En el hemisferio norte las olas de calor nos hacen escondernos en casa, en el hemisferio sur las olas de frío nos hacen refugiarnos en casa. NUestras guardias, nuestros castillos, donde poder seguir disfrutando de la novela por entregas de Javier Sáez de Ibarra. Algo debe estar yendo bien cuando la idea del folletín seriado nos la están imitando en tantos sitios. La vida económica de Tomi Sánchez marca tendencia.

 

Tomi se había peleado con su hija Libertad. Una bobada de discusión sobre el desayuno le llevó a quejarse de la vida que llevaba con él y reclamó su derecho a volver junto a su madre “biológica”, así la llamó, y no seguir con esa Laura que patéticamente trataba de “apoderarse” de ella. Por su parte, Laura encontraría de esta manera la razoncita que le faltaba para abandonarlo. Tomi se encontraba ante dos brechas de agua, ambas igualmente peligrosas: perder la hija, perder la mujer con la que, pensaba, reharía la tranquilidad de su vida y, con ello, relevantaría su existencia. Estiró los brazos cuanto pudo para tratar de tapar con sus manos sendas roturas, no supo estirarse lo suficiente y cayó enfangado en lo irremediable. Se fue esa mañana al trabajo desgraciadísimo, sintiéndose maldito, descalabrado, tonto. Todo iba mal, por qué todo iba tan mal, por qué no podía existir otra forma de vida, dónde estuvo el error… la cantinela otra vez (¿y ya cuántas?). Los empujones del metro a veces no le dejaban remontarse muy lejos en sus búsquedas de explicación. Los empujones y las apreturas confieren a la vida urbana ese matiz de urgencia que impide volver los ojos atrás y más bien nos animan: hay que seguir adelante, al fin qué es la existencia sino un sinsentido y eso no lo vas a arreglar aunque te sientes a meditar lo cual es imposible, qué quieres ver las vías desde un asiento o las montañas que no se contemplan desde el bosque de edificios o la luna desde el lavabo.

Ya se había apostado en la esquina para no ser visto, sacó la cámara sin quitarse los guantes (dominaba el modo de apretar el botón con ellos puestos, lo que al jefe no le hacía gracia); que venga y lo discutimos. Hacía frío de verdad en la calle, encima se percibía una mala leche colectiva como de los días previos a la navidad en que la gente se disgusta porque tendrá que ser feliz y salir todas las tardes a hacer compras que resulten con la escueta paga, además la musiquita y para colmo la infancia traidora que, quiérase o no, uno lleva encima anunciando un futuro perfecto que hace rato se pudrió. No quería quedarse sin Libertad. Y como si no fuera bastante, luego iría el siguiente, Energía, más pequeño, cautivado por su hermana y fiel a ella como un bruto: eso desembarrancaría su idea de futuro. ¡Cuánta miseria! ¡Ay!, a ti te cojo, cabrón, y le sacó una foto. El tipo ni se dio cuenta. Doscientos, pensó. Dedujo el porcentaje que le quedaba, otra porquería. Escondió la máquina, daba zapatazos contra el suelo y la pared para calentarlos en tanto esperaba que discurriera el rojo y pasara al verde de la luz antes de prepararse para la nueva caza. Maldito trabajo, a quién se le ocurrió. Lo de Libertad está perdido, empezaba a reconocer, además no es de ahora; sin embargo la comprensión no afloja la rabia, su hija mayor, eso dolía, su hija mayor. La cría se había alejado, natural, los sinsabores de tanta discusión, la incertidumbre, esta vida de perro que se trasmite a los cachorros, con todo lo que necesita un niño.

A media mañana llevaba solamente catorce. Es increíble, lo lista que anda ahora la gente; seguro que se ha corrido la voz: dentro de nada no será negocio, cerrará la empresa y yo de vuelta a la calle, bueno, donde ya estoy pero sin cobrar. ¡Zas! Quince. Esta vez lo habían visto. El hombre continuó unos metros, donde pudo dejó la camioneta con las luces, salió de la cabina y corrió hasta él. Le dieron ganas de ponerse a correr a Tomi también, sino por una debilidad afectiva que se lo estaba impidiendo. Que sea lo que sea, ¡peor no voy a quedar! La conversación fue fluida, agresiva, bien argumentada. Eres un fotocó, un COP, un cop, ya lo ve, no le da vergüenza, y a usted no le da vergüenza pasar en rojo, estaba en ámbar, en rojo, estaba todavía en ámbar, en rojo: la foto va a contarlo, y da lo mismo, tampoco se puede pasar en ámbar, puedo pasar para no frenar bruscamente, …, ¿qué quería usted, que frenara?, …, quizá iba rápido, ¿quizá?, marca cuarenta, iba a cuarenta, no me diga, cuarenta es una velocidad imposible de lenta, ¿cuándo quiere que llegue, mañana?, nos están apretando con el reparto, la señal no la he puesto yo, vamos, hombre, …, ¿cuánto quitan? Doscientos redondelitos de a uno, joder, eso es una bestialidad, ¿sabe lo que cobro yo al día?, me imagino que mucho menos, entonces, mire yo no me ocupo de eso, yo tengo su foto del vehículo y ya está, cuánto te quedas tú, …, casi nada, me imagino, ¿y tu jefe?, el veinte y lo demás se lo trinca el alcalde, es un asco, ¿qué se puede hacer?, ¿hacer?, nada, ¿cómo que nada?, las fotos no pueden borrarse, ¿cómo que no? Le das a ese botón y solucionado ¿no es digital?, nanay, amigo, una cámara de estas no se compra por ahí, las proporciona el ayuntamiento a sus empresas amigas, tienen una licencia, y contabilizan las fotos que hacen, las buenas, las malas y hasta las que se me escapan (por cierto, si no valen me las descuentan), no me digas, ya ves, miserables somos todos, ganan ellos, luego salen hablando de la gestión, ¿qué puedo hacer?, pagar, ¿te lo pago a ti? Tengo una máquina, metes la tarjeta, qué tarjeta, no tengo tarjetas, pues billetes no aceptamos, es gracioso: tampoco tengo, guárdate las monedas que no sirven, no tengo nada, mala suerte, si no pagas ahora te llega un recargo, no jodas…, y tú cómo es que puedes ser un fotocó, un COP, ¿es que te suena mejor eso? Pues claro, suena lo que es: Colaborador del Orden Público, eso no te lo crees, no me creo nada sólo me da algo de pasta: tantos pringados se saltan un semáforo, tantas fotos les caen, tanto me toca a mí, la ciudad vive mejor con más seguridad, hablas como un político de mierda, he aprendido: la vida de un solo peatón importa, respeta con tu prisa a los demás, mi prisa acaba donde empieza la tuya, hagamos una ciudad humana, vivir lento, trabajar rápido, ser competitivo, no agresivo, no hay que confundir, basta, tío, me zumban los oídos, ¿vas a pagar?, oye, en serio ¿no se puede evitar esto?, te lo juro… adiós.

Los tipos al final siempre se largan de la misma manera, haciendo sus cálculos, cómo se lo ocultan al jefe, a quién le sisan para recuperarlo, preguntándose (¿?) si deberían ir más despacio, qué hacer para defenderse de estas chinches que no llevan identificación, ni ropa reflectante ni una placa metálica que puedan detectar, a quién se le ocurrió este sistema de robarles, cuánto se saca… Tomi se queda pensando que esa furgoneta iba rápido, medio destartalada, las ruedas necesitando el recambio y el hombre sin afeitar con el pelo estropajoso, en la calle sin haberse dado una maldita ducha, un mercante, seguro que trafica con cobre robado, o plomo, tapas de alcantarillas y farolas o las letras metálicas de las estatuas, que dicen que cada vez abundan más los que se las llevan para venderlas al peso, por lo menos es un trabajo auténtico, dijo, un hombre peleando por su supervivencia, no un parásito como él sacándole la sangre a otro desgraciado. Esto es apenas mejor que fabricar armas, una industria enriquecedora, cuando al final hay otros que mueren por ello.

Tomi se dirige a un bar para un café, lo pide, unos churros, una copa de anís, que serán dos, elige una mesa, pone sobre ella el pasamontañas, el abrigo, los guantes, la máquina de las tarjetas, se ocupa de que la cámara no se golpee escondida en un bolsillo, toma asiento por fin junto a la ventana que da al cruce que acaba de dejar, y sus ojos bailan todavía al son de los infractores que podría haber pillado. Ah, qué más da. Un traguito. […] Por lo menos, en este curro uno se puede permitir estos lujos de un café para recuperar el aliento. […] Dicen que hay inspectores; pero qué les va a ellos, si cobramos a porcentaje. […] Recuerda que las cámaras se las pueden dar a otros más eficientes. […] Sí, bueno, ya, ya. […] Lo peor ahora, quedarse sin el empleo, sería en verdad dramático. […] Que me dejes, maldita cabeza. […] Un traguito.

Hay casi nadie en el establecimiento, parroquianos muertos de hambre haciendo la merced de la compañía de un camarero-propietario que se aburre mortalmente y, en el fondo de su alma, que no consulta nunca, no los aprecia; un par de borrachines; viejos por aquí y allá que han escapado del frío, se acogen a una única copa para toda la mañana y charlan, a veces a voces como conspiradores; algún vendedor al detalle; algún despistado. Más una vieja que se acerca a su mesa con olor de cosa antigua y habla sin promoción.

Lo saben, lo saben… ellos lo saben todo… ¿Sabía usted que lo saben todo?… No, qué lo va a saber… qué lo va saber… […] lo sé yo, yo que lo he estudiado… Rosa María… […] Señor, señor… ¿tendrá para una copita?… Bueno, no claro… Una copita, o un café sí que yo lo necesitaba ahora Rosa María… ¿y un café, señor?

Qué quiere, mujer.

…. Bromblom blom blom una copita.

Una copita ya llevas, ¿no? Una copita… Rosa María… una copita que hace frío, sí señor, llevo bromblom blom… una copita sí… ¿No prefieres un café? Un café sí, Rosa María… un café bueno…

Se acerca a su copa y quiere cogérsela, él tiene incluso que interponer la mano para amedrentarla (¡eeeh!), la dama desiste más por cansancio. ¡Sirva un café!, ordena él. En vaso, anota ella, bromblom blom blom Rosa María… ¡En vaso!, le grita al camarero.

Me siento, dice ella, se sienta. Sentados, se quedan a la espera.

Los dos miran ahora por la ventana en silencio, como novios que se mienten. Él se arrepiente de la generosidad o la debilidad más bien que ha mostrado. Ellos lo saben todo Rosa María…, vuelve con su manía, bromoblom blom, le laten los labios palabras incomprensibles, ¿Quiénes son ellos?, le pregunta; los del Fomi, contesa al momento. Ya. Usted es fotocopi. Él se sorprende tal que si fuera una espía. Increíble. Ella muestra sus dientes de risa. ¡Que lo he visto!, e hipa por diversión, declarándose inteligente. Ya. Él mira involuntariamente a la farola y la esquina en que estuvo apostado. En efecto, desde el bar podría ser visto; esta mujer…

¿Cuántos años tengo?, ¿cuántos años tengo? Rosa María… Su turno: no se dice nunca la edad de una mujer. Él se malicia; a ella no le importa: treinta y cinco. Él piensa de inmediato en su cuerpo. No lo parece… No lo parece, Rosa María. Tengo treinta y cinco, brilla su mirada irónica. Mire mis dientes, sanos (sonríe), mi cabello, largo (se lo toca), mi palmito no lo brindaré yo. Él sabe que las arrugas son ancianas, de una vida gastada.

No viene ese gandul, se queja ella. Yo es porque he trabajado mucho, se pone seria, él la contempla, ella se ríe con el mismo hipo otra vez. Tengo úlcera, Rosa María, y aquí me falta pelo (se levanta el cabello de un lado de la frente, primero, después del otro), se cae del estrés, y la piel se resiente de lo que pasa, señor, ¿usted sabe que la piel es un sismógrafo? A él la palabra le cae con desconcierto, tiene que recomponer la imagen que ha proyectado, ¿quién es esta señora? Su discurso no se interrumpe, bromblom blom… ellos lo saben todo, que usted es un fotocopi, y yo una secretaria que hizo de todo Rosa María. Ya treinta y cinco años, y saca los dedos como garras para indicar un número que no podrían componer…. ¡Ese gandul! Al instante llega el camarero con cara de perro hacia ella, le coloca el café en vaso y le vierte la leche, ¿templada?, pregunta. ¡Templada no!, se exalta ella, ¡caliente! Está caliente esta, mientras se la está echando se justifica, no deja que caiga una gota y vuelve por donde ha venido… mala persona, murmura ella… mala persona… Rosa María… bormbo bolom blom…

Tomi se abstrae pensando nimiedades sobre el comportamiento humano que jamás se entenderá y nunca se resolverá. Mientras la mujer enfrente de él que comparte su mesa agita el sobrecillo del azúcar con demasiada energía, lo abre, vierte el polvo blanco, toma la cucharita, revuelve haciendo ruido, toca las paredes del vaso… está frío, mala persona… y da un sorbito.

[…]

Yo era una jefa de sección, secretaria, contable, ascensorista, y meritoria, telefonista, he lavado muertos, he vendido perfumes, y enciclopedias por las casas, fui becaria, he estudiado alemán, inglés y francés del bueno, sé informática, hice teatro en la escuela, me dieron una medalla, gané una pelea a bofetadas con un niño, aprendí a leer… mi madre se casó con un puerco de hombre. Sois un asco todos los hombres Rosa María. Él no se inmuta. ¿Así que tiene treinta y cinco años? Sí, señor, más joven que usted. Me ve así porque he trabajado mucho, mire estos ojitos, mire estas manos (temblorosas) Rosa María. Ya le estoy diciendo; yo lo he hecho todo, y más cosas que no miento… ya se imaginará… (sonríe largo, baja los párpados). Él no se imagina nada en concreto, pero entiende que hay algo inmundo. Fíjese en estos cabellos rubios, yo era muy guapa. No tanto como usted. Gracias. No es mérito suyo… Gracias también.

Él ha empezado su segunda copa. Se siente más confortado y ligero. Ahora es cuando se le suelta la lengua, sus pensamientos saben volar irresponsables y auténticos, no le teme a nadie, qué importa nada. Podría marcharse con esa mujer a dar tumbos por ahí. Mejor si sólo tiene treinta y cinco años, lo cual es probable. Hay una luz de plomo ahí afuera, de navidad en ciernes bien pesada. Quién se libra de eso. ¿Y usted no trabaja ahora? Ella lo mira con desprecio, su silencio interpretable dice soy pobre, ¿no me reconoces? Brom blom blom blom… podría ser tú, tú serás yo dentro de un tiempo, te creces con tu café, tus copas y los churros con que te has conformado, qué estás preguntando, chinche, fotocopi, Rosa María… Brom bolom blom… él se recalla.

¿Cree usted en Dios?, le espeta ella: no lo haga, distrae mucho, sigue sin darle opción a contestar. No lo hagas, cariño, por el amor de Dios, sólo existe un dios, el dios-perro, Rosa María, ellos lo saben todo. Se toma otro sorbo de su café. Ellos lo saben todo, ahora fotocopi, luego reventaremos todos y vendrá usted a pedirle un café a un hombre sentado a esta mesa. Tiene algo fatal la profecía de cualquier desgraciado, aunque fuera un delirio, más impresiona cuanto más delirante. Rosa María. El Fomi los mata a todos, luego los chupa, antes de que se dé cuenta se verá en una acera, no tendrá un teléfono que llamar. Se lo digo yo Rosa María que soy vieja de treinta y cinco años y ya lo he visto hacer muchas veces que fui jefa de sección antes de que se derrumbara. Solo me queda esto (se toca la frente con un dedo) que no sirve ya, me sirve a mí que tengo úlcera y el pellejo, cuando estudié francés me decían que me valdría de mucho.

Bolom brom brom Rosa María. Rueda María, le suena a él. Tomándose un café con su dinero, en un encuentro fortuito que no va a repetirse nunca, porque él no quiere ser él, ni él quiere encontrarse en un bar sucio como este, ni entenderse con una mujer así.

Este hombre entonces se abstrae y piensa que todo lo que está escuchando ha sido dicho con anterioridad en unos versos. Esa mujer que tiene delante hace un poema; su cuerpo, su voz, su falsa memoria pueden oírse así, en un lugar infame, con esa misma conciencia de algo imponente que trascenderá el cielo; un milagro a su lado:

 

Si viniera una mujer al mundo,… käme ein Mensch zur Welt, heute, mit

con la ajada piel brillante de los supervivientes dem Lichtbart der

treinta y cinco años precisos Patriarchen: er dürfte,

los idiomas en la lengua cercenados spräch er von dieser

tomaría un café helado, sentada a la mesa de un hombre Zeit, er

la úlcera invisible, la violencia invisible de los capitanes dürfte

le haría saber te has arrastrado tú, tan bello nur lallen und lallen,

contigo también se pierde la esperanza del mundo immer-, immer-

también la tuya que has dilapidado zuzu.

para decir, solamente, brom bolom blom, Rosa María.

(“Pallaksch”. “Pallaksch”.)

 

En consecuencia el hombre sale del bar repuesto, más contento también por su mediana buena acción al contado. Se dirige a su esquina, cruza primero mirando ese semáforo en verde de sus ganancias, sabiéndose un chinche, y justo y hermoso porque esa mujer se lo ha dicho; con una nueva idea buena que esa mujer le ha revelado: si prefieres conservar a tu compañera de ahora, ámala, ella protegerá lo que deseas. Todo es muy simple, si es bien mirado. Entre tanta cháchara mezcolanza de palabras, la dama turbia y calva de los treinta y cinco años en su río de experiencias. Tu belleza es un don irrenunciable, te salvará siempre de la soledad y de la envidia. Me he sentado a tu mesa para acompañarte, ahora te dejo ir, absuelto de todos los males que has cometido, llamado a resolver tus problemas. Mi boca te deja un beso, compasivo, compasivo, que te llevas Rosa María…

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.