Decía Machado, Antonio, el poeta en el que culminó el Romanticismo español, no confundir con el iniciador de las vanguardias, Machado, Manuel, que “quien habla solo espera hablar a Dios un día”. El soliloquio nunca es solitario, y por eso incomoda al que lo escucha sin ser su destinatario. Hay algo de intromisión, de vulneración es atender a un soliloquio. Los que leen lo saben y son verdaderos aficionados al gesto prohibido que supone atender a un soliloquio. Pero eso es porque la lectura, como todas las cosas que merecen la pena, es una perversión.
  Algunas veces le rezo a mi Dios en la cocina, el dormitorio o el baño, y él me saluda.   Antes, yo también creí que era imposible. Entre el silencio que uno pudiera conseguir encontraba palabras; y en las palabras, ruido. Y esas voces, por llamarlas así, eran algo de locura: conceptos repetidos como reflejos, acusaciones, muchas excusas, vergüenza, venganza, voluntad, miedo: el laberinto que somos. De todas formas, no vayáis a creeros todo lo que suena bien cuando se escribe. Ratos, lo que se dice sacar ratos para uno: en la adolescencia… luego casi nada. Por eso, ahora que me he convertido; o con más propiedad, que me estoy haciendo, me siento otra vez como un chico joven, un poco: alterado, perdido. No se trata de una sensación todo el tiempo agradable; aunque es nueva. Exploro algo, eso sí, estoy explorando; también a veces me asalta el deseo de regresar adonde estaba. Porque sé que ante mis amigos no soy el mismo, no me esfuerzo en ocultarlo; tampoco ellos me lo hacen notar; todos lo sabemos. Incluso me hace daño la sensación de que los he abandonado. Recibo la siguiente imagen: ellos han bajado al muelle, se han subido a un barco y zarpan. Yo me quedo. Nos miramos con cariño, y lástima, empezamos a despedirnos; ellos ya a bordo, agarrados a la baranda, yo en tierra queriendo decir adiós con la mano. ¿Adónde irán? A una vida loca, más loca aún, a la ciega aventura. Van corriendo a disfrutar, a resistir; esto les hará reír en sus veladas en alta mar. Seguro que cantan. Mis amigos se marchan a la locura de la vida antes de toparse con la muerte, solos y felices. Siento, de repente, deseos de unirme a ellos. Pienso: aún estoy a tiempo, salto, me cuelo en su embarcación y los acompaño. Me recibirán con gozo. […] No. Ya no puedo hacer eso. Desde que se dio el paso, no me pertenezco. Conque dejo que se vayan. Mi mano cae a mi costado, siento mis ojos húmedos, pero mi boca está firme. Entonces tengo que volver por un camino que sube haciendo eses hacia la loma adonde, en lo más alto, hay el santuario en que habita. Me apetece subir, incluso con esa como vergüenza por haberlos abandonado que me pisa el corazón. Lo lamento mucho, compañeros, yo tengo que, quiero, subir hasta él. Desde esa altura que he alcanzado me vuelvo; se distingue todavía unos momentos la manchita del barco yéndose por la superficie admirable y blanca.   Me adentro en el lugar sagrado, habiendo dejado en el umbral esos pensamientos. Me recibe el silencio de imágenes y antigüedades, de claroscuros y pasos desaparecidos, presencias fantasma, total ausencia. De todas formas, la legión de creyentes que hubo ha depositado ahí como un aire que me persuade; a través del cual penetro aún más, avanzando, hasta un lugar apropiado para mí, un lugar discreto junto a una columna desde el que se ve todo sin descubrirse mucho. Me siento en uno de los largos bancos, que suena en el templo; cuando pasa solo escucho que me quedo callado, fácilmente, igual que hacía entonces, para hacer lo que ahora he aprendido.   Dice la Biblia en el Primer Libro de Samuel, capítulo 3: en aquel tiempo era rara la palabra de Yahvé, y no eran corrientes las visiones. Sin embargo en el mismo pasaje se dice también: no estaba aún apagada la lámpara de Dios. Yo veo delante de mí esa lámpara, en la que una lucecita roja está temblando, moviéndose siempre con un espíritu manso. Ni toda la luz dada por el sol de afuera, ni la penumbra creada en el interior tienen que ver con ella. Se parece más al fuego íntimo de la intimidad del ser humano, el que no vemos, al que no escuchamos, del que apenas sabemos conversar, que nos espera en todo momento, y quizá nos salude en el instante de la muerte como la gran ocasión perdida. Yo lo saludo, sentida la singular advertencia. Él persevera en su paz infinita. Continúa el texto divino diciendo que había un muchacho acostado en el santuario. Yo imagino aquel ambiente: un espacio amplio, el suelo de mármol, rincones muy oscuros hasta donde las teas no alcanzan, la soledad resonante de la nave a un lado y a otro, con que separar los distintos lugares según su jerarquía, cortinas altas, solemnes, que cuelgan del techo, el altar suntuoso levantado frente a la gran puerta, decorado con algo de oro, poco, y maderas nobles; junto a él un trípode que sostiene el lucernario, y en su centro el pabilo vacilante de una vela, desprendiendo un pobre resplandor dispersado hasta agotarse por entre las telas de aire de la sala en penumbra. No estaba aún apagada la lámpara de Dios, afirma el texto de la Biblia, aunque en aquel tiempo era rara la palabra de Yahvé, y no eran corrientes las visiones. Mientras tanto, en un rincón habilitado, yace dormido el jovencito. Un crío a quien nadie echa cuenta. Veo al muchacho que duerme con despreocupación, ajeno al pesar de lo sagrado como al violento torbellino de la guerra que se cierne sobre los pueblos; ahí reposa a salvo de todo. Quiero ser yo ese muchacho, me convierto en ese muchacho que ahora se ve sentado humildemente en un banco a prudente distancia, meditando si siendo un hombre de mi edad, con mis hijos a cuestas, mis mujeres y amantes, con mis trabajos incompletos, con mi mala filiación y mis traiciones, podría renacer en otro espíritu. Quisiera descansar como él, que mi carne descansara serena sobre una yacija de heno, protegido por el resplandor de ese lugar santo que nada perturba. En donde cierro los ojos y sueño.   Me levanto de un golpe, me afeito, me ducho, a toda prisa tomo el desayuno, saludo a la chica que ha llegado para atender a mis hijos que comparte un café, antes de salir de casa, me vuelvo a la habitación, me siento en la cama sin hacer, aún caliente. Ahí aprieto los ojos. No es cómodo el lugar para rezarle. Como soy nuevo, me escucha. Bajan palabras dulces muy animosas que me confortan. Veo que no tengo que buscarlas mucho, pues me llegan fácilmente, al menos por ahora; no sé si acabará algún día. Las recibo hasta el mareo.  Espero que podáis entenderme. No mis amigos. Y os juro que, en el momento de dejarlo, sufro una separación dolorosa como de dos amantes a los que no les alcanza ni con todo el tiempo comprimido del día. Me arranco del encuentro a voluntad, o no me voy, hasta alguna vez he llegado tarde al trabajo. Qué fiesta en mi corazón; qué emoción bajar las escaleras de la casa en que vivo, la alegría de coger el coche hasta el atasco, aparcar y seguir caminando en una mañana que lo ignora casi todo sobre nosotros y sobre el verdadero funcionamiento del mundo.   Pienso en mis hijos, que no son ese muchacho, que no heredarán mi fe. Quizá aprendan, ojalá aprendan algo de sus buenas madres. Y, de mí, el entusiasmo. Mi Dios derrama su bondad sobre mis oídos, una nube se llena en mi cabeza, me vibra el pecho de sucesos intangibles, ablanda mi carne, acaricia mis ojos. Las palabras que leo en mi libro recién comprado son todas y cada una revelaciones; no he leído nunca nada parecido. Sé que nadie ha leído nunca nada comparable. Me estoy un rato ahí, en la incomodidad poco sensible a la religión del colchón de mi cama; me demoro en el coloquio; hasta que debo echar un vistazo al reloj en la mesilla. Siempre se hace tarde. Como no puedo despedirme sin más a causa de su lazo, le ruego que me permita salir; y lo distraigo con la artimaña de besar el libro entre sus páginas abiertas, un instante previo a cerrarlo deprisa y esconderlo en el cajón. Ya estoy de pie, con ese tirante dolor llego al pasillo. La chica me mira desconfiando de la luz azul que, lo noto perfectamente, se me instala en la cara.   Pienso en mi Dios. Ahora se me cuela en situaciones donde nunca estuvo. No penséis mal, no es un extraño que viene a estropearnos la verdad. Quiero decir que percibo esa perspectiva que brinca a una altura inconmensurable, y desde ahí, antes de caer bruscamente, avizora. No voy a explicarlo. Desde que le doy a la oración, el día de delante consiste en una unidad, separable de ese momento único interior que me pertenece. Yo estoy aquí, el mundo de las cosas ahí enfrente. Somos heterogéneos, absolutamente extraños uno para el otro, a menudo incompatibles. Para entrar en él he de dar algo semejante a un salto, en el que siempre soy yo quien sale perdiendo; no es atractivo zambullirse, es necesario –solo eso–. Luego, cuando he entrado, me olvido de lo que recé y de a quién, etcétera, y para qué; me convierto en una persona normal. Compito, ladro como los mejores, me desangro en la repartija; sufro amenazas, adulaciones, mentiras, prisas, riesgos; a consecuencia de todo lo cual vuelvo a casa reventado en cuerpo y alma (la gente dice, a veces, que no son suyos). Una estampita, vamos. Pero no echo nada de menos, es lo que hay, mejor, esto es lo que hemos decidido darnos unos a otros.   Atender a los críos, preguntarle a mi vecina cómo ha ido todo, darle cada día de nuevo las gracias por su generosidad, conversar con ellos de esenciales cuestiones, permitirles que vean la tele, ponerles la cena, acostarlos, contar alguna de las historias que les interesan. Apagarles la luz. Y vuelta a mi soledad. Entonces pienso en las mujeres que han vivido conmigo. Me pregunto a cuántas he amado, y cuáles me han querido. Bueno, ciertamente no se trata de pensamientos sino de sensaciones que me visitan más que otra cosa; nunca he sido de remover el pasado, ya por miedo o por indiferencia, o por una limitación física que me veta recuerdos precisos: me comporto como un miope de la memoria, veo desenfocado. La ventaja es que retornan jirones de experiencias agradables, pues lo poco que me queda es lo mejor de cada caso, y me complace revivirlos, me devuelve la felicidad. Alguno tal vez piense que en esta nueva época que he empezado, revisar la vida anterior ha de ser un paso imprescindible: aceptar los errores, asumir los fallos, qué haces cargado de hijos habiendo perdido a alguno, con tantas historias ruinosas y ahora ya solo, pecador, obligado al arrepentimiento antes de seguir. Y, sin embargo, nada de eso. No he caído yo nunca en la tentación de la culpabilidad; menos ahora. Nada me agobia; aunque lamento el mal que pueda haber hecho, no me esclaviza, en realidad, no me interesa. Nunca he sido yo partidario de darse uno contra las paredes de atrás, ya lo dije, esta miopía me ayuda.   Los días transcurren como antes, de otro modo. Sé que estoy al comienzo de un camino, me alargo de días; me embarga una especie de optimismo, como si al azar venidero le cayera simpático. Hace un tiempo, mi hijo Vigor me robó las monedas que guardaba para pensar mis años, el tío se las bebió de una vez. Empleó precisamente las que yo había seleccionado para contar mi vida. Me enfurecí con él; en realidad no porque hubiera tonteado con el alcohol, eso tarde o temprano iba a pasar, sino por su desprecio. Su falta de respeto era lo que me había herido, que me hubiera borrado para tratar de expandir su propia vida, insensible hacia mi muerte. Que me había derribado de su horizonte. Sin embargo hoy ya lo he perdonado; he dado un paso adelante. ¿Y no he matado yo a mi pobre madre, y no he matado al desgraciado de mi padre? ¿Es que no los abandoné? (Y he repudiado a mi hermana.) Siempre repetimos lo que otros nos hicieron. He aprendido a mirar en el fondo de los ojos de mi hijo, y a ver el salvajismo de su inocencia. Ahora puedo ya abrazarlo, aunque él no quiera mis brazos. Mi vida zozobra; no se hunde. Hay calor en ella, un horno encendido que resiste a apagarse. Las facturas pesan, los horarios me aturden, me esfuerzo hasta la náusea. Veo una brutalidad sin fondo rodeándonos que da vértigo. Cada pasito que doy es casi leve de pura inconsistencia, provisional y falible. Siento que me escapo vivo por los pelos cada semana. Y mi familia conmigo. Son sensaciones difíciles de explicar.   Entonces vuelvo a esa luz roja temblequeando en el santuario; a la penumbra espesa y al silencio que rodean al muchachito que duerme bajo la palma de la voluntad de un Dios todopoderoso. Nadie lo sabe, porque a nadie le va a importar lo que haga esa criatura ahí. Un adolescente sin valor para nadie, que carece de fuerzas para agarrar una espada o empujar el arado, una carne blanda sin formar todavía. Un chico que duerme, sin más. La Biblia reconoce que en aquel tiempo era rara la palabra de Yahvé, y no eran corrientes las visiones. Pero que cierto día estaba el anciano Elí acostado en su habitación –sus ojos iban debilitándose y ya no podía ver–, y su criado, ese jovencísimo Samuel, en el santuario de Yahvé, donde se encontraba el arca. Y no se había aún apagado la lámpara de Dios, aún titilaba en su lugar de siempre, Mis hijos dormían ya todos, tras un día especialmente intenso. Me habían quedado las sobras del pescado y la ensalada para la cena; no pensaba en nada en particular. El agotamiento de los días anteriores lo habían heredado los de ahora. Era tarde. Mi cabeza daba vueltas a la idea de otra mujer con la que convivir, una compañera del trabajo que había roto con su novio, Andrea. Sin embargo, no tenía deseos de pensar en eso. Me acordaba demasiado de la última que había querido, y de las expectativas rotas.   ¿Qué podía significar un día como ese? Yo pensaba que después de la crisis que había sufrido, la hospitalización, etcétera, y de mi conversión, cada día sería una fiesta. Puesto que había renacido. En cambio, volvían las horas contables. A mí, que odio los números. Porque hay días con nombre y una fecha. Otros, en cambio, anónimos, deslizándose sin un susurro a la nada. ¿Quién era yo? ¿Hacia dónde marchaba? ¿De quién serían mis pensamientos? ¿Quién los recogía, y a quién le servían? Cuando vivía separado entre el hombre de la mañana y el de la noche, menos parecidos entre sí que mi vecino y yo. Había hablado con un hombre religioso esa tarde, un sacerdote (ya contaré luego cómo fue la conversación) y me había respondido con una historia, he escuchado de sus labios reconocer la vida mediocre del mediocre ser humano, las razones mediocres de una institución mediocre, después se ha ido a cumplir con su obligación de la misa, encerrado con seis hombres y quince mujeres para dar gracias al Creador del universo con un rito, o bien para asegurarse (un poco más) la propia vida eterna. Me invitó, amablemente, muchas gracias, le dije, muchas gracias; eso ya lo he oído, tengo que ir a un sitio mejor, algo lejos de aquí en este momento. Me disculpa. Me dio las buenas tardes, para quedar él con la última palabra.   Descendí por las calles de mi barrio, nombres absurdos de deseos valientes, árboles sin hojas, farolas con luz. Me esperaban en casa mis hijos, uno, dos, tres, cinco. Conté hasta a los ausentes. Tenían hambre, deberes todavía, preguntas de nuevo. Y yo debía corresponderles. Me convierto en el que sacia a sus hijos antes de perder el sentido. Hubiera deseado la llamada de alguno de mis amigos en semejante trance. Ninguno se acordó de mí.   Ahora contemplo la superficie de la mesa plato, restos, el vaso vacío, migas, la servilleta, una peladura enroscada siento la gana repentina de sacarle una foto (una vez lo hice) como la huella que es de algo que no se deja entender.   Pienso entonces en lo que había leído. Porque la Biblia sigue diciendo que Samuel dormía en el santuario, apartado de todo; lo dice, referido a ese tiempo menesteroso, ya lo he contado, en el que eran insólitas las palabras de Yahvé y las visiones. Sí. Pero la llama temblorosa aún no se había apagado (semejante a la que todavía se encuentra en las frecuentes iglesias). Entonces resulta que se decidió nuestro Dios omnipotente, algo bromista en ocasiones, a consultar al muchacho. “¡Samuel!, ¡Samuel!”, lo llamó. El niño se despertó, fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Sin embargo, Elí le replicó: “Yo no te he llamado, vuelve a acostarte”. (Seguramente porque en aquel tiempo era rara la palabra de Yahvé, y tampoco eran corrientes las visiones.) El Señor Dios volvió a decir el nombre del muchacho igual que antes, dos veces más. El chaval volvió adonde su maestro esas dos veces, creyendo que lo llamaba. Hasta que el viejo Elí comprendió que era el Altísimo quien había decidido nombrarlo; así pues, lo tranquilizó, le dijo que se acostara y que, si escuchaba de nuevo esa voz, se pusiera en pie y respondiese: “Habla, que tu siervo escucha”. El muchacho se acostó, se durmió enseguida. Entonces la voz volvió a molestarlo. Yo estoy mirando que ha bajado la temperatura: frío nuevo para mañana. Tengo que decirle a Lidia que les ponga abrigos, ¿se dará cuenta ella sola? Pero la voz, esa voz, : la voz que está viniendo.   Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.