Vivimos en la era de la desmemoria. Hasta los docentes, los estudiosos de la enseñanza, ni qué decir tiene que los políticos se apuntan al carro, un político se apunta a todo, es algo que deberían tener en cuenta los que quieren cazarlos por corruptos, un político siempre dirá que se apunta a lo que sea. En fin, lo dicho, vivimos en la depauperización, o depreciación, perdonen que se me haya olvidado lo de la sociedad de mercado o el mercado social en que estamos inmersos, por eso hay que valorar más si caben los recuerdos, la memoria, esas cosas que nos hacen ser, inevitablemente, lo que somos. También a Tomi.
  Atravesé la avenida Roosevelt Primero y continué por Mártires Aliados de Irak hasta la altura de Valores de Occidente; esta la recorrí toda y desemboqué en Cirugía Extrema, una callecita que hace una suave pendiente flanqueada por las hileras de sombras de unos plátanos bienhechores en los días de calor. Las fachadas de las casas me parecieron como recién lustradas por una mano de cera o acaso por una lluvia reparadora que hubiera alisado la pintura que las cubría; me dije que, dentro de aquellos pisos, los ciudadanos no podían vivir mal. Las ventanas abrían vanos por los que había accedido la luz anaranjada del atardecer y ahora se iban progresiva e inevitablemente empañando de oscuridad. Sus alféizares, de anchura suficiente, se veían a menudo adornados de tiestos pequeños rojos y amarillos con sus plantas y flores; en alguno, se distinguía la jaula de un pajarito que pasaría la noche al relente. Los portales no eran suntuosos, sino modestos, cada uno con un detalle que lo particularizaba, y a los que, aunque hubieran entrado y salido ya por ellos un par de generaciones más la que se venía con sus pasitos cortos, aún daba gusto barrerlos y adecentarlos por turnos, que lo primero que se viera del lugar que habitaban aquellas gentes resultara agradable. En cuanto a los coches, sus propietarios disponían de un sitio seguro en el sótano compartido del edificio, el mismo donde los cepillaban y lavaban o cuya mecánica revisaban o donde incluso emprendían fáciles reparaciones, quizá con la ayuda de algún vecino. He ahí los hogares que otorgó el capitalismo a sus trabajadores cuando aún pagaba; las cosas por entonces funcionaban; como solían decir: se vivía explotado, pero era una vida. Cualquier joven, por ejemplo, aunque de niño hubiera disipado algunas tardes jugando en la calle, podía pasar de las aulas de secundaria y las discotecas a la universidad, y de ahí a las fiestas y a los empleos sin que hubiera disgustado mucho a sus padres en el itinerario. Los mismos que se habían divertido encontraron después un trabajo que se parecía a ellos. Respiré a fondo ese aire nuestro de entonces que yo alcancé a conocer a lo último, por ver si se me contagiaba algo de su optimismo. No creo haber conseguido mucho más que una punzada de nostalgia, que nunca apetezco, pues ahora sigo a la fuerza la advertencia del filósofo de que las pasiones tristes nos debilitan: no digo nada, aprieto los dientes y tiro hacia adelante. Conque sin entretenerme sacudí la cabeza de pensamientos apenables para localizar con la mirada la bocacalle de Valiente emprendedor que buscaba, señalada a ambos lados por una tienda de chucherías y un pequeño cine de cincuenta y cuatro plazas en que se daba una película nueva: Wire word where waste world wants wake why, o algo así. No se habían molestado en traducir el título; como los chicos de aquella gente conocían el idioma desde la guardería, seguro que la disfrutaban doblada al castellano. Al final de esa calle y de otras, menos nuevas y de discurso más tolerante que no menciono para no descubrirlo, se ofrecía nuestro local, nuestro bar El Calavera. Javi ya había llegado, algo extraño en él; su rostro ahumado, sus ojos grandes y poco perspicaces, su mentón duro, su inmediata sonrisa me recibieron en la entrada. Al soldar un instante nuestro abrazo, sentí en mi nariz el olor de su cazadora de cuero intelectual. Todavía antes de acceder al local, esperamos a Pablo, quien se acercaba trayendo esa melancolía suya colgada del hombro igual que una mochila. Alguna circunstancia empañaba su mirada franca de quien ha viajado mucho y sigue esforzándose por sobrevivir, y no eran las facturas. Me di cuenta de que se debía al dolor por el amigo perdido; lo que me impulsó a adelantarme unos pasos para saludarlo. En ese momento cómo iba a imaginar que un día nos encontraríamos, solos y apaleados, en una prisión de la CIA emboscada bajo tierra en uno de los barrios más prósperos de Beijing. Después de los abrazos, intercambiamos las palabras urgentes que nos ponían al tanto unos de otros; nos sentimos reconfortados y a continuación, sin más que añadir, pasamos en orden a nuestra casa de siempre. Los demás se levantaron al vernos para dedicarnos su ritual de bienvenida. En las mesas, la cerveza se hallaba servida y unas raciones que alguien tuvo prisa por encargar; era agradable descubrir también dos o tres volúmenes de fotos que alguno había puesto a nuestra disposición. Me complació que aquello se hubiera hecho tan bien. No tardamos en sentarnos, cada cual en la silla de costumbre si no en la que tenía a mano, y los que acabábamos de llegar nos dejamos introducir con facilidad en el ambiente. Yo había temido una reunión fúnebre; por fortuna, el entusiasmo de vernos de nuevo arrastraba nuestra tristeza; nos encontrábamos allí bastantes de sus amigos, luego de algo serviría mantenernos juntos a pesar del tiempo transcurrido, pensé. Inevitablemente uno alentaba en secreto la ilusión de que, cuando desapareciera, los otros también se congregarían allí para lo mismo. Quiroga llevaba una venda blanca recién estrenada que le cubría parte de la cabeza como a una momia. Miraba a través del único cristal de la gafa que había quedado a la vista; así, las cosas que iba diciendo tenían un no sé qué de siniestro y verdadero, hasta los chistes que, cada tanto, le gustaba introducir. Mientras consultábamos los álbumes con las fotografías – en las que íbamos apareciendo unos y otros– y se charlaba en voz baja, él contó la historia aquella del chiquillo que Tomi quiso adoptar. Se trataba de un niño negro venido en patera antes de nacer, al cual nuestras instituciones, mejor o peor, habían conservado desde que la madre desapareciera. La inspección técnica preceptiva, es decir, una mujer meticulosa e incapaz de ponerse en el lugar de otro y un becario acudieron a visitarlo un día a la vivienda de Tomi. Tomi no estaba, naturalmente. Les abrió cualquiera de sus hijos y la puerta retirada dejó ver como la chavalería corría por la casa. Escenificaban, sin escatimar en detalles, un atentado terrorista con la consiguiente llegada de las-fuerzas-y-cuerpos-de-seguridad-del-estado: los sofás valían de escombros y el pasillo, de una galería abierta por las bombas; imaginaos. Cada cacerola era un casco; las legumbres, balas; botes de refresco vacíos, los proyectiles de más entidad; la ropa en jirones, vendas y las pringosas líneas de kétchup, las imprescindibles huellas mortales de los caídos. Eso es jugar. El crío recién llegado había tenido que morir, destino reservado enseguida a los nuevos, y quedar tendido en medio de la sala, aunque sus ganas de vivir lo habían hecho resucitar con prontitud y ahora perseguía con el palo de la escoba a un jefe rebelde. La supervisora consideró no ya que le hubieran dado al menor acogido allí un papel poco vistoso, pues estos eran intercambiables, sino que la representación, en general, resultaba inapropiada para el que ellos habían tenido el cuidado de custodiar durante tanto tiempo con tantísimo empeño (cinco años de impuestos, la gestión misma, alguno que otro test, etcétera). Conque redactó un rápido informe mental, marcó el número de una cuadrilla para la retirada urgente de menores y, al poco, las tropas del orden –estas sí reales–  desembarcaron en el domicilio; después de obligarle a recoger las cosas que, en su desorientación, el pobre muchachito apenas supo ver, se lo llevaron llorando, como igualmente dejaron a sus compañeros de lucha. La diversión había acabado. Tomi, en consecuencia, reclamó que le devolvieran a su nuevo hijo. Denegado: un ser humano necesita para vivir unas comodidades, aunque mínimas, que ese hombre no podía garantizarle; y además que se anduviera con ojo porque la inspectora había elevado un informe pericial sobre su familia que podía hacer peligrar su adscripción entera. ¿Puedo verlo? No. Bueno, entonces ¿cómo lo liberasteis? Octavio, que alguna mano tenía en el escalafón, consiguió la llave, dos claves de acceso y una botella de whisky para el guardián de la entrada. Al momento ya estaban fuera, junto con la sección completa de jovencitos de dieciséis que tenían sus propios planes y ganas de libertad. Lo demás era conocido; pero daba gusto escuchar a Quiroga, verlo reírse por debajo del bigote, su nariz ganchuda, la pupila ilesa, el alto vendaje sobre el último recadito parapolicial; verlo disfrutar contándolo según había sido o se lo imaginaba él. Investigaron a Tomi, que disponía de cuatro impecables coartadas, además de husmear en su círculo más próximo. El chavalito –Mike de buen nombre–, hacía la ronda de la amistad por otro círculo concéntrico de amigos más amplio, inalcanzable para los sabuesos del amor. No pudieron nada contra él ni contra nosotros, a quienes no tuvieron el gusto de conocer. Tras varios intentos, localizamos a la madre: ya sólo había que reunirlos. Eladio condujo el coche –con Mike oculto en una maleta– que pasó las fronteras, después el estrecho y una porción de desierto hasta las cuarenta ciudades. Durante el viaje, el chico pidió un bocadillo de jamón y un refresco; y sollozaba. El ojo de Quiroga también, de pronto se le había quebrado la voz narradora. Cuando soltó una palabrota y se quedó más tranquilo. Comimos, bebimos, cambiamos de tema los compañeros allí presentes y cada tanto volvíamos a la cuestión que nos había reunido. Así que cualquiera intervenía para decir su frase y enseguida alguien lo secundaba. Cómo le gustaba discutir a Tomi, dijo Fran (es un ejemplo). Y la pelea que tenía contigo. ¿Cuál? El debate ese de qué sale más económico, si afeitarse con la máquina eléctrica o con la cuchilla. ¿Tú qué defendías? Ni me acuerdo. A ver cómo lo calculas. Sí, hombre, él decía que salía más barato la eléctrica; antes del Plan Electroganga que impuso el gobierno, claro. Y aquella frase suya sobre los capitalistas. Sobre los empresarios. Sí: “No tengo nada contra que los empresarios ganen dinero, siempre que no sea el mío”. Mientras no sea el mío. Tomi hubiera sido un gran escritor, de haber tenido tiempo para desarrollar su carrera. Sé que una editorial quería que escribiese más aforismos porque les gustaron mucho los que se había autoeditado. Lástima. Quizá en su ordenador encontremos algo; pensemos en la viuda, propuso alguien. La idea cayó igual que un saco de penas. Tomi no valoraba lo que escribía. Valentín hablaba con su rostro rojo de las personas coléricas, y una barba prematuramente encanecida que no le hacía juego sino que le daba un aire odioso como de un Papá Noel para huérfanos. Era hombre de ideas fijas y memoria prodigiosa (recordaba fragmentos largos de discursos, declaraciones, estadísticas y noticias, hasta con sus fechas). Algún día, si me decido a suicidarme, nos aseguraba riéndose, será por este talento mío que me ha prestado la naturaleza. Y si liquido a alguno, también. No contaré aquí el final que tuvo tras una brutal paliza que lo dejó amnésico. Pero esa tarde pronunció para nosotros algunas de las sentencias rumiadas por nuestro amigo querido. Al principio, todos las recibíamos callados como ante la verdad revelada; no las discutíamos, ni las comentábamos; a nadie le importaba lo acertadas o lo parciales que fueran. Que se marcharan flotando esos barquitos de papel que habían sido. Sin embargo, luego nos inspiró con la ayuda de la bebida el jaleo habitual. “En la frente firma la vida”, esa era uno de sus dichos. ¿Qué significa? Nos reprendía Charli, está más que claro: mírate en el espejo. Algunos reíamos. ¿Y esta?: “¡Qué bonita es la luna!…” ¿Eso es un aforismo? Espera, que no he terminado… “¡Qué bonita es la luna!, parece de otro planeta”. Mal no está. ¿Lleva título? “Nuestro sueño”. Qué jodío Tomi cuando quería. Además se la publicaron. Le darían unos centimillos por la ocurrencia… Y, al escuchar todo eso, pareciera que Tomi dejara caer su presencia para colocarse entre nos. Alguno se levantó a pedir otra ronda de cañas. “La realidad es el género literario del poder”. Varios asintieron. En cambio, no me gustaba a mí cuando se hacía el intenso, lo censuró Jime desde un rincón. Esta era una palabra clave en el grupo que utilizábamos para burlarnos cada vez que, por ejemplo, alguien le entraba al tema metafísico o se ponía demasiado serio, o se quejaba de que le estaban apretando el nudo de la oficina, o de cualquier otra cosa; no se libraba de esa acusación, de intenso. Blanca, casi la única mujer que participó en aquellos años en las reuniones de El Calavera (aunque no venía mucho porque la pobre se aburría), esa tarde-noche, de pronto, apartó su asiento, se puso de pie y dijo con la jarra en alto: “Brindo por sus mujeres”. Dudábamos en levantarnos, ¿adónde iba esta? Luego Charli y Javi respondieron. Y así todos. Parecíamos el corro de los resentidos. “Dichoso y dichosa los que encuentran una pareja tan loca como ellos mismos. Brindo por la mujer que tuvo como enamorado a Tomi; feliz también él, que encontró tan buenas chifladas en su camino… Porque supieron disfrutar de su atrevimiento”. Se notaba un sabor de profundidad en la sala. Hicimos chocar los vidrios, nos dimos el trago; entonces nadie quiso sentarse. Tuvimos nuestro momento de magia. “Tomi era un donjuán”, cantó el inoportuno. “Él se lo lleva”, le replicaron. Examiné el rostro de Blanca temiendo el enfado; sonreía. Así que bebimos de nuevo, nos quedamos un poco sin saber qué decir, y luego recuperamos cada uno su silla. En los espejos observé con distancia a algunos de mis compañeros: el rostro sensato de Julián; la estampa soñadora de Luis; las cicatrices de un tercero cuyo nombre prefiero no desvelar; a Jime, que nunca superó su tic nervioso y otras cosas que adquirió en la lucha, a Quiroga, a Javi, a Martín… Formábamos grupitos de viejos bebedores que esperan charlando sentados a que les llegue la muerte, o que están dispuestos a buscársela en el momento propicio, fruto de un repentino deseo. Cada cual había arrastrado su coraje hasta allí, a través de penurias, desengaños y la violenta claridad de las verdades hermosas. Éramos tan débiles como cualquiera, e inigualablemente obstinados, de lo cual nos enorgullecíamos. Dicen que tipos como nosotros no tememos morir porque no creemos en otra cosa que en la vida terrena, ni siquiera en la celebridad. Hay quien denosta la contestación por trágica. Pues yo cuando me tratan de nihilista se lo agradezco. Dicen muchas bobadas, y propagarán más todavía. Y, sin embargo, todos somos iguales: eso seguro. De un compañero oí: “habría que reventar todo esto”; su interlocutor reflexionaba a su lado con el puño en el mentón igual que un poeta. Francisco tenía un brillo inocente en sus ojos; su frente despejada significaba una inteligencia clara, dura, desaprovechada. A su lado, Martín, siempre sonriente: no sabía evitarlo. A Óscar ya no lo esperábamos. Sentí de repente ganas de hablar. Os contaré lo de las monedas, les propuse. Blanca se arrimó, Néstor repuso con una pregunta. Tomi, ya sabéis como era, me contó una vez que había calculado que le quedaban treinta años de vida. Yo le dije que era una tontería porque nadie sabe lo que va a durar. Además, me parecía poco. Me contestó que no lo decía porque creyera que podía adivinarlo, era su forma de hacerse una idea del margen con que contaba. No quiero que la vida se me convierta en una especie de camino por el vacío, me explicó, quiero referencias y fijar un número me ayuda. De manera que Tomi reunió esa cantidad en monedas, treinta, todas iguales y relucientes, y las metió en una caja. Cuando cumplía años, sacaba una. Así visualizo lo que me resta. Muy gráfico, le dije. Me invitó a copiarlo, pero a mí me desagrada lo siniestro. Un día ve que las monedas han desaparecido; se pone a buscarlas y descubre que ha sido su hijo mayor. Le confiesa a Tomi que se las ha gastado; que dónde, con sus amigos en una especie de fiesta; que en qué, el chaval le dice que en bebidas y en una chica; cómo que en una chica, sí, entre todos habían contratado a una estríper. Tomi se interesa por saber cuántos eran, en realidad por averiguar si les hizo algún servicio. Cinco. Por el número dedujo que solamente miraron. ¿Y después? Qué quieres que pase, papá, con el dinero que reunimos nos hizo un bailecito, enseñó la palma y se largó. El bueno de Tomi, nunca se enteraba de nada. Como le habían fallado las monedas, más adelante se le ocurrió repetirlo con botellines de cerveza. Juntó veintinueve o veintiocho por los años que se supone que le quedaban y los colocó en fila en lo alto de los muebles de la cocina. Cada aniversario metía uno en la nevera para que estuviese bien frío y se lo tomaba. No eran de marca ni mucho menos, de los corrientes (si a Tomi siempre le ha faltado el dinero, no podía permitirse ni que se le calara el coche); la cuestión para él era el sentido. Luis, me llama un día: la hilera se acorta. Y se reía de mi aprensión. ¿Quién puede desayunar delante de una cosa así? A mí me pone nervioso. Después se volvió raro; no sé si mantendría las cervezas en ese sitio o se olvidó de ellas. El caso es que hace unas semanas pasé por su casa por ver si se podía echar una mano. Los botellines de cerveza allí no estaban. O el chico esta vez se los había bebido o los había quitado alguien. Ya veis, no llegó a tomarse los treinta que él creía que iba a cumplir. Bueno, repuso un compañero, si le sirvieron para vivir más consciente. Eso sí, ratificó un tercero. ¿Y no se las habrá chupado alguno? (De los que estábamos reunidos, se sobreentendía…) La acusación no era de buen gusto, y eso aunque habíamos bebido bastante. Yo dije: –Faltaba algo en lo alto del mueble, se notaba; quedaba como el rastro.     Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.