Uno de los momentos de mayor importancia del último siglo, ahora podemos saberlo ya, porque el tiempo es el juez más apropiado, fue el invento de la minifalda. Fue el primer momento en que la mujer eligió no plegarse a los deseos y la estética del varón. ¿O fue al revés? Tanto da, lo importante es que la minifalda llega a la novela de Tomi Sánchez para suponer, también, un adabonazo en el periplo de su protagonista.
La vi y ya sabéis, qué tipo de reacciones suceden a veces. De la forma más inesperada. Era poquita cosa, no voy a engañaros. Flaca y alta, sí, y de cara particular; pero pecho, nada y las caderas, tiesas. A casi ninguna le hace mal una minifalda, y todas allí tenían que llevar una; además a mí las piernas que me gustan tienen que ser contorneadas. Sin embargo, Ah, el amor nos zarandea a su capricho. Conducía su bandeja llena de copas a través de pasillos que se inventaba entre la gente, con fuerza pues en cada una caben diez lo menos, y elegancia. La descubrí de perfil, y me puse a mirar, mis ojos contemplaron embelesados cómo meneaba el aire su cebollita del culo. Me hablaba un tipo que había publicado dos novelas, dijo, y tenía en marcha (lo llamó workinprogres) una trilogía de asunto septentrional: pedazo petulante de plomo. Yo lo castigaba apropiadamente; él, en justa correspondencia, me daba por supuesto. Había más chicas, y más guapas que esa escurriéndose como peces entre la concurrencia, sólo que ya había yo encontrado la que atacaría mi cebo –volví a tropezarla conmigo– a causa de su no sé qué y porque su ser adolescente adolecía de inteligencia y derramaba una dulzura involuntaria que nadie recogía. Le sonreí, le dediqué una broma… quise la complicidad de la clase obrera, pese a que en las circunstancias del cóctel me moviera de incógnito. Me convenían las dos barajas. Eso debe de pesar. Sí. Fue el primer monosílabo que obtuve. Ya éramos aliados. Te quito un poquito de peso, a ver esta copa…; no te pongo otra, esta la dejo por ahí. No, no, no, en la bandeja, haga el favor. De verdad, nadie se va a dar cuenta. No, no, no se puede. Rescaté una sonrisa. Como quieras, mujer: me rendí. Se iba; luego te quito otra de encima. Un guiño, intercambio de gestos. Éramos ya amigos. Me quedé pensando en un nuevo aforismo, el animal humano es un ser desgraciadamente sensible, necesitado de amabilidad de palabra y de trato. A cualquiera de nosotros nos ablanda la mera presencia, no digamos el afecto de otra persona. Dudo de que en las demás especies sea esto tan necesario. Triste dependencia la nuestra, que no poseemos cuero sino piel. (Era verdad, sólo requería pulirlo un poco.) En la noche que avanzaba conservaba intactos mis limitados objetivos. Mientras Martín respondía a sus compromisos, yo no me atrevía a abordar a ninguno de los editores, ni siquiera a los pequeños que él me había indicado desde una distancia. Nunca me gustó el papel del que ofrece: siempre he odiado el comercio; qué contrasentido, yo que he sido dependiente de muchos. Me convencí a mí mismo con los argumentos de él, que bastaba estar allí para empaparme del ambiente, conocer a esta gente y su negocio: después, lo que saliera. Haciendo meandros me dirigí a uno de los grupos, donde me detuve a escuchar un intercambio de ideas en torno a la última novela del gran X.: todos exponían razonamientos de otros, salvo los envidiosos que callaban con su aire reservado, de que se leía en Alemania y hasta había sido reseñado en el New Yorker –algo de por sí elogioso por lo inusual en el caso de un extranjero–. Martín callaba y sonreía. Luego, aprovechando una distracción, me presentó ante ellos como nuevo autor. Únicamente un libro, me excusé con modestia fingida. Dieron por hecho que se trataba de una novela. Creí que era preferible no aclarar el malentendido pues temí que me perjudicase, aunque no sabía en qué ni para qué ni cómo. Por una revelación instantánea comprendí que mi libro era una porquería. Fue como un golpe a toda la vanagloria que había alimentado desde que apareció, aupada por la amistad de mis amigos y su silencio descortés. Tenía a lo sumo tres o cuatro frases buenas, nueve o diez ingeniosas –concedamos eso– y una mayoría desechable como las citas edificantes de los calendarios: cualquiera podía fumigarnos con las suyas. Se interesaron; no, no quiero ¿hablarles?, hablaros, hablaros de ¿mi libro?, ¿el libro?, ¿la obra?, uf, de ello, retrocedí. Me sentí el tipo más ridículo del orbe. Se interesaron aún más. Me puse violento sin que se notase –me parece–. Martín declaró: es un libro de aforismos. (De inmediato percibí como pensaron que yo era idiota.) Por fortuna, su apresto de lectores avezados los separaba del populacho, y no me vi en medio de la reunión teniendo que responder a sus peticiones: que diga una, que diga una… bieeen… que diga otra, que diga otra. Aquí todo se sobreentiende, nunca se entra a la cosa misma. Uno de ellos acertó a ponderar con la barbilla en la mano: un género difícil. Sin duda, acometió otra barbilla. Y la tercera y última, que nunca falta tuvo que anotar: por ejemplo Canetti, en este campo no pasa de lamentable. Los demás calibraron la apreciación, nadie recordaba una sola de sus sentencias; tampoco yo. Por no hablar de A y de M… aquí se citaron varios nombres actuales que hacía poco habían sido recogidos en un experimento de periodismo espectáculo-cultural en que se les proponía el tema: la muerte y el amor (por separados o juntos) para que pildorizasen en unas líneas algo; eran incapaces igualmente de reproducir sus sermoncillos; a alguno le dio un acceso de risa contagiosa al querer recordar la sensación de esas torpezas. Había buen ambiente, sentí que les había alegrado unos minutos; en tanto ellos, a su vez, como grupo constituido y, concedido mi momentazo, me dispensaban cordiales el capote con que retirarme y poder así reanudar la conversación sobre un autor de moda que sustituyera en su interés a los anteriores. Busqué a mi chica entre la multitud. Con su blusa lechosa y translúcida semejante a las otras, su pelo recogido de la misma manera, idénticos los estrechos hombros y repetido el brazo que apenas separado del cuerpo conseguía soportar la bandeja vaciándose, llenándose, vaciándose. Diréis, ¿y qué pasó con tus sentimientos ante los escritores?, ¿no te dolía lo que habían dicho, y no poder contarles nada?, ¿no te quedaste pensando en el auténtico valor de tu libro? No pensé nada; supe que publicármelo había sido tirar mi dinero en tributo a un orgullo desencaminado. Y se acabó. A lo mejor, luego os largo un aforismo para que juzguéis vosotros con conocimiento de causa y cese toda curiosidad. Yo sólo buscaba a la chavalita, ya con una cruel intención; ¿que también me movía ese malestar?: puede ser. La asalté en un cruce de caminos. Le pedí la tercera copa y le apoyé un dedo en la mejilla. Hizo el movimiento brusco de apartarse, con cuidado de la bandeja. No pasa nada, la tranquilicé. La miré a los ojos, la forcé a mantener los suyos a saltitos a la par de los míos, a huir –ida / vuelta–, y otra vez a mirarme. Hice que salieran con autoridad de mi boca estas palabras sin darme importancia: en esta clase de convenciones, niña, las empleadas están obligadas a aceptar cierto trato cariñoso de los participantes. Ella no tenía suficiente habilidad para desasirse. ¿No lo sabías?, la interrogué. No lo sabía, claro; me miraba su agobio. Una caricia, le dije a modo de ejemplo, un trato afectuoso. Esto no es un encuentro de informáticos: es cultural, sigue una normativa propia como la de los salones del automóvil, ¿has trabajado alguna vez en alguna feria de estas? No, reconoció con un rastro de voz. Fui paternal. Bueno, enhorabuena entonces, por el estreno. Natural que no lo sepas; no te angusties, nada de violencia. Ella debía continuar con su trabajo. Me aparté lo justo; al pasar, dejé que mi mano acariciase su recorrido. Éramos dos parias en aquel mar de triunfadores. Bebí un tinto exquisito, y con la copa en la mano fui a capturar canapés no tan buenos que circulaban a toda prisa, giraban y se esfumaban sin previo aviso. Masticaba en soledad, de pie, con urgencia; me sentía allí un hambriento ladrón de oportunidades. Lo que pasa que ciertamente el vino y la comida gratis a uno le caen bien. Si nadie se diera cuenta yo aquí tendría el paraíso. La soledad resulta llevadera; una vez que has bebido lo suficiente, puedes arrimarte a quien te apetezca y asentir con él; los buenos modales nos protegen de cometer errores. En ese plan y unos minutos después las ganas por esa niña ya me iban pudiendo. Creo que me rehuía, la pobre, y no tenía cómo. Llevábamos dos caminos condenados a anudarse. Hola. Silencio. ¿Ya lo has preguntado? Señor, déjeme pasar, por favor. Te pregunto si lo has preguntado, lo del derecho a un trato particular. No. ¿No? Deberías, porque ahora soy yo, pero luego puede ser alguien importante de los que han venido aquí, ¿sabes?, un editor, un jefe de prensa. O un autor famoso. (Ahí levanté las cejas, inquisitivo.) Por favor, tengo que repartir las bebidas. Si yo no quiero impedírtelo, mujer; sólo intento ayudarte para que lo hagas mejor, ¿me comprendes? Su blusa se movía por la respiración; su pecho no, lamentablemente. Sudaba por las sienes donde un pelo lacio buscaba esconderse detrás de las orejas. Me enloquecía por ponerle ahí los besos que capturasen su pulso; le acerqué mi boca, entonces recordé la imagen de un baboso y me retiré. Le sonreía. Iba a dejarla marchar conque me hice a un lado, cuando no pude dejar de insistirle: pregunta, pregunta a quien quieras… y mis labios besaron al vacío de su hombro en marcha. Me encontraba ya considerablemente alegre; no lo menciono para justificarme, si os estoy contando esto no es para que me disculpéis. Al contrario. De verdad que pensé en un viejo verde queriendo aprovecharse de una chiquilla: me atacó esa imagen de improviso como la de un espejo. Yo también siento asco. Era una muchachita desempeñando lo mejor que sabía un trabajo, seguramente mal pagado, expuesta a la lascivia repentina o el mal humor de cualquiera. Sus pechos menudos la salvarían de muchos moscones, no de todos; aunque su uniforme era ya una provocación: la blusa fina, la falda corta, los pantis y unos zapatos de medio tacón bajo que alzaban los tobillos y le doblaban las corvas. Mientras que ellos, los camareros, paseaban con sus trajes encorbatados, sólo las manos y la cabeza al descubierto según lo establecido. Las mujeres tienen la obligación de enseñarnos a los varones su cuerpo en toda ocasión y circunstancia. Lo que le había preguntado, de todas formas, tenía el cariz de un ejercicio de campo; sería en verdad un experimento si no fuese tan injusto. De manera que me autorizaba a esperar un resultado a la investigación. Mientras maduraba, anduve en círculos, me distraje tratando de localizar a otros diletantes, fui al servicio a lavarme las manos y comprobar el estrago visible de la bebida a esa hora. Permití que por mi cabeza nublándose transitaran los pensamientos más peregrinos, que me llevasen por estados de ánimo que lo que había tomado ya no iba a dejar que me afectasen. Me sentí olímpico entre la barahúnda. Ebrio y genial, dispensado de todo nombramiento. También el hombre vencido que regresa a su casa igual que un dios irresponsable. ¿Dónde está mi Leda?, me pregunté en voz alta. Esto de la lectura me había proporcionado el poder de conjurar citas clásicas para cualquier ocasión y las cadenetas de un léxico abundante. Por allí avanzaba la víctima al cabo de un rato, fiel a su origen, navegando con temor a la tormenta que había anticipado sus signos, y a quien yo le dediqué enseguida mi vuelo en picado, después rasante, avizor y efectivo, hasta planear mis círculos de dominio y aterrizar a su ladito. Quise liberarla de su bandeja, providentemente vacía, que apoyé en una mesa; le conté que yo era un autor, tenía un libro publicado que por desgracia pocos habían conocido y valorado como merecía, y que un día muchos leerían en secreto. No pareció interesarle. Le aseguré que los promotores de la convención deseaban el bienestar de sus invitados. Asintió sin palabras. Le pregunté si se había informado de sus obligaciones; me contestó que una compañera suya no sabía nada del tema, pero creía que no. Le contesté que había preguntado poco, y que por obligación –o por su propia conveniencia– debía confirmarlo. Ella reconoció su torpeza, naturalmente. Qué tierna era. Ese cuerpo tendría que ser mío antes de que amaneciese. Mi mano la tomó del costado. La aparté a un rincón y la besé. Ella quiso separarme, no pudo, tuvo que quedarse conmigo, tembló; y fue sujeta. Me atravesó un orgullo irradiante por la fuerza del sexo. Yo razonaba: por qué crees que os hacen poner a todas esta blusita transparente, forma parte de la convención, se hace ahora en esta clase de congresos, si no te lo han comunicado habrá sido para no asustarte; normalmente no pasa nada, los señores son muy respetables, aunque puede darse el caso de que uno sienta una atracción verdadera. Tú eres muy hermosa. Quizá no te lo han dicho nunca, salvo en el instituto, ¿te lo han dicho? No importa, estoy yo para que lo tengas en cuenta; te hará mucho bien, de verdad. Eres hermosa, y sencilla: no pierdas nunca esos valores. Un beso. Encandilas a cualquiera. Otro beso, eres un amor. Quieres irte. Lo entiendo, estás trabajando, aflojé el lazo. Tú pregunta, por favor, me quedo esperándote por aquí, ¿te parece? Pregúntalo, mujer, verás como sí. Otro besito, déjame tocarte la nuca. Mira que. Bueno, adiós. Soy un autor podrido que sólo ha escrito mentiras que a nadie le importan. Lo que cuenta es el estilo. Y ahora pregunto, de los que estamos aquí ¿quién ha forjado un estilo propio? Ni yo ni ninguno de estos. Por eso pereceremos. La vanidad y las rivalidades se perderán con nosotros. Me daban ganas de reír o de montar un escándalo. Feria de inútiles. Yo el más pernicioso y más falso. Repugnante. Me escondí por las paredes; huí de mi amigo Martín que, en algún momento, vi que trató de localizarme; no quería su apoyo. Dudé incluso de que sus palabras de aliento fueran sinceras; seguramente creía que yo era un mediocre, solo por amigo me había llevado allí, o para que tuviera un rato de asueto libre de mi empleo y de mi familia. Agradecido. Tendría que observar a aquellas personas; entonces sí me convertiría en un auténtico escritor. Debería meditar sobre sus flaquezas y reacciones a lo que la vida les ha ido haciendo, para luego escribir una novela que destapara tanta hipocresía y revelara el fondo turbio del alma humana; me bastaría un argumento sencillo: la rivalidad profesional de dos hombres, celos por una mujer, un crimen, un paisaje urbano, todo bien nutrido de reflexiones, algún aforismo me valdría, o citas cultas…; en lugar de eso, yo no salía de mi propia piel. Sin esa capacidad de entender qué les pasa a los demás, qué haría yo sino repetir la cantinela penosa de mi penosa historia. ¿Hablar del alcohol, de la familia rota y mis otras desgracias…? En cambio, sólo sabía guardar silencio cuando ante mis ojos, Oh, maravilla, como dijo el poeta, ¡cuántos seres admirables hay aquí! ¡Qué bella humanidad! ¡Ah, gran mundo nuevo que tiene tales gentes! Me coloqué junto a una ventana, no sé cuánto tiempo duró mi malestar. Los cristales me dejaban ver lo alto de los edificios de aquel barrio centenario, desiguales en sus colores y en sus formas. Un cielo turbulento, oscuro. El alcohol envenenado. Pasajes enteros de otro tiempo, frases inmediatas cruzadas con los amigos. La última disputa con mi última mujer, el día en que Rosa me abandonó. El día en que Laura me abandonó. El día en que dejé que Julia se marchase sin que yo tratara de interponerle una sola palabra. La impotencia de lo que he dicho en toda mi vida. Qué eran esas cosas, qué estaban significando. ¿Nada? Si me cayera por una de estas ventanas de aquella torre, quién caería. En realidad. Un velo que antes de tocar el suelo se deshace como la apariencia que es, sin dejar rastro. A nadie iría a importarle un comino, ni siquiera a mí. Un momento aquel propicio para volver a la sensación de inexistencia. Sabía que por el vino, por el tumulto de conversaciones de que había sido testigo sin participar, por mi absoluto desastre de desubicación. Qué ausencia. No quería pensar en mis hijos para no llorar. Mi cuesta abajo no era únicamente la mía. Todo estaba cayendo igualmente arrastrado por mi causa. Tengo que escribir sobre esto, le prometí en falso a otro yo, alcé la copa. Es decir, sabiendo que no lo haría nunca porque ese intento de autor se había quebrado desde antes de comenzar. Bebí un trago, más, innecesario, insulso para ese paladar rendido. ¿Dónde estaría la chica ahora? A ese hombre borracho ya solo una idea iba a ocuparlo hasta donde quisiera llevárselo. Mi palomita daba pasitos cortos, lograba sonreír todavía, señal de que no había sucumbido a mi gusto. Y este, borracho se, arrojó tras ella, la busqué, tropezando, con gente tocando, los codos perdón. Si me dice que no le digo que se informe, bien. Querida, ya queda poca fiesta, nos vamos, luego ¿has aclarado, eso que te pedí? Mire, le he preguntado a una compañera que lleva mucho en la empresa. Una compañera, que lleva, la empresa, mucho. Una vieja gallina seguro. Se ha reído. ¡Se ha reído! ¡Como yo qué, coincidencia! ¡Riámonos! Seamos libres, burlémonos soy, un escritor, de verdad tú una joven estupenda, estupenda-estupenda. No, necesitas la autoridad de nadie solo, de tu jefe, te ha dicho algo del, contrato o no, porque si, no lo ha leído ella tampoco que, hacemos lo que queramos. Es que no es eso señor. Soy un señor, no soy joven todavía, los autores no, envejecemos somos siempre jóvenes, autores. ¿Qué dice el, contrato? No, lo has leído todo hay, una cláusula de placer, ¿sabes que la llaman, así, por algo será no te parece? Yo te pongo un dedo, una mano de escritor, tú eres la página, en blanco, palomita aquí, no nos lee nadie. La letra, pequeña, no la has leído. Ay, ay, ay… Los jóvenes ignoráis, lo, que firmáis, firmáis lo que os obliga y no sabéis, leer lo que, os conviene. Nos conviene. Pero yo no, te digo, nada que yo también he firmado, en eso, nos convertimos, ¿eres una, buena chica?, hay que aplicarse para, mejorar de puesto, para, ascender que nosotros dependemos el cliente, siempre, tiene razón. Me, explico fatal, perdóname estás buenísima. Se quedó quietecita, mientras la abrazaba, en uno de los cuartos reservados para el servicio (qué exacto todo). Me dejó que la blusita fuera, abierta, de botón a botón, metí la boca en su seno sudado de trabajadora agitado de mujer, se me ocurrían cosas que yo esquivaba, voluntad, contra la memoria y sus asociaciones, inoportunas. Quiso deshacer lo andado, lo desbaraté con una maniobra de mi manita manual, qué torpe, déjeme, déjame. Ella me decía: el contrato no, dice nada, estoy, segura. No lo has preguntado y quieres, imponérmelo a mí, inventártelo, esa era mi línea argumental. Me daba, un poco de alegría. Veía en el delirio, una especie de explanada, de libertad. Vasto campo, abierto, donde podía, hacer lo que me viniese, en gana. Nadie en los bordes, no había ninguno observando. Una fuerza me imponía. La blusa fuera, su prenda liviana y su piel terquísima, como, había deseado. Qué prisa. Una cosa es ser cariñosa con los participantes, otra dejarse hacer esto. No mujer, qué entiendes tú, por ser cariñosa, ser cariñosa está clarísimo lo que es, el sujetador y tus jóvenes, pechos para mí. Yo no te hago, daño ni te corrompo esto, se pasa antes de que te acuerdes no, estamos, ninguno aquí. Déjeme, por favor. Odio la palabra, favor porque somete a una, voluntad que, no tenemos a quienes somos basta, de excusarse. Le rompí, algo. Ella pensó no, puedo entregar, el vestuario así. Me lo descontarán. Nadie, va a contar ni descontar. Esto no, tiene valor, de decirlo, ni tú ni yo lo pago. Quería desnudarla allí mismo. No dice nada, el jefe no me ha dado permiso, me replicaba. Eso, eso, el jefe se metía en mi sueño por mis ideas de violentarla. No puedo. Yo estoy pasando una mala racha normalmente no haría nada entiéndeme que si vengo a una convención como esta donde hay tantos escritores buenos no voy a volverme de vacío tú lo que tienes que hacer es preguntarlo luego vas a ver que llevaba yo razón que no te estoy pidiendo nada del otro mundo lo normal y lógico te vas a quedar conforme si quieres cuando acabemos hablo con tu jefe ese que has dicho no para nada para que te dé un plus por la prestación qué te parece el cuerpo entero claro que sí es así como funciona me da un poco de rabia que no me creas todavía yo estoy enterado no ves que aunque sea la primera vez aquí yo he dado muchos tumbos de dónde si no van a salirme tantos aforismos seguro que no sabes lo que es un aforismo no se estudian en el bachillerato no importa porque los cuerpos crecen se desarrollan y maduran sin necesidad de echarles nada hoy en día es una calamidad basta de cháchara que si no me concentro no sale tú deseas estrecharme entre tus brazos soy un creador créeme que se lo que es engendrar le dices a tu amiga esa vieja gallina que la próxima vez te cacaree bien deberían obligarlos a poner habitaciones para gestionar este asunto con más corrección no de cualquier manera que para esos somos artistas coño y vosotras trabajadoras tendréis un convenio digo yo como estaba obligado o no o ya las cosas van de esta forma tan salvaje que ni eso es una pena la delicadeza tiene que tener su lugar decente no comportarnos como animales.Y ella no sé si lo dice, es que no lo recuerdo, de verdad, por favor. Sus ojos humedecidos leían unas líneas que perseguía su imaginación. Mientras, su cuerpo lo hacía yo estremecer. Veía su firma estampada en unas hojas, tres veces: ahí en ese cuadrito, aquí, ahí también. Y le había devuelto la pluma al señor que la contrataba con una sonrisa, como diciendo: no me voy a quedar con nada, a cada uno lo de cada cual, bien educada en el fondo la princesa. No os contaré cómo acabé, ni hasta dónde, ni me voy a entretener con la bebida, el abandono ni nada de eso, lo que vino luego. Me aterra la imagen de aquella chiquita cubriéndose, las piernas desnudas, renunciando, debilidad asustada, musitando que ella, claro, por qué no lo había preguntado en la entrevista que si no, que si sí estaba escrito…
Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su último  libro.
Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.