Esa mañana el jefe, señor Zapeo, entró en la oficina contento, es decir, nervioso. Nosotros no estamos nunca contentos, aunque nos divertimos con frecuencia; ellos, por su lado, tienen una alegría que sólo manifiestan en contadas ocasiones, espesa y trabajadora. Nos echamos a temblar, Sonia y yo, porque verlo así significaba que había pensado algo –o algo le habían recomendado, viene a ser lo mismo–, y seguramente traía prisa por llevarlo a la práctica (he ahí una ventaja del mando). En efecto, fue pasando por nuestras mesas, llamándonos a una voz para que lo siguiéramos; al momento hicimos tras él lo semejante a una alabanza humana con forma de pequeña culebra que serpenteaba por los escritorios, las dos o tres salas del negocio, el sector de la máquina del agua y los lavabos. Reunión, reunión. ¡Qué, ahora? Sonia y yo, habituales del desánimo, nos divertíamos calculando unos minutos descontados a nuestra laboriosidad; otros sintieron angustia, tal la del virus informático donde antes reinaba la paz en la pantalla límpida, veloz. Hicimos corro, atreviéndonos algunos todavía a saludarnos por señas y monosílabos, antes de que el verbo del señor brotase, autoritario y sensato. Enredado en prolegómenos que a él le habían servido, tuvo que romperlos al poco para poder pasar de una vez a lo importante. Que la imagen y todo eso, que la visibilidad, que no solo es producir en el tardo capitalismo, por qué lo llaman tardo si es pronto o si me apuran futuro capitalismo; hemos alcanzado una posición, somos reconocibles, pero más reconocibles debemos ser, las reformas, ¡las reformas!, ningún organismo que vive se queda en el mismo sitio, hay que evolucionar, metamorfosearse, cambiar, de hecho no existe nada inmutable. Qué es eso de querer conservar una vida para toda la vida, y tal. Reforma, modificación, reestructuración, innovación, transformación: cualquiera de esas palabras es siempre restrictiva, o mucho peor (la fluencia del ser al no-ser); nos asustan a todos y yo me acuerdo de Gregorio Samsa, el pobre; suenan como la trompeta del juicio y el gong de los galeotes, ¡a sus puestos, a empujar el elefante!: se acabó lo que se daba. Por resumirlo en un solo concepto que quiero que ustedes comprendan, nos trató de memos: I-MA-GEN ¿Imagen? Virgencita, que me quede como estoy. Ya está: despide a los feos; ¿imagen?, ¿qué imagen doy yo?; ¿no le gusta mi imagen?; ¿qué imagen quiere que demos aquí metidos?; este pretende que salgamos a la calle a vender. La voz tonante se hacía flexible a continuación: yo entiendo que… y al principio… aunque luego… conseguiremos, avanzaremos, y todos… Abomino de ese plural que nos engloba con él, y de esas construcciones sintácticas tan racionales en el sentido weberiano, es decir: implacable y viceversamente eficaces. Vamos a morir, Sonia. Cállate. Yo mismo… ¡Cielos! Yo mismo voy a dar ejemplo; no he querido hacerlo todavía en espera de planteárselo a ustedes para que lo entendieran. Gran detalle. Yo personalmente he decidido rasurarme el cabello esta mañana (en la hora del café). Cómo que “hora”, si nos da dieciséis minutos, diecinueve si está lloviendo. Y nos mostró su perfil a diestra y siniestra. Lo miramos embobados. No sabría describir al señor Zapeo; era mayor, aunque de ninguna manera noble, tampoco desfavorecido, ni bronceado ni guapo, en efecto alto, y casi delgado (ahí sí cuesta luchar por la foto del éxito: mostremos al mundo codicia pero no grasa, como un juramento). Su calvicie no había alcanzado los últimos bastiones sobre las orejas y la nuca; luego supe que en otro tiempo luchó con una alargada capotilla de quita y pon contra el viento en la bóveda misma de su venerable calavera… ahora venía a cortar por lo sano: la piel lisa y brillante del cráneo sapiens, el melón en su figura geométrica exhibiendo la verdad de tanta supremacía. Todos pelados. Todos pelados; brillando las bombillas encima de nuestras caras para remate. Nadie dijo ni pío. El silencio del miedo ya nos había rasurado la voz. Miré por la ventana: 5 de marzo, aún quedaban días fríos; podía ser peor. Cada cual hizo sus cálculos. El señor Zapeo nos sonreía desde su pedestal de genialidad, recibiéndonos en su contento visionario. Ante él, nadie hablaba, tal vez nadie tragaba y se llevaba mal con su respiración, detrás de las cejas de cada empleado pensamientos incompatibles reñían a golpes. A Palomita le dio un sofoco en una esquina, que un compañero ayudó a superar. Rapidez, economía, eficacia, inteligencia, brillo… ¿lo ven ustedes? Veíamos nuestros trajes o los de gente imaginaria ocupando nuestras mesas, todos calvos. Y era verdad, se movían más aprisa. El pelo estorba, zanjó. Menos complicaciones en el aseo personal, eso desde luego; más aún, hablo de limpieza como concepto: menos distracciones. Ah, y uniformidad. Bueno, me dirán algunos, la uniformidad ya no tiene prestigio, esa antigualla. Tonterías. Qué otra cosa son el traje y la corbata de nosotros, las faldas de las mujeres. La falta de pelo resalta el rostro, lo enmarca, lo hace más inmediato, expresivo… (buscaba su término, lo llevaba estudiado el tío)… convincente. Y la convicción es la base de los negocios, la confianza, ¿me entienden? Este se cree que somos tontos. ¿Y las mujeres?, se puso Ibáñez. El jefe trastabilló en el balcón de su profecía. Debió darse cuenta del detalle de que en la oficina había mujeres, tres, porque conforme había desplegado el mandato de su discurso las había ido arrinconando. Las miró, las reconoció por su sexo, las contó mentalmente, las embutió a las tres en un mismo paquete. Meditó ultrarrapidaeficazligeramente si, acaso, cabía, tal vez, era posible, no negaba la mayor, pudiere, sí, una excepción, lo cual, claro, visto desde fuera, esa es la perspectiva que importa, diablos. Ibáñez, es usted inteligente. Se había levantado el jefe de su desconcierto, y tomaba aire regalándose un tiempo. Hay que considerar la cuestión. Observaba a las tres compañeras como un perdiguero: ¿posible resistencia?, ¿mejora de su aspecto?, ¿valor añadido de su naturaleza intrínseca, quiere decirse, de su atractividad? Hum, hum… Ni que decir tiene que… Sonia a mi lado se hacía la esfinge. Yo escuchaba el sufrimiento de su sangre por continuar circulando. Caray que no es sencillo, debió de pensar. Dispersaos. Voy a estudiarlo, resolvió con la mano. De momento nos ponemos en marcha nosotros. No añadió una palabra. Se retiró el primero. Las damas se quedaron en suspenso; los varones, como ya escribió el señor Pablo Palacio, reaccionamos cada uno como un hombre: tensando los músculos. Después, a duras penas nos fuimos volviendo a nuestro puesto de trabajo, que había quehacer.   Conciliábulo de ovejas. En el receso del café, mientras engullíamos nuestro croasán, la tostada con tomate y la copita; pensando furiosamente, hablando cada cual a su estilo. Escaleras al suelo: Yo no pienso hacerlo de ninguna manera. A mí que me aumente el sueldo para empezar. No, si a lo mejor le gusta a mi mujer: que yo ya voy vistiendo de carne, jeje. En fin, si sirve para algo. Hasta llegar al que aprendió la frase en alguna película: esto es lo que hay, lo tomas o lo tomas. Supongo que Sonia se había retirado un momento, porque me vi solo, y respondí: –Yo no lo veo lógico. Tú no lo ves lógico porque no quieres verlo lógico. Tú ya sabemos como piensas y no vas a estar nunca de acuerdo con nada que se haga aquí. A ti lo que te gusta es llevar la contraria por sistema. Lógico es, otra cosa es que a ti no te guste. ¿Lógico?, ¿lógico? Tartamudeaba su réplica el otro. Me amargaron el café y no dije más. Compañeros… Sonia quería hablar con el jefe antes del veredicto, para influir; Palomita sólo de pensarlo tuvo otro vahído (luego supimos que estaba embarazada, y bastante tenía la maldita con ocultarlo); Mercedes había empezado a lamentarse el lunes y proseguía el miércoles. ¿Qué hago?, me consultó mi amiga. Ve tú sola si es necesario. ¿Y vosotros qué vais a hacer? Ya veremos, la batalla no está perdida aún. Quizá conviene ahora delimitar los objetivos. Vale.   Lo conté a mis amigos. Uno se ofreció para flambearle el coche; los feroces echaban espumarajos; la mayoría se partía de risa; los tristes confirmaban sus peores augurios. La pasamos bien esa tarde. Negocia, me sugirió Carlos Quiroga. Sí, le dije. Asentimos. Se ha acabado la esperanza de una paz próxima, puesto que ya no se sabe verdaderamente dónde se podrá cesar de combatir, sentenció Victor Serge. Joer, Victor, eres terrible, y eso que estás muerto. Eres un ectoplasta. No hay que perder nunca la esperanza, porque es la ofrenda que antes quieren, razoné por mi cuenta. Pero a él ese día lo habíamos puesto de buen humor, y anunció con su lapidario estilo: jóvenes que empiezan a conspirar porque empiezan a pensar en los problemas ineluctables.   Sonia fue a llamar a la puerta de la secretaria, Claudia; cielos, horror, me había olvidado de citarla en el anterior recuento, claro, tras aquella prisión no llevaba una existencia humana. Fue a llamar a la puerta para que llamara a la puerta del gran despacho y que se pudiera abrir. Claudia, que era una puerta también, por lo callada y discreta quiero decir, y por su función, si bien dulce por dentro como una fruta, le expresó su gratitud y su aliento con un apretón de manos, unos ojos húmedos, un cabello teñido de inevitablemente rubio, su indefensión. Ánimo, la confortó; aunque es liberal, algunas veces escucha. Sonia acopió su valor, se desprendió de esa mano y le dijo adiós antes de penetrar en aquella habitación decisiva, el hogar del señor del universo. Dos minutos, cuatro minutos. Cinco minutos. Cinco minutos y cincuenta y siete segundos… Albricias, albricias, salió dando botes. Corrió hasta mi mesa. Me dio un besito, dos dedos con el signo de la victoria ante mi cara. ¿Qué ha pasado? ¿Qué? Algunos se apresuraron a sumarse. Ejecutó una melodramática pausa. Pelo, pelo, ¡pelo para todas! ¿Cuánto?, clamó un compañero. ¿Cuánto?, repetí yo. Hizo medio giro de su silueta y se señaló triunfal por la mitad del cuello: hasta aquí. Una melenita. Los compañeros quitaron las manos de encima de mi mesa y se separaron. Para varios de ellos era una inestimable victoria; otros no quisieron participar por no aguarle la fiesta; hubo quien se marchó con una mueca de desprecio. Sentí deseos de / no le dije nada. Sonia estaba satisfecha, entonces yo también. Los demás la contemplaron. Me sonreí, con esto del recorte lo bueno es que nos vamos a mirar a las caras unos a otros, siquiera por un tiempo. Brillaba, la pequeña conquista la había vuelto radiante. Cuando se largaron todos, y ella igualmente se iba: ¿a cambio de nada?, repuse… ¿no le habrás ofrecido…? Al entender lo que insinuaba hizo un gesto con la mano y la lengua: ¡asco! Desapareció a contárselo a sus amigas y me quedé riendo.   El jefe sin pelo no parecía más inteligente, sino que le hubiesen gastado una broma y ya tardaban los amigotes en descubrírsela. Ignorante, él se conducía orondo por los despachos seguro de sí y oteando ganancias pingües en el horizonte inmediato. Esto marcha. Esto marcha. De momento, con su cambio parecía haberse olvidado del de la tropilla. Las chicas se habían acortado el cabello, cada cual según su medida. Y nosotros continuábamos agazapados en nuestras madrigueras a ver si escampaba, excepto Martínez, Macho y  Lorenzana que habían raído su pelusa. No sé si como calentamiento antes de la lid o para señalar un límite a las pretensiones. Los demás los mirábamos asustados. ¿Cuánto puede durar esto?, me preguntó Sabino. Hasta que él decida, ¿verdad? (Le debía una, de otra cosa.)   Mis amigos seguían la novela con interés. Apuesto una ronda de birras a que caéis todos. Víctor, que pasaba una temporada alternando con nosotros, me miró con sus ojos entrecerrados: pues yo apuesto eso mismo a que Tomi aguanta. Le puse carita de becerro y me tragué mis deseos de replicarle: si no tienes un duro. Voy a decepcionarte, le contesté, les contesté a todos. Además, qué más dará el pelo cuando ya hemos entregado lo primordial. Joer, Tomi, eres un cagado. Sí, lo era, un cagado y un cristiano cagado desde mi conversión a la nueva fe (aunque eso no iba a confesárselo a ellos: tendría que hablarlo en lo secreto de mi corazón)… Dejemos el tema. En tanto unos me encubrieron, otros suavizaron sus recriminaciones, alguno trajo la verdad a los reunidos, y eso. Éramos camaradas. Bebimos al unísono por el incierto porvenir. Cantamos nuestra canción favorita sin que nos oyera nadie en el bareto. O que nos oyeran un poco. Luego callamos, y Víctor habló con su voz de ultratumba: –Tenían claramente conciencia de vivir en un fin de época, tenían horror de la mentira y de la sangre vertida bajo la mentira, y lo dijeron con fuerza. Yo me sentía en el mismo terreno que ellos en cuanto a la simple doctrina del “respeto de la persona humana”. ¿Y qué doctrina sería más saludable en un tiempo en que la civilización se quiebra como las rocas bajo una erupción volcánica? Nuestro egregio visitante hablaba en la mitad de la guerra del mundo contemporáneo; obviamente, las cosas habían cambiado. No era esto sangre, sino tinta. En cuanto a lo mío, por el momento hablábamos de un problema sólo capilar, aun cuando disponer de una cabeza se estuviera volviendo insoportable.   El señor Zapeo, agotado el caudal de su narcisismo, debió de ver que en su espejo de la oficina no aparecía ninguna otra cabeza descubierta, y eso no le gustó. Tuvo que sentirse defraudado, cuando no habíamos cumplido la palabra dada. Con el silencio dado, para ser precisos. Así que le entró la impaciencia, esa virtud para los negocios. Paseó, vehemente, por delante de nuestras mesas, rumiando lo que había decidido: trituró, mastico y volvió a deglutir su mandato hasta que tuvo el cuidado de escoger su primera estación: Alfio, el más sensible, el más frágil de entre nosotros, el de más edad. Tras sus lentes, el viejo parecía menoscabarse. No hicieron falta muchas indicaciones (en realidad ninguna). El bueno de Alfio se levantó a buscar su chaqueta y cerró la puerta al salir. Sin siquiera mirarnos. Peter consultó de un destello el reloj en la pared: ni toca la hora del descansillo, nos descubrió. Esto va en serio. ¿Por qué me miráis a mí?, me defendí. Debieron de pensar que era un abyecto. Y también lo supongo yo; sentí la necesidad de ir al baño, ya estaba ocupado (y por dos), bajé al del otro piso a esconderme. Cuando me atreví a salir, escruté desde detrás del cristal de la puerta que no hubiera batalla, entré caminado con la cabeza gacha y reocupé a mi sitio. Un compañero había ya contabilizado tres bajas. En efecto, poco después los vimos llegar por separado, como náufragos o heridos de una catástrofe; irreconocibles. Los salvados nos dimos cuenta de que sería aún más grave de lo que habíamos querido imaginar. El resultado de la calvicie impuesta en la persona de un ser humano era devastador. Aquella jornada no sucedió nada más. Las horas de los siguientes días siguieron caminando. Las manchas peladas, según aparecían, nos sobresaltaban. Uno las veía y retiraba la vista de ellas. Ibáñez me reconoció que había llorado. Y Eduardo, y algún otro. Hasta los más adictos al régimen parecían menos locuaces: se bebían su café, masticaban sus víveres, hablaban sólo de fútbol y sin mucho entusiasmo. Sólo el descerebrado de L. se divertía, este hubiera saltado a un volcán sólo por una sugerencia. Con todo, hubo dos o tres que, sin recibir el apremio del jefe, optaron por sacrificarse, o fingir para nadie que no eran sus mandados. Para nadie, porque no habíamos podido olvidarnos: todavía. El joven Leonardo vino a verme, como si yo tuviera autoridad por el hecho de haber discutido entre ellos. Se sentó a mi lado en la mesa para poder susurrarme: ¿qué voy a hacer, Tomi? ¿Por qué? Me caso dentro de un mes. Entendí después de un tiempo la relación pelo – boda. Me costó un poco, no lo niego. El pobre ansiaba una respuesta de envergadura. No te cases, le dije. ¡No puedo!, se exaltó. Vive con ella sin hacer ceremonias. Me miró estupefacto: ¿tú no eras católico?, me dijo. Estoy en ello, le respondí (para abreviar). Tengo que casarme, pero no puedo casarme sin pelo. Hombre, argumenté, también se casan los calvos. No me fastidies, Tomás, ya sabes que no es lo mismo. Diles que quieres probar un nuevo look: ¡vida nueva, cabecita nueva! Ella seguro que lo comprende. Se puso nervioso, era evidente que no sabía soportar tanta presión. Lo imaginé asediado: su señora novia, sus señores padres, los de ella, los señores y señoras hermanos y hermanas de uno y otra, sus parejas, tíos, primos, parientes, amigos en general, a capón comentando lo mismo por el pasillo de la iglesia o en la sala de espera del juez de paz (para el caso, es idéntico). Seguro que alguna risita y alguien que razonara: ¿Y este va a ser capaz de llevar una familia, cuando no sabe ponerse firme en el trabajo? Alguien que no estuviese enterado de nada lo diría, seguro. Y una mancha lamentable lo humillaría para los restos. De manera que al ir a pagar o rehusar hacerlo en un convite de familia, o cuando cometiese un sencillo error, o no saliera un plan: tener un hijo, comprar una casa, por ejemplo (o incluso aunque lo consiguieran), habría quien no dejaría pasar la oportunidad de recordarlo, incluso en voz alta. Este no tiene el pelo, que se lo arrebataron. Como decir que lo habían separado de sus atributos viriles. Por favor, Tomás, por favor… tenemos que hacer algo. Dice “tenemos” y me apunta a mí en singular, el desgraciado (siempre estoy meditando cosas que no me atrevo a decir, he de corregirme en esto: Jódete y lucha). Si vamos los dos, o vas tú. Uno se acuerda de sus propios rencores. ¿Y cuando “pedimos” que hubiera pastillas de jabón de reserva en el botiquín, quién vino conmigo?, ¿y cuando “pedimos” que se contratara un servicio externo de limpieza para vaciar las papeleras, barrer y fregar, en lugar de hacerlo nosotros? ¿Y la calefacción, eh?, ¿qué pasa con la calefacción? Bah, este llegó después, cuando ya funcionaba y el pobre Alfio pudo al fin despedirse de sus sabañones. Vosotros, los jóvenes no queréis saber más que lo que os interesa. Jóvenes que empiezan a conspirar porque empiezan a pensar en los problemas ineluctables… resonaba de nuevo la voz de Serge. Víctor, lo reprendí, no seas pelmazo. El jovencito se veía tierno y enamorado con sus delicados rizos; hubiera sido cruel quitárselos de ahí. También María Antonieta disfrutó su aderezo, dije para mis adentros. (Me estoy haciendo un bruto.) Si te escondes astutamente, puedes ganar tiempo, le aconsejé. No puedo, me contestó, y aquí vi que no había salida, el martes tengo que despachar con él para rendir cuentas. Horror, era cierto, y a mí también iba a tocarme, a no más tardar en quince días. Viajábamos los dos en el mismo descabellado barco. Contemplé con lástima la foto con mis hijos sobre la mesa; yo también fui atractivo, de eso no cabía duda. Y entonces ¿qué? Me dio rabia y rezongué entre dientes: todos los burgueses sois iguales, siempre buscando vuestra bola de sebo. –¿Una bola? –indagó el iletrado. –Una boda, sí, de Maupassant –me burlé. –¿Me vas a ayudar o no? –No lo sé; ¿te piensas que soy un mago?; si lo fuera, ¿estaría sentado aquí contigo? El hombre se veía sin pelo y sin novia. El mundo se le caía encima. –Si no hubieras venido a trabajar el día de la huelga, a lo mejor podrías largarte y vivir un año del paro; ahora ni para tres meses… bueno, aguantar pobre y peludo hasta volver del viaje de novios, si os da para tanto. (Pero no me hagan caso, no todo lo que escribo le dije; pues si la verdad nos hace libres, también nos deja solos; …y por piedad hacia uno de los débiles, que no tenía por qué cargar con mi frustración completa.) Lo dejé ir, sin más. –Háblale tú a Zapeo –intervino Sonia–; aunque sea liberal, no siempre es inhumano.   Se formó una discusión al respecto. Óscar y Javi, por supuesto, defendían que eran términos sinónimos. Algún día, vaticinaba uno, dentro de doscientos o trescientos años… quinientos, le corrigió otro, dentro de seiscientos años… “liberal” será una palabra tan vergonzante como “negrero” o “antisemita”. Eso no va a ocurrir nunca, el liberalismo es inherente al ser humano. Como la ley natural, terció otro casi para ofenderme a mí. Cuando yo me había reído hacía mucho de eso. Si igual que “conforme a la ley natural” juzgan el matrimonio, juzgaran la economía, ¿predicarían los curas el comunismo? Nos divertíamos. La ley natural la puso el señor dios para regular únicamente ciertas parcelitas: el sexo, la paternidad, la vida en familia, el respeto a la propiedad de las cosas y la elección de la enseñanza privada. El resto lo ha dejado a nuestro libre albedrío. ¡Liberalismo! ¡Libertad!, qué hermosura de conceptos. Sí, corrigió otro: libertad, ¡para todos! Y del Gran Patrón y su tablita. No nombréis a la ligera a Dios, les dije; y se callaron. Dios es cielísimo. Bueno, me censuró uno, no te pongas intenso. Hablemos de los liberales, que los tenemos encima. Un liberal es un reaccionario puro, honesto. Cree lo que dice. ¿Cree?, ¿cuando ni ve ni escucha ni quiere saber? Esconde una piedra en la mano y no lo sabe. ¿La esconde? ¡Te la tira a la cabeza! La pecadora no se habría librado con estos, porque se sienten justos; y están a salvo.   –Háblale –le había dicho Sonia, como si fuera su madre. –¿No se lo podrías decir tú? –le suplicó el novio, como si fuera su hijo–. A ti ya te ha escuchado. Sonia se vio en un remolino moral. Yo me reía de ella. Luego me arrepentía; aunque sentía un regocijo, voy a reconocerlo, de mala persona que se divierte. Resulta que entonces, y por sorpresa, atacó el flanco conservador, que más que flanco era grueso. Estaba haciendo circular una hoja para obtener una contraprestación del jefe. Hablemos, negociemos; el poder de la palabra y tal. En síntesis: él pide nuestro pelo, se lo damos; a cambio, queremos poder usar el teléfono para llamadas personales; y que se arregle el aparato de aire acondicionado, que en verano nos ahogamos; y que suministren papel higiénico; y toallitas perfumadas; y que se pueda tener algún juego en el ordenador (para los que prefieren quedarse en lugar de tomar el café); y las pastillas de jabón… parecían críos elucubrando hacia los reyes magos. ¿Tú no pides nada? ¿Yo? Que se aplique el convenio. ¿Estás loco? –me replican. Y Leonardo agonizaba. Si los otros pactaban con el Puto Amo, estaba fregado; a no ser que establecieran cláusulas de excepción o, al menos, disposiciones temporales. Agarrado a esa esperanza, participó. Propuso: pidamos que cada mes el número de rasurados sólo aumente un 3%. Sí, so listo, le negaban, ¿y quién empieza? Hombre, dijo, alguno ya se ha pelado voluntariamente. Lo miraban escépticos. Bueno, veréis, es que me caso. Con llegar a la boda intacto, me conformo. (Ah, qué emoción guardaban todavía esas palabras.) De esta manera, podría ganar tiempo. No le faltaba razón… No sé, dijo el más avezado, la negociación puede ser dura. Haciendo números: podemos ofrecer hasta un 10, y tú te salvarías. ¿Hay alguien más en situación especial? Silencio. Se rascaban la cabeza, consultando en ella sus agendas sociales. Yo tengo un bautizo… Yo, la fiesta de quince de una sobrina… Yo me compro un coche nuevo. ¿Y eso qué? No sé, decía… Seamos serios, compañeros, por favor. ¡Esto es absurdo!, se impacientó el más impaciente. A pelarse todos y sanseacabó, hay que hacerlo pues se hace. Martínez, Macho y Lorenzana ya lo han hecho. Y Alfio. A Alfio lo han empujado. Y otros. Cuanto antes pasemos por la peluquería, antes nos olvidamos de este asunto. Tal vez tenía razón… ¿qué estamos buscando, aplazamientos? Leonardo lo miraba con odio, atemperado de penilla. La gente a la que le tranquilizan las soluciones rápidas se inclinaba a aceptar. Por orgullo, el de la iniciativa de las reivindicaciones porcentuales se puso gallito y lo miró de hombre a hombre. No hubo drama; cada cual andaba abrumado al destapar sus agendas y nadie quiso ser testigo de un pulso. Vamos a dejarlo por ahora, terció un abogado. Vamos a pensarlo, se sumó un filósofo. Lo peor es discutir entre nosotros, resolvió un pacifista. ¡El jefe!, chilló Ibáñez. Y la célula contestataria hizo mitosis y se disgregó.   Estamos en la edad del trastorno de la conciencia humana. Nos iluminó Serge una tarde-noche ya en que se nos apareció de nuevo. Joer, respingó qué susto, Quiroga. Otra vez avisa. Y luego, más calmado, contó que una vez había conversado con un hombre que le hablaba rodeado de sus hijos destinados a la guerra. A mí se me encogió el ombligo. Sólo Javi lo miraba desconfiando como se mira al padre antes de matarlo; a los demás nos impresionaba. Aunque las suyas eran palabras sacadas de contexto, el contexto podía llegar de pronto y sorprendernos como una ola. No sería la primera vez que nieva y no avisan, apuntó un amigo. La voz cavernosa del viejo militante dilapidaba sentencias. He conversado con muchas personas en las situaciones más duras: he vivido el hambre, la democracia, la revolución, la contrarrevolución, el totalitarismo, la guerra; todos mis amigos, menos los que me salvaron, fueron asesinados; yo me salvé por los pelos. Un hombre me dijo: Soy un burgués, Serge, este mundo me es caro, pues de todos modos ha hecho mucho por el hombre, me parece que todo va a desmoronarse… Uf, me dijo a la salida Quiroga, hay que hacer algo con esto, yo no lo aguanto más. Estoy por comprarme su libro. Le pasé el brazo por el hombro como cuando éramos muchachos. No es eso, le dije. El viejo se quedó sin completar algunas cosas en vida… luego se irá. No lo hace por molestarnos, él ya está descansando. ¡Aparta, blandurrón!, no me vengas con tus prédicas. Borracho.   Las horas pasaban esperando cada cual su sentencia. Afuera, el cielo era gris todavía; la naturaleza seguía su curso ajena a nuestros comentarios, experiencia que muchos escritores han registrado y siguen registrando cuando se dan cuenta de ello, con una melancolía recién descubierta. Yo, que estrenaba mi nueva fe, nunca me sentía así; ahora contaba con una fortaleza invisible. Una noche, por ejemplo, fregando los platos, tuve que limpiar una cacerola con los restos de la sopa: letras, números, estrellitas, figuras que pongo en el caldo de mis hijos. Vertí agua en la cacerola y luego la colé entre mis dedos: unos restos de pasta se me quedaron pegados en la mano y el agua cayó a la pila. Tiré esos restos al cubo de la basura. Tempus fugit, dijo un sabio: no podemos retener la fuente de minutos, que se nos va como el agua entre los dedos. En cambio hasta ahora nadie ha dicho que tampoco podemos retener la sopa. El alimento se nos escapa igualmente, y cada día tenemos que ir corriendo tras él. Pero los sabios del mundo siempre han tenido una criada que les ha dado la sopa lista, y ese ejemplo no se les ha ocurrido. Los pensadores no friegan; ese es el mal. Leonardo se vio solo y decidió actuar armado con un valor líquido aromado de anís. El jefe le metió un dedo en esa copita y lo hizo girar como si fuera un rizo. Alfio quería morirse cada vez que se veía sin pelo, él, canoso admirable (con su punta de orgullo cuando otros habían visto la progresiva derrota de su cabellera), se consoló entendiendo que la rapadura de hoy sería plata después, al abrigo de una tapia de jubilado al sol. Martínez, Macho y Lorenzana miraban al suelo en el ascensor; habían escuchado mientras subían las burlas de los trabajadores de otra empresa situada dos pisos más abajo, que los habían reconocido. Sonia me dijo con su mitad de sonrisa que ahora más que nunca le apetecía ponerse extensiones. Iban cayendo cabezas. Algún día os tocará a vosotros, se revolvió Macho burlón contra los impertinentes. Huevo, huevo, huevo, le replicaron riendo. ¡Idiotas! Más tristeza daba lo de Camacho. Uno de los pioneros en la rapa que no veía reconocido su mérito. Protestaba sin pudor delante de mí, sintiéndose asistido de largas razones. Por más que me esfuerzo, nunca recibo ya no digo dinero que no me vendría mal, y arreciaba elegíaco, ni siquiera una palmadita. Una palmadita si quieres te la puedo dar yo, le contesté. No me oyó porque se estaba echando agua en la cara. ¿Qué? Nada, hombre. Yo consultaba a mi conciencia. La piedra tardaba en darme una respuesta. Para consuelo, leía lo que había pensado mi querido amigo Víctor antes de desaparecer de nuestras reuniones: –Tuve la impresión de que cada uno sufría su propio destino en un vasto país donde el terror era sobre todo secreto, y por eso sabían poco sobre las entretelas del régimen, y de lo poco que sabían no se atrevían a hablar, ni siquiera con un viajero ruso.   Quedábamos solo cinco. Uno por enchufado de un socio, otro por depresión sin baja, el tercero por bartleby, el cuarto por afortunado –cuando ya le tocaba llamaron con urgencia a la autoridad en persona–, y yo. ¡Acabemos con esta pantomima!, me convencí. Tenía razón el compañero, sufre más el pavo desde que empieza el otoño que el veinticuatro en que lo sacrifican. Avancé por la sala diáfana, saludé a las peladillas que se iban alzando para asistir a mi derrota, ya más oscuras por la costumbre; recibí signos de todas clases, también amistosos, incluso la alarma de Sonia como para detenerme. No entiendo de negocios, me había dicho o se lo había contado, voy a plantear mi dignidad. Ya sé que es liberal, le dije, quizá también sea generoso. (Alguien tendría que revisar el diccionario, hecho por ellos.) La compañera secretaria personal del jefe, a la que no veía nunca, me recibió con cariño. Sé que durante un tiempo pensamos si saldríamos juntos; a ella el número de mis hijos la desanimaba (como es lógico), a mí me atrajo. En la antesala de palacio, me hubiera parecido bien que me besara en la boca como se ha despedido alguna vez a un condenado a la horca. La compañera movía su melenita ganada como un trofeo infantil, la seducción perdía un poco. Sé que me imaginó desnudo de cejas para arriba, y yo tuve el prurito de avergonzarme. Voy a ser el mismo, le prometí. Ella me desmintió con un simple gesto; aunque sin crueldad, casi simpática. Al jefe lo encontré satisfecho (uno nunca sabe si eso es bueno o peor). Pase, pase, siéntese… Sánchez. Me gusta hablar con usted, hace mucho que no conversamos. Quisiera saber cómo ve todo; progresamos, ya lo sabe. La gente se esfuerza, no estoy ciego; hemos facturado más este año pasado y el que nos ocupa viene tirando fuerte hacia arriba. Y todo gracias a los muchachos qué carajo, es cierto. Perdone la mala palabra. Bueno, y a la dirección. El mundo se mueve por la competencia, mi amigo adversario. Todos corremos hacia el futuro. Quien más quien menos hace lo que puede. Unos caen, esto no se oculta: es la salsa de la vida, ¿me entiende? Otros ganan; “vamos ganando”, sería más correcto decir, porque qué nos depara el tiempo, quién lo adivina. –Yo me acordé de mi sopa–. Las bases, he ahí lo fundamental, las bases firmes, una idea clara, una ideología segura, un proyecto ambicioso, dar confianza a los que pueden servirnos, saber mandar y, por descontado, gente dispuesta a realizar su sueño –Sí, y que le entregue a su empresa hasta la última gota de su café, iba a reírme–: el mundo no es de los pusilánimes… ni de las mujeres, usted ya me entiende lo que quiero decir; yo no me considero machista, pero son demasiado dulces. ¿Sabe por qué los árabes no quieren que sus mujeres trabajen? ¡Porque ellos viven del comercio! ¡De comprar y vender! Y en el mercado hay que regatear, con la palabra y hasta con los ojos; uno debe ser duro para llevarse lo bueno; negociar es darle a tu contrario lo que tú quieres al precio que te conviene a ti. Y eso lo hacemos nosotros con esto (se apretó el colgante). ¿Lo pueden hacer ellas? –Las mujeres también son árabes –le respondí. Titubeó… Bueno, iba a decir. Se calló de pronto. Respiró un par de veces, recompuso el orden del día. Viene por lo del pelo. Ya imagino que usted no está a favor de la medida… debe comprender que todos debemos cooperar. Hay una razón bien simple: la imagen; la imagen no se trata sólo de una cuestión cosmética o publicitaria. En Japón, que son una cultura milenaria, qué hace ellos, cantan el himno de la empresa, aquí no tenemos eso, hacen una reverencia a los propietarios cuando entran por la puerta: saben que son empresa. ¿Lo entiende, Sánchez, usted que presume de leer? Eso les da una identidad común, lo que falta en este país, que estamos cada uno a lo nuestro. Les da fuerza, todos igualitos, todos parejitos, usted ve uno y son idénticos, ¿no? Por eso resisten; bien duro les dieron los yanquis y mire cómo se levantaron, tienen su comercio, su tecnología y hasta su bombita atómica escondida. Eso es un país, no me diga que no. Eso es prosperidad, gente que quiere trabajar, gente que sabe lo que tiene que hacer, y sin tanta pamplina. Yo les pido que se rapen y qué me encuentro, malas caras. ¿Sabe que vino el chico este, Leonardo? Lo sabe, ya sé que lo sabe. A llorarme. Se lo cuento a usted, que no salga de aquí. Se me puso verde el muchacho ahí en esa misma silla. Qué vergüenza. Le he recomendado una peluca, una buenísima que te la hacen de tu propio pelo, no se nota. Creo que su novia ni se ha dado cuenta, ¡hasta para dormir le vale, con eso le digo todo! Me sé un chiste con eso: el del tipo de se acuesta con su mujer, le toca la cabeza y como no se lo ha dicho, se cree que le toca el… Así que viene a hablar del pelo y yo entiendo que hay valores que son intangibles. Hoy en día la imagen es lo que cuenta. Vivimos en una civilización visual, lo que no tiene visibilidad no existe, se ha esfumado. Lo sólido se desvanece en el aire, le sonará, que es de lo suyos (el viejo rojo lo dijo), que uno ha hecho sus lecturillas. Lo que llamábamos realidad se ha desvanecido ya, salvo el aire naturalmente, el aire y el humo. Lo que se vende, lo que se coma, lo que se bebe, lo que se compre: todo ha pasado primero por una imagen, y usted lo ha introducido en su cuerpo o se lo ha puesto por eso. Yo, amigo mío, soy muy sincero, digo las cosas como son y no como me parecen; no voy a engañarlo porque tampoco me gusta que me engañen. La gente ya no siente el sabor ni el calor ni el olor de las cosas, siente la imagen que ha visto de ellas, la idea que se ha formado y que le ha convencido antes. Persuadidos con esa imagen ya no tienen más experiencia. Y, para cuando la tengan, jeje, ya es tarde. Soy un convencido capitalista, no un mentiroso. Yo sé que no es el buen producto el que vence en la competencia, sino el que se ve más; tenga en cuenta que el mercado se mueve continuamente: gana el que vende rápido y se larga a otro sitio. Si en este hotel le han atendido mal, usted dice que no vuelve. Pero si no tiene dinero más que para ese, usted volverá (aunque sea rabiando), porque a nadie le gusta pasar el verano achicharrándose en casa. Y si no, al dueño qué le importa, no van a agotarse los miles de giles que aún irán a probar a su establecimiento, ¿me entiende? Así funciona. Somos libres ¿no?, cada cual con su pasta. Qué listo, pensé, este cabrón tendría que venir a las reuniones. Entonces va usted a pelarse, ¿o es que se despide ya? Porque esa es otra, hoy ninguno somos imprescindibles, sabe igual que yo que si sale por esa puerta tengo cien esperando. No estamos para dejar trabajos, y usted tiene hijos. ¡No!, le mentí para sentirme libre siquiera un momento. Pues los querrá tener, me cortó las alas. Por fin se guardó la palabra y me dejó el barbecho. Yo, que para entonces no sé si me había sentado o vuelto a levantarme y que soy lento de reflejos, me quedé pensando en que había que triturar a este tipo como fuera. Arrojarlo por la ventana, no; porque, además de que son oscuras, no dejan pasar la luz del sol y deprimen a los que están dentro, no se pueden abrir. Clavarle el abrecartas, tampoco, que no hay, lo usa la secretaria en el otro lado; eso sí, algún busto se veía en el despacho, pero detesto la sangre y mi Señor reprueba a los vengativos. Me armé de paciencia, astucia, dialéctica. –Mire –le dije–. Creo que usted tiene razón en todo. Ya ve, coincidimos en la misma idea sobre cómo funciona esto, con la diferencia de que usted lo acepta y yo no. En lo tocante al pelo, quiero proponerle algo. Yo le acepto que la uniformidad es valiosa; ahora bien, piense un momento, ¿no lo es más la sensación de que aún la cosa no ha acabado? –logré interesarle–. Dos o tres cabezas con cabello, no le hablo sólo de mí; cuando entre a su empresa un cliente importante, un proveedor, o un político, y las vea, entenderá al momento que usted cree en la libertad, más aún, no hablo de palabras vacías, que usted en su empresa está en un camino, y a ese camino suyo van incorporándose poco a poco todos, y que no ha llegado al final, ¿me entiende? Usted está en el proceso de ir convenciendo a sus empleados, el hecho de que algunos no estén calvos, como usted y como la mayoría, significa que su idea se va expandiendo pacífica, calculadora, racionalmente; y que usted sabe vivir y negociar y enriquecerse en ese ambiente tranquilo. –Me gusta –concedió tras un momento. –Usted respeta la minoría díscola que siempre necesitamos para que el círculo no se cierre. Usted es el jefe: permita que vivan los pajarillos que comen de su mano (y perdóneme el símil tan fácil). Usted gobierna, domina un vasto mundo. Nosotros somos los recalcitrantes que le recuerdan que es mortal, y que el destino está siempre abierto en la sociedad abierta. Nos deja ser la chinita en su zapato, los irredentos que usted vence con el sueldo que nos entrega cada mes; somos los que permite usted jugar a ser felices y sentirse importantes. –Me gusta, es inteligente, Sánchez. Casi tanto como Ibáñez y como su querida Sonia (entre nosotros, qué buena está). Tan listo que me dan ganas de pisarle un poco y arrancarle yo mismo todos esos pelos. –No lo llevo tan largo –reconocí. –Cierto. –Usted no puede actuar empleando sólo la violencia –le dije–, empleando toda la violencia; usted ama el tener la razón. Y eso sabe que nos obliga a una mínima castidad –(logré que se removiera en su asiento de ballena)–. Puede ser duro de oír. Pero es la verdad. Por lo menos, permítame que se lo diga. No vamos todos a convertirnos en robots; un cierto aroma del mundo de la izquierda, vamos a llamarlo así, no debe perderse en su dominio. –La izquierda –masculló como si hablara del tiempo de los galápagos– va a ser eso, que todos dejamos que se conserve todavía algo de aquello… yo incluso. ¿Había empate? Temiendo que pensara demasiado, carraspeé. –Está bien –decidió– quédese con él. Luego dirán que no soy comprensivo. –¿Y el deprimido sin baja?, ¿y el bartleby?; deberían incluirse. –¿Quién ha dicho? Bueno, con el enchufado del socio y usted hacen cuatro –contó. –Cuatro, un resto de salvados… ¿qué me dice, jefe? –Sus propios compañeros le darán problemas, querrán que se haga rotativo. –Eso es cosa mía. Yo he negociado. Además –le dije– ¿no somos capitalistas?: llegamos a un acuerdo ahora y ya se verá después. Siempre se puede improvisar. –O sea, que se largará usted antes de que lo obligue. –Es broma… ¿Lo dejamos en cuatro entonces? –Márchese.   Esa noche me volví contento a casa, cantando los versitos de Vallejo:   En tanto convulsiva, ásperamente convalece mi freno, sufriendo como sufro del lenguaje directo del león; y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo, convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.     Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.