, igual que en el olor de ese hogar se registraba un ligero cambio que le evocaba momentos felices e infelices, trozos de vida. Y no solo ese olor, también había fotografías de ambos, tan recientes como terribles. ¿Dónde estaba él? En el espejo del escaparate se vio reflejado y esa triste figura, ese rostro terriblemente desolado, probable imagen que obnubilaba a la pareja, no era la suya porque él no se sentía destruido. A pesar de lo que reflejara su semblante, se dio cuenta de que estaba en paz consigo mismo. Y tras aceptar que ella fuera a preparar el café y reposar unos instantes hasta que estuvo seguro de que su corazón, aunque herido, retomaba su bombeo natural, soltó: «Es una situación incómoda, pero somos mayores. Tú, Matilde, lo siento mucho. Me he comportado como un gilipollas. Y tú, Gustavo. Sigues siendo mi mejor amigo. Olvida mis amenazas y que te rompiese una botella en el retrovisor del coche. Gustoso lo pagaré cuando tenga dinero». Ambos se quedaron desarmados y callados. Mario era violento, jamás había pegado a Matilde, pero no era esa su manera de ejercer la violencia. Se veía que tanto ella como él, sus enemigos, sus rivales, su amor y su mejor amigo, querían destacar todo eso, sacarlo, no dejarlo soterrado por unas palabras que no significaban nada, aunque fuesen un principio. Matilde se metió en la cocina mientras Gustavo, sentado en el lado opuesto a él, lo observaba, cabizbajo. ¿Qué decirle? Mario tenía el sobre en la mano, todavía, y esperaba, intranquilo, a que lo siguiente ocurriera, fuera lo que fuese. «Por un momento pensé -dijo, suspirando, con una sonrisa- que me ibas a matar. Pero habrías hecho bien». «Nada de eso. Disculpas», se sinceró Mario. El móvil le vibró. Imaginó a Pedro, recogiendo el ramo de flores repleto de notas y poemas dedicados a Rigoberta. ¿Se habrían topado ya? Mientras estaba pensando en esto, Matilde había regresado al comedor y con expresión circunspecta le puso delante de sí el café, él reparó en que la estaba mirando a los ojos y ella desvió la mirada un poco ruborizada. Se acercó a Gus, que le puso una mano en el hombro. «Tómate el café y vete, no quiero que te enfades pero no estoy preparada para afrontar esta situación». Tenía la voz estridente y a él se le encogió el corazón. Matilde dejó los dos cafés en la mesa y se fue a la cocina. «Por favor, ven. Probablemente sea la última vez que nos veamos». Gustavo intervino: «¿Te vas de viaje?». «A lo mejor» respondió, dubitativo. No iba a intervenir más. Dejó el sobre sobre la mesa. «¡Matilde! -gritó-, he firmado los papeles. Solo tienes que hacerlo tú y serás completamente libre. Por favor, hazlo». Ese era su regalo. Darle la libertad, a los dos, de estar juntos, y desvincularla de su vida. Matilde regresó como un gato desconfiado: primero se asomó y su sombra se proyectó contra la entrada del salón; después dio unos pasos y se plantó junto al sofá de sky negro, quieta, con la chaqueta tejana todavía puesta y las manos en el regazo, persiguiéndose. Después avanzó hasta la mesa, tomó los papeles y leyó. Los miró a ambos, a Gustavo le sonrió y a él le miró con cara de desconcierto. «¿Qué te pasa que me miras así?», le preguntó él, pues pensaba que ella estaría feliz, sin más, por ello. No que la desconcertase. Habían pasado varios meses desde que todo esto empezase. Era tiempo de avanzar. «Pensaba que lucharías…», su tono de voz era entre desconcertado, feliz y triste. Mario negó con la cabeza, se sonrió diciéndose que esa baza iba a ser suya. «No vales tanto la pena. Os merecéis el uno al otro. Y no, no es para ofenderos, lo digo de verdad. Firma, por favor, los papeles, y terminemos con esto. Gus es mi amigo. No lo jodamos a él también y hagamos las paces». Su voz fue una montaña rusa de inflexiones, subidas y bajas absurdas y vertiginosas. Si los otros lo entendieron, fue por pura casualidad. Y con todo esto, dijo, tomó la taza, sorbió el café ardiente, quemándole por el esófago y reventándole el estómago, y se puso en pie, sorprendiéndolos. Rebuscó en su mochila, dio con un bolígrafo y se lo tendió. «Firma y zanjemos esto. Ahora mismo lo enviaré y habremos terminado formalmente con esta pantomima». Gustavo, detenido en su asiento, esperaba la reacción de ella, no comprendía muy bien a Mario y parecía a la expectativa de lo que hicieran cualquiera de los dos. «¿Qué hago?», le preguntó ella a él, y este, oteando a uno y a otro como si fuesen dos montañas muy distantes y enormes, respondió: «Yo lo haría de inmediato. Es lo que queremos, ¿no? Perdona, Mario…». Este hizo un ademán restándole importancia. Se apoyó en la mesa, instó a Matilde para que firmase y cuando lo hizo, con una sonrisa, exclamó: «¡Fue bonito mientras duró!». Recogió los papeles, los metió en el sobre, se despidió a la francesa y salió dando un portazo. Buscó un buzón, pegó un sello con la saliva reseca que le quedaba y lo envió. ¡Adiós al matrimonio! Ni Gustavo ni Matilde le habían telefoneado aunque esta vez se había comportado como un caballero y consideraba que, en cierto sentido, los tenía que haber conmovido su actuación de antes. Le hubiera gustado que así fuera, de este modo este último encuentro hubiera sido menos amargo para él, aunque resultara del todo liberador. En cambio, Pedro y Rigoberta le habían escrito, cada uno por un lado, y en un nuevo grupo de WhatsApp ambos. Se rió, pues el nombre del grupo era «Bonita tarde con (y un emoticono con las flores)». ¿Se las habría dado en su nombre? Improbable. ¿Qué le habría dicho Pedro? Se fue caminando a su casa, con el corazón arrugado. Pronto disfrutaría esa pareja de un piso, pronto serían pareja, pronto se querrían, de eso no le cabía la menor duda. Tanto ella como él se miraban, tanto ella como él tenían buen corazón, ambos podían llegar a ser felices, seguro. Y ese piso que le legaba a ella había sido un buen lugar. A las malas podía venderlo, si no. Regresó a casa dando un rodeo. A cada metro que se acercaba a su hogar procuraba alejarse de este unos centímetros. De este modo, la vida se atesoraba conscientemente. Era completamente su vida. En el extremo oriental de la ciudad había un pequeño río. Le encantaría ser valiente y saltar, aunque no podía. Una nueva vibración en el bolsillo: Matilde le había escrito un mensaje. Leerlo sería herirse y no le apetecía. Lo que tuviera que contarle, ya no importaba. Deambuló hasta que los pies se negaron a seguir adelante con la tortura. A las diez de la noche estaba en casa, sentado en la cama, con el arma limpia, una vela sobre la mesita de noche, la televisión todavía encendida en el comedor, la música en la habitación fuerte, concentrado, preparado, dispuesto. Evaluaba su vida. Ojalá le hubieran gustado las flores a Rigo, pensó. Apuntó el cañón contra la sien. No era algo agradable, ahora ya no tanto como antes, pero era una salida digna de esa comedia, de ese vodevil en que había derrochado sus últimas semanas. Creyó oír un ruido, pero bien podía ser su imaginación distraída.

Del otro lado, y con paso elástico, se acercaba Matilde, que, sorprendida de que Mario no hubiera cambiado todavía la cerradura, venía con su maleta hecha a toda prisa para pedirle perdón.

 

 

Àlex Marín Canals (Barcelona, 1986) es un estudiante de doctorado de literatura española actual por las universidades de Alcalá y de Dijon (Francia), concretamente en el tema de “Los Nuevos Realismos” que abarca la novela española desde principios de siglo hasta la actualidad. Ha sido lector en la Université de Dijon y profesor de literatura española como profesor contratado en la misma universidad. Ha publicado sus ficciones en distintos medios (“Chomsky no lo haría”, “Agón”, “Cronopis”, “Palabras diversas”, “Revista Alba, París y Londres”, “Narrativas, revista de narrativa contemporánea en castellano”) y en una antología de relatos internacional coordinada por David Roas y José Donayre titulada 201. Lado A (Altazor, 2013).

Postulados es la sección que recoge los textos enviados de modo espontáneo por los lectores de penúltiMa y que han sido aprobados por el equipo de la revista para ser publicados.

La fotografía que ilustra el texto es obra de Paul Russell cuyo trabajo puede ser admirado en su página web: http://www.paulrussell.info