Hay gente que apostata y hay gente que abraza la fe. Son decisiones lógicas y razonadas, siempre. Otra cosa es que no sepamos ver que los sentimientos tienen razones que la razón desconoce. De esas y otras cosas nos habla este nuevo capítulo de La vida económica de Tomi Sánchez, la novela donde Javier Sáez de Ibarra repasa el mundo en el que hemos elegido vivir. Vale.
  Pero Tomi agachó la cabeza y desde ella una voz hilito dijo con ese gesto: –Amigos, tengo que confesaros algo:… … … … me he convertido. (Pasmo seguido de alarma. Miradas científicas, inquisitivas.)… … Me he hecho católico. –¡No me jodas! –¿Te has vuelto gilipollas? –Este folla poco. –Pero ¿católico-católico? Asentimiento compungido de ante los inevitables. –¿O cristiano en vez de católico? (A algunos se les escapaban los matices teológicos: qué más da la misma porquería…) –Pero ¿te pasa algo? – (La pregunta temible:) Tienes cáncer. –¡Qué dices ¿de verdad?! –¡Qué importará si tiene cáncer o no tiene! –¿Cómo ha sido? (Investigación que se dirige a los hechos.) –Eso. Cuenta. [–Y se atreverá a contarlo aquí. A nosotros…] [–Siempre me ha parecido un poco blando, ahora lo entiendo.] [–¡Pero si este se ha emborrachado como un loco y ha hecho de todo!] [–No se puede ser amigo de un tipo así.] [–¡Qué decepción!] [–Bueno, bueno, las opciones personales hay que respetarlas, aunque no las entendamos…] [–Tomi, me cago en mi padre… a qué viene eso ahora.] –Tomi, me cago en mi padre… a qué viene eso ahora. –Explícalo, hombre. [–Te has bajado del barco, ¿tienes miedo a espicharla?, ¿crees que te va a valer de algo? El cielo y esas bobadas de la edad media…] –Bueno… … no es que te levantas un día y. –Y ves a dios jajá. –Calla. –Deja seguir. –Llevaba meses, bueno, años, meses, pensando… uno intuye que la vida. –La vida qué, la vida qué. –Sssshhhhh. –Qué pasa con la vida. [–Cuando empiezan con la vida, malo. Qué es eso de “la vida”: sólo hay gente, que vive y luego palma.] –Pero ssssshhhhh. –Bueno, chicos, en el fondo la vida es un misterio. [–Ya estamos con la palabrita.]  Yo nunca he dejado de pensar que hay una sombra detrás de todo lo que vemos. No conocemos nada. –[Sombritas tenemos.] La ciencia ha demostrado el origen del universo. (Categórico: hawkiniano, dawkiniano, wkiniano, niano niano.) Habrás oído hablar del big bang. – Aunque bueno, jajá, eso demuestra que si algo tiene dios es paciencia. –No… El origen está más allá. Y la causa del origen más allá todavía. El porqué de lo que existe nos sobrepasa. Aunque conociéramos perfectamente cómo empezó todo, nunca sabremos por qué pudo empezar algo. Ese porqué se escapa a toda investigación. [–Este tío está tonto, la ciencia lo ha demostrado. O lo demostrará.] –Bueno, y qué. No lo sabemos, pero qué tiene que ver con hacerse eso. Qué te ha pasado a ti. –Eso lo digo porque uno, siempre, sospecha, ¿no? Y vosotros lo habéis sospechado. (Actitud preventiva ante el contagio: ¡eh! ¡A mí no me metas!). Pero bueno. Lo mío fue gradual, bueno, repentino, pero [–En qué quedamos.] como que hubo un proceso. Fue por curiosidad y casualidad… Pues leí una frase de Jesús. [–Jesús, qué Jesús.  –Ya lo llama Jesús. Qué familiar. –Está chiflado. –Le ha dado fuerte.] ¿Os la digo? Discrepante e irritado silencio que, bueno, otorga. –Jesús les dijo –más o menos– a sus discípulos: Sabéis que los grandes de las naciones las dominan, y los poderosos las oprimen. –¿Y eso qué quiere decir? [–Está clarísimo.] –Jesús da por supuesto que sus amigos están de acuerdo con él: que ya saben que los políticos tienen un poder total, y oprimen al pueblo. En eso estáis de acuerdo. –Es que eso no se puede discutir. –Es evidente. –Ya, tíos, pero Jesús lo dijo en el siglo uno. ¿Entendéis? En el siglo uno nadie pensaba de esa manera. No habían nacido Marx ni Bakunin ni Gramsci. Faltaban miles de años para que hubiera un pensamiento revolucionario. Y Jesús está diciendo tranquilamente que los grandes y los poderosos, o sea, políticos y empresarios, los que controlan la pasta, son los canallas que someten a la gente. –Está bien. –Aceptado, sí, se adelantó. –¿Y qué pasa? –La cosa no es que se adelantara. Es que lo tenía muy claro. Dijo “sabéis”, a mí lo que me asombra es que dijo “sabéis”, como si dijera: en otoño se caen las hojas. –De acuerdo. –¿Y entonces? (Solicitud de nuevo material narrativo). –Me puse a leer algo más… … Bueno, me leí todo el evangelio. –Te infectaste. –Si te parece… Y me sorprendió. Jesús se pasó la vida con la gente más pobre, ¿lo sabíais? –Algo tenía entendido. –Pues yo no… hasta pensaba que la iglesia en realidad hablaba de otro. –Si no se relacionan. –Tú lee ese libro y lo vas a ver. Resulta que era pobre él también. Él y su gente comían lo que pillaban por el camino o lo que les daban. Sobrevivió como pudo entre enfermos, tullidos, locos, niños abandonados… incluso putas. –No me jodas que se iba de putas. Ya me cae bien, hombre. –No se iba de putas. –Acabas de decir que se iba de putas, ¿y ahora lo niegas? –Que hablaba con ellas. –Hombre, el protocolo… –Eso me da igual. –Sigue, ya me cae simpático. –Un momento. Si Jesucristo se iba de putas, ¿por qué el Papa no va a verlas, en vez de visitar a tantos presidentes? –Javi, cómo te pasas. –Yo sólo pregunto, ¿no se puede preguntar? –Imaginaos a Jesús. Se mira la ropa y se da cuenta de que no viste mejor que ellos, come lo mismo, duerme donde le pilla; está rodeado de gente miserable. –Se deprime. –Un pringado. –No. Ahí está. Podía haberse deprimido, pero no. Tiene una energía tremenda, está con ellos y contento; da la espalda a la gentuza, no le interesan los ricos, qué va, los desprecia. Él se mueve entre los barrios y las casuchas de los pobres con la gente de mala vida; ni se acerca a las casas buenas. (Silencio imaginativo. Ellos sí quieren saber, lo leen en medios alternativos de comunicación, lo analizan, discuten, se indignan, se enfurecen, sufren activamente, mueren.) –Jesús no tiene el menor interés en ganar dinero. Su revolución es con los que no tienen nada. –Eh, ¿qué revolución? Ese Jesús, que se sepa, no ha hecho ninguna revolución. –Claro que sí, una revolución para aquella época. –¿Para aquella época? Las revoluciones de todas las épocas son iguales: luchar contra el poder; y tú me estás diciendo que pasaba de ellos. –Su propuesta era no necesitarlos. Vivir al margen. –Autogestión. –En resumen: que has leído que ese Jesús era un anarquista adelantado y te has hecho religioso, y ahora tienes que creer en Dios, en la puta iglesia y en el juicio final ¿no? –Tienes que creer en el cielo. –Y no puedes usar el condón, ¿qué vas a hacer ahora: volver con tu primera esposa? Anda no me jodas. [–¿Vas a devolver a tus hijos?] –¿Y has rezado? (Pregunta y silencio, celebración de lo paranormal.) –… (Tímido:) Pues… sí. –Tiene que rezar, lo manda la religión. ¿Verdad? –Pero vamos a ver que yo me aclare, cómo empezaste: llegas un día, te metes en la iglesia y dices, oye, dios, que a partir de ahora ya no me cago más en ti, ahora hacemos las paces, te voy a rezar y hacer caso en todo. –Tíos, os estáis pasando con él. No os tomáis en serio nada de lo que cuenta. –¿Eh? Yo por lo menos me intereso. Si te molesta me callo. –A mí me da igual lo que creas, dime si vas a seguir con nosotros en el comando o te rajas y ya está. –No, que lo cuente. Tomi, a ver, cómo fue exactamente. –No sé si podré, no es fácil… –Ya estamos. –Pero cállate, hombre. –El otro día, el jueves de hace dos semanas. Me levanté de madrugada, a las cuatro o por ahí. Me tomé sal de frutas porque me dolía el estómago, di unos paseos por la casa, fui a ver a los niños… estaban dormidos. Encendí la tele, vi una peli porno que daban a esa hora, las noticias. –Lo normal. –Lo normal. Pero sentí una especie de pena por todo… [¿¿??] Yo estoy contento de la vida que llevo, a pesar de nuestras privaciones, y de que, bueno, ahora estoy sin pareja, ya sabéis… y bien que lo siento.  –Lo que yo os decía: insuficiencia sexual, gravísimo. –Miré el reloj de la cocina; no tenía sueño pero estaba agotado; hubiera vuelto a ver la peli pero no quería; amaba a mis hijos aunque sentía que lo estaba haciendo mal porque han sufrido mucho con mis vaivenes… En un momento estaba como haciéndome cargo de mi vida completa, de forma inesperada. Me sentí atormentado en un segundo: todo estaba bien, todo estaba mal. Podía ser dichoso con lo que tenía, hasta con mi trabajo asqueroso y sin embargo no lo era, me sentía desgraciado. –Pues te vuelves a la cama, descansas y mañana amanecerá otro día. –Sí, sí, eso era precisamente lo que pensé hacer… pero no pude; además, no quería descansar y fin, quería que continuara esa lucidez que me había venido sobre mí mismo, es que bueno, yo creo que soy muy estúpido y que la vida se me ha ido pasando sin darme cuenta. Entonces ocurrió que tuve el deseo irrefrenable de salir al balcón. –¿Cómo así? –¿Qué es lo que no entiendes tú? Sigue. –Necesitaba asomarme al balcón, simplemente. Y salí. Me dio un golpe de frío, estaba en pijama, pero lo que sucedió de pronto es que vi la luz de las farolas de la calle iluminando las aceras oscuras, los árboles amarillos, el suelo regado; todo estaba hermoso, y mira que mi calle nunca me ha gustado especialmente; había claridad, el cielo negro; había como espacio, sí, como sitio por todas partes; sentí que mi vida lo mismo que ese lugar estaba abierta, no sé si me entendéis; que mi vida era grande, llena, que era de goma. –¿Qué quieres decir con que era de goma? –Sí, que es flexible, moldeable. –La vida no es moldeable, la vida está constreñida a unas condiciones de hierro, no me seas ingenuo. –Ya sé que muchas cosas no las podemos hacer y que no somos libres. Pero yo sentí que sí. Siento que sí, que no estoy obligado a ser como soy, puedo estrenarme. Sin embargo, eso no fue lo que me importó más. –Porque lo que estás contando le pasa a cualquiera. –Claro, si yo no me creo especial. Yo no he provocado nada, ya os lo estoy diciendo. Sólo que percibí la belleza de mi calle, de la ciudad, a la vez que la alegría de estar vivo, eso tan simple aunque me vaya a morir mañana y lo estemos pasando mal, y eso… La alegría de estar en la vida con todo, el don de vivir. Y de golpe creí que un Dios había hecho todo lo que me ha ocurrido hasta hoy. –¡Un dios! –¿Un dios? –Un Dios. Para mí, un dios. Dios. O llámale como te apetezca, el nombre no dice nada, Alguien, Algo. Pero no algo extraño e imposible. Una fuerza favorable. –¿Una fuerza favorable? [–Yo me pasmo.] –Favorable ¿para quién?, con los mil millones de personas que pasan hambre en el mundo. –Favorable para mí, que estaba fuera asomado a mi balcón. En ese momento no pensé en lo que dices; pensé en la suerte que yo tenía de estar vivo, de tener a mis hijos sanos, de haber vivido el amor de muchas mujeres, de tener fuerza todavía para tener amigos, para luchar, para vivir… –Felicidades, te has reencontrado contigo mismo, has hecho una especie de terapia. –Pero es que no es eso. Es que he sentido que Dios aparecía, he sentido que está muy cerca con toda su fuerza de bondad y de estar. Sólo tengo que pensar en él para darme cuenta. Es imposible de explicar, a la vez es muy fácil; no se trata de que haya que hacer ningún esfuerzo. Solamente dejarte. Dejarte creer. Si vosotros quisierais, creeríais en él. –Que me esperen. –Y tener que ir detrás de los curas, sí, ¡con un palo a esos cabrones! (Algunas risas, también de Tomi.) –No se trata de eso. Es cuestión de confianza. –Pues yo no quiero ceder a esa tentación de creer en dios. Seguro que podría si quisiera. No quiero renunciar a mi vida ni a mis decisiones, no voy a formar parte de ese engaño que se llama religión y que no ha hecho más que entorpecer la vida de la gente en toda la historia y causar sufrimiento. –No se trata de proponérselo. No creo que puedas sentir la presencia de Dios cuando a ti te dé la gana, porque eso no ocurre por una decisión de la voluntad. Es más bien dejarse sorprender, acercarse con tu vida y que se te manifieste. –¿Y si no se manifiesta? –Yo he estado muchos años sin creer en nada, vamos, sin planteármelo siquiera. Y en cambio ahora, mira. –¿Y estás contento? –Sí. –O sea que has sentido a dios a las cuatro de la mañana porque has visto que habían limpiado tu calle y no crees que sea tu imaginación. Y eso te pone contento. Vale, anotado. Y ahora ¿qué vas a hacer?, ¿te vas a las misiones con los críos?, ¿vas a pedirle al Papa audiencia para que te perdone los pecados?, ¿vas a dejar a tus amigos ateos y cabrones? ¿Qué? –Yo te veo igual que antes, a ver, ¿dónde está la coronita? –No sé qué voy a hacer. Eso es algo curioso. Siento que ahora ya no seré el mismo, no quiero hacer nada que haga daño a nadie, eso lo tengo claro. Pero no sé qué va a cambiar. Sólo sé que no quiero perder este impulso que siento ahora, quiero que se mantenga, ser dichoso como me siento en este momento. Esta felicidad no tiene mucho que ver conmigo; no la he preparado yo, sino que me ha venido. Y ahora respondo de ella. –Cuidado, Tomi, que cada vez te expresas con palabras más raras. –Perdón. Estoy muy contento. Y vosotros ¡podéis hacer lo que queráis! Podemos disfrutar de la vida; la vida es de goma, yo lo entiendo así… lo siento así. Me preguntabas por el comando: no sé. Pensemos que es una posibilidad. Formar un grupo, una comuna, vivir al margen de los poderosos, lo que queramos. Estamos llenos de posibilidades: y podemos entrar en ellas, pero con alegría. Lo que se nos olvida es la alegría. –Vuelvo a lo de antes, que tú te me escapas: ¿has visto el mundo y te parece que hay motivos para eso? –Yo ya lo sé. Pero si dios o la religión nos salvara del mal, entonces los que creemos tendríamos una ventaja. Todo lo terrible existe. Yo siento lo mismo que vosotros, la misma impotencia por todas las catástrofes que ocurren. Y creo en Dios que no resuelve ningún problema. Por eso creo en Dios. –Me he perdido. –Yo también. –Lo que quiero decir es que creer no sirve de nada, sería un fraude. Si alguno de mis hijos muriese yo sufriría enormemente; prefiero morir yo ahora mismo. Le rezaría a Dios y le diría me has quitado a mi hijo y me duele hasta el alma; pero tú eres adorable. –Sería un cabrón, que es lo que es. –Encima de que te has hecho de los suyos. –No. Porque Dios nos ama, aunque en este mundo haya tantas cosas horribles. Creo en Dios, no me he vuelto gilipollas. Veo las dos cosas al mismo tiempo, y que ninguna elimina a la otra. –Vale, así que has tenido una iluminación; aunque ahora no sabes lo que vas a hacer; tienes cinco hijos, un trabajo de mierda, una casa de alquiler y tu panda de amigos. El mundo te parece un horror, como a nosotros, y no podemos hacer nada para cambiarlo, ni nosotros ni dios, por lo que parece. Dices que hay que estar alegres, y que la vida es de goma, me ha hecho gracia. Según tú, se le puede rezar a dios fácilmente aunque con eso no se asegura uno que se le aparezca ni que le vaya a ir mejor. –Sí. –Y no crees que has sufrido una alucinación, ni estás especialmente cansado ni tienes cáncer. –Noo, noo. –¿Lo he explicado bien? –Perfectamente. –Pues vale. Me alegro por ti.     Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.