Ricardo Reis, que era en sí un relato, o un cuento, a su elección lo dejo, escribió en uno de sus últimos poemas que «Somos cuentos contando cuentos, cadáveres postergados que procrean.» En realidad, Resis (o Pessoa, a su elección lo dejo), era consciente de que no tenemos más que mitos, relatos en los que decidimos creer. No hay nada de nuevo en la “posverdad”, que ha existido siempre, pero antes se la llamaba fe, y en nombre de la fe se cometían todos los actos, amparados en una moral tan personal como impuesta. Disculpen la altisonancia en una entradilla al capítulo de esta semana de La vida económica de Tomi Sánchez, que es austera en el buen sentido del término, el de antes, y que en realidad se propone destruir mitos más que construirlos.

 

La clase de Ciencias Naturales de mi padre fue así, aproximadamente:

Al principio en el mar nació la vida. Un globito adherido a una roca, nada más simple que eso, dejó de ser roca en el momento en que supo que aquello que bullía en su interior sin descanso se llamaría hambre, y que lo otro que hallaría en su exterior se llamaría presa. La feliz correspondencia trajo la vida; la vida que se hizo esclava de la alimentación condujo a todo lo existente a la dicotomía, al dilema, a la conclusión de comer o ser comido.

El globito hizo cuerpo, el cuerpo hizo arrastre –un inocente y bello gusanito–, el arrastre trajo las fauces, las fauces manos y pies, las manos y pies dureza de cuernos, garras y veneno, escamas, pinchos y lengua, dientes, pico penetrante, músculo y melena, camuflajes, gritos de apareamiento, peligro y terror, gañidos, señales, secreto y habilidad olfativos, vuelo, piel dura, rapidez, astucia, colaboración y lucha, juego, inteligencia y muerte, sociedad, migraciones.

El animal de la cabeza más gorda se comió a un semejante y eructó. Se echó a dormir diciendo: esto es vida (o el gruñido placentero que viene a ser lo mismo). Su hermano el melancólico imaginó que de América traerían patatas algún día y por fin habría guarnición para la carne; era un soñador. La tribu sesteaba bajo los árboles sin nada mejor que hacer. Así pasaron semejantes unos ochocientos mil trescientos noventa y siete años. Qué impaciencia, pues el globito había sabido esperar más; pero el ser de la cabeza más gorda empezaba a espolearse. En la misma semana, del 4 al 27 de agosto (entonces las semanas eran más largas porque les daba pereza repetirse), inventó el fuego, la palabra, la familia numerosa, el tabú del incesto y a dios. Fueron unos días de mucho trabajo. Y cansados, por consiguiente; a cambio, obtuvo todo el grupo un orden considerable:

1º: ya hubo quien pudo decir: yo he inventado el fuego, así que es mío; el que quiera encenderlo, que me pague el copy;

2º: también quien dijo: a callarse todo el mundo, aquí mando yo (las voces siempre han tenido su jerarquía: aún habrían de esperar a que el viejo canoso imaginara la conversación entre iguales para el consenso de un futuro apartadísimo);

3º: un hombre y una mujer se miraron a los ojos y ella o él decidieron: estos hijos son nuestros, no vamos a preguntar;

4º: el padre de un soltero rompió una piedra en la cabeza del hermano y declaró: las hermanas, prohibidas o nos quedamos sin prole, trae para acá;

5º: por último, el inventor de dios no era un débil resentido como el bigotudo alucinó. Es posible que fuera el más tonto, o el más sabio; el caso es que se tumbó en el suelo, se agarró las piernas formando una bola como si tuviera un cólico, sólo que no gritaba, y dijo: dentro de mí y fuera de mí. ¡Silencio!

Todos se callaron: el que guardaba el fuego, el que tenía los bíceps, los que se olisqueaban el sexo, los que jugaban al escondite entre los pinos. En ese solemne instante, se dieron cuenta del ser y llamaron a lo que estaba por encima: dios, y a lo de abajo: técnica.

La cosa no cambió mucho en aquel tiempo, quizá no era el momento. Tampoco cambió demasiado en los siguientes novecientos mil años; aunque bueno, era un principio.

Las manos siempre volvían con algo, el vientre se nutría y la imaginación volaba. Los seres de la cabeza más gorda empezaron a sentir ternura unos hacia los otros. Se llamaron semejantes, y de ahí dedujeron igualdad, derechos, dignidad, hermanos: les bastaba ver la silueta de una cabeza gorda sobre los hombros, dos brazos y dos piernas para reconocerse (lástima de colores). Incluso dejaron de devorarse unos a otros, qué desperdicio. Mejor que suden para mí. Así que los mismos cuerpos que antes solían amontonarse se separaron: unos para el sufrimiento, otros para el goce. Un cuerpo pasaba hambre y frío, el otro satisfacción y calor. Aun con los mismos ojos, las mismas manos, los mismos corazones, la misma piel indefensa a poco que uno se fijase. Sobre el tema hubo muchas teorías (aún ahora), que se dividen básicamente en dos: la ley de la llana o la del embudo.

El inventor de dios (un descendiente de aquel, naturalmente) inventó a continuación la naturaleza. Y dijo: una ley natural, una economía natural, un estado geopolítico-económico-tradicional-cultural natural, una concepción natural, una pareja natural, una muerte natural, un partido de fútbol natural, una guerra natural, una autoridad natural: he ahí toda la ética: dios es natural. Prohibido, prohibido y prohibido lo que dios no quiere.

Cosas así nos decía mi padre, yo trataba de no perder detalle aunque no lo entendiese.

Vino una guerra, después otra guerra, después vino otra guerra, luego otra, algo más tarde vino una guerra, y entonces empezó otra guerra que fue contemporánea de la anterior, antes de que terminase empezó otra guerra, los de la primera guerra, que habían dejado de hacerse la guerra, se unieron para hacer otra guerra a otro que estaba ya en guerra, este llamó a sus amigos para que participasen en la guerra, fueron a la guerra y les pidieron a los enemigos con los que estaban en guerra que entrasen en la nueva guerra y acudieron encantados diciéndose más vale guerra en mano que ciento volando. Cuando las tres o cuatro guerras estaban en lo mejor hubo que iniciar otra guerra, tarea sencilla porque ya iban calentitos, la verdad es que comer y la guerra todo es empezar y ande o no ande guerra grande y a quien madruga la guerra lo ayuda y más se ganó en la guerra y cuando la guerra de tu vecino veas comenzar pon tu guerra a preparar y pues quien no es fiel en la guerra pequeña no lo será en la grande si quieres guerra prepara la guerra y el que guerra el último guerra mejor y no sólo hay que ir a la guerra sino parecerlo, etcétera.

Un hombre se levantó y dijo: yo soy el cordero, matadme a mí y dejad a estos otros. Otro hombre también se levantó y dijo: no derramaré sangre en mi lucha contra el imperio, interpondré mi cuerpo entre los soldados y los inocentes. Así que el general respondió: apunten, fuego, tra-ca-trá, y se los cargó a los dos y de seguido a esos otros de ahí al lado y a los inocentes que pillaron desprevenidos. Un periodista que andaba muerto de hambre por allí cerca puntualizó: las guerras no acabarán nunca, quien lo pretenda es un enemigo del pueblo, de la verdad, del bien y de la civilización (que tiene el derecho, es más, el deber de defenderse, es más, el de consolidarse y, si me apuran, el de expandirse). Siempre habrá malvados a los que sojuzgar, porque –lamentablemente– siempre habrá irredentos hostiles que pretendan imponer su barbarie para acabar con nuestros valores humanos y nuestros intereses (los que viene a ser lo mismo en virtud de una confabulación cósmica, una alineación orbital de Marte-Júpiter que hasta a Saturno lleva del anillo de la nariz para mayor gloria de los líderes, los pueblos y sus destinos); protegeremos a nuestras mujeres y niños, a nuestros ancianos y nuestros bancos primero. Nos atendremos a la divisa “ellos o nosotros”, “nosotros o ellos”. La ley del origen del Universo es manifiesta en este punto: existen la boca y las manos, un interior que bulle de apetitos y un exterior que es nuestra presa. Está inscrito en el código genético de la especie a la que pertenecemos desde que nació el primer globito enano y cabrón que echó a rodar todo esto. No se puede ir contra la naturaleza, lo dice la ley. Dios está con nosotros. Amén, amén.

Era de noche –la lección había concluido–, caían las lágrimas de rocío en la oscuridad hacia la tierra, lentamente, sin la prisa humana; hacía rato que deberíamos habernos acostado, como yo sé que lo habían hecho mis amigos, además porque al día siguiente teníamos examen de Astrología. Pero mi padre no quería que en el colegio nos instruyesen. Por eso, cuando volvía del trabajo, nos sacaba a la calle incluso con frío, a la intemperie del mundo, a darnos su clase. Esa vez nos había llevado casi a rastras hasta el límite del barrio, donde se levantan los edificios altos y un parque lineal que nos gusta mucho. Quiso hablarnos durante cierto tiempo de sus ideas, razonándolas, poniéndonos ejemplos que entendiéramos, explicándonos las consecuencias que se derivaban de ellas. Cuando terminó, parecía exhausto, simplemente su voz dejó de sonar; ninguna razón humana y quedo el espacio para otros ruidos. No sé si mis hermanos dormían ya acurrucados en el banco todos juntos; yo luchaba contra mis párpados porque quería mucho a mi padre aunque a menudo me peleaba con él y solo conseguía que me regañase.

No entendía qué iba a pasar a continuación. Sólo procuré que en mi cabeza no se formasen distracciones, y permanecí a la expectativa.

Entonces mi padre se quedó mirando a unos niños que jugaban en aquel momento a la pelota al final de la avenida. Y yo también.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.