Hay pocas palabras más bonitas que “porvenir”. No es, sencillamente el futuro, ni es tampoco un devenir a secas. Lo por venir, además de invertir el orden lógico con que tendemos a conceptualizar el tiempo, ya que pensamos que vamos hacia el futuro, no que este viene a por nosotros, está cargado de símbolos y connotaciones. Quizás por eso Javier Sáez de Ibarra lo ha metido en La vida económica de Tomi Sánchez. Disfruten.

 

Tomi Sánchez subió las escaleras de los cuatro pisos para llegar hasta su casa. Era de noche, estaba cansado, y la luz se le apagó dos veces. La segunda desistió de encenderla y continuó a oscuras, porque también la luna le había retirado su luminosidad al edificio.

Antes incluso de abrir la puerta, los sonidos de la realidad le hicieron comprender qué iba a encontrarse. La televisión emitía una riña de adultos y jóvenes que involucraba a la casa entera, la melodía frita de la cocina, por debajo de ese estrépito, significaba que su mujer ultimaba la cena, oyó a uno de sus hijos perseguir a otro por las habitaciones, después un porrazo, nadie lloró, un repentino silencio. Dejó los bártulos y asomó la cabeza desde el pasillo. Ella, efectivamente, estaba enharinando el pescado. Se sobresaltó al verlo; alzó la mirada al reloj de pared, 9:14.

–¿Cómo vienes a esta hora?

–El jefe, que dice que es un liberal, como hoy cumple años nos ha soltado antes.

Ella aspiró a un “me alegro” que no llegó a pronunciar. Entonces se dejó llevar por la tristeza a un llanto tímido, mientras sus manos persistían en la tarea asignada. ¿Tú qué tal?, disimuló.

Él le puso un beso en la nuca y, no dándose cuenta de nada, se sentó en un taburete.

–Seis horas sin parar con los infogramas, Pablo y yo. Se nos caen los ojos. No puedo más.

Miró la superficie de la mesa, el hule vacío excepto por un solitario vaso que no había albergado agua. Tuvo que salir de donde se hallaba para reconocerlo… ¿Qué has tomado?, la acusó, ¿cerveza?

–Vermú –confesó. Y entonces sí, las lágrimas suavizaban el castellano.

Tomi hizo el esfuerzo marital de levantarse, aunque no lo deseaba en absoluto. Apoyó su pecho en la espalda de ella, la rodeó con los brazos, remató su amargura por la mujer, sintió lástima, amor o culpa, o todo al tiempo. Quiso quererla; ella se dio la vuelta, sujetó su rostro en el mentón de él, y lo manchó de harina.

–No puedo continuar. Todo va mal. Es un desastre.

–Cálmate, cariño, hazme el favor.

Se dejó arrastrar. A él no le gustaba cuando su largo cabello se le venía sobre el rostro: imagen de un doble fracaso que lo enervaba. Recoger ese cabello suelto, que no tenía que hacerlo él, era una tarea más pesada que levantar un monte.

Así que Tomi, apenas la hubo tranquilizado, empezó por su hijo Vigor. El que veía la tele junto a Energía. Ninguno se levantó a besarlo, se dignaron mover la mano hacia por donde adivinaban que se acercaba. El padre se sentó junto a ellos. Qué veis. Nada. El debate era un programa de encuentra a tu pareja: una adolescente llorando mientras a su lado sonreía el adulto que proporcionaba los consejos: parecía la resultante de un combate dialéctico: la presentadora introducía ahora un nuevo tema.

–Y las notas –irrumpió Tomi.

El menor examinó el rostro de su hermano y supo que debía justificarse primero: Los profesores me tienen manía, no me gustan las asignaturas, el cuatro de Finanzas debería ser un cinco, los idiomas fatal, con el Inglés comercial y el Chino me estoy haciendo un lío. Encima ahora damos Religión Católica y no la entiendo. Continuó así un relato, breve, intenso, un tanto embarullado; convincente. Tomi descendió de la rabia al respeto y de ahí a la confusión.

Vigor sólo tuvo que remachar el clavo.

–Esta enseñanza es una porquería.

Mirad a vuestra madre… (aunque no fuera la biológica, entre ellos había amor). Entraron de pronto los que se perseguían. Libertad a un suspiro de Pasión, que sólo tenía tres años y corría que se las pelaba, para probarle un disfraz que esta rehusaba. Pasión se abrazó a su padre, Libertad no renunciaba a llevársela tirándole de una manga.

–Niñas… sentaos… estamos hablando –las convenció, hubo besos, palabras dulces; después, por fin, seriedad; como correspondía.

Ahora, el padre de los cuatro tenía en sus manos las cartillas de las calificaciones trimestrales. Esto es inadmisible. Esto quiere decir que os lo pasáis jugando, no os tomáis en serio vuestros estudios. Enumeró: cinco suspensos, seis suspensos, cuatro suspensos… y tú, Energía, empezaste muy bien y ahora no has aprobado ninguna: Introducción a la Ciencia, muy deficiente; Números, insuficiente. Papá, qué significa muy deficiente. Los mayores se rieron. Significa que mal, que todos muy mal. Los calló con los ojos. Se va a acabar tanta televisión y tanto juego. No estáis aprendiendo nada, no vais a saber nada. En Francés voy muy bien, papá, estamos haciendo oraciones de pretérito perfecto. Pues a mí en Música el otro día me felicitó la profesora. Tomi entendió que la táctica de hablar con todos a la vez quizá no era apropiada. Cada niño, ¿no necesitaba una atención particular? ¿Por quién empezar, por el mayor para dar ejemplo, o al revés?, Libertad era más dócil, quizás por ella. Libertad, tú elegiste hacer Letras. Y mira: Lectura: deficiente, Ortografía: deficiente. Ya. Hermenéutica: deficiente. Es que es muy rara. Sofística: insuficiente ¡pero bueno! Discurso: sólo aprobado. Con lo que hablas. Libertad se dedicaba a mirar la televisión de reojo. No parecía afectada. Pasión junto a ella le estaba acariciando la mano, apaciguándola… Tomi se distraía fácilmente. Se sentía exhausto; por otro lado no recordaba bien cómo se elegían los cursos, por qué sus hijos daban esas asignaturas y no otras, sabía que Paula, su mujer de ahora se lo había explicado con cierto detalle; sin embargo, no conseguía remontarse hasta la escena. La indiferencia de Vigor lo atenazaba, y el candor de los otros en reconocer sus males lo había desarmado al primer golpe. Había que ser más firme: ¿cómo? Si tuviera un trabajo que le permitiera salir antes, lo que pasa que uno no elige siempre lo que desea. Y Paula no era fuerte, estaba claro, las cosas se le empezaban a ir de las manos, si es que eso no había ocurrido ya. Encima la tele encendida; a los chicos, aunque también a él mismo se les iban los ojos al baile con las imágenes. Ahora una chavalita hermosa se levantaba y paseaba mostrando a la concurrencia su cuerpo a medio vestir. Se quedó callado; un bloque de silencio, un muro de sinrazón, un atasco en la garganta, las lágrimas de su mujer, el desorden, la alegría de vivir de los niños.

La mujer se asomó: Ya está la cena. La explosión de fuerza de los críos deshizo el momento: vació el lugar en un segundo. Vigor fue el penúltimo en levantarse. Antes de hacerlo, contempló a su padre; este lo miraba sin darse demasiada cuenta. Entonces sí se observaron adrede. Fue un cruce sostenido, extraño, inteligible; no voy a describirlo mejor.

En el dormitorio él quiso encontrar una solución. Llamaré a los tutores, ¡al director! No se ponen. Vete a verlos tú. Ya he ido. Te voy a dar una nota. Como quieras. Paula, no podemos derrumbarnos, esto tiene que tener un arreglo. No sé, Tomi. Sentía furia contra su flaqueza; era torpe, no se esforzaba lo necesario; ¿por qué estaba fracasando con los chicos?, ¿qué podía hacer él?: se levantaba prontísimo, volvía corriendo en cuanto terminaba. Y sabía que todo lo que no se rectificase ahora pendería sobre ellos indefinidamente, como una maldición. ¿Dónde se encuentra el principio: cómo se viaja a ese lugar?…

–Creo que hay un servicio de padres –dijo ella–. Los contratas y se ocupan de este tipo de problemas.

Se daban la espalda en esos momentos, cada uno sentado a un lado de la cama; él con las piernas flexionadas porque la pared no le permitía estirarlas; ella con las manos juntas en el regazo. Si hubiesen contemplado la escena de la que formaban parte se habrían deprimido, por la semejanza con algún cuadro desolador.

–No voy a contratar a una empresa para que arregle lo que yo como padre estoy obligado a hacer –se definió–. Y, cariño, es cosa de los dos. No me digas que no puedes poner algo más.

Tardó en responder: –¿Me estás echando la culpa?…

Las palabras no aparecían. Pensó en el vaso sobre la mesa que ella ni siquiera había ocultado… qué se le iba a hacer… No quería volver a discutir de aquello, no era el momento… Tomi se echó en la cama, cerró los ojos. Aspiraba a dormir, descansar, irse al sueño. O que le permitiera coger la novela de la mesilla, no recordaba su título, sacar un rato para leer en paz unas líneas como cada noche, y sentirse un poco satisfecho del día. Antes del abrazo furtivo, el beso, y la inconsciencia. En cambio, pensó que su mujer estaba tan cansada como él mismo, que había vuelto a media tarde, había aguantado con ellos sola en la casa hasta caer rendida. Ahora lloraba de nuevo, como la continuación de un llanto. Él hizo que su voluntad se resolviese en una mano que fue a apoyarse en el hombro de ella, luego en el codo, y la mantuviera ahí. En tanto su boca por fin susurraba, sacándolas de un repertorio, fórmulas de consuelo.

–Vamos a dormir, que lo necesitamos –propuso–. Mañana será otro día.

¿Quién lo había atrapado en esa red? ¿Quién decidía esos hilos que enredaban a sus hijos? ¿Cómo habían hecho tropezar a Paula, que fue siempre una mujer portentosa? ¿Y él? El invencible, el hombre de los mil recursos, el que jamás desistía. Sintió vergüenza, pensando en tener que explicarles la situación a sus amigos. Una vergüenza que se fue disolviendo en el paladar del descanso, hasta que no se sabe cómo desaparece en esa indiscernible retirada.

Durante diez días, el subdirector y los tutores y algún profesor titular y la mayoría de sustitución conversaron con él. Intercambiaban mensajes por correo electrónico. Algo desesperante. Los docentes tardaban en responder; a veces también él, aunque le pesara. Además tenía que comunicarse a escondidas, el uso personal de los ordenadores en su empresa era motivo de sanción. Por esas conversaciones averiguó que los profesores de la enseñanza pública se jubilaban a los setenta y cinco años; pocos llegaban hasta el final del servicio; los que no aguantaban más, porque perdían la voz, los nervios o la memoria, o todo junto, contrataban los servicios de una empresa privada que los sustituía por otros más jóvenes. La Admón lo admitía; de esa forma evitaba enfrentarse a engorrosos expedientes de agotamiento o depresión; el anciano compartía el sueldo con el sustituto y a cambio podía quedarse en casa, salir a tomar el sol, cuidar de sus nietos o retirarse a una residencia donde esperar que, tras una vida intensa llena de momentos inolvidables, cobrase la jubilación que le permitiera una expectativa de descanso.

–El sustituto quizá no sepa enseñar, ¿qué han estudiado? –Aunque no tienen el título, superan un examen de control en la misma empresa que contrata la Admón. Puedo asegurarle… – De los profesores de Vigor ¿cuántos son titulares de la asignatura? –Uno. –¿Y eso no significa nada para usted? –Otros compañeros suyos aprueban todo. –¿Cuántos alumnos hay en su clase? –Cuarenta y ocho. –¿Esa ratio no es excesiva? –Es legal, las hay peores; si quiere poner una queja, adelante, nosotros estamos hartos de hacerlo, en los últimos cinco años… –Son condiciones penosas. –Elija la enseñanza privada. –No puedo elegirla. Lo que veo es que tampoco puedo elegir la pública. –¿Qué quiere que le diga? Solicite si quiere la Educación doméstica; aunque no se lo recomiendo: no encontrará quien se interese por sus hijos, los exámenes son duros para acceder luego a un centro. –Ya la solicité. Me la denegaron por no cumplir con el mínimo de horas de estancia en el domicilio. –Entonces deberá usted acatar las normas. –¿Y en el curso de Libertad, cuántos aprueban? (Algunas preguntas quedaban sin contestar.) –Su hija no para de hablar. –Será que lo necesita. Tengo otra, es más callada. –En casa la labor de los padres es imprescindible. –Como ya habrá entendido, trabajamos mi mujer y yo. Y no llego hasta las nueve. –Esto no es una guardería. –El mío tampoco es un hogar. Apenas los veo. –Contrate a alguien. –No tengo que explicarle a nadie mi problema económico. –Pida una ayuda, a veces las conceden. –¿Por qué les enseñan Sofística? –Es indispensable. –¿Para qué? –Oiga, usted ha elegido Letras, consulte el currículo. –¿Y Retórica? ¡Si de español no sabe nada! –Sus hijos hablan y escriben, ¿no?, suficiente. / Las empresas en las que trabajará algún día no le van a preguntar si sabe, cómo era eso:… un complemento, un atributo; en cambio, necesitará discutir, exponer sus ideas, ¿no cree? / De todas formas, dispone usted de la guía completa en la página del Ministerio, hay hasta un apartado de fundamentación. / Mire, señor, hace años que los estudios se modernizaron. / La Pisa Sentence rige la normativa en Occidente, la siguen todos los países civilizados. Ahora bien, si me está diciendo que su modelo es otro… / Además, la cosa es muy sencilla, ¿usted prefiere que sus hijos aprendan un montón de cosas inútiles? ¿Se acuerda de cómo era la educación que se impartía hasta hace sólo unos pocos años? / Era una formación acumulativa, teórica, idealista… / Mire, no tengo tiempo de ponerme a discutir con usted. / La conciliación sistema educativo-mundo laboral es indispensable, ¿pretende cuestionarlo? / Hemos terminado con eso de titulados perfectamente inadaptados para el desempeño de cualquier trabajo. La formación es lo que nos está haciendo, ahora sí, competitivos. / No voy a polemizar. / La especialización empieza desde abajo. ¿Me negará que un niño no sabe lo que quiere a los seis años? / Admito que sus padres lo conozcan mejor; nosotros a los chicos les hacemos test de todas clases, usted ha recibido la información, les hacemos pruebas objetivas… / Por si fuera poco, consta lo que ellos mismos dicen, y los informes de sus profesores. O sea que medios para encaminarlos desde esas edades, hay. Otra cosa es que el niño cambie de opinión. En cuanto a eso, ¿de quién es la culpa? / Yo no quería moralizar, ha sido usted el que ha empezado. / Religión se da porque dos años son obligatorios. Por el Concordato. A nadie se le obliga a creer, sólo a aprobar. A fin de cuentas es cultura. Y, créame, sirve para encauzar bien algunos asuntos delicados… No me malinterprete. / Todos tenemos que poner algo de nuestra parte. La educación es un compromiso colectivo. Educamos tanto ustedes, los padres, como nosotros desde aquí. / Entiendo su problema, señor mío; nosotros no podemos hacer otra cosa que lo que le estoy diciendo. / Creemos en la cultura del esfuerzo, del trabajo constante, de la excelencia. Eso comporta premios y castigos. Como es lógico y natural. Refuerzo negativo, refuerzo positivo. Debe y haber. No lo dude. No lo hemos inventado nosotros, ¡es el mundo! / Si su hijo se niega a estudiar o carece de aptitudes, bueno, señor, habrá que planteárselo entonces de otra forma. / ¿A usted en su trabajo le preguntan qué es lo que prefiere hacer, verdad? / Mire, mi hijo tampoco tiene mucho tiempo para perderlo jugando, es feliz y no le pasa nada. / Ahora, yo entiendo que es duro en este momento; de aquí a unos años, cuando ella o él estén colocados en lo que les gusta y para lo que se han formado desde pequeños, ya verá cómo se lo van a agradecer. / Incluso la disciplina, puede estar más que seguro. / Porque las mejores empresas van a venir a este instituto al final del ciclo para chequear sus notas y entrevistarse con los mejores. Ah, ¿y quiere que se interesen por los malos? / ¿Usted qué se pensaba? / Hay que prepararse para el porvenir (supongo que tanto su mujer como usted querrán lo mejor para sus hijos), sobre todo para el porvenir. […]

Bajamos a la calle, mis hermanos y yo. Y por último, mi padre.

Una noche esplendorosa. No vencía el negro al azul luminoso. En el cielo brillaban dos lunas de plata –lo que por aquí no es frecuente–, una a derecha y otra a izquierda. La luna del Este en cuarto menguante conservaba casi intacta la claridad; la creciente del Oeste tomaba con orgullo el relevo de su compañera a la que sumaba su luz. Qué baño de blancura allá donde mirásemos.

Mis hermanos me dijeron: vayamos. Salieron de estampida; yo me quedé quieto, meditando.

–Qué importa si no entendéis nada.

La calle se había ensanchado; las avenidas crecían aún más sin los obstáculos que las interrumpieran, acompañadas a cada lado por árboles que vivían separados unos de otros; vi colgaduras blancas entre sus ramas, como el anuncio de algo próspero que iba a venir. Grupos de chicos y chicas corrían; sus padres los vigilaban de cerca, o con la mirada aguda y larga de quienes los saben amar.

Los escasos automóviles que volvían a esa hora llegaban a detenerse por la fuerza misma de las imágenes; después continuaban con algo que contar. Cuando un autobús hacía un giro en la plaza, sus pasajeros se agolpaban en las ventanillas; aunque hablasen, sus voces dentro no podían escucharse.

Mi padre pasó muy cerca de mí caminando hipnotizado. A él le habían dicho mucho tiempo atrás que en noches como esta se reunían; nunca lo había creído. Ahora se le abrían los ojos viendo a sus hijos reír, correr, saltar, subirse a sus patines, jugar con otros niños. También los descontentos, los cansados, los hambrientos, los que no podían ya más se habían citado en la calle común. Surgían asociaciones y grupos improvisados en los que conversaban.

Vi una especie de laguna en el cruce amplio de dos calles, debido al agua vertida por un accidente en las tuberías de la ciudad o por descuido de las autoridades. Se conoce que, con el frío de las noches pasadas, se había formado una superficie de hielo lo suficientemente dura para soportar el peso de tanto crío y aun de los mayores que se deslizaban en abanicos por ella.

Yo fui dando pasos hacia lo más maravilloso.

En las ventanas de los altos edificios se encendían luces, se asomaban los que fumaban y los que no podían dormirse. Se veía, por momentos, caer virutas como de preocupaciones o lastres, seducidos por la fuerza de la gravedad. La vista de aquella transformación los había cambiado. Y esos cuerpos se retiraban al interior de sus alcobas, menos cautos, más libres. En el vano nos dejaban todavía cuadros amarillos.

Mi hermanita Pasión me insistió: –Vigor, acompáñame.

Su voz sonaba como una campanita de cristal al ofrecerme su mano. Yo se la recogía, caminaba junto a ella un trecho hasta que su impaciencia me abandonase.

Los que corrían o paseaban por la calle llevaban uncidas a los pies las sombras de la luz que difundían las dos lunas, más etéreas y esquivas, inseparables compañeras. Yo conocía los nombres de algunos muchachos; sin embargo, no me apetecía unirme a ellos. Por en medio de la calzada reconocí a mi viejo camarada Suanson. ¡Suanson!, lo llamé, y él se detuvo al oírme. El cabello revuelto, el cuerpo nervudo, los pantalones rotosos formaban su estampa inconfundible.

Había un profesor en una esquina, sentado en una silla que podía plegarse, aunque sin la mesa; desde el interior de su barba, su boca emitía discursos ligeros que se hacían miel de hielo en contacto con el aire. Si bien ya no lo necesitábamos, él nos animaba a que siguiéramos jugando. Lo saludé también; desde el sitio supe que nos entendíamos.

Mi madre adoptiva no había querido bajar con nosotros; mi corazón lamentaba que estuviera sola en la cocina con su vaso anaranjado y triste. Pero para entonces, los chicos de nuestro barrio ya se habían hecho dueños de la calle. Sus párpados no caían presos del cansancio por una energía nueva que los contagiaba. Como si el tiempo hubiera sido abolido, y un viento de palomas invisibles se hubiera encargado de barrer los semáforos, los obstáculos de metal y las últimas estatuas.

Algunas gentes cantaban al corro de unos instrumentos; entre los que creí reconocer una guitarra, un bandoneón y un violín, acompañando a una voz. Había parejas bailando al son de la música y niños solos; mientras los chicos rebeldes se alejaban de allí, o resulta que coincidían en cierta parte.

Yo sé que esa madre mía habría encontrado consuelo bajo la luz de los dos luceros que nos alumbraban; también si hubiera recurrido a los brazos de mi padre durante aquella noche asombrosa. Yo la imaginaba perdida en sus laberintos lógicos, lamentándose por un inflexible mundo de dominio en el que se torturaba. Comprendía que se había quedado llorando y bebiendo por nosotros, y por ella.

Había empezado una fiesta en una avenida colindante y todos se dirigían hacia allí. Con la fuerza de mi adolescencia soñé que aquella escena iría a perdurar. ¿No había muchos ya que entregaron sus vidas por esa conquista? ¿No aprendían unos de otros? ¿No participábamos los que estábamos reunidos de una misma enfermedad? Cundía la fiebre, el furor, un ansia de reconocersee y de encontrarse bien; nos congregaba una celebración incógnita.

Los pequeños se sentaban junto a un maestro o un padre; a escuchar con atención el relato de un hombre que fue a la guerra y se demoraba en volver, o el de la dama que viajó por todo el mundo en busca de una quimera; con gusto aprendían de sus bocas cuentos, canciones. Otros dibujaban sobre la arena de la calzada números, y trazaban hilos de sabiduría. Cuatro o cinco chicas habían llevado botes de pintura y pinceles con los que cubrían el asfalto, ahora lienzo de sus creaciones. Alguno se tendía de espaldas convirtiéndose de inmediato en poeta. Brotaban ideas, surgían al alcance de la mano audaces resoluciones, flores de sentimientos dejaban sentir su perfume desde lugares próximos: un mismo aire los llevaba y traía.

–No me engaño. Son los deseos de todas estas personas que se han desatado.

Mi padre ahora jugaba con su hija menor sin cálculos de tiempo.

Yo miraba a las demás familias, en todo semejantes a la nuestra. Hombres, mujeres y chicos, vecinos que se reconocían y se hablaban, caminando o patinando según sus preferencias, diseminados por calles que eran suyas bajo las dos luminarias y las más modestas de los hogares en los edificios. Entonces me acordé de mi madre, la de aquella temporada quiero decir, bebiendo en soledad, con su angustia, rehusando acompañarnos.

Así que me di la vuelta; pisé un charco donde se reflejaba una luna, y contemplé la calle recta por la que había venido. Hasta donde me encontraba yo, otros chavales iban acercándose, algunos de mi edad, otros mayores; acudían a apurar las horas antes de que amaneciese. Me acordé de ella, me dije, y anduve todo derecho hasta casa, en donde no me esperaba.

 

Javier Sáez de Ibarra trabaja en un instituto donde imparte Lengua y Literatura. Autor de numerosas antologías, sus estudios y reseñas aparecen en revistas como El Buen Salvaje, El Cuaderno, Quimera o Turia. Es el editor de la obra de Hipólito G. Navarro, El pez volador (2008). Ha publicado el poemario Motivos (2006) y los libros de cuentos: El lector de Spinoza (Páginas de Espuma, 2004), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008). Relatos suyos se recogen en las antologías de referencia más recientes y han sido traducidos al inglés. Su obra Mirar al agua. Cuentos plásticos (Páginas de Espuma, 2009) obtuvo el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y por Bulevar (Páginas de Espuma, 2013) el XI Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Fantasía lumpen es su nuevo libro.Preliminares es la sección donde anticipamos libros que se publicarán en breve, Adelantos que sirven como Preliminares del gozoso acto de encuentro con los lectores en forma de libro, donde la experiencia de lectura se torna verdaderamente material.

Por entregas es una nueva sección que, siguiendo la estela del folletín, alberga piezas publicadas de modo seriado.