Grupos, bandas, pandillas, cuadrillsa, escuadrones, ligas… Pueden usar el nombre que quieran, pueden hablar de amigos o de superhéroes, del trabajo o del ocio, de la vida y de los sueños. Nos agrupamos, y al hacerlo emitimos una luz especial, sólo nuestra, pero al mismo tiempo compartida. Tomi y sus amigos lo intuían y ahora ya lo saben. Javier Sáez de Ibarra continúa trazando las peripecias de Tomi Sánchez ante los atribulados lectores.

Óscar, Elena, Tomi y yo fuimos los primeros en formar el Comando Luciérnaga, al que luego se unieron algunos amigos. Por cierto que el nombre se le ocurrió a Tomi, mientras Elena y yo preferíamos el de “La Célula”, más escueto, normalizado y rápido, aunque ciertamente menos poético. Él sugería que seríamos bichitos en medio de la noche oscura del capitalismo para abrir un senderito de luz con sus acciones clandestinas. Y, ahora que lo pienso, es verdad que ya en la disputa conceptual aunque inarticulada de los nombres hubo una significativa diferencia que vino a provocar con el tiempo la ruptura del grupo en dos facciones; como luego explicaré.

Las reuniones empezaban invariablemente con la lectura por parte de un miembro del grupo de un poema que este, siguiendo un turno, hubiera elegido. No recuerdo a quién de nosotros se le ocurrió la feliz idea; pero sí el porqué y también cuál escogí yo la primera vez. Un texto breve de un poeta que en algún momento había respetado: Vicente Aleixandre: premio Nobel del que nadie se acuerda, quizá por escribir poesía. Se titulaba “Lenta humedad”, y empezaba así:

Sombra feliz del cabello
que se arrastra cuando el sol va a ponerse,
como juncos abiertos –es ya tarde;
fría humedad lasciva, casi polvo–.

Uno de nosotros leía el poema y luego iniciaba un comentario al que los demás se sumaban. Recurriendo a la palabra inspirada realizábamos una suerte de rito de paso: de nuestras vidas cotidianas, más o menos errabundas, a aquel ámbito de encuentro en que todo sería posible por la imaginación y la amistad. Queríamos que la poesía nos levantase de nuestra condición caída para encaminarnos a un reino nuevo de inteligencia, potencia creadora, audacia. Puedo atestiguar que así sucedió muchas veces; en ocasiones hubimos de interrumpir el encuentro antes de lo previsto de las ganas de revolución prendidas a causa de los poemas, los comentarios y sus secuelas en nuestras mentes inquietas y disgustadas.

La sombra feliz del cabello arrastrado en el poniente, qué imagen más poderosa para nuestras pretensiones, qué lasciva era la entraña de nuestro frenesí destructivo, y qué delicadeza esa de los juncos desparramados: la débil capacidad de cada uno, solo cuatro desorientados, trastornados, a punto de perderse bajo la destrucción; casi polvo.

Una ceniza delicada,
la secreta entraña del junco,
esa delicada sierpe sin veneno
cuya mirada verde no lastima.

Nuestra primera acción no nació hasta después de haber mantenido una o dos conversaciones. Cuando yo había imaginado muchos días previos de largos debates teóricos, disertaciones –tras sesudas e inevitables lecturas– acerca de los modos de resistencia de la clase obrera urbana, la constitución de una justificación racional suficiente de la moralidad y la eficiencia de esa lucha como de su inserción en la trayectoria liberadora de la utopía. Bueno, en fin, todo eso. Ciertamente, nuestra furia, nuestro resentimiento, nuestra coincidencia de valores y anti-valores habían avanzado en cada uno y allanado el camino del entendimiento mutuo y la colaboración de grupo. En otras palabras, no teníamos necesidad de darnos demasiadas explicaciones para buscar la manera de desahogarnos. Confiábamos en que ya llegaría, si había menester, el momento de las precisiones terminológicas y las distinciones de escrúpulo. Y esto, si alguien nos lo fuera a pedir, lo que no era probable.

Ansiábamos ser una sierpe y colarnos en el oído del mal que nos estaba cercando para hacerle todo el daño posible. Penetrar por el conducto de la audición siempre tapada y desmenuzar sus huesecillos inservibles. Aunque carecíamos de veneno, no de ojitos aviesos, dientes y una lengua afilada. Brillábamos con una luz verde en las pupilas.

La primera acción que nos exigimos fue tan liviana que recordarlo me da pena de risa: tirar piedras (obtenidas entre las vías del ferrocarril de cercanías que debía tomar Elena a diario) contra los cristales sin protección de una Oficina Municipal de Urbanismo. Lo ridículo no fue tanto la acción en sí, sino nosotros que, con el fin de prepararla, gastamos horas practicando en los jardines del distrito. Unos casi treintañeros arrojando piedras (a la vez que nos esforzábamos en visualizar el lugar y la hora nocturna en que sucedería dicha acción) con el objetivo de no fracasar, por impericia o miedo, llegado el momento. La noche anterior no dormí pensando en cómo salía despedido de mi mano el proyectil y corría contra el cristal culpable para reventarlo; diciéndome que esa acción era posible, reforzando mi convicción de que era necesaria, y de que algo del dinero de la gerencia dirigido normalmente a beneficiar a unos pocos, ahora tendría que dedicarse a costear un vidrio nuevo.

Los cuatro juntos levantamos nuestros brazos armados, y los volvimos a bajar hasta tres veces de indecisión. Óscar trató de justificarnos: la primera es la más difícil, compañeros. Asentimos. Hagámoslo al mismo tiempo. Él contó: una, dos y… (se detuvo un segundo más del debido): … ¡tres! Yo sé que arrojé la piedra, creo que vi volar alguna. La mía llegó a su objetivo: el cristal la recibió como una liberación, estalló de júbilo en pedazos. Ellos corrieron según lo previsto. Yo me quedé retenido en el sitio con sólo una certeza: es posible hacerlo. Se puede romper un cristal. Podemos ocasionar una herida. Alguien inocente como yo es capaz. Y qué sencillo. Eché a correr, corrí. Feliz.

Adiós. El sol ondea
sus casi rojos, sus casi verdes rayos.

Rompimos las lunas; tres habíamos proyectado, quizá fueran menos. El caso es que nos anotamos un éxito. Tomi entonces dijo: pero ellos no saben por qué lo hemos hecho, creerán que ha sido una gamberrada de chavalitos o de borrachos. No me jodas, le regañó Óscar. Sin embargo era cierto. Y decidimos que en cada acción, cualquiera que fuese, tendríamos que presentar nuestras razones. No podíamos actuar como ellos: ocultando su verdadero motivo, engañando a sus víctimas. Tomi les escribió una carta. Imagino que pensarían que era obra de un chiflado, suponiendo que alguien la leyese antes de archivarla o arrojarla a la papelera.

Nosotros brindamos. Nos reímos como locos del miedo vencido y de nuestro patetismo de revolucionarios menores. Era fantástico. La luciérnaga comenzaba a volar.

Durante los meses siguientes, arrojamos piedras a otras dependencias municipales: Fomento del empleo, Contribuciones, Representación pública, Tráfico, la casa del alcalde. Y por cada acción, una carta dirigida a un cargo sin nombre, a quien se trataba con suma cortesía para ofrecerle una justificación más o menos detallada y donde se le recriminaba su comportamiento abusivo, con ejemplos que conocíamos por experiencia propia o cercana, sobre todo de amigos que trabajaban para el concejo, o que habíamos imaginado con algún fundamento. Tomi las escribía con gusto, según nos decía; nosotros las escuchábamos y le sugeríamos añadidos o correcciones que él incorporaba.

Varias noches, en meses distintos, cubrimos ciertas paredes de la ciudad de pintadas denunciando con precisión esta o aquella fechoría política. Mientras uno vigilaba, los otros dos escribían el texto discutido y aprobado en las reuniones. Aun con dificultades, conseguíamos convertir nuestro rico debate en un mensaje escueto: no menos de nueve palabras, nunca más de veinte. Sólo una vez dejamos un texto interrumpido por exigencias de orden público. Era triste acudir a la luz del día para comprobar el resultado de nuestra intervención, a menudo borrado ya por el Equipo de Limpieza Urgente de que disponía el Ayuntamiento, como entonces supimos, con que solventaba tales contratiempos. Era consolador saber que habían debido actuar sin dilación, porque lo que decíamos no era aceptable para ellos.

Adiós. Decía el poema. Adiós. El sol ondea
sus casi rojos, sus casi verdes rayos.

El sol ondea sus casi verdes y rojos rayos de esperanza: pensaba yo en relación a las acciones que emprendíamos llenos de entusiasmo. Pues salíamos de casa dichosos y dignos de nuestra pequeña-feliz miseria de acción contestataria; y porque era yo miembro del comando, lo era él, lo era ella y el otro. No todo estaría perdido mientras hubiera ciudadanos capaces de un mínimo aunque significativo riesgo. No todos quedaríamos aplastados y mudos en el suelo de su propiedad bajo las botas de su propiedad sometidos a las condiciones y los designios de su propiedad. Orgullo de hombre enano, si se me acusa, orgullo ligero para un tiempo de penuria, para una era de adioses en que los rayos no se sabe ya de qué color se despiden.

Actuamos contra unos grandes almacenes por impedir cada vez la huelga de sus trabajadores, y por cubrir con policías la entrada que se salvaba así de ser cerrada a la fuerza. Sección moda caballero, señora: pues tinta china en los bolsillos de sus chaquetas y sus abrigos de piel; excrementos por las paredes de los probadores; silicona, aceites para los productos electrodomésticos e informáticos; rotura o rajadura (según conviniera) de cajas, bolsas, estuches, carteras, objetos confeccionados en seda, en piel, en lana virgen, en plástico. Así conseguíamos esclarecer los hechos; porque un ejemplo vale más que palabras necias y oídos sordos. Que quien a hierro mata a hierro muere. Lo mismo para una empresa de seguros que para una franquicia de peluquería o de café (es un llamar al brebaje que venden): todas, por patronal decisión como sabíamos, habían amenazado con un fulminante despido al que se uniese a una protesta de cinco minutos (5 interminables m.), organizada por un sindicato mediano, la cual consistía en que los forzados se asomaran a la puerta de sus establecimientos a las ocho de la tarde, cuando, acabada su jornada laboral, empezaban las obligadas horas extra. Ya ven ustedes. Arrojamos piedras por la noche contra sus relucientes letreros neoninos, y estos desde el suelo testificaron mejor sus objetivos. Lo evidente era, por momentos, que cada una de nuestras actuaciones arrojaba un haz de luz; sacaba de la neblinosa ambigüedad lo que la cartelería y la pirotecnia del marketing ocultaban tan seductoramente. Rayos rojos, rayos verdes. Rayos y truenos. Malditos antisistema.

Su tristeza como frente nimbada,
hunde. Frío, humedad; tierra a los labios.

Frío, humedad; tierra a los labios: así terminaba el poema que yo elegí aquella primera vez. Entonces no comprendía del todo su significado, pensaba que seguiría un registro natural, aséptico y sentimentaloide. Me gustaba no obstante. Mis compañeros se quedaron de piedra. Lo he elegido al azar, les dije; lo desaprobaron. También al azar vamos a intervenir nosotros, ¿no es cierto? Podríamos tener cientos de objetivos, ¿por qué dedicamos nuestro trabajo sólo a unos pocos, habiendo tantos que lo merecen igual? Aceptaron. Y yo les hablé del atardecer, una emoción muy de juventud que se me había ido a los veintinueve, cuando me echaron del empleo sin indemnizar y me abandonó mi novia –en la misma semana–, y empezó el otoño; también era mala suerte, hombre.

Mis amigos y yo manteníamos en secreto la existencia del comando, esto nos unía y nos hacía fuertes. Yo imaginaba el vuelo de un insecto del que había oído hablar, aunque nunca lo había visto. Alcanzaba una considerable altura vagando por las ondas inmateriales del oxígeno y el dióxido de carbono antes de la declinación de la luz. Los coches, por debajo, no sabían nada; los hombres y las mujeres que se dirigían a sus compras o retornaban de ellas, sin ninguna conciencia de su colaboración, producían luz para el sistema con sus propios pasos. Pero yo rechazaba participar en el marasmo, en la cara amable de la muerte de millones de seres humanos por hambre, enfermedades, desprecio y estadística. Me animaba que pudiese revolotear su luz haciendo estelas por el espacio que no comprendería nadie, que no asustaría a nadie, que sólo nos traería éxtasis, y problemas a nosotros mismos, junto a la recóndita satisfacción de hacer lo no debido.

Durante uno de sus periodos de desempleo, alguien del grupo (no sé quién, entonces habíamos abierto el comando a cuatro o cinco compañeros más) se ocupó de averiguar el domicilio, localizar el coche y la segunda residencia de varios directivos de las empresas en que varios de nosotros habíamos estado obligados a trabajar. Esa información fue crucial para dirigir una serie exitosa de operaciones de corrección contable. Propiedad de estas personas, quemamos dos chalés de vacaciones en sendos pueblos de la montaña y de la costa; redujimos a chatarra seis o siete automóviles de alta gama, saboteamos media docena de motos de gran cilindrada y hundimos un yate (no por completo) en un puerto deportivo de renombre. Desgraciadamente, todo hay que decirlo, dichos jefes tuvieron que ampliar su plantilla contratando casi tantos guardaespaldas como atentados recibidos; trabajos, como se sabe, mal pagados y estresantes, a que se consagran tipos fornidos que en tiempos económicos menos bonancibles se habrían dedicado al boxeo (actividad, con mucho, más digna aunque riesgosa.)

Sombra feliz del cabello
que se arrastra cuando el sol va a ponerse.

No todos compartían “este grado de violencia contra las personas”. Matizamos algunos que no era en puridad contra las personas, sino únicamente contra algunos objetos –más bien pocos– de los que se consideraban propietarias; bienes que, por cierto, habían sido obtenidos fraudulentamente merced al robo, la extorsión, la amenaza, el chantaje; esto es: el contrato de trabajo y sus beneficios. Así lo aclaraban las misivas que, en cada caso, no dejamos de enviar a sus tenedores. Se desató una discusión o, mejor dicho, un intercambio de pareceres tras el cual todos convinimos en que esas medidas, aunque dolorosas, eran  necesarias por su valor pedagógico: ayudaban a sus receptores a entender que no todo el monte es orégano y, en consecuencia –y reutilizando el argot de los economistas–, que debían hacer mejor sus deberes, arrimar el hombro consciente del momento que atravesábamos y actuar de manera más responsable en la gestión de sus empresas, al menos en lo tocante a retribuciones.

Como juncos abiertos –es ya tarde;
fría humedad lasciva, casi polvo–.

La fría humedad lasciva de los lagartos que en la noche del celo se llaman macho a hembra, hembra a macho, para cometer el preciso acto de la posesión. A veces, poníamos el retrato del hombre empleador o de la mujer emprendedora sobre la mesa de las reuniones y contemplábamos en silencio su rostro humano. Cualquiera entonces, Óscar, Elena o Pablo podía decirnos: yo creo que no es maldad lo que lo está moviendo, ni siquiera codicia; lo empuja la necesidad de ahogar el vacío de vivir. A mí nunca me ha gustado mucho la filosofía; a veces me enfadaba por cosas como esa: ¡os olvidáis de que están contra nosotros! Y el que hablaba proseguía con su discurso: el vacío al que estamos expuestos, tan espantoso si lo pensamos bien, y que hemos de llenar sin saberlo con alguna pasión de las que hallamos a mano. Yo no quería entenderlo; de manera que disentía con más cariño.

Como juncos abiertos –es ya tarde;
fría humedad lasciva, casi polvo–.

Fría humedad lasciva. Fría y humedad concuerdan obviamente. Lasciva es lo que resulta imposible ahí. Lo nuestro era venganza, y todos lo sabíamos, pero también justicia, y por eso nos hacían reír las peroratas tan negligentes de los intelectuales del régimen: odian nuestro triunfo, atentan contra nosotros por envidia de nuestros éxitos, es nihilismo puro, por qué nos atacan, etc., etc. La monserguita autoexculpatoria en la que no creerían en el fondo ni ellos mismos, sólo los memos que los escuchan. Polvo en sus ojos, polvo en sus bocas y en sus lenguas, polvo en su vida moral, polvo en sus manos cuando acarician el futuro de sus hijos ya asegurado. Mientras que yo, después de haber arrasado esa misma noche una casa superflua, en el mejor de los casos, volvía a mi hogar y lloraba delante de mi hijo dormido, a espaldas de mi mujer que no sabía nada.

Varias líneas de tensión se fueron abriendo lentamente en nuestro comando como rajaduras de un edificio, quizá la crisis de asentamiento o el anticipo de un final no previsible. Hubo la facción que disputaba por ese exceso de violencia, y quien pensaba que era poco. Y también los que veían la inutilidad de cualquier esfuerzo.

Una ceniza delicada,
la secreta entraña del junco.

Elena y Quiroga, entre otros compañeros, propusieron sustituir los ataques por intervenciones estéticas de carácter poético teatral: performances. La mayoría los escuchamos pacientemente, y después nos negamos. Si bien aceptamos que en el seno del grupo hubiera quienes las realizaran. Tenían sabiduría, sin duda, ingenio y atrevimiento. Yo, aunque rehusé participar, acudí a sus acciones. Imprimieron camisetas con eslóganes, se cubrieron el cuerpo de manchas que parecían sangre, se cargaron con grilletes y cadenas, se arrastraron como agonizantes por el suelo de las calles atestadas de compradores, simularon borracheras e histerismos, se vistieron de hombres-anuncio para infundir prevención en los trabajadores; no sé de dónde surgía tanta inventiva. Desde luego que se lo pasaban bien, como actores amateurs después de sus primeras oportunidades, desinhibidos y talentosos, que se marchan al finalizar la sesión a tomarse sus cañas para comentar lo ocurrido; y que acaban cayendo en la melancolía por una reacción que empezaba a florecer y se había malogrado, o, al contrario, gritándose y felicitándose mutuamente eufóricos, por la señora que aplaudió o el padre de familia que invitó a su hijo a mirarlos. Yo los envidiaba desde mi dureza de carácter y mi cobardía física; a la vez que me sentía dichoso de compartir con ellos la misma furia. No sé si su ejemplo nos reafirmaba a algunos en la necesidad de una lucha más cruel. Una noche incendiamos un camión de productos manufacturados salidos de una cadena de montaje poco menos que esclavo; el hecho ocupó una columnita de unos periódicos: vandalismo, salvajada, competencia brutal…

Nos reunimos algo asustados porque era la primera vez que nos concedían un hueco en la comunicación pública. Sin la menor referencia a nuestra carta, no dudábamos de que ya nos buscaba la policía. Y la policía, ya se sabe, se entera pronto y llega adonde no lo hace nadie. La angustia dio paso a la discusión. El grupo de Elena definió su lucha como testimonial, simbólica, no-violenta, uto-poética. Nosotros asumimos, una a una, las mismas palabras. Nosotros también éramos compositores de poemas. Sólo que a golpes. Nuestra fría lascivia era delicada ceniza, nacida de una secreta entraña.

esa delicada sierpe sin veneno
cuya mirada verde no lastima.

Esa delicada sierpe nuestra sin veneno era la flor que nacía y se arrastraba dulcemente para convertir el odio en luz y alegría. Empleamos toda clase de tácticas en el debate. Casi diría que eran metáforas más que argumentos lo que salía de nuestras bocas, luciérnagas que bailaban unas al lado de otras, se reunían y volvían a deshacerse del lazo.

No obstante, dos compañeros anunciaron su retirada. Temían el nombre de delito; por consiguiente, la posible detención, el castigo, la falta de libertad. Los comprendimos y la puerta quedó abierta, siempre lo había estado, para el que disintiera.

Óscar alzó los ojos y dijo: de qué sirve lo que estamos haciendo. Vosotros y nosotros: me da igual. Qué hemos logrado cambiar en los años que llevamos trabajando. Tuvo su réplica: A alguien le han llegado nuestras consignas, hemos hecho reflexionar siquiera a una persona. Continuó: Suponiendo que así fuera, qué ha cambiado en su corazón, en su vida práctica, en sus decisiones. Tenemos enfrente un poderoso enemigo, las fuerzas que empleamos son inútiles contra él; no le hacen daño y ni siquiera aumentan los desafectos. Arrojamos pétalos que nadie recoge; los empleados de la limpieza del ayuntamiento los levantan enseguida de un suelo donde no son visibles… es cierto que gozamos, nos alivia cada pequeño gesto que hacemos, es verdad, y quizá no sea un balance despreciable; pero juzguemos los resultados.

La mirada verde no lastima, la mirada poética no duele en la ropa ni en los zapatos, sólo trastorna el interior: qué gran mentira en boca de los grandes mentirosos que día tras día en sus conferencias nos invitan a leer, mientras sueñan con riqueza y honores para sí mismos. Eso ya los desacreditaría, además de por sus efectos. Esos lectores suyos se les hacen adictos, entusiastas, compradores y fetichistas; da asco. Esos que leen no se vuelven espíritu; porque sus poetas no trasmiten nada, porque no llaman a nada. Porque no quieren a nadie. El Comando Luciérnaga ha nacido para la luz con que romper el aliento de la muerte. Nosotros estamos brillando.

¿Es eso cierto? ¿Dónde está nuestra alegría? Las pequeñas victorias se han convertido en resignaciones a fuerza de la dureza que continúa ahí. No hacemos daño a nadie: idéntico a decir: no hacemos bien a nadie.

La luciérnaga es una chispita bajo los grandes engranajes oscuros: su vuelo de unos metros no puede igualarse a la distancia de semejantes ruedas; sus alas no acarician siquiera esas dimensiones que no comprende. César lo había dejado escrito: La cólera del pobre / tiene dos ríos contra muchos mares.

Alguien propuso retener a un empresario, mostrarle los efectos de su perversidad, y soltarlo de nuevo al océano. Alguien dijo apliquémosle de su propia medicina: vamos a remedar con él las extorsiones que realiza cada día: obliguémoslo a mejorar –no para su engorde– los horarios, los sueldos, el trato, el reparto de beneficios. Un socialismo teledirigido, mediado por el secuestro. Nos reímos bastante con la ocurrencia. (A mí me gustó, y dije que estaba dispuesto en serio a intentarlo.)  A los dos días estaríamos todos en la trena; y el emprendedor, repuesto del susto, redoblaría su estilo de vida. No gracias.

La luciernaguita se topaba buscando la abertura en las paredes del famoso vidrio de la botella medio vacía. Qué miserables éramos, qué desconsuelo sentíamos. Todavía somos pocos y estamos desconectados de todo, eso nos pasa, nuestros escritos en la red apenas tiene el eco de los que piensan como nosotros: eso de qué sirve. Hay que coordinarse, aprender, organizarse para la lucha. Tenemos que recuperar la esperanza. Ya esa frase era la tumba.

Adiós. El sol ondea
sus casi rojos, sus casi verdes rayos.

Tuvimos varias despedidas, parte del grupo se decidió por continuar con las performances. Nos abrazamos. El sol ondeaba en nuestros ojos casi rojos los de unos, casi verdes los de otros. Tendrían la calle para ellos solos, hasta que los empujaran los guardias municipales. O hasta que se toparan con un abucheo, después un salivazo, una zancadilla, una bofetada, un golpe en el vientre. Eso, o la soledad. Yo sentía cariño por los compañeros que se marchaban; eran más jóvenes que nosotros, más valientes en mi modesta opinión, como ya dije. La luciérnaga brillaba menos con un ala perdida, sin embargo aún deseaba volar. ¿O no?

¿Qué podemos hacer?

Óscar y yo regresamos a casa por el mismo camino. Encontré una piedra, me pregunto qué hacía allí. La blandí para disfrutar recordándonos nuestros comienzos, cuando superamos el miedo y la educación. Nos reímos. Poco antes de reconocer que no se puede nunca volver atrás, ni retornar al principio por más que se sienta como una pasión quedarse en él. Tengo miedo por mi hijo, le dije. Que la guerra venidera me lo arrebate, que sea carne de un sufrimiento que aún no hemos conocido, y del que ya hablan los libros que leemos. Si hubiera para él un rincón en el que pasar desapercibido para los contratadotes, lo elegiría. Yo quisiera que alcanzase la categoría de un empleado modesto al que dejasen vivir en paz, aunque fuera encajado en un tabuco solo con una ventana, una mesa y una máquina; yo le enseñaría a tener suficiente con una morada kafkiana, acabaría acostumbrándose; aprendería a leer y escribir en la noche, se encontraría con sus amigos en la ciudad nocturna, por donde pasear pasando de largo de los establecimientos cerrados –por orden gubernamental que impiden el juego, la bebida y las reuniones, porque menoscaban la capacidad productiva de los obreros, su patriotismo exigible en esta hora–. Es jodido tener críos, me contestó, patibulario; pero no te pongas cenizo. El abominable viejo escribió que los enemigos del sistema son los que no tienen nada que perder; Weber lo cuenta todo a medias: los enemigos somos los que guardamos todavía el corazón, precisamente porque tememos perder lo más amado.

Íbamos andando por la calle. Al menos teníamos eso, un trozo de asfalto y dos aceras camino de nuestras casas. Aquella noche éramos las luciérnagas del dolor; nos encendía el fuego más sagrado, nos consumía despacio con crepitaciones casi inaudibles. Y yo le dije más cosas como se habla a un verdadero hermano. Pero él estaba demasiado callado para mí. Pero yo no podía quedarme solo, no esa vez.

Su tristeza como frente nimbada,
hunde.

No debemos entristecernos, le dije. Aún no hemos sufrido lo suficiente. Los aplastados y muertos nos lo reclamarían. Arroja ese nimbo lejos de ti, ese veneno que nos inoculan. Que nos hunde.

No dijo nada. Vi la calle siguiente, donde nos separaríamos para cada uno su dirección: era como un mal presagio, como la necesidad. Óscar, Óscar… lo llamé, amigo mío…

Frío, humedad; tierra a los labios.

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.