Los vecinos son inquietantes y misteriosos. Viven ahí, al otro lado de la pared, en las casas modernas con sus muros de papel es casi como decir que viven con nosotros y, sin embargo, son desconocidos. Si son escandalosos nos preguntamos por qué lo serán, si no lo son nos preguntamos si viven o siquiera existen. Los vecinos son seres misteriosos, que se lo pregunten sino a Tomi Sánchez o a Javier Sáez de Ibarra.

Me toca a mí explicar uno de los pasajes más extraños y quizá más reveladores de la vida de nuestro amigo Tomás Sánchez, Tomi para los conocidos. Se trata de la historia del hombre misterioso, que entró en su vida de una forma inesperada (como ocurre siempre, por otro lado) y se quedó a vivir en ella –durante un tiempo–.

Tomi habitó con su familia varios años en el último piso de un edificio de cuatro plantas. Como recibía muchas horas de sol, aunque en invierno apenas se notaba, en verano era infernal. Así que imitó la vieja costumbre en el barrio de dejar abierta la puerta para que corriera un poco el aire y se ventilara la casa. En una de estas, se coló un hombre. Lo vimos vestir siempre de negro de arriba abajo, unas prendas acharoladas, mitad elegantes mitad fúnebres, que lo volvían más pálido de lo que acaso era; un varón con los cuarenta cumplidos, ni especialmente delgado, ni alto, que parecía ambas cosas; tampoco serio ni grave, si bien uno de inmediato lo juzgaba así. El atuendo, en realidad, dirigía todos nuestros juicios sobre él. Igual que nuestras reacciones: resultaba imposible bromear o ser frívolo en su presencia, por más que no otra cosa nos inspirase cuando lo veíamos. Y si lo convidábamos a echar unos tragos, su forma de hacerlo, ya podía bajarse él solo una botella de anís, resultaba tan digna que ni te dabas cuenta de que era tan borrachuzo como los demás.  

Cómo se introdujo en su hogar, Tomi mismo lo ha contado más de una vez; yo trataré de explicarlo del mejor modo posible, pese a que nunca he terminado de entenderlo. Este hombre que luego supimos que se llamaba Nica, quizá su apócope, se ganaba la vida –diríamos– vendiendo e instalando puertas. Iba por las casas con una puerta de madera pintada de blanco sobre los hombros, como un reo (¿una estrategia para dar algo de lástima?, ¿por pura necesidad?); llamaba al timbre y la colocaba sobre la de entrada; cuado el propietario de la vivienda acudía, se daba de frente con la puerta de Nica y tenía entonces que abrirla. De esta manera se creaba un extraño efecto doble, el dueño salía de su domicilio, mientras que el visitante parecía que lo esperase en el suyo; este intercambio de papeles provocaba la impresión de que el cliente era quien visitaba al vendedor. Desde esta posición de ventaja, Nica podía tratarlo condescendientemente mientras el dueño se sentía tan fuera de su hogar como un menesteroso. Es obvio que no todos quedaban subyugados por la maniobra; pero, siquiera por el desconcierto que producía, a Nica no le costaba mucho sacar un rato de conversación, entre risas y veras, para proponer su oferta. Bueno, cierto que no es fácil vender puertas porque en las casas se tienen las justas; ahora que, en los negocios nunca se sabe, como decía él, y de momento iba tirando.

Nica entró en el hogar de Tomi libremente una noche calurosa en que el paso era franco sin utilizar ninguna estratagema. Introdujo su puerta, la colocó donde le pareció y se ocultó detrás. Tal vez, los niños fueron los primeros en descubrirlo por más que se escondiera ahí; es creíble que lo hicieran sin extrañarse: podía tratarse de uno de los amigos de su padre o alguien acogido en su casa, según acostumbra cuando sus ingresos se lo permiten. Aunque Tomi, que yo sepa, sólo ha admitido a niños, sus hijos no tenían por qué saberlo. Puede que alguno de ellos se limitara a preguntarle si se quedaba a cenar. En aquel entonces, mi amigo vivía con Cristina; por lo que se sabe, resultó una relación corta incluso para lo que ha sido siempre Tomi, y pese a que ambos se jurasen el amor sin fin. No podía funcionar; ella era bastante menor que él, arrastraba aún el contagio de la adolescencia –casi una chicuela acogida más–, con los estudios truncados, sin empleo, amiga de pintarse los ojos de negro, pasearse semidesnuda, bailar y meterse en el cuerpo cualquier cosa que le hiciera sentirse diferente. Un cromo. Eso sí, atendía a sus hijos igual que a hermanitos, con su particular combinación de incomprensión y desgana. Les ponía el desayuno o la cena que ella no había cocinado, los dejaba listos para ir al colegio, los llevaba y recogía: no siempre con diligencia, a veces con madurez si no se olvidaba. Tomi me lo contó haciendo una de sus reflexiones, que acompañó con una mueca de represo descontento: Esta niña actúa como una economista, valedora de su responsabilidad irresponsable.

El hombre misterioso se quedó a vivir a hurtadillas en la casa; un piso, por lo demás, mediano, que contaba con un saloncito, una terraza, el consiguiente pasillo y tres habitaciones pequeñas. Comía a deshoras, se aseaba cuando se lo permitían las ausencias, dormía a saber dónde y cómo; qué hacía con sus ropas, qué bienes poseía: ni idea; salía y regresaba sin forzar la puerta, no sería extraño que hubiera copiado la llave en un descuido. Su habilidad nos hizo creer que habría trabajado en un circo, o recurrido al robo. Sabía aparecer y desaparecer de improviso delante de tu cara. Su vestidura negra lo volvía invisible. Una vez se jactó ante varios de nosotros de que, si se lo proponía, llegaría a residir en un palacio o en una cárcel, incluso con una de sus puertas. No nos atrevimos a soltar la carcajada; lo afirmaban tan en serio sus ojos retadores que adivinábamos su voluntad de hierro a través de una vida de supervivencia imposible. ¿Es que no sois testigos de hechos aún más inverosímiles?, nos interrogaba: y el mundo en que vivís todavía sigue en pie. A callar, claro, quién iba a replicarle. Daba algo de aprensión con sus certidumbres. Daba algo de miedo cuando parecía un asesino. Alzó su copa de cerveza; y con un brillo alucinado en los ojos proclamó: “Yo me haré millonario una noche. Gracias a un truco que me permitirá fijar las imágenes en un espejo cóncavo. O convexo”. Nos dejó en suspenso a todo el grupo, ni Óscar supo responder. Me quedé imaginando las figuras esas fijadas en un vidrio, qué precio le pondría, cuánto pagaría la gente por mirarlo. Yo percibí que algún poder tenía este hombre en relación con las imágenes: era demoníaca su facultad de hacernos ver, no la realidad, sino lo que él disponía: igual con sus palabras que con sus acciones. Un poder como el de ilusionar es el poder soberano: la cima del dominio; ¿quién se libraría de él, atrapados como estamos por nuestra necesidad de movimiento?

“Me parece que el éxito será completo”, continuó al cabo de unos segundos indemostrables, “cuando logre inventar un ataúd de doble fondo / que permita al cadáver asomarse a otro mundo”. Pausa breve. Ahí nos echamos a reír al tiempo que insinuaba sus dientes afilados; comprendíamos que bromeaba. Fue muy divertido, le palmeábamos en el hombro, bebimos; Tomi se partía de risa con él. Más, más, le pedía: hablas como un profeta. “Lo soy”, contestaba con histrionismo: “soy actor”.

Uno creería que su relación con Cristina estallaría enseguida. Pero ella, al menos al principio, no supo nada; el hombre misterioso vivía misteriosamente, existía misteriosamente: era un dulce pliegue instalado en el hogar, con los niños como únicos videntes, igual que sucede en alguna novela. Sólo que estos callaban no ya por miedo o diversión, sino por desinterés.

Su padre los sacaba de noche a la calle y hablaba con ellos. Cristina, aunque era invitada a participar, se quedaba en la casa de su ignorancia, paseando de la mano de una botella abierta que se llevaba a los labios, bailando a medio vestir con sus ojos negros centelleantes por su fiebre de jovencita. En tanto el hombre oscuro aguardaba contenido tras la puerta, mirándola y remirándola. Esta imagen me perturba como la culpa. La carne blanca de ella contoneándose, el cuerpo de él enhiesto en una doble sombra con la puerta falsa entre los dos, que separa su encuentro por milímetros. La chica, desconocedora de lo que está pasando, se pone caliente por momentos, se embriaga de gusto convertida en una peonza que se mira el pecho, el pubis, los pies, entre las bandas del cabello que en su caída le permiten entreverse en el desorden. Tomi abajo, por sus hijos; a los que quiere educar para librarlos de la verdad del mal, sin conseguirlo, aplazándolo solamente con destellos de bondad y belleza. Ella enfrascada en su gozo en un lugar inaccesible, dueña del hogar en el que gira. El hombre misterioso rondando estático tras la madera, apurando sus delicias, fijando esas imágenes que se vuelven lascivas en su conciencia dañada, que luego va a querer infundir en sus espejos igual que una infección. No puedo resistirlo; me disculpan.

Cristina, como lo cuento –me parece–, pasa las horas muertas en la casa. Se aburre de todo. Ve la televisión, almacena distracciones. Deshace su tiempo en fragmentos largos que no saben qué decirse unos a otros. Convierte su cuerpo en una zona de escombros. Es joven y apasionada; correcta y vulnerable. Sabe toda su existencia por delante, en espera. En fin, nada que no podamos interpretar. El hombre misterioso todo lo contrario: nunca pierde la hora, siempre sabe dónde está, cada una de sus acciones es consciente. Esto no le impide ser útil en ocasiones. Dicen que el dinero cuando se derrama, fructifica; aunque más bien se trate de un yoyó que regresa a la mano pudiente de un amo que lo dejó resbalar. Cierta tarde lo descubrió ella a él, sentado en el suelo del saloncito, con varios críos en corro a los que cantaba –entre susurros– una canción infantil:

Una vez andando

Por un parque inglés

Con un angelorum

Sin querer me hallé.

Buenos días, dijo,

Yo le contesté

Él en castellano,

Pero yo en francés.

Dites moi, don angel,

Comment va monsieur.

Él me dio la mano,

Yo le tomé el pie:

¡Hay que ver, señores,

Como un ángel es!

Fatuo como el cisne,

Frío como un riel,

Gordo como un pavo,

Feo como usted.

Los niños se reían. El ruido la había atraído, curiosa, hasta la escena. Se quedó en el quicio hechizada, tal vez esperando la invitación a participar también del círculo que habían formado. Hasta que salieron los versos finales.

Muerto de la risa

Dije good bye sir,

Siga su camino,

Que le vaya bien,

Que la pise el auto,

Que la mate el tren.

Ya se acabó el cuento,

Uno, dos y tres.

Los chavales aplaudieron y vitorearon al artista. Este hizo una profunda reverencia de medio cuerpo sobre sus piernas cruzadas que provocó el entusiasmo. La joven vio que sus propias manos también se juntaban, ¿involuntariamente?, ¿sonriendo?, y él la miró con franqueza.

Esa noche ya se sentó a cenar; cortó el pan, sirvió el agua, sazonó la ensalada. Intervino, acompañó y suscitó varias conversaciones entre los pequeños; ejerció los oficios del buen padrino que había llegado a ser, un poco en la sombra, casi imprescindible. Luego, llegada la hora, se excusó conforme se debía, por prisa, también por tareas; dio un beso a cada uno de los chicos, tocó la cabecita de ella que se había puesto rígida y se despidió entrañablemente; fue hasta la puerta (la suya), la cerró y se quedó en la casa. Hasta mañana.

Tomi llegaba, exhausto como es natural, con febrícula a menudo, los pies molidos, la piel líquida, una rodilla inmóvil, del revés un codo, cargados los hombros, por ahí la cabeza, y se sentaba ante sus hijos a comer lo que le habían dejado. Sin fuerzas los examinaba uno a uno para leer en sus rostros la marcha del día. Se quedaba –o no– convencido, mientras rumiaba el alimento con las preguntas que hacía y las respuestas que –o no– le daban. Los quería mucho y ellos se lo dejaban sentir con paciencia santa. Uno de los más ingenuos empezó: me sé una canción nueva: Una vez andando por un parque inglés con un angelorum. ¡Shhh!, le chistaron. ¿Con un qué?, dijo el padre. No sé. El padre se llevaba con el tenedor a la boca las migas de pollo. Se miraron los críos entre sí. Me gusta que aprendáis canciones, les sentenció. Qué bien. Y ellos todos se felicitaban.

Esa noche Tomi se sentía más que realmente cansado, contra su voluntad; alzó la mano y tuvo que decirles: hoy no salimos, idos a leer o a la cama, que es tarde. Entonces sus hijos hicieron la fila para besarlo y acariciarlo un momento o contarle su última palabra; se fueron desfilando cada uno a lo suyo, serios y con risas, con el secreteo de sus pequeños pasos sonando apenas por el pasillo hacia las habitaciones. Cristina se colocó a su lado, haciendo una maternidad de diecinueve años; le pidió una carantoña, le alborotó el cabello hasta doblegárselo, mientras le servía un vino que se terminó. Uno, dos y tres.

He de reconocer que no sé muy bien cuándo ni en qué circunstancias se encontraron los dos hombres; ni si resultó una escena pacífica o desagradable. Conociendo a Tomi, cualquier cosa es posible; dependería del día. Lo que sí, una conversación sincera hubo entre ambos. Cada uno, se imagina, sabía bien lo que pretendía el otro; necesitaban una charla hasta quedar conformes. El diálogo nos lleva lejos cuando queremos; como un tren o un aeroplano, si no nos engañan. Lo primero era deshacerse de la puerta que aquel hombre había traído. En la casa no hacía ninguna falta, más bien estorbaba. ¡Pues bastante poco sitio había ya! El hombre, Nica, se resistió, quizá fingidamente. En parte porque una negociación nunca se empieza cediendo, y en parte porque la puerta era todo su capital, y si la dejaba, ¿qué indemnización percibiría? Desde luego, Tomi no estaba en condiciones ni siquiera para abonarle una modesta cantidad. Ahora bien, un inversor es siempre un inversor, con ciertas cosas no se juega, y a él le había costado lo suyo subirla hasta allí, le dijo Nica, que el edificio ascensor no tenía. La cosa era grave. Hubo su forcejeo dialéctico, no voy a negarlo, por momentos pareció que las conversaciones irían a romperse y uno de los dos abandonaría la mesa. Se habían sentado a eso de las cuatro de la tarde, después de un almuerzo compartido, y dieron las once de la noche sin que se alcanzase un acuerdo. Tomi se levantó a tomar agua y ver qué tal andaban sus hijos. Cristina le preguntó; sin embargo, no quiso hacer declaraciones. Minutos después se levantó Nica. Llevaba flojo el nudo de la corbata, las axilas empapadas por la tensión. La chica volvió a preguntar. No sé en qué acabará todo esto, le confesó él en voz baja, no lo veo nada claro; he tratado de hablar primero de otros asuntos a ver si nos entendíamos en lo más sencillo; pero la cuestión de la puerta sigue sin resolverse: no se mueve ni para adelante ni para atrás. Cristina le puso una mano en la espalda sin abrir la boca. ¿Acaso voy a tener que arrebatarle las concesiones? Debemos alcanzar un compromiso que satisfaga a todos. Además con urgencia. Esta situación, si se prolonga, no dará confianza a ninguna de las partes. Y cada uno responde a sus intereses. Son las reglas que nos hemos dado. Lógicamente, para firmar se necesitan garantías de que cada cual cumplirá lo que se establezca; existe una normativa. Luego Nica se fue y luego volvió sobre sus pasos, porque estaba muy nervioso, dijo, y le vendría bien un trago, no de agua. Ella echó a los niños. Le sirvió. Él bebió un buchito apenas para humedecerse los labios, antes de ponerse a hablar como un chorro. Yo he hecho los deberes, refunfuñó, en cambio él no está dispuesto a ceder un ápice, actúa con una absoluta falta de responsabilidad. Al hombre se lo veía desesperado. Entonces apareció Tomi en la puerta (de la cocina): no eres razonable, le recriminó, no eres razonable, volvió a decirle. El hombre callaba como si fuera cierto. Continuaron. No considero lógico que se pida eso ahora, repuso, es demagógico. ¿Demagógico?, protestó él, ¿cómo puedes hablar en esos términos? ¿Quieres que lo matice? Tú tienes una familia, le replicó. Tú no, le respondió. Es intolerable. Es inconcebible. No es de recibo. ¿Hasta dónde vamos a llegar? No se trata de que lo diga yo, sino de cómo se actúa en la inmensa mayoría de las casas de nuestro entorno. El argumento resultó formidable. Cuando se dice que el mundo es de una manera no hay más que añadir; igual que con la ley natural o de la gravedad: hay que ponerse muy cuántico para pensar otra cosa, uf.

Al final se rubricó un documento. Inevitable. Acordaron reducir la puerta hasta el diecinueve con siete por ciento, y revisar la medida pactada una vez cumplido un semestre. Aunque ninguno quedó satisfecho, ambos se cuidaron de molestarse. Levitaban de importancia. Después (era ya la madrugada, las cuatro o las cinco), fueron cogidos del brazo a tomarse media botellita de ron que había quedado por ahí y, sin demasiados festejos, cayeron unas patatitas fritas, unas cortezas, qué menos, y su plato de aceitunas. 

Ya por aquel entonces, Tomi estaba raro; iban produciéndose en él cambios casi imperceptibles, una sombra de duda, unos miedos; sus participaciones en el Comando Luciérnaga, por ejemplo, eran cada vez más esporádicas, menos brillantes y previsibles. Se diría que perdía su frescura habitual. Yo se lo indiqué, medio en broma, una tarde en nuestro garito de siempre. Sin embargo él no quiso reconocérmelo, y juro que lo sentí. Había algo distinto en su actitud, una lejanía de esperanzas, unas palabras de menos, la sospecha de que el rastro de sus días no estuviese aún señalado, no sé; en lugar de mirar la vida y las gentes, se diría que hacía resbalar su mirada sobre su superficie, dejando que se fuera deslizadamente a otra cosa. Otra cosa que, claro está, no llegaba. ¿No pasa a veces en la estación del metro, que miras la boca del túnel y la tardanza del tren te hace creer un momento que nunca llegará adonde lo esperas?, ¿y no piensas que eso es lógico, pues quién es uno en definitiva para que ese servicio –como otros– se cumpla con fidelidad; un servicio que tú no has puesto en marcha, con una máquina que no has creado; y, por si no bastase, porque uno nunca puede imponer nada al tiempo ni al destino ni al resultado de un movimiento tan preciso y delicado como el orden social en cualquiera de sus dimensiones? No sé si me hago entender.

De manera que la llegada de aquel hombre tuvo algo de providencial, antes incluso de que Tomi se derrumbara como se derrumbó, incluso cuando nada grave aún había pasado salvo que se fraguaba ya ese rumia-rumia tan peligroso. Nica pasaba largas horas meditando; apoyaba su cabeza en la mano derecha, el codo en la mesa, y sometía los asuntos que le importaban a un prolijo análisis. Un día que estuve allí y lo invité a venirse a “El Calavera” con nosotros, me dijo: “Prefería quedarme en casa dilucidando algunas cuestiones […] Procurando evitar esos pensamiento atrabiliarios que se pegan como pólipos al alma humana”. La respuesta me convenció, por supuesto. Nos habría convencido a cualquiera, porque tenía ese modo auténtico de sugerir las cosas más inverosímiles. Qué tío. Una vez exhibió ante todos nosotros reunidos en torno a la mesa del bar su reflexión sobre los vicios del mundo presente: “Los delincuentes modernos –empezó sin rubor– están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines”. Luego desgranó la lista, larga, con una increíble solemnidad: “las discriminaciones raciales… los trucos de la alta banca, la catástrofe de los ancianos, el comercio clandestino de blancas… el autobombo y la gula… la exaltación del folklore a la categoría de espíritu… de lo onírico y del subconsciente en desmedro del sentido común… el endiosamiento del falo, la política internacional de piernas abiertas patrocinada por la prensa reaccionaria, el afán desmedido de poder y de lucro, la carrera del oro, la fatídica danza de los dólares… las incineraciones, las purgas en masa, la retención de los pasaportes”. Nos dio un respiro, para que sus sentencias calasen en nuestra sensibilidad de bebedores ahítos. Y siguió adelante:

Esto porque sí, porque produce vértigo… Como queda demostrado, el mundo moderno se compone de flores artificiales,

y ahí quedamos de alguna pálida forma consternados por sus palabras: Javi, por ejemplo, dejó de hacer bobadas y de tocarse la barbilla, Octavio de examinarse subrepticiamente en los espejos del local, Jime de vigilar subrepticiamente a las chavalas; todo, antes de que acabara su retahíla-discurso, en un mismo aliento de amigos que desean, sin confesarlo nunca, una epifanía que los anime a proseguir cada uno con lo suyo; atendiendo las palabras de aquel mago:

que se cultivan en unas campanas de vidrio parecidas a la muerte.

Tomi se levantó, se llevó la mano a las sienes preso del nerviosismo. Nos alarmamos sin quitarle ojo a Nica. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había entre ellos, y con nosotros?

Tomi lo increpó: ¿qué quieres? ¿Qué pretendes sacar de mí?, ¿es que tú puedes salvarnos?

“Salvar”: esa palabra da friolera, le respondió. Algunos alabamos la concisión.

Pero es que sólo unos días después de aquello, ese hombre misterioso, Nica, se había llevado a la pequeña de Tomi con él. Cuando nuestro amigo regresó a su casa, tarde según su costumbre (sobre todo en días laborables), encontró a los niños llorando y a Cristina espantada. A Tomi se lo llevaban los demonios; estaba rompiéndose. Le gritó a la chica que qué había hecho, cómo había permitido que aquel hombre se largara con su hija sin saber adónde. Dijo que no podía creerlo, que qué maldición había caído sobre él. Lloró, blasfemó delante de sus hijos; le chilló al mayor, como siempre, que a continuación se fue de casa con un portazo. Y entonces el padre tuvo que pasar unos segundos antes de recomponerse para correr tras él y detenerlo en el rellano del primero.

Subieron de nuevo a la casa los dos, cabizbajos, derrotados y enemigos; el chico a su cuarto, el padre al salón. Expidió a los demás niños con cariño y se quedó solo con la chavalita, preguntándole qué podía hacer. Ella sufría lo suyo mirándose las uñas comidas y despintadas antes de introducírselas una vez más en la boca. Hubo entonces una escena lamentable. Él, que le pedía ayuda, se encontró con un rapto de sinceridad de la chica: le confesó que había cogido el dinero reservado para la factura de la compañía eléctrica que la perdonara que se daba cuenta de que él era un hombre bueno pero mayor y que tenía problemas que ella ya no podía hacer nada pero que todo había sido maravilloso y lo recordaría de verdad que la perdonara por tantas cosas que perdón por llorar que quería a los chicos pero ya no podía aguantarlo. Se derrumbó con su poder derrumbarse de los diecinueve años, tan fuerte y tan desconsolada, tan en el límite del abismo aunque con una media de vida por delante de setenta y ocho, año arriba año abajo, a ver. Y él, el pobre Tomi, ya os lo imagináis, qué siente un varón, padre además, cuando su felicidad heterosexual y su horario se descomponen de un manotazo. Con una hija al borde de la muerte, un desconocido que la ha raptado; el hijo mayor odiándolo y los demás dispersos. Encima madruga al otro día, que es ya muy tarde y jueves. ¿Hay quién dé más? 

No dijo nada, se quedó enfrentado el suplicio al que era sometido; inactual. Y entonces la muchacha que había sido su pareja se repuso –lágrimas que habían lavado el rímel, fealdad, espectáculo, etc.– y le dijo conmiserativamente que se iría. Eso sí, el domingo, para no complicar la cosa de los desayunos, las cenas y el colegio de los chicos. Lo cual, dentro del sinsentido, hombre, aliviaba, porque uno de los cabos lo dejaba resuelto. Pero los demás.

Con todo, el jueves, dicen en algunas partes del mundo de la superstición, es día de fortuna. Así que, a las doce menos dos minutos, se escuchó el golpear de una mano en la puerta. La puerta se abrió, y la niña y el hombre misterioso aparecieron en el umbral. La menor pasó en primer lugar caminando despacio como en una función infantil, mientras la sombra campeaba tras ella. Fue directa hacia su padre y se le abrazó, antes mirándolo con lástima y desde un fondo de comprensión. Él se agachó y recibió y dio besos desquitados de la angustia. Su hija lo premiaba con naturalidad pueril. Comprobado todo, el padre la mandó a su cuarto junto a sus hermanos, pues ella le contó que ya había cenado, cosas que le gustaban particularmente.

Luego Tomi se puso de pie. Lo primero que vio con asombro fue que la puerta de su casa continuaba abierta. La imagen lo paralizó como si entendiera un arcano. Sintió que en su hogar una vía de agua había venido para arrastrarlo todo consigo, y que nada podía quedar en su sitio y según ningún orden por esa amenaza; una amenaza como un turbión que más bien fuera un viento que eclosionaba plagado de tierra, plásticos, humo y oscuridad. Lo peor, además, mediante una abertura que nunca podría cerrarse. Y quien la había ocasionado era ese hombre que se encontraba ante él, un individuo vestido de negro, severo y seductor a un mismo tiempo, fálico e inexpresivo, que continuaba contemplando la escena desde su puesto inatacable.

Balbuceando ante él una petición de explicaciones, quedó Tomi. Aunque no tuvo la gracia de que le fueran respondidas. Nica, con una sonrisa especial contra el aturdimiento suyo, se hizo pasar y llegó, sí, a sentarse delante de sus mismísimas narices. Nada –le habló al fin–, me cae muy bien, sabes, quería salvarla. Ya te lo contará ella; le he dicho que lo mejor me parece que estudie lo que más ame en la vida sin pensar en otra cosa, y se haga funcionaria. Lo natural es trabajar para el Estado. Además, si quiere librarse, no hay otro lugar.

Otro cabo anudado, se le ocurrió, a fin de cuentas nada grave; pero este hombre con qué autoridad ha venido a mi casa, con qué poder que se ha atribuido orienta la vida de mis hijos, lo que yo más temo y temeré. Ya no me preocupa mi compañera, que se ha desacreditado a sí misma, la quería y se ha despedido. Me pregunto qué más, es decir, qué daño va a hacerme ahora a mí, a mí cómo va a destruirme. Lógicamente (en tanto narrador externo) no aseguro que estos pensamiento de mi amigo sucedieran de tal forma, ni siquiera si los llegó a concebir. Lo único seguro es que se derrumbó, no ya entonces (que yo sepa), sino por la crisis que le sobrevino unas semanas después; y que, sin duda alguna, fue gestándose en esa temporada.

Nica procuró expresarse con la mayor claridad: yo no doy a nadie el derecho, le dijo, adoro un trozo de trapo, traslado tumbas de lugar, ¿me entiende?; no hago daño a nadie, por ahora, no doy a nadie el derecho, sé que yo soy un tipo ridículo a los rayos del sol. No se moleste, añadió, no gaste tanta energía, ser padre es duro como sabemos todos. No obstante, Tomi le insistía, dando vueltas por delante de aquel personaje que se había arrellanado en su trono de escay, yo me muero de rabia, yo no tengo remedio… me hubiera gustado verlo, a mi querido amigo, incluso puede que alguno hubiera podido ayudarlo, no sé. Me río detrás de una silla, mi cara se llena de moscas. Y no llegaban a ser imaginaciones ninguna de las dos sentencias. Nica lo contemplaba, sereno. Yo soy quien se expresa mal, se expresa en vistas de qué. En ese momento, Tomi cayó redondo al suelo. Cristina, que estaba viendo la escena sin intervenir y sin entender nada, se precipitó a ayudarlo a una orden de la mirada del misterioso. Se le ocurrió tomarlo de los hombros, palmearlo; le levantó los párpados y no le gustó lo que vio, le daba asco. Trae agua, sugirió el hombre. Ella corrió a la cocina. Volvió. No sabía si hacerle beber o arrojársela al rostro igual que en las películas. Se quedó inmóvil para saber qué decidir. Nica le dijo despacio: bébete el agua. Ella lo hizo y él se atragantaba un poco de su propia risa. Luego, premioso, se agachó al lado del caído; se besó en su propia mano y la apoyó en la cara de Tomi quien, en el acto, recobró el conocimiento, o al menos su anterior estado de vigilia. Carecía de fuerzas para rebelarse, para seguir preguntando o razonar; tres cosas que habrían resultado inútiles, como hasta entonces. Se quedó muy quieto; parecía un animalillo asustado, un gazapo, pongamos, capaz de escuchar. A Nica esa actitud ya le pareció mejor. Se miraron con franqueza, uno tumbado boca arriba, el otro desde su altura. Y Nica le dirigió la palabra con serenidad, para ser entendido por un ser ontológicamente inferior. Tú no me echas, querido; yo me iré si me conviene. Tomi, ya lo estoy contando, ni siquiera se irritó ante esa revelación. Continuó igual que estaba. El misterioso lo controlaba a su merced, podía hacer con él cuanto se le antojase. Y, en esa posición, con los ojos firmes y una mano lánguida (ya sabemos que algunos consideran la compasión la virtud suprema de los fuertes –me río un rato yo, pero es otro cuento–), tuvo a bien comunicárselo: escúchame, buen hombre, le dijo, escúchame: lo que sucede es que no tienes ninguna teoría contra mí.  

[…] Tomi acudía al trabajo cada mañana y regresaba a su hogar cada noche como un ciudadano ejemplar, como cualquier padre de familia que desea lo mejor para los suyos y cuya vida amorosa es una fiesta –para la cual siempre se encuentra algo de tiempo antes de dormir y los fines de semana en que no hay fútbol–. A lo largo de su camino de ida, a lo largo del camino de vuelta solía tener un respiro, ese rato que parece hurtado al sueño o a los negocios (no en todos los casos, lo sé, hablo generalizando ahora); por lo común en silencio, o mascullando sentencias para nadie, que no obstante se oían dejando un tenue eco en la distancia: yo no tengo remedio, mis propios pelos me acusan, yo tartamudeo, ¿para qué son esa especie de estómagos? Lo mejor es hacer el indio, ¿quién hizo esta mezcolanza?, yo digo una cosa por otra.

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.