¿En qué consiste la fe, hasta qué punto nos enclaustra o nos libera, vemos lo que vemos o lo que queremos ver? Muchas preguntas que uno puede hacerse en la vida diaria o, si como suele suceder, nuestra vida es anodina y carente de sentido, al menos tenemos la de Tomi Sánchez en la que sí pasan cosas y eso da pábulo a nuestras reflexiones. ¿No?

Porque me llamó Javi para decirme:

–¡Eh, Tomi! ¿Has visto eso? Hay un pañuelo en el cielo.

Para mí era bastante temprano, porque tenía que llevar a Vigor, a Libertad y a Energía al colegio –además de a Fabián y a Carlos, los mellizos hijos de unos amigos que pasaban una temporada con nosotros– y, como siempre, iba tarde. (Laura se ocuparía luego de los dos pequeños.)

–Qué dices, ¿para eso me llamas?

–Asómate a la ventana, seguro que desde tu casa lo ves también. Hay un pañuelo gigantesco, es alucinante, de verdad.

–Llego tarde, Javi, haz favor.

–¡¡¡Asómate, Tomi!!! –me gritó.

Sujetaba el teléfono entre el cuello y el hombro, mientras le quería abrochar la camisa a uno de los críos; me acerqué hasta la ventana andando con él, sin dejar de pellizcar el botón del que lo arrastraba al pobre.

No vi nada. Es de noche todavía le repliqué. Mira bien. Estoy con. Que mires te digo que es alucinante. Volví a intentarlo, logré abotonarle lo que quería, le dije vete a peinarte, cuidado no te mojes mucho, y miré de nuevo.

Donde terminaba el bloque de edificios había algo más de cielo a la vista, en esos momentos de una tonalidad azul humedeciéndose del blancor de la mañana en marcha, un color delicioso de esperanza por el nuevo día. Y sí. Sí que podía imaginarse que más abajo de esa magnificencia hubiera algo semejante a un cendal que flotara. Busqué un borde que definiese que era un pañuelo la causa de la verberación del aire; pero no lo encontré.

–No veo nada, Javi.

–¿No ves un pañuelo en el cielo que ondea con el viento?

–No sé. Javi, tengo prisa.

–Es prodigioso. Nati dice que son los extraterrestres, yo que los Estados Unidos que deben de andar haciendo alguna prueba nuclear. ¡Qué me dices! Estamos los dos locos aquí. Voy a llamar a Pablo ahora mismo.

Colgó.

¿Una sombra en el cielo? ¿Un pañuelo que flota delicadamente sobre nuestras cabezas por encima de las nubes, o dejando que estas lo penetren, alejándose o, tal vez, acercándose no creo que hasta ponerse a nuestro alcance, todo a capricho según las mareas del aire, con un mensaje alto, indescifrable?

Se nos había concedido un nuevo día, me dije, ¿qué otro prodigio queríamos contemplar? Azuzé a mis hijos escaleras abajo, sujeté de las manos a los menores, que colocaban sus pies todavía con premeditación en cada peldaño (uno de ellos los contaba). Cuando por fin alcanzamos el portal, nos reunimos los seis y salimos en orden. Alcé mis ojos al cielo para intentar una oración de un segundo, y vigilé la altura: no creí que esa apenas sombra temblorosa de un hipotético pañuelo fuese nada.

Dejé a los chicos en sus sitios y volé al bar donde trabajaba esos días. Un minuto tarde sobre el favor del jefe de entrar a las ocho, la barra hasta arriba de paisanos, el compañero que hacía el turno de noche gastando las energías finales, el suelo sucio, la tele demasiado alta y la cara de mal humor de casi siempre del dueño. Buenos días.

Me cambié y me puse a servir.

En las noticias no dijeron nada. Todavía Javi volvió a llamarme un par de veces más; no contesté hasta que el jefe no se tomó un rato para sus cosas.

–Es el fin del mundo, tío. Es una advertencia.

–Un materialista como tú creyendo en estupideces.

–Tiene que venir de un poder exterior. Lo he estado pensando. Aquí –con aquí se refería al planeta, lo que me resultaba enternecedor–, aquí nadie va a hacer una cosa tan inútil como un pañuelo gigante.

Cobré una consumición, pasé la bayeta y me asomé.

–Es un símbolo, Tomi. Ahora tú crees en símbolos.

–Yo no creo en nada, Javi.

–Nos han traído un pañuelo para que no seamos violentos. Nos da protección, y a la vez es una forma de controlarnos. –Su monserga continuaba–. Un pañuelo suave, que no oprime… como una advertencia… el tamaño ya por sí mismo tiene significado… no quieren la guerra ni apoderarse de nada…

–Vale, vale, vale, vale…

Pasó la mañana; al mediodía uno estaba más dispuesto a admitir cualquier cosa. Llamé a los míos; todo seguía en orden. Energía se había peleado con otro chico –vaya, hombre–: de castigo, no saldría al patio; Laura tenía que quedarse más tiempo (espero que media hora sólo); los recoge Amparo y se los lleva a casa. Luego voy yo. Gracias, cariño. No le dije nada; apenas conocía a Javi y ya no aguantaba sus disparates.

Comí sin ganas, pensando si encontraría algo mejor que me permitiese vivir más tiempo. Incluso sentí rabia contra un par de clientes que dejaron demasiada propina en un bar mísero como aquel. Eché la moneda al bote, sonreí dándome cuenta de que lo hacía. Se habían tomado unos tubos de cerveza y ni siquiera los habían apurado; ahora salían de allí con sus buenos modales, cediéndose el paso, hablando de sus coches o de sus móviles.

Cuando me liberé del trabajo era de noche. El pañuelo de los desvelos de Javi seguía en lo alto, flameando como una bandera translúcida. La bandera de una patria nueva. Quería verla bien, pero la oscuridad me lo impedía; además, las farolas de las calles daban esa luz inmisericorde que impide contemplar el cielo, nuestro cielo: como venía ahora a decir mi amigo. Caminé siete manzanas en línea recta, luchando conmigo mismo para mirar-no mirar; luego caminé otras doce, crucé la carretera por el recto sitio indebido y la praderita verde, hasta pasar el polideportivo y llegar al barrio libre de parquímetros en donde había dejado el coche. Alguno lo había rozado, la pintura roja de un lateral se veía ahora señalada con dos franjas blancas. Maldito sea.

Me recosté en mi propio vehículo y dirigí mi intención hacia lo más alto. Juro que ese pañuelo invisible casi podía verse; era más bien una telaraña, un cedazo gris que amenazara romperse sólo con pasar un dedo. No me puse a pensar, sólo dejé que el levísimo tejido estuviese ahí por encima de nuestras cabezas meciéndose sin sentido. Hipnótico. E inalcanzable.

Libertad se había levantado enferma, con fiebre. Le dimos el antitérmico. No puede ir así al colegio, Laura se ofreció: si quieres se la dejo a mi madre. No vivía lejos de nosotros, quince minutos, aunque nunca habíamos hablado de eso. Entendí que se implicaba. Tampoco teníamos alternativa, más que obligarla a ir. Creí recordar que en otra ocasión parecida, una vecina con un niño pequeño se hizo cargo. Ahora bien: quién era ella, dónde vivía yo entonces, con quién; no sabía, qué lío. Acepté. Yo la llevo, dijo. A la carrera con los demás.

Otra vez unos minutos de retraso. Implosionaba mi jefe en su sitio. El compañero me advirtió cuidado con él, yo creo que su mujer no lo ha dejado arrimarse y viene caliente. Me reí.

Los borrachines se habían tomado su café con churros y paladeaban ahora la primera copita de anís, pacharán, coñac, según prescripciones; acompañaban a los parados que no sé de dónde sacaban el dinero ni hasta cuándo, que siempre ha habido en los bares de mi país, dispuestos a burlarse con saña de cualquiera, a ajustarle su rencor a la vida o a justificarse si uno les ofrecía la menor ocasión. Tengo un amigo, alcé la voz, que asegura que hay un pañuelo en el cielo. Me miraron, se miraron, miraron hacia la puerta como si pudiera decirles algo. Un pañuelo grandísimo que cubre casi toda la ciudad.

–Ya lo sabía –empezó uno.

–Qué vas a saber, qué vas a saber… –le replicaban ya.

–¿Cómo que no? –se revolvía el primero.

Inmediatamente me arrepentí de haber puesto en marcha la máquina infernal. El jefe, en cambio, me contempló con astucia.

Picados en el orgullo por los asaltos de la discusión, se asomaron a la puerta; primero uno, luego dos se reunieron en ella, salieron hasta la acera todos, apuntaban a lo alto, lo reapuntaban, soltaban tacos; cuando la cosa no dio más de sí, regresaron dóciles y enfadados, habiendo amontonado, solapado, separado sus yoes enfebrecidos y tercos. Luego cedió el soliviante. En el ínterin, que fue considerable, se había tomado cada quisque otra copa. Me dio tristeza; el jefe fue amable conmigo según pasaba.

El asunto del pañuelo obsesionaba a Javi. Si no lo sacan es por un complot internacional. Ya sabes, los regímenes democráticos no pueden plantearnos algo que no sepan cómo controlar. ¿Tú de verdad lo ves?, le espetó Pablo. Se molestó: claro que sí, lo ve cualquiera. Yo no, reconoció el otro. Pero sólo si te fijas bien. Tienes que estar por lo menos un rato, tomarte la molestia de mirar, no ver, mirar te estoy diciendo. No es tan obvio como una pelota o una manzana, hombre. ¿De verdad? Míralo, míralo. Que ya lo he mirado. Javi insistía: sal, levanta la cabeza, ahí lo tienes, ¿quieres hacerme el favor? Observa el cielo. Me lo pidió a mí también. No puedo, le dije, tengo que atender. Forzó a Pablo a acompañarlo a la puerta. Recordé a los borrachos que habían porfiado allí también. Volvieron igual que ellos a la mesa, más civilizados, eso sí, al menos en las formas. No hablaban. Se sentaron y estuvimos los tres en silencio. No sé, dijo Pablo, quizá tengas razón. ¿Lo ves? Es verdad que el sol no parece el mismo, como si estuviera un poco más apagado. Eso se debe a la tela que se interpone. Puede ser, concedió. No hay otra explicación, además tiembla, ¿te has dado cuenta de que cuando sopla el viento se le notan los pliegues? No sé, Javi, a lo mejor. No comprendo que no veáis algo tan manifiesto, se desesperaba. Calló por unos instantes. Luego dijo: ¿Es que tiene que venir alguien de fuera para enseñaros que hay un pañuelo, y que reconozcáis lo que tenéis ante los ojos?

Al día siguiente fue domingo. Yo libraba. No me acuerdo de qué hicimos; supongo que saldríamos por ahí con los chavales. Laura me acompañaba. Yo me agobiaba con que ella asumía mis hijos, como habían hecho ya otras parejas mías. Latía en mi interior cierta ansiedad pensando cuándo terminaría de cansarse y nos abandonaría para probar su nueva vida propia. Mientras durase, yo trataba de sacar el mayor provecho. (Luego, esa actitud me la he recriminado como una falta por egoísmo.) Ahora, por aquel entonces yo me mentía igual que la mentía a ella, diciéndole que formábamos una pareja, extravagante desde luego, pero una verdadera familia: con la alegría y la locura de todas las familias en donde hay niños. Como siempre que salíamos juntos, y ella había tenido que desgastarse en cuidarlos, al llegar la noche me pedía amor (esto lo digo ahora, que es cuando me doy cuenta). Y yo le exigía a mi cuerpo agotado que se volcara en caricias y besos por ella. Nos desatábamos, hacíamos por salir de nuestro pan cotidiano para buscar nuestro refugio en un amor celeste. Sintiendo su peso sobre el mío, acariciándola hasta que le brotara el goce, unidos por la piel y los labios, lamiéndole los ojos, el cuello, el pecho, las costillas, las partes fáciles del cuerpo; le ofrecía mi adoración, y ello me devolvía ciento más de su ternura y su fuerza. Nos queríamos mucho; puedo decir que su amor hacía brotar la bondad y el deseo de ser más felices. La amaba con los ojos cerrados, con dolor, con tantas cosas guardadas que uno de los dos lloraba antes o después, “inexplicablemente”, nos decíamos. Con cuidado de no haber hecho mucho ruido y de dónde ponía el preservativo, y cómo lo sacaría después de la habitación sin que lo viera alguno de los críos. Estas minucias que me hacen sentir vergüenza. Y tan reales como la verdad de las cosas.

En lugar de dormirme, me quedé boca arriba con el brazo por detrás de su cuerpo y una mano apretando su mano sobre su vientre. Nuestras cabezas juntas como en una oración. Hacía unos días había llamado a Fernando y a Claudia para contarles que sus hijos se encontraban sanos, convivían bien con los míos, y habían aprobado todas las asignaturas. Estaban contentos. Les pregunté si allá, en Costa de Marfil, habían oído hablar de un pañuelo del cielo. No sé por qué en ese preciso momento se interrumpió la comunicación. Antes de que me contestaran. Laura sonreía en la oscuridad y aún pegaba más su cuerpo, hasta la barrera imposible del mío. Yo la estreché contra mí. Laura, le dije, hay un pañuelo flotando en el cielo. Callábamos por espacios lentos. Un pañuelo flotando, ¿te lo imaginas? Ella me dijo que sí se lo imaginaba. Javi lo ve, le dije. Ese ve cualquier cosa. En serio. El silencio. He llamado a los papás de los mellizos, le dije. Les he preguntado si en África han visto también ese pañuelo. ¿Ah, sí? Ellos lo han visto recortado sobre el cielo africano, moviéndose despacio, yéndose, volviendo, hasta el confín del horizonte y regresando como si se hubiese olvidado algo, con pereza infinita. ¿Te lo puedes imaginar? Sí, me contestó con el susurro premeditado del sueño, más y más cerca, adentrada ya en su hueco conmigo.

Y yo me puse a soñar también en un planeta de pañuelos flotantes; uno sobre nuestra ciudad, otro sobre los cielos luminosos de Costa de Marfil, otro sobre los países de América que había visitado; para dar su sombra sobre ríos y cordilleras, praderas y casas, ciudades monstruosas y poblaciones menores, sembrados, bosques, páramos: indiscriminadamente. Pequeños pañuelos, en comparación, extendidos y algo elevados en su centro, igual que si alguien los hubiera dejado caer hacía poco desde una estrella remota. Pedazos de lino abiertos, paracaídas que nunca terminarán de descender, suspendidos en su silencio y su discreción, tenues; una plaga si se quiere, que, no obstante, no tardará en desvanecerse y dejarnos de nuevo tranquilos, como estamos desde el principio del mundo.

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.