Nos han enseñado a no gritar, a que el grito es ruidoso, maleducado, molesto, desconsiderado, irritante, violento, intrusivo, agresivo, ofensivo… Pero también es necesario. Durante la comuna de París fue la exclamación popular la que sirvió para manifestar las demandas largamente sometidas de los pueblos. Y es esa misma incapacidad de gritar, de ser considerados como masa y no individuos protagonistas de la Historia la que mueve muchos de los textos de Didi-Huberman. Porque el grito puede, y acaso deba, ser razonado, pero también debe ser inmenso.
  ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías?, y aun en el caso de que uno me sujetara de repente y me llevara junto a su corazón: yo perecería por su existir más potente. Porque el dinero no es nada más que el comienzo de lo terrible, justo lo que nosotros todavía podemos soportar, y lo admiramos tanto porque él, indiferente, desdeña destruirnos. (Aunque a veces no.) Todo poder es terrible. Lo más barato sabemos ya que es lo mejor, porque lo que apenas cuesta es lo único que nos es dado adquirir. Le pedimos al día de hoy siquiera aguantar un poco, no debemos comprar hoy lo que podamos comprar mañana. A eso hemos venido a llamar prudencia, conservación de fuerzas y paternidad responsable. Porque toda paternidad es terrible, el peso de las leyes que desconocemos y aún hemos de apurar. ¿No es un tazón de leche y sopas de pan en la mañana la misericordia mínima que debe un progenitor? Y ni siquiera eso ya podemos ofrecernos. Una eucaristía profana que nos aliente. Porque toda necesidad de alimento es terrible y ha sido un dios semejante el que ha impuesto su jerarquía sobre un universo que mastica. Así, me han llamado hoy del colegio para decir que mi hija ha golpeado a una compañera; como si ella hubiese aprendido a interpretar el significado de esas dos palabras. En cambio, mi poderoso jefe me ha mantenido jugando como a un perro con un palito, tan necesaria herramienta. Mi hija se ha quedado todo ese rato largo revolcándose en su cubículo de madera abrillantada y plástico, especialmente diseñado para esta clase de ocasiones tempranas. Una mujer benevolente del segundo C, que ama a su esposa y se halla estéril, ha ido a recogerla volando hasta allí en cuanto ha dispuesto de un momento. Es la que le ha dicho palabras convenientes y dulces en mi lugar, la que la ha conducido por el sendero del bien, un paso más otro, hasta la tregua de la casa a partir de su trastorno. Y la cría se ha quedado realizando inverosímiles dibujos en un papel sin querer ver a nadie más que no conozca, a nadie más, durante muchas horas. Cenó con sus hermanos; la buena mujer les ha leído unos cuentos, seguramente equivocados aunque a ellos no les importara, y los ha metido a la fuerza o no en sus camas, el primero con el tercero, la segunda con la cuarta. Y aún no había aparecido yo. Entonces, ¿quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías? Si, mientras regresaba a mi hogar, iba buscando la mujer nueva que quisiera compartir mi vida ya harta; la que se columpiara en los muslos de mis equivocaciones; y aceptara colocar su mano suave sobre la mía en torno a un lapicero de trazos erróneos. Siendo mis ojos un cazador que iban a disparar necesidad. Mi caminata, hecha una estratagema. Sentado en un vagón de un tren subterráneo viendo pasar los colores como se ven pasar tantos patos de oportunidad, vertiginosos y falsos por las cadenas de una feria. Casi calcomanías para los chicos míos. Una mujer, una señora que colocar en el pedestal de mi uso, que admita conmigo a dos criaturas menos, pues un par está a punto de marcharse definitivamente. Alguien sin mucho que haber perdido que troque su mala fortuna por estrecharse a la mía. Pero a quién acudir cuando esa mujer que no merezco no llega. Y yo tendría que resurgir desde unos rescoldos para convocarla, para hacerme un trofeo estimable a sus ojos débiles, rendidos de desengaño y ya apartados del futuro. Cómo hacerlo cuando me afeito lo justo ya que he de acudir al trabajo con decencia visible, amén de que nos duchemos días alternos o triples con la misma agua sucia que ha pasado sobre los cuerpos familiares. No tendremos bautismo que nos desnude la angustia. Cómo voy a subir con ella cuatro pisos o cinco, veintiocho o los que sean del edificio que no cuenta con ascensor, cómo cortejarla en un salón descuidado y los juguetes sin recoger. ¿Pongo la soga sobre el mismo mantel en que encuentre la copa, o dónde va a depositarla? Qué ridículos amantes: él besando el tirante de su vestido de noche; ella bailando todavía de pie con una mano en el cuerpo de su presunto conquistador, la otra sosteniendo el vidrio demediado por las revueltas. Sacaré a los niños de sus camas, los pondré a dormir a la intemperie en la azotea, para que se duerman o para que recen a esos ángeles custodios que tanto se ríen en sus crestas encima de lo creado una súplica por su padre. Que obtenga un beneficio, el que luego, en cascada, descienda también sobre ellos y los alegre. Algo así como un regalar desde las jerarquías, por retumbos, hacia otras divisiones menos favorecidas. Pero una mujer limpia desdeña el escándalo y las ocultaciones; ama la franqueza y no se confía al engañador. Yo bien lo sé, que las he conocido en otros tiempos por sitios seguros. De manera que pienso sólo en una mujer impía; que me acompañe, para que entregue su presencia por dinero. Excesiva y desmelenada, mejor; de las que se topa uno de vez en cuando por estos túneles más baratos de la vida excavados para llevarnos a los mataderos y para que nos reconozcamos entre nosotros, nos encontremos y lleguemos a esta clase u otra de acuerdos íntimos. Pues hasta aquí ha descendido el espléndido ángel de la libertad propicio con su salud que bendice nuestras alianzas privadas. ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías? Porque el dinero no es nada más que el comienzo de lo terrible, justo lo que nosotros todavía podemos soportar. Tienen los que poseen también el poder de transformar lo visible en invisible. En su provecho. Y asimismo se han apropiado del tiempo. Sí. Pues desde el futuro en que apuestan a la ruleta de valores partecitas ínfimas de su fortuna incontable, desde ese tiempo que no ha venido aún, juegan ellos a trasladar sus números –eso nos explican– y así trasvierten lo que hay y lo que habrá, así han decidido lo que se va a comer, y quién devora a quién. ¡Ay del hombre que osa pisar el umbral vedado a esa sabiduría!, ¡que quede enceguecido por maniobras y formas que no le es dado entender! El dinero no es nada más que el comienzo de lo terrible, justo lo que nosotros todavía podemos soportar. Y en las puertas hay colocados –junto a los periodistas– luminosos seres provistos de flamígeras espadas de anchas hojas y, por si acaso, unos buenos nidos de ametralladoras. Aunque no hacen falta / Que un mundo más sutil los protege de nuestras iras: la violenta manera de la costumbre, el orden de la pirámide, la norma misma que nos hemos dado, las famosas reglas de la partida, el corazón que hemos abonado de nuestra podredumbre con el engaño y las ansias de poseer. Lo mismo que ellos. Cuando baja, no con frecuencia, la verdad, el ángel mensajero de esa fortificación que entre todos sostenemos, y nos visita en lo más recóndito de nuestro espejo, tiene por norma preguntar qué tal estamos. Y, en la medida en que enmudecidos rumiamos palabras que no diremos nunca, él nos va dejando su recadito. De pronto un farfullar de alas, cuando se ha largado por donde vino. Mierda, ahora que iba a ocurrírseme algo para enderezar mi existencia. Sabemos que en este universo sin divinidad, a nadie podemos ya culparle –como manifestaba el pintor– de nuestra tristeza: porque es sólo obra nuestra. También el edificio ese que vamos levantando pero no revueltos gracias a la miseria humana. Así que yo me contengo mientras camino hacia mi casa, y mientras viajo con mis dolores, en tanto el cielo se pone a llover con el mismo desprecio que siento por él yo, tan fastidiosamente. Agua que no sana semejante a una extremaunción que nos advierte. Yo soporto mi cargamento de terrores, como cada quisque, hecho un asno de equivocaciones que comenzaron seguramente muy pronto, en la misma escuela, o ya en el seno maldito de mi madre, hembra de insuficiente intelecto y poca fortuna, cualidades que suelen darse reunidas en una misma persona. Yo soporto justo lo que cada uno de nosotros todavía podemos soportar. Ni una brizna más de mi suerte construida. Tampoco una brizna menos, dios mío. Todo poder es terrible. Y por todo esto yo me contengo y ahogo el grito de reclamo de un oscuro sollozo. Dicen que me he caído, igual que una mujer con la bolsa de la compra al suelo y los tomates rodando. Me privaron de cuanto llevaba –también de esos tomates y de la cartera– excepto de la chaqueta y los pantalones que tenía puestos; sino por un alma caritativa que me ha dejado dormir un rato. La mujer del segundo C y una hermana a la que odio se ocuparon de los pequeños, los repartieron como se destroza un cuerpo, mientras su padre yacía en el hospital no queriendo levantarse. Un velo negro ha descendido hasta mi cara para que no pudiese ver. La debilidad extrema se ha percatado de mis músculos para que no pudiera alzar un dedo. Un narcótico natural me ha mantenido el cerebro flotando en un matraz, a disposición de nada. Esos tres órganos formaban hasta hace unos pocos días lo que era un yo. He viajado por tierras incógnitas. Todo oscuro y a ráfagas, lo juro, como en el confín del génesis; a ratos me sacudían temblores de los que no me hacía responsable. Dicen que el cuerpo es muy sabio; yo otra cosa no iré a pensar. Ignoro quién diseñó que en la muerte nuestras confusiones se nos aparezcan como un repentino trayecto, si es más bien una melaza que no sabemos digerir. En fin; algo de mí se movía, algo que volvía a llamar unidad se deshacía y algo me renombraba. En ese plan. Aunque más intenso, más profundo. Tanto que ni sabía subirme al sarcasmo, ¿podéis creerlo? El ángel de mi rebeldía llevaba sus alas rotas y ya creo que ni alas ni estilismos ni nada que se le pareciera. Me dolían los riñones, más adentro todavía. Estaba tendido sin fin. Con otra profundidad que no había entrevisto nunca, en alguna medida dejando a mis hijos a un lado, en alguna medida volviendo a vigilarlos de cerca. Lo que acaso nombraría un amor suspendido me aconsejaba: reposa por un rato al menos, chiquillo. Descuida, ninguno va a privarte de tus heridas mortales. Yo no pedía tanto. Cierto que tampoco iba a levantarme de ahí, porque un mandato de bien me dominaba. Hasta tal punto fue así que sentí el deseo de confesar. Y, sin embargo, una mano cálida sobre mis labios los selló para eso. Luego ascendió hasta mi nariz como si quisiera ahogarme, y luego hasta la frente donde la dejó un tiempo. Después se fue. Y me sentí aliviado. Si me han quitado la cartera, recapacité, cómo voy a decirles mi nombre. No tengo nada. Pueden borrarme de un disparo, o dejarme morir en la cuneta. Lo que prefieran. Soy sólo unos despojos que a nadie le importan: a las aves, quizá. Me sentí muy tranquilo después de aquello, durmiendo apaciblemente mientras era capaz, tal vez, de darme cuenta. Sentí pasar nubes sobre mí, todo era fácil; olvidado de la cordillera cercana a mi ciudad, imaginé que en verdad vivíamos sobre una gran llanura y que incluso nos había sido permitido habitarla y recorrerla hasta su origen. Los otros estaban ahí también por eso mismo, caminantes como nosotros, cada uno sendereando con sus pequeñas tareas y sus deudas. Había optimismo en esas caminatas y tropiezos. Se veían mujeres, hombres, de edades diversas. Todos acaso hermanos por un mismo principio. Amantes de la luz inicial. El cielo se había destapado para nosotros; los ángeles habían desaparecido, dichosamente. Éramos sólo seres humanos bajo un nacimiento; seres diminutos desahuciados de lo insoportable, y sobre nosotros no descansaba ninguna condena, ni siquiera la muerte. Pensé en panteras y otros felinos encerrados, ahora ausentes; llegados a junglas habitables, frescas y luminosas. Perdonad, se me ocurrían bobadas; yo es que he leído mucho. Había un águila sobrevolando en paz la atmósfera que ella misma tejía con igual pureza. Entonces iba vestido con una camisa de verano; tenía ganas de hablar con alguien, me di cuenta de que estaba avanzando aprisa. Vi correr a un chicuelo hacia mí, se parecía a mi hijo mayor; aunque no era él. Tenía una extraña inocencia en sus movimientos. De alguna manera resultaba ejemplar para cualquiera a quien le apeteciera mirarlo. Todo me parecía bastante. Yo quiero habitar aquí, si esto es una tierra, recuerdo que pensé o dije. En otra ocasión cualquiera de mi propia vida me hubiese reído; esta vez no, me habría parecido una suprema injusticia y, también, una respuesta completamente inútil. Mejor se trata de que esto es lo que hay, esto es lo que, en verdad y en definitiva, hay –para nosotros–. Era sin duda el más consolador de los pensamientos que me han sucedido nunca. Fácil de aceptar, además, en esa estación de colores en que me encontraba. Sí, señor, los ángeles habían sido extinguidos, todos, los desdeñosos y los indiferentes, qué asco, y las jerarquías con ellos. No tenía nada por qué gritar ni a nadie a quien dirigir ese grito. Esto, contra lo esperable, no significaba que me hallase vacío por dentro, al contrario: un espesor leve me confortaba, mi propio pasado, que no consistía en un peso, sino en una fragancia; no la quemadura de la res, sino algo estrecho y suave, como también la copa lleva ceñida a su costado la tenue figura que separa su perfil del aire. Más denso, porque soy ya un ser humano, no más doloroso. Puedes permanecer aquí un tiempo, y medio tiempo más. Tus propias fuerzas han venido a visitarte, preguntan por tu restablecimiento; tú no debes hablar demasiado, no te hace bien, los esfuerzos son inconvenientes. Mi recomendación es que calles para que el secreto se consolide y te hable en lo escondido. No creas que algo va a cambiar. Ahí afuera el mundo sigue siendo la misma porquería. Una estela fúnebre procede de los aviones y de moradas inencontrables que no te corresponden. Te lo advierto para que no te engañes: esto que ahora vives es fruto de una ilusión muy potente; nada cierto lo que estás experimentando. Nada. Lo que ocurre es que su fuerza ha cambiado todo, porque ella responde de cuanto sucede en el universo. ¿Lo comprendes? Y yo asentí cuidadoso en mi corazón. Pasó mucho tiempo, no sé calcularlo en otros términos. Esa conversación era la que permanecía más cerca de mí. Resultaba una impronta que, efectivamente, me hubiera trastocado por completo (no tanto, debo admitir como se verá más tarde); semejante a un beso bien dado. Este no nos convierte en bondad plena, natural, pero algunas veces se hace inolvidable, y hay incluso a quien transforma en héroe. Entonces me desperté. Estiré los músculos, desperezándome desde la punta de la cabeza a los pies, las piernas, los brazos, los dedos, los pelitos sobre la piel que casi podía sentirlos. Alcancé hasta lo más que pude antes de recomponer mi figura. No diré que no sentí algo de prevención; sin embargo, sobre todo había descansado. Abrí los ojos y no vi a nadie. Las paredes sucias del hospital –estaba en la beneficencia–, el bulto de unos enfermos en su larga hilera de camas, de espaldas a mí. La luz penetraba por los ventanales como cada día, un gris claro. Había agujas en mi carne, también un tubo que descendía de una botellita suspendida y vacía, que me dio la noticia alegre de que alguien iría a acercarse pronto para atenderme.  

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.