No está al alcance de todos los autores inventar un género, aunque sea uno muy geolocalizado y casi comarcal. Pero Francisco Bescós ha sabido sacarse de la manga el “espárrago noir”, que transcurre siempre en los paisajes de La Rioja Baja y que no tiene nada que envidiar a las muestras del policial que llegan allende el charco. Una realidad más turbia de lo que pensamos que está ocurriendo aquí al doblar la esquina. Este es el inicio de su nueva novela, El porqué del color rojo, editada en Salto de Página.

 

DÍA CERO

20:00

Madrid es una buena ciudad para las cucarachas. El coronel Adolfo García se pregunta cuántos de estos insectos desfilarán ahora mismo tras las molduras de escayola de la cafetería en la que se encuentra. Si son capaces de hallar alimento en cualquier yermo, más aún en un local tan elegante como éste: restos de comida, silicona para sellar el alicatado, pegamento para arreglar jarrones chinos, lascas de piel de octogenarios, pelo desprendido de visones de diez mil euros, pañuelos de papel rociados con estornudos en el fondo del paragüero y sabe Dios cuántas delicias más para un paladar tan exquisito como el de la cucaracha madrileña. En verano el calor las hace salir. Obliga a los viejos camareros de pajarita (esos que parece que sólo sobreviven en la capital) a perseguirlas con un periódico enrollado. Cualquier cosa antes de que un cliente las vea. Ahora que empieza el otoño, regresan a sus escondites recónditos: la caldera de carbón, la campana extractora, la cisterna del retrete, el falso techo, las tapicerías, el parqué flotante. Todo está lleno de cucarachas. No hay insecticida para tanta cucaracha. No hay balas ni Cetmes para tanta cucaracha.

El coronel García lanza una mirada en derredor para despreciar cuanto ve: el terciopelo, las ancianas señoriales que meriendan su chocolate, los cuadros cinegéticos… Lleva frecuentado esta cafetería años y nunca la había encontrado tan rancia. Siempre había pensado que era el tipo de local adecuado para él, un hombre clásico que se viste por los pies. El típico refugio decadente para el nostálgico vecino del barrio de Salamanca. Madrid. España. Sin embargo, hoy no reconoce su refugio, quizá porque no se reconoce a sí mismo. Su mirada se detiene una vez más en ese espejo que hay tras la barra. Se encuentra de nuevo frente a frente con su corbata: un trozo de seda azul estampado con una lluvia de graciosos tomatitos. Aún no se la ha quitado. Se la ha dejado puesta desde por la mañana, como un cilicio que estrangula su orgullo, una penitencia para expiar su error.

El coronel García se permite delegar pocas cosas en su vida. El vestuario, cuando no ha de vestir su uniforme de la Guardia Civil, es una de ellas. Mercedes suele escogerle las chaquetas y las corbatas. Él es un hombre recio, un hombre como dios manda, no entiende de modas, no entiende de esas cosas, está bien que su mujer le oriente. Pero esta mañana vio la corbata de los tomatitos sobre la colcha, entre las prendas elegidas para asistir a la comida del general Planas («Sin uniformes, por favor», indicaba la invitación del general). Se quejó a su mujer, diciéndole que iba a parecer un mariposón. «Está muy de moda», respondió Mercedes. «El otro día la llevaba Alfonso Ussía en la televisión». Al coronel García, en ese momento, no le pareció inverosímil que el siempre distinguido Alfonso Ussía se dejase ver con semejante mariconada. Sin embargo, ahora que vuelve a contemplarse con ella en el espejo, no sólo le parece inverosímil, sino una absoluta invención de Mercedes.  Pero ya es tarde. La mención al escritor fue suficiente para que García aceptase el nudo Windsor alrededor de su cuello.

«Bonita corbata, Adolfo», le dijo Planas a García al saludarlo con una sonrisa en los labios. «Pásate por la cocina a que te den aceite y sal y nos la comemos de entrante». Que Planas sea un superior no hace sus bromas más graciosas que las del resto de la gente. Y, para García, las bromas del resto de la gente nunca tienen ni puta gracia. Tras fingir (con su absoluta falta de talento para fingir) una carcajada, afirmó: «Alfonso Ussía la tiene igual». A lo que el general respondió: «Buen tipo, Alfonso Ussía, le conocí el otro día en… Perdona, que está aquí el coronel Serna, voy a saludarle». Durante la agradable comida no se volvió a mencionar la corbata ni a Alonso Ussía. Pero ya no importaba, el ánimo de García se había hundido.

Planas había invitado a su casa a varios altos mandos del cuerpo, una comida de hermanamiento, la llamó él. El general, con una impecable corbata de rayas oscuras, hacía lo que mejor sabía hacer: hablar con todos, relatar anécdotas, lucir sus extraordinarias aptitudes para contar un chiste sin perder un ápice de dignidad. «Política» se dijo García, quien hubiera preferido que le sometieran a una buena ración de patadas en los cojones con un zapato puntiagudo antes que pasar tres minutos más rodeado de todos aquellos cantamañanas. Nunca ha sido, García, de comidas de hermanamiento ni de meriendas en torno a un brasero. En esas reuniones sólo encuentra podredumbre, corrupción, charla vacua y peloteo.

García ha honrado el lema «Todo por la patria» más que cualquiera de los lameculos que este mediodía llenaban sus estómagos en casa del general Planas. En la historia de la Guardia Civil no ha habido juramento de bandera más sincero que el suyo. Y, sin embargo, por carecer de esa cualidad que el general Planas sí posee, la destreza política, ahora él está por debajo en el escalafón.

Pensando en esto, sentado a la mesa del general, los hubiera enviado a todos a tomar por el culo. No: los hubiera enviado a todos al Norte, donde él desempeñó sus servicios tanto tiempo, Cetme en mano, domingos de encierro y miradas bajo el coche todos y cada uno de los días de su vida. Los hubiera enviado a todos allí, a aprender que por España se arriesga la vida, a aprender que las cosas no son como se pintan en los ministerios de Madrid, a aprender qué se siente cuando una pintada en la pared te convierte en blanco.

Que les follen a todos ellos, que sorben las putas ostras bañadas en limón del general Planas. García había tirado la toalla tiempo atrás. Le había importado una mierda que su carrera se quedase estancada. El problema, el motivo por el que hoy ha tenido que soportar una comida en compañía de tanto gilipollas, ataviado con una corbata de tomatitos y haciendo esfuerzos por halagar al general, tiene nombre: Francisco Javier García, su hijo.

¿Qué hizo él para que el niño le saliera tan tonto? Mercedes dice que pasar la infancia encerrado en una casa cuartel guipuzcoana no debió ayudar mucho al desarrollo psicológico de Francisco Javier. Pobrecito, mi niño, marginado por ser hijo de txakurra. A Mercedes le gusta el reproche. No entiende que ahora puede vivir en la casa en que vive gracias a las compensaciones que se ingresaron por exponer el culo en el Norte. Un premio a tanta noche sin dormir, a tanta pesadilla. García trabajaba mucho en aquellos tiempos; de hecho, en aquellos tiempos era difícil distinguir el trabajo del resto de la vida. Trabajaba tanto que no se dio cuenta de lo de los porros hasta cuando ya se había convertido en un problema. Francisco Javier tenía sólo 14 años. «¿Quién cojones te pasa esta mierda? ¿Eres drogadicto? Tú lo sabías, Mercedes ¿verdad?» «Tranquilo, Alfredo, no te pierdas, por Dios, que sólo es un crío» «¿Un crío? ¿Sabes qué edad tenía el muchacho al que hemos metido hoy a interrogar? ¿Sabes lo que llevaba en la mochila?» A pesar de todo, aquello resultó bastante soportable.

Otra cosa fue cuando en la mesilla de noche del muchacho, a los quince años, apareció un mechero con la inscripción «Jotake» y un folleto con el membrete de la serpiente y el hacha. Aquello no tuvo ni puta gracia. Ni el castigo, tampoco. Lo primero que hizo fue llevarse al chico al anatómico forense; allí le obligó a ver los restos aún calientes de la víctima de un tiro en la nuca. Por si la lección no se le quedaba bien grabada en el alma, la repasaron a bofetadas durante toda la tarde. Por la noche a García ya le dolía la mano y el alma de todas las hostias que le había dado al chaval; se sirvió una copa de brandi y se sentó en la cocina de su apartamento de la casa cuartel. Entonces se dio cuenta: aquello era un aviso. Al niño le importaba una mierda la lucha de ETA, la independencia de Euskadi o la condición de los presos. El niño quería joderle.  Sólo joderle. A él. A su padre. Pero, ¿por qué? «Porque no estás», pronunció Mercedes, robándole de sus propios pensamientos una respuesta que él ya conocía.

Así que, a partir de entonces, estuvo. En primer lugar, hizo prevalecer todas sus prerrogativas por haber pasado tantos años cerca del plomo. Escogió cambio de destino: Soria, su localidad natal. Allí se propuso conocer bien a su hijo. Le sacó una licencia de caza y ambos disfrutaron de largos fines de semana disparando contra venados y jabalíes. Durante las noches, en la fonda, cerca del fuego, se sinceraban. García le contaba, como si fueran divertidas anécdotas, momentos en que su vida había corrido peligro: intervenciones arma en mano, controles de carretera en que se sale picando rueda, ataques con granadas contra el cuartel… Al chaval le emocionaban esas historias. Estaban llenando el vaso de una distorsionada vocación, que tenía más que ver con las películas de Chuck Norris que con el servicio al ciudadano. Por su parte, Francisco Javier reconoció que había llegado a participar en alguna manifestación en Donosti, que había lanzado piedras contra los beltzas y había ayudado a quemar un cajero. García escuchó asombrado que los amigos de su hijo no sabían que, después de todo el jaleo, tomaba un autobús al pueblo y se iba a dormir a la casa cuartel, y no precisamente al calabozo. «¿Crees que me habrían hecho algo si llegan a enterarse?» «Creo que lo que hiciste no fue demasiado inteligente. Pero ya pasó».

Francisco Javier entró en el Cuerpo en el 93, siendo aún muy joven. Ingresó a la academia de polillas, como se les llama a los hijos de los guardias civiles. Su padre, que por entonces había vuelto al Norte, atraído por la enfermiza llamada del riesgo, o por la necesidad de ocupar el puesto de macho alfa en un terreno conocido, le sacó de varios líos disciplinarios. Ni las drogas ni la ideología eran ya un problema, pero Francisco Javier tenía dificultades para reprimir su ira. Y eso, cuando se trabaja con pistolas, supone un  serio inconveniente.

En la actualidad, Francisco Javier tiene rango de teniente (en proceso de obtener los galones de capitán). Ha estado implicado en varias colisiones con coches del Cuerpo, en amenazas a otros conductores o viandantes, en denuncias por abuso con violencia y en un misterioso balazo en el pie que sufrió un subordinado.  Hace cuatro años recibió su último expediente disciplinario: sacó su pistola en una boda y amenazó al pinchadiscos con que lo mataba si no ponía inmediatamente una de José Luis Rodríguez El Puma. La cosa no habría ido a mayores si no se hubiera tratado de la boda del hijo de un comandante de la UCO. Se habló del tema y trascendió: «El chico del García está como una puta cabra, tú». Esto acabó con los planes de su padre de colocar a Francisco Javier en un destino tranquilo y manejable, alejado de las miradas de los superiores y de la burocracia central.

Había surgido la oportunidad de que Francisco Javier ocupase el cargo de responsable de la casa cuartel de Calahorra, un cuartel fácil y apartado, en el que sus salidas de tono no tendrían repercusión. Sin embargo, lo de la boda había enviado esos planes al carajo. Y, para más inri, el puesto se lo había llevado la teniente Lucía Utrera, una jodida traidora. Esa maldita gorda había estado a las órdenes del coronel en aquellos años del Norte. Había resultado ser un dolor de huevos permanente. La decisión era humillante. Había que revertirlo todo.

Así que, mientras el chico se saca la oposición a capitán, el padre le hace la pelota al general Planas para que se reconsidere lo de Calahorra. A fin de cuentas, la casa cuartel de aquella ciudad riojana siempre ha estado comandada por un capitán. Sólo la carestía de medios hace que una teniente de la policía judicial esté actualmente al mando.

El coronel mira una vez más su corbata de tomatitos. Y de pronto siente que no se merece cargar con semejante cruz. No, bastante ha hecho por los demás. Se deshace el nudo y se arranca la corbata. Apura la copa de brandi (la segunda de la tarde).

—¿Qué le debo?

—Tres cincuenta.

—¿Sabe lo que me debe usted a mí?

—¿Perdón?

—Nada, nada. Sólo era una broma.

El coronel García experimenta un repentino cambio de humor. Se siente de pronto extático, seguro de lo fácil que lo tiene, a pesar de las corbatas equivocadas y de su nulo talento para el arribismo. Si el niño no le falla, pronto escalará en el rango. Él hará su parte: le conseguirá Calahorra. No es que aquella localidad importe más que otras. Pero dársela a su hijo es la forma de deshacer la humillación que el nombramiento de la teniente Utrera le ha infligido. Pronto, esa gorda cordobesa se convertirá en una subordinada de su hijo. Una más a la que hacerle la vida imposible. Porque tiene cojones que una traidora como ella, que flaquea en los momentos más inoportunos, que naufraga en un mar de nervios y sensiblería, pase por encima de él, el coronel García, que tanto ha hecho por el Cuerpo, la patria y el ciudadano.

El coronel arroja la corbata de tomatitos al paragüero cuando sale de la cafetería. Se enciende un cigarro y echa a andar hacia casa. El alcohol de los dos brandis endurece los veredictos de tantos juicios que ahora mismo cruzan su cabeza: la teniente Lucía Utrera, el general Planas, Mercedes, la casa cuartel de Calahorra, el Cuerpo, los vascos, los españoles, la patria, el mundo,  «No saben lo que me deben». No, no lo saben.

Aunque alguno, sí. Hay quien sí lo sabe. Hay quien no olvida sus deudas. Como esa persona que sale al paso del coronel, surgida de la oscura rampa de un garaje. Y comienza a seguirle. El coronel hace tiempo que perdió la costumbre de mirar a sus espaldas cuando camina por la calle. Cosas de los tiempos de paz. Aún así, la persona mantiene la distancia. Sabe que el coronel va armado porque los hombres como él van armados y porque la protuberancia en su chaqueta,  bajo la axila, confirma que  sí, que va armado. El coronel se detiene ante un enorme y desierto portal barroco. Una entrada a un edificio majestuoso, pero apenas iluminada, porque, vaya por Dios, justo esta semana se han fundido cuatro fluorescentes a la vez y al conserje aún no le ha dado tiempo de acercarse a la ferretería de la esquina a por recambios. Esto le viene muy bien a la persona. Necesita oscuridad para lo que tiene pensado hacer. También necesita acelerar sus pasos tras el coronel cuando este entra en el portal. La persona estira el pie izquierdo justo a tiempo de evitar que la puerta metálica se cierre. Hacía mucho tiempo que la persona no experimentaba una sensación parecida. Y, aún así, parece que fue ayer la última vez.

 

Francisco Bescós (Oviedo, 1979), es publicista y escritor. Ha trabajado como redactor creativo para grandes marcas en agencias de publicidad multinacionales, y compagina esa labor con la literatura. Maneja registros literarios muy diferentes, desde el género negro canónico hasta el humor absurdo. En 2014 gana el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, con la novela El baile de los penitentes, publicada por la editorial Almuzara. Su segunda novela fue El costado derecho (Salto de Página, 2016).