De la mano de la editorial Candaya, una de las editoriales que de modo más constante y coherente apuesta por la difusión de nuevas voces, nos llega la primera novela de Carlos Frontera que, hasta hoy, había publicado tan solo un libro de cuentos. En la editorial definen el humor que puebla el libro como «inquietante y espinoso», y acaso en eso adjetivos haya mucho más que la definición del talante que exhibe su autor en el libro para calificar al conjunto. La semana que viene lo pueden encontrar ya en librerías, de momento les dejamos el inicio de la novela para que les entren ganas de lanzarse en ella de cabeza tras haber practicado donde no cubre.

 

Lo segundo que hice al despertar de la anestesia fue llevarme la mano a la polla, un gesto, al contrario de lo que pueda pensarse, desprovisto de todo calor humano, carente de cualquier voluntariedad. Segundos después, mis ojos repararon en un reloj colgado en la pared de enfrente, un disco solar, visible desde la camilla, que marcaba las once y pico –el pico lo acoto entre las once y cinco y las once y cuarto–, señal de que todo había ido bien –o al menos lo suficientemente bien–, de que la operación se había desarrollado en el tiempo previsto.

Desperté de la anestesia en una camilla en una sala desierta, una sábana abrigándome poco. A mi izquierda, un biombo de tela translúcida delimitaba mi espacio. Al otro lado se extendía un silencio oceánico, un vacío de tantos metros cuadrados desperdiciados para nadie. El lado derecho de la camilla pegaba con la pared, en cuya superficie los ojos de buey de una doble puerta batiente eran los únicos testigos. Una luz incompleta, sin lustre, bañaba el lugar. La luz procedía de varios focos y abocetaba el alma de las cosas –el reloj de pared, la camilla, el biombo–, proyectando sombras poco definidas, mal perfiladas, ejecutadas por una mano perezosa.

Era la primera vez que despertaba de una anestesia y no me sentía demasiado mal, apenas un aturdimiento como tras espabilarme de una siesta truncada y una lentitud no exactamente mía, no exactamente del tiempo: una lentitud de la Tierra en su movimiento de traslación y rotación, no soy capaz de explicarlo de otro modo. Levanté las manos hasta situarlas en mi campo de visión y permanecí unos segundos mirándolas. Giré las muñecas como si me despidiese de algo, de alguien, flexioné cada articulación, cada falange. Por la forma de las uñas, por lo alargado de los dedos, por lo sombreado del vello las reconocí como mías, aunque no parecía tener control sobre ellas. Los dedos se agitaban sin que yo tuviese conciencia de haberles dado esa orden. El movimiento tenía lugar en otro plano, en un plano preconsciente. Como si en algún punto entre el cerebro y los dedos un cortocircuito hubiese echado a perder el cableado del que depende la motricidad.

Con esa extrañeza en lo alto, respiré con alivio y devolví las manos a la camilla, en paralelo al cuerpo. Erguí la cabeza y sentí un leve mareo. Me costó despegarla, como si mi pelo fuese de felpa y la almohada, un velcro. Cuando me repuse miré mis pies, es decir, el relieve de mis pies bajo las sábanas, y guardo no diría el recuerdo, la impresión más bien de que sonreí al ver cómo se movían esos bultitos de peluche, con la pesadez de dos animalillos que justo despiertan de su letargo invernal.

Sólo una vez concluida la revisión de mis extremidades, me llevé la mano a la polla.

Fue, no se me escapa, una reminiscencia del cerebro reptiliano, una señal lanzada al vacío cósmico por mis antepasados para asegurarse de que aún era capaz de procrear, que estaba en disposición de aportar alguna ramita a nuestro árbol genealógico.

Como si yo quisiera ser padre.

Como si tuviese el menor interés en engendrar una vida con tantísimas papeletas de repetir lo mismo, de pasar por lo mismo.

Como si alguna vez hubiese considerado la posibilidad de tender ese puente genético de abuelo a nieto.

Mi cerebro reptiliano no tenía ni puta idea.

Le faltaba un hervor.

Le faltaba pisar calle, ensuciarse las manos, arañarse las rodillas, pasar de la teoría a la práctica, ese salto evolutivo.

Cuando me aseguré de que la polla conservaba la sensibilidad, que percibía la presión de los dedos, me dejé caer del todo sobre la camilla y empecé a tomar conciencia del resto del cuerpo. El esqueleto me pesaba como si un imán tirase de mis huesos hacia abajo, y la musculatura, aun conservando su volumen, había perdido todo su vigor. En mi garganta ardía el trajín de la intervención quirúrgica. La sentía irritada y reseca, me costaba un mundo tragar saliva, a buen seguro como consecuencia de la intubación.

–Agua –un crujido de voz removió apenas el aire sin vida de la sala.

No hubo ninguna respuesta.

Ningún interfono crepitó en mi auxilio.

Ninguna puerta se dio por aludida.

Sólo muy al cabo me tanteé la nariz.

Como sin prisa.

Como con pena.

Como con frío.

Sólo muy al cabo reparé en que la tenía completamente taponada.

Aquí, un apagón.

Un agujero de gusano.

Mi dormitorio.

Qué.

El cuerpo incrustado en el colchón de mi cama, una raquítica bombilla delimitando, con sus 40 vatios mal apretujados, las fronteras de mi vida.

El aire pesa más de lo debido: resulta imposible moverse si no es a cámara lenta, si no es una articulación cada vez.

Miento.

No existe tal apagón. Si bien es cierto que a la lucidez de los primeros momentos tras despertarme de la anestesia le sigue un emborronamiento de la mente, lo que vino después, el paréntesis entre el hospital y el piso, no es tal vacío. Algo permanece, algún detalle pervive en mi memoria. Conservo flashes, fogonazos, instantáneas mal enfocadas, tomadas a contraluz, encuadres con demasiado aire a sus espaldas.

Alguien me alcanza una libreta y escribo, con la legibilidad que me permite el aturdimiento, que estoy bien. Le muestro la libreta a mamá. «Me han amputado la polla y tengo un incendio en la garganta, pero estoy bien», añado para tranquilizarla.

Miento.

Una enfermera empuja mi camilla a través de un dominó de puertas batientes. Desde este contrapicado, su anatomía adquiere tintes mutilados y prehistóricos: el cuerpo sin piernas se estrecha desde unas caderas descomunales y su cara permanece oculta tras el relieve de globo de sus pechos flotantes. Intento hacer un gesto de todo bien con el pulgar pero, en lugar de eso, me sale una peineta. Las caderas de la enfermera me sonríen o se sobresaltan.

Miento.

Una madre, un hermano, me acercan al piso. Insisten en acompañarme hasta arriba, les hago un gesto de todo bien con el pulgar de la mano derecha, busco la libreta y les recuerdo que «Me han amputado la polla y tengo un incendio en la garganta, pero estoy bien», subo solo.

Miento.

Al abrir la puerta del piso, el techo se me viene encima. No el techo: el aire del piso. Como cuando regresé de Madrid y medio armario desocupado, todas las estanterías melladas y un vacío de cómoda en el dormitorio.

Miento, miento, miento.

Ostento ese récord.

Ese rascacielos de embustes.

Probemos de nuevo.

Convalezco en mi cama, solo.

Hilo los últimos coletazos de la anestesia, algún remanente surca el entramado fluvial de mis arterias, con los primeros latigazos de la convalecencia, superpongo ambos estados. Fue una operación sencilla: desviación del tabique nasal. Apenas un par de horas, si todo iba bien, para devolver a la arquitectura de la nariz la estructura que siempre debería haber tenido y recolocar todo en su sitio: tabique, cartílagos, ¿la Rubia?

Tras lo cual, una convalecencia de al menos tres días en los que la nariz debía permanecer taponada. Unos apósitos introducidos en las fosas nasales se encargarían de ello, así como de enseñar a la nariz la posición correcta. Aprendizaje por fatiga.

Convalezco en mi cama. Mi cuerpo fibroso se reblandece bajo la luz turbia de la única bombilla que sobrevive en el dormitorio, la bombilla de una lamparita sueca sobre la mesilla de noche. Me baño en ese charco de luz. Mi cuerpo es una prolongación de esa luz: se desdibuja conforme se aleja de la mesilla: nítido el hombro derecho, sobre el que brota una islita de pelos como las cerdas en la frente de un gorrino, en penumbra el lado contrario del cuerpo, mi extremidad más bulto que pie.

Me avergüenzo de mi hombro.

Me avergüenzo del bulto de mi pie.

Me avergüenzo de mi respiración.

Me avergüenzo de mis dientes.

Me acerco a Dios.

Respiro por la boca, me cuesta coger aire. Los labios se me resecan, la lengua es un sapo muerto y el aliento se pudre en mi garganta. Intento concentrarme en la respiración, en la mecánica del aire al entrar y salir del cuerpo, pero un dolor agudo no tarda en encasquetarse entre ceja y ceja. Me froto eso. Pellizco eso.

En lugar de disminuir, el dolor se extiende como una meada de perro cuesta abajo. Empapa mi frente, escuece mis ojos, suda mis sienes, me acerca a Dios.

O sea, a la inexistencia de Dios, que es otra forma de acercamiento.

Nunca he creído en Dios. Ni siquiera de crío, cuando la credulidad aún estaba en carne viva y palpitaba bajo la esponja de mis tendones. Mi relación con Dios sucedía al margen de la fe, al margen de cualquier creencia, al margen de cualquier debate teológico. Dios no existía: Dios estaba. Se daba por hecho Dios, escapaba a cualquier cuestionamiento.

Mi ateísmo se revistió de discurso en noches interminables, mitológicas, en las que mi hermano y yo, envueltos en una oscuridad primitiva, una oscuridad coetánea de las cavernas, las paredes y el techo de las sábanas abrigando nuestra pubertad, descubríamos el mundo, describíamos el mundo, le dábamos forma de relato y, entre tanto por hacer, exponíamos los argumentos que probaban la inexistencia de Dios. De todos aquellos argumentos, de todo aquel trajín discursivo, nada más convincente que el cuerpo. Lo cósmico me abrumaba. Me sobrepasaba. Excedía mi capacidad de entendimiento. El cuerpo, sin embargo, me ofrecía una prueba tangible, abarcable, de la inexistencia de Dios.

Convalezco tras la operación, me duelo y vuelvo a no ver a Dios. Si recorro la frente con la mano, si exploro los senos paranasales, desde el maxilar hasta el hueso frontal, el dolor está ahí. Un dolor mayor que ay.

Sin lesión de por medio, sin ninguna magulladura que se interponga entre mi cuerpo y la experiencia de mi cuerpo, la relación con él es la misma que con Dios cuando crío: el cuerpo no existe: está.

Una lesión pone las cosas en su sitio. Nada me acerca más a Dios, o sea, a la inexistencia de Dios, que una lesión. Una lesión me hace consciente de ese milagro de huesos, tendones, músculos, órganos y humores que conforman mi cuerpo. Varias horas o días en cama –el dolor altera el engranaje del tiempo– sin apenas variar de postura han lastimado mis lumbares. Si estiro la pierna, siento un trallazo en la espalda baja, a la altura del sacro. Trato de incorporarme para aliviar la molestia, me muevo como en un charco de resina, como si pretendiera pasar inadvertido. Me veo obligado a cambiar de posición con frecuencia para evitar que la espalda se contracture, que el brazo se entumezca, que la sangre no irrigue mis pies. Se revela un mecanismo de compensaciones, inclinaciones imperceptibles del tronco, involuntarias, que mi cuerpo realiza para evitar el dolor de espalda, lo cual provoca que se sobrecarguen otras articulaciones, otros grupos musculares que, hasta entonces, se habían mantenido a salvo.

El cuerpo se provoca daño a sí mismo para evitar que un daño preexistente vaya a más.

Hay alguna enseñanza en eso.

Esta interconexión prodigiosa, este mecanismo de compensaciones y prevención me hace no creer en Dios sin ninguna sombra de duda. Es imposible, es humana y divinamente imposible que ningún Dios haya concebido algo así. Nadie, nunca, podría imaginarse algo como un cuerpo antes de que existiese un cuerpo. Si Dios, o cualquier otro, hubiese pensando un cuerpo antes de cualquier cuerpo, habría enloquecido o habría desistido a las primeras de cambio.

Lo habría dejado por imposible.

Lo habría dejado por disparatado.

Un cuerpo sólo puede ser producto del azar o una metedura de pata cósmica. El milagro de un cuerpo anula cualquier posibilidad de Dios.

Mi convalecencia se impregna de Dios, rezuma Dios, deja a Dios en bragas, anula a Dios.

Veo a Dios en todo lo que no es Dios.

Creo en mi dolor.

Le rezo a mi dolor.

Me alimento de él.

Me incorporo sobre los codos, retiro la sábana y observo mi cuerpo, nublado aún por los efectos de la anestesia y por la mala luz de esta habitación.

No confío en lo que veo.

Sin confianza no se llega a ninguna parte, o se llega mal.

Desconfío de mis uñas.

Desconfío del bosque de pelos que cubre los 188 centímetros de mi geografía.

Desconfío del eccema que aparece cada tanto detrás de mi oreja. Lo rasco con furia, con los nudillos, para evitar que sangre, y pienso que es ahí, justo ahí, donde los extraterrestres implantan chips a los abducidos antes de devolverlos a la Tierra.

Todo lo humano me resulta ajeno.

Desconfío del frío.

Desconfío de los surcos que deja el elástico de los calzoncillos en la carne de mis caderas.

Desconfío de mi voz andrajosa, carcomida por la irritación causada por la intubación.

Desconfío de mis erecciones.

 

Fotografía de Isabel Wagemann

Carlos Frontera nació en 1973 y vive en Sevilla.
Es autor del libro de cuentos Andar sin ruido (2017).
Eco es su primera novela.