Nada tan equivocado como confundir hedonismo y placer. O, mejor dicho, nada tan equivocado como no confundirlos. ¿Cómo sabemos si el placer es una obligación o si buscamos el placer por huir de las obligaciones? No está nada claro. Como lo de la prostitución, que no tiene uno claro tampoco si es un cáncer de la vida actual o la sinécdoque donde se condensan todas las relaciones laborales tal y como las entiende, y extiende, el capitalismo. Démonos, en todo caso, un pequeño respiro de la vida real para sumergirnos en la más real si cabe vida de Tomi Sánchez. Una vida a plazos, como la hipoteca.
  Piensa una si en la llamada de otra persona no hay ya implícita una servidumbre, y si no la hay más en dar respuesta, aun en el hecho previo de haberla recibido. Cuánto más entonces en predisponer esa llamada con un aviso, cuánto más en adornar ese aviso con una oferta tentadora. De forma que una pone en movimiento una cadena de dos servidumbres, la del que hace la llamada –es tentado para hacerla– y la de quien la recibe –pues la necesita– y, cómo no, ha de aceptarla. Se da en ese aviso, escueto como un haikú a fuerza de escasez, un tener que exponerse; en la caracterización del propio cuerpo, aun sucinta, va cosida el alma, y con todo podríamos peguntarnos –ya lo hizo un filósofo– qué puede un cuerpo tomado él solo. Puedo atestiguar que puede mucho. Tanto que quizá el alma no lo sigue sino a rastras, por más que farfullando impropiedades e inconveniencias que lo único que consiguen es, a lo sumo, retrasar lo que tenía que suceder. He visto caer en mis brazos reputaciones tenidas por sólidas, desahogos y recriminaciones de varones arrepentidos y vengativos, pobres de todas clases, e incluso a quienes creían entregarse por mor de una virtud personal. Yo no discuto, obviamente, cobro y me voy; aunque no dejo de utilizar mi inteligencia, acompañada de esa afición por observar en que se aposentan, como en su último refugio, compañeros del alcohol, jugadores que nunca ganan, menesterosos nuevos y mujeres como yo. Los oficios de la vida, bien escogidos, nos hacen más sabios; nos evitan el embrutecimiento grosero de los otros, de apariencia más digna, corbata y chaqueta pantalón, pero modales y exigencias de zafiedad mal disimulada. Además, todo hay que decirlo, una ejerce su profesión liberal, de las que dan para vivir sin sostener la prepotencia de un jefe, y sin el deber de rendir cuentas más que a la conciencia, al estado físico y al íntimo sentido de la honra. Las once habían dado cuando acudía a la cita; me recibió un portal como cientos de una calle cualquiera de un barrio que dicen popular para despistar lo de pobre; esa pregunta consabida ante el portero electrónico que respondo con un carraspeo, santo y seña de mi discreción, y accedo al inmueble con sus cinco tramos de escalera estrecha como de últimas oportunidades, que me disgusta, me cansa y me desanima, todo es verdad; a la que he de sobreponerme hoy como al principio, pues una no elige la supervivencia sino que, por lo común, es asaltada por ella. Servidumbre del trabajo, dije, la claudicación física de que las piernas me levanten peldaño a peldaño hasta el destino que no podía estar más alto, caray, y temiendo que el sudor acabe por disipar la gota exclusiva de perfume, la efusión celérica del desodorante, más necesarias que antes, cuando el sol ha declinado y hemos de ir a buscar lo que nos den. Yo misma he tenido que salir hace poco más de media hora de una casa como esta, casi tanto que me imagino que alguno de mis vecinos pudiera saludarme al abrir de improviso su puerta para sacar la basura, echarse un cigarro porque ha discutido, o meramente con la precaución de indagar quién perturba el silencio llano de esas horas. Por eso, y por la profesionalidad aprendida, asciendo la escalera con medio cuerpo vuelto hacia la izquierda, por donde se hace el giro corto; no pudiendo evitar sentirme entonces como un animal uncido a un yugo que hace mover la noria de su descontento. Si pusieran ascensores, este atajo de propietarios avaros; ya sé, ya sé, los del primero no pagan porque no lo necesitan, los del segundo como que prefieren esperar unos años, y en el remate seguramente una joven pareja o unos chicos jóvenes que viven de alquiler y con lo justo. Total, que no se hace. Me da tiempo a sentir los aromas de la sopa ya servida; a ir escuchando en los ecos una serie policíaca que dan por televisión, las discusiones de intriga sentimental y una tertulia; algún hombre vocifera, consigue que el resto de la casa haga silencio: siento ganas de responder algo, por solidaridad de sexo, porque ha sonado un insulto y puedo imaginar la consecuencia; pero voy a lo mío, pues qué me incumbe: si me queda todavía el descansillo, un último tramo de siete escalones y la tarea pendiente. Cuando llego, la puerta se halla entornada, medio rostro esperándome. Suele bastarme un vistazo para hacerme la idea exacta: susto de un primerizo, los labios fruncidos, el diente asomando de quien tiene a alguien más en su domicilio, la ropa usada de estar cómodo y las zapatillas del que disimula y no espera nada del otro mundo. Trabajo sencillo, media hora o tres cuartos y ya estoy bajando por la escalera de nuevo, un par de billetes en el bolso y si le insisto, algo de regalo. Buenas noches, mi voz suena oficial y callada, me responde lo mismo, y amablemente se queda sin saber cómo moverse en el recibidor de su hogar; me desprendo del abrigo para tomar la iniciativa, mejor si arreglamos lo del precio y nos sentimos más cómodos; claro, claro, no lo tenía pensado, se escapa por el pasillo adelante en busca del dinero. Entristece ver la pintura más de diez años sin volver a vestirse, el parqué necesitado de la cuchilla, el vacío, la poca luz, y el relumbre del televisor que del salón asperja a intervalos la otra pared. Así es esta vida, y ni yo ni el hombre desentonamos en ella. Intuyo una cama viuda; confío –aunque no creo– en que no existan niños, sé que es en vano; dando un solo paso compruebo el tarro de un puré infantil que no ha recogido. Entiendo que habremos de desenvolvernos en el silencio, que no me pedirá ni palabras ni gritos, ni él mostrará más entusiasmo que el que sabe reprimirse. Puedo adelantar en el dibujo de mi imaginación, o se trata de mi memoria, la escena completa. Algunas veces me pasa esto: conozco el futuro de lo ocurrido; hago las cosas, por tanto, como una casandra que cumple la profecía, y digo ese nombre porque si se lo contase a mi varón no lo aceptaría; más que temer me desagrada su orgullo masculino tan rebelde como ineficaz. Ya viene entonces contento con la plata en la mano que me tiende dubitativo de si el precio que anunciaba es el correcto o, puesto en mis manos, voy a exigirle un pellizco. Abro el bolso, introduzco el dinero en él con parsimonia, y sonriendo sin mirarlo a la cara apunto que si el cliente está satisfecho es norma que se estire con un detalle; a continuación, alzo la cabeza, agito la melena y ahora con franqueza lo obligo a mirarme casi rindiéndolo a que no hacerlo sería una descortesía. En efecto, él no me sostiene los ojos y en su sonrisa hay un cálculo veloz de lo que puede permitirse; no termina de elucidarlo. Está bien, compañero, diseño yo misma el programa, decidamos lo que mutuamente nos consuele. Me adelanta por el pasillo y entramos en el salón; este hombre estaba viendo una película en blanco y negro, concluyo que es un intelectual. Tengo un artista pobre que perdió a la mujer o no supo retenerla con sus ilusiones, que carece de miedo y sabe lo que quiere sin acabar de conseguirlo. Hay desorden: periódicos gastados, algún juguete, botes de cerveza, revoltijo de cosas; se ven fotos, pocas, de sus hijos, ninguna de su pareja ni de él; suficientes libros para no estar de adorno; botellas de licor y la vajilla elegante claramente deficitaria: o se le han roto las copas, o son regalos tomados de aquí y de allá. Un cuadro abstracto y espiritual puede venir de obsequio de un amigo pintor, pues el óleo es verdadero, o acaso pinta, pero habría más. El sofá está sucio en los brazos y en el respaldo; usa sobre él una tela protectora arrugada y mal puesta, aunque combina, deduzco que pudo elegirla otra persona, y él la mantiene; los dos sillones, igualmente viejos, en realidad antiguos; la mesa del centro, wengé, tuvo también su momento de esplendor. Este hombre lleva en la casa ocho o diez años, por aquí ha habido una historia que no terminó bien. Es guapo, quizá disponga aún de algunas oportunidades; tal vez se lo declare, depende de lo que desee y de lo que me importe después de todo. Me ofrece una copa. En otras circunstancias la habría rehusado, sin embargo encuentro en él algo interesante que quizá una bebida permita aflorar. Casandra, dije, asimismo Atenea que sale y entra por la cabeza de los hombres a capricho, para disfrutar con el ejercicio de las conjeturas y las conversaciones. No siempre. Se me ha pasado el cansancio con el jadeo de los pisos malditos, el frío de la calle se ha desvanecido, una bebida que caliente el espíritu nos hace bien a todos. Me recuesto con el brazo ya sobre la cima del respaldo, todo extendido; él no se allega, en su retirada se descubren ciertos miedos y delicadeza. Para eso me hago una reina que ya ha capturado su botín y que podría suspender la función, ¡prudencia! Me tiende un vasito de ron por el que he optado, y él se sirve otro; los ha puesto solo a medias, eso lo delata; me dedica como un brindis que casi me hace reír. ¿Quiere la representación de la vieja amiga que ha perdido, de su hermana mayor, de una consejera? Nada de eso. No voy a darle más que una pared en que pueda rebotar su impaciencia como una pelota, sus nervios, su no sé cuántos como una pelota, como una pelota su malestar. Lo azuzo un poco con la lengua entre los labios y tocándome las sienes con un dedo lascivo. Se pone nervioso, se le desencadena entonces el discurso que no tenía preparado porque hay, todas las veces, alguna cosa que contar. Yo escucho sus nimiedades de viejo aprendiz, aturulladas verdades que suenan como disculpas por haberme llamado y que se irán aguando conforme se va dando cuenta de que tampoco hacía falta. Una sabe que también el otro se expone cuando llama, pues al reclamo de un cuerpo acude con el suyo, y porque le corresponde a él poner las primeras palabras, por más que piense que tiene derecho a prescindir de ellas. Lo que ocurre es que un hombre educado buenamente sabe que no se puede poseer el cuerpo de otro así sin más; le han dicho los defensores de la ética que ningún ser humano debe ser tratado como un medio, sino como fin en sí mismo. Y ocurre que, contraviniendo multitud de ejemplos de que tal precepto en la vida corriente es falso, en los momentos en que se solicitan los servicios de una mujer, parece que reapareciera el mito de la dignidad de la persona y la posibilidad de que unos a otros no nos explotemos. Entonces, un recuerdo de todo aquel aprendizaje se recobra para hacernos la reverencia de unos modales finos. No está mal, reflexiono, no está mal que sea así, no hay por qué comportarse como unos bestias cuando sabemos emplear entre nosotros un poco de astucia y su tanto de complicidad. Conque lo dejo que brinde por ello, y por la felicidad que se nos ha escapado. Me confiesa que tiene tres chicos, yo no le correspondo; que no hay nadie más en la casa (queriendo decir su vida), yo callo; que si hay que acabar antes de una hora determinada, yo me muestro inconcreta. Luego dice que escogió mi número porque le parecía lejano, además de por un doble detalle en mi declaración: que sería fogosa y que tenía experiencia. Por lo que me dice imagino que ambas cosas se ha reprochado; por eso ahora la mujer que viene a verle ha de suplir sus carencias. Puedo proporcionarte lo que te falta, le anuncio, no todo; mi intimidad no se toca, y mis consejos van a tener un precio que no es en dinero y resultan impagables. La adivinadora Casandra dormía como mujer, pero Atenea es una diosa… que va a quedarse aleteando donde le plazca. Son matices que ni siquiera se avisan, naturalmente; certidumbres que yo me compongo, porque la costumbre facilita el oficio, nadie queda nunca por completo a salvo de lo que hace. Si el cuerpo lo puede todo, como ya he repetido, también el alma tiene sus razones: ese jirón molesto que llevamos encima sobrepuesto como una capa, que a veces sabe algo más y en alguna ocasión nos descoloca. Vamos a dejarlo. Apuro mi vaso enseguida tras él, me pongo en pie sin hacerme la remolona y doy pasos que no rompan mis tacones. Él camina silenciosamente hacia su dormitorio recorriendo el pasillo; hay algo cómico en ello, conmigo detrás semejante a una amiga de la adolescencia que fuera a iniciarlo a espaldas de sus padres. Indica una de las puertas, entrecerrada, la de alguno de los niños, como si me importase; y yo sonrío y asiento, y me da pena y risa. Llegamos después de hacer nuestros equilibrios en un mundo de puntillas; pasamos; el hombre, que me ha hecho entrar primero, se queda un momento en la vacilación de si será preferible dejar abierto o cerrar, si es mejor una cosa u otra, pensando en el ruido, pensando en que lo llamen para que les lleve agua, por ejemplo, o en medio de una pesadilla, y no escuche la voz, pensando en que su placer despierte a alguno, pensando en su mala acción si no acude de inmediato en cuanto lo requieran. Conque sufre y deja un centímetro abierto; no se ha desmoronado; me doy cuenta en ese instante de que podría arrepentirse, tomar la decisión de suspender la cita y enviarme a casa, incluso pactando el dinero; la verdad es que no me importaría demasiado tal como va mi racha últimamente; aunque no me apetece proponérselo por una actitud mía pasiva contraída hace tiempo, y no traicionada ni en las circunstancias más favorables. Me desvisto sin pausas; él, a ritmo más lento al otro lado de la cama. Me da ocasión de examinar la austeridad del cuarto, que utiliza para otras actividades: una mesa de ordenador, un pequeño anaquel que, contra cualquier diseño, pesa en la habitación, más libros, una papelera incluso me ha parecido ver ocultada bajo la cortina. Cada cual ha venido a este mundo a ganarse la vida como sepa. Es de piadosos ahorrar comentarios. Lo decía mi padre, a quien nunca recuerdo en estos trances. Deposito mis prendas dobladas sobre una silla casi libre; me quedo con la ropa íntima, de pie, esperándolo. Él con el calzoncillo, me da la cara y examina a la que ha conseguido. Me dejo mirar un momento que mi amigo, con todo, trata de disimular sólo a medias; antes de acercarme extendidos los brazos para nuestro primer encuentro. Lo rodeo por los hombros y tomo su oreja con mi boca, la mordisqueo; siento su cuerpo arder; responde a mi gesto cogiéndome con fuerza por los costados. No le digo nada, le regalo un suspiro largo que lo soliviante. Se excita, empieza torpemente a acariciarme los senos, sus manos por delante que lo obligan a separarse un poco, un movimiento que yo contrarresto abalanzada sobre él, queriendo como continuar jugando con sus orejas, su cuello, su rostro, su perfil. Así un rato, luchamos, hasta que su paciencia se agota. Entonces me empuja a la cama y yo me dejo caer. Se tumba a mi lado, no para quieto; está nervioso también porque se apercibe de que no ha abierto la colcha, y trata de hacer varias cosas a la vez, así que yo lo ayudo para que se tranquilice. Sobre la sábana al fin, sus manos empiezan a desvestirme, quiere retirar los tirantes del sujetador, yo dejo que forcejee, me lo quita y ahora puede hacerse con mis pechos: los besa, los lame, los manosea. Nos desnudamos. Su pierna monta sobre la mía; estalla de pronto, con la inesperada forma habitual, asfixiado de ganas. Yo respondo a la misma velocidad, no se me tache de desatenta, empleo mi habilidad maestra, la mecánica aprendida; apoyo de firme mis manos en sus caderas, lo hago estremecer y rodeo la curva de sus cachas con una caricia que le atiza el vello. No me cuesta volverlo loco; se revuelve contra mí, suspira un aire largo tiempo retenido que llega recorriendo semanas de privación. Gusta de mi cuerpo, yo lo acojo volcando la pelvis contra la suya, excitándolo más. Deseo en mi maldad que uno de los críos se despertase con un grito de pronto, sólo por ver qué respondía; no ocurre; así que lo sigo acariciando hasta que no pueda resistirlo, hasta que no sepan hacerlo ninguno de sus cuidados, sus normas o sus miedos. Yo soy una profesional, como ya quedó dicho, y ley inescrita de esta actividad es dejar a un hombre satisfecho, pero también asegurarse de que el cliente va a quedarse con un sentimiento de hambre por repetir, sea conmigo o con otra. Un buen servicio completo ha de aportar siempre un punto de ansia aplazada. (Digamos que esta es una teoría de mi invención.) Sé moverme para que mi columna resulte apetecible, y alcance el punto más deseoso en ese momento preciso. Para que un hombre olvide todo lo demás que habita en su cabeza, y entregue sus tesoros por eliminación. De eso se trata. El desgraciado solitario se esmera cuando empuja su vigor de hombre, dándose de más a más, queriendo que yo lo reciba haciéndome recipiente, llegada, su único destino de varón, el vacío. Yo lo hago esperar para evitar que padezca porque no tiene con qué retribuirme, y afrontar luego el rato de alguna charla a cambio de no desaparecer enseguida. Así, me bato por él, no solo por mi personal conveniencia; algo ininteligible para quien desconoce el oficio. No es sólo servidumbre, tendría que corregirme, también un modo de compenetración que va más allá del comercio, que nos reúne como seres de una misma especie. Pues entonces va a ser eso lo de que el hombre es más que un medio. Me disculpo el sarcasmo. Vuelvo en mí, haciendo fuerza para que no me entre. Le pido caricias y se las doy; me ofrezco a lo que me pida, utilizo mi lengua mientras aguanta su fiebre; sé que se está perdiendo, me complace; así yo también voy encontrando mi momento propicio, cuando no sea un dolor y sí, en cambio, una decisión. Él acaba por creer que puede sin límites. Yo veo todo lo que vi, sé lo que supe. Casandrita de mis amores que estás ante mí. Vencedora absoluta, qué poco te importa mi cuerpo, en tu mano una herramienta, qué tan fuera lo pones a veces, qué préstamo que regresa a ti más sabio y más fácil según tu mandato. Dejo que la tempestad amaine, y pienso ordenadamente en la retirada que toca: un sentido despertado fuera, una emoción olvidada que hago regresar, esa mano suya, esos dedos aquietados, la humedad común en las entrepiernas, el pelo que ha quedado adherido a la boca, ay, las costillas, cuidado, ahora tiembla, puedes quedarte un rato entre esas sábanas, su cuerpo desfallecido, el tuyo vigilante y atento, no se escucha un ruido distinto, la casa entera duerme, no huele bien, mañana… El hombre me pide un momento, cómo negárselo, una de las manos suyas aún me toca, desangelada; mientras naufraga en sus pensamientos, yo contemplo la habitación desde mi lugar: veo un espejo en un lateral que no refleja nada, las cortinas contemporáneas de los muebles, una cómoda desarreglada, la silla donde dejé mi ropa, y una marina al óleo en la que no había reparado. Desde lo alto, preside un plafón absolutamente convencional. La lamparilla en la mesa de su lado ha estado encendida todo el tiempo, la luz que presta se diría que no la gastan los objetos que debieran iluminar y, por imaginar, me imagino una rebatiña entre ellos. Me desagradan esas luces enfermas en un dormitorio, tiene que haber alegría. Alegría en todas partes, bastante triste es ya la tierra. El hombre a mi lado resopla, le doy el margen de un descanso, me disgustaría que se durmiese; miro el reloj, no son las doce todavía. Pienso en el día que cronológicamente está a punto de acabarse; ¿cuándo se acaba un día: cuando nos vamos a dormir por fin, o cuando ya hemos hecho todo lo obligado?, y entonces ese resto hasta el sueño es como una sobra que no se contabiliza. En esa sobra unos ven la televisión, otros conversan, hay quien se encierra en su cuarto y sueña en secreto (es una redundancia). Este hombre va concluir su día conmigo en esta habitación, desde aquí podría hacer el viaje al día siguiente. Los sueños que da el placer, el frío del sudor, la desnudez quedarán como huellas inadvertidas de lo que ha hecho. En cuanto a mí, todavía tengo que vestirme, recoger mis cosas y volver a atravesar esta ciudad; mi marido me espera, supongo, ya le dije que tenía servicio, hoy es martes, mañana hace turno de mañana en el taxi, así que madruga, lo mismo cena y se acuesta. Me disgusta llegar y no encontrarlo despierto, me produce una sensación de pena irreprimible a la que no hay manera de habituarse; si se lo digo, se enfada. Con casi cincuenta años encima, te comportas como una cría. Con casi cincuenta años, digo yo que ya está una para darse los gustos; lo que pasa es que no le puedo replicar porque entonces se pone a compararse conmigo, que si el taxi es lo más duro, que si hay clientes muy raros en la noche, que criminales; tú por lo menos acudes a una llamada, y tienes el teléfono fijo de la casa por lo que pudiera pasar. Como no soporto su retahíla, por lo general mejor me callo. Recupero mi ropa de la revolución de sábanas, me siento en la cama y me visto, empezando por arriba; no hago ruido aunque tampoco lo evito; el hombre, en efecto, duerme y no se entera de nada. Podría robarle; el instinto que no falla ya ha resuelto el inventario sin que mi intención intervenga. El pobre diablo tendrá sus cuatro billetes en el cajón de su mesita y llevárselos sería privar a los chicos de lo necesario. Lo sentiría por ellos. No voy a juzgar los lujos que se gasta su padre en una circunstancia así; la vida le da a cada uno lo que se merece. Cuando estoy lista, lo sacudo. Se despierta con el susto pidiendo disculpas, saliendo de la cama al instante, avergonzado por la desatención. Yo me echo todo eso a la espalda. Me ofrece un café, el simpático; habiendo renunciado a un suplemento, le digo que no necesito nada y gracias, no hace falta que me acompañes. Insiste, se apura en encontrar el calzoncillo y las zapatillas, hace frío, tarda en ponerse la parte superior del pijama. Me impaciento. Luego volvemos los dos por el mismo camino de la misma manera sigilosa de antes, salvo que ahora voy yo delante como si fuera mía la casa; me dan hasta ganas de señalarle la puerta de alguno de los niños como hizo él; me sonrío con eso. Afortunadamente no se han despertado, se felicita presumiendo del mérito. Me repite la oferta del café; vuelvo a negarme, ahora con gratitud. En la entradita se siente en la obligación de un cumplido; declara que lo ha pasado bien. Ha sido corto, me dan ganas de decir, pero por más que sea agradable no suelo hacer concesiones. Puedes llamarme cuando quieras, le recuerdo. Entonces él se desconcierta, ¿no ha pensado que los hombres repiten siempre?, ¿cómo ha meditado esta acción?; sale del apuro aceptando. Claro que sí, me confiesa, aunque no suelo yo hacer estas cosas… De todas formas, si algún día… Cuando te apetezca. ¿Te llamo un taxi, has venido en coche? Lo tengo abajo, no te preocupes. A lo mejor es tarde, y te están esperando, ¿no? Quizá está ahí la respuesta, el día acaba cuando alguien deja de esperarte. Por despedida nos damos un beso a cada lado. Él toca mi cara con sus labios, yo se lo entrego al aire. Al cerrar la puerta, se queda con el sabor de mi rostro. La luz mortecina de su casa se prolonga en la luz mortecina de la escalera; se me hacen ambas cosas un tubo único tal que el esófago de una lombriz por el que descendiese. Siento asco y pena envuelta en la suciedad tristona del ambiente que pudiera llevarme pegada al vestido y a la piel. En el portal, el espejo me copia la imagen que sabía bajo la iluminación idéntica de otra lamparita lúgubre. De manera que salgo a la negrura aliada con las farolas, y la luna me da un gran recibimiento. Me acoge un soplo de aire limpio, fresco, que reviviría a un moribundo; siento excitación o nervios repentinos, creo que la alegría de la noche me ha contagiado de entusiasmo. Por lo menos reina aquí una sensación de amplitud, no de estrecheces, una oscuridad luminosa, una atmósfera que no se deja dominar. Respiro profundamente. La salud me recorre los conductos del cuerpo, siento el gozo de estar fuera. Sola. No me queda ni un dolor del encuentro con ese hombre que ya no sé ni cómo se llamaba; siento mi cuerpo joven, contento de haber bajado los cuatro dichosos pisos, con energía para seguir. Pienso en la alegría, en toda la alegría que puede albergar un cuerpo, en la que sabe comunicar cuando quiere, en los consuelos, en la emoción, en la dicha que sabe entregar. Estoy bastante conforme conmigo misma. Estoy aquí, dichosa, ¿Como una cría? Quién sabe. Me queda cuerda para rato.     Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.