El escritor Martín Cristal se lanza a diseccionar para penúltiMa uno de los discos míticos del rock en castellano: el desmesurado El salmón de Andés Calamaro, una grabación que alberga más de cien canciones y que supuso un hito en la carrera del cantante y compositor argentino.
  1. El mito

 El salmón de Andrés Calamaro quedó enredado desde el principio en la anécdota de su creación. En el momento de su lanzamiento (2000), el álbum se difundió insistentemente a través de dicha anécdota, a saber: que el músico se encerró en un hotel a componer hasta que lo echaron de ahí y tuvo que seguir con su proceso creativo en un departamento; que durante casi seis meses evitó la TV y los periódicos para convertir días en noches y noches en días, hasta confundirlos y perder la cuenta de las horas; que de seguro esas rondas interminables se sostuvieron mediante el consumo de alcohol y drogas varias (uno de los rasgos de la historia que magnificará el mito); que grabó maquetas con aparatos no profesionales, con amigos que le hacían alguna visita ocasional, o bien solo él y su alma; y que así obtuvo 300 grabaciones, de las cuales 101 terminaron en este monumental álbum, previo ser pulidas en un estudio profesional. En 90 de esas 101 canciones perviven alguno/s de los canales de las grabaciones caseras; dos canciones fueron presentadas con variantes remixadas. Resultado: un álbum quíntuple con 103 temas.

Es de suponer que, para muchos, esta serie de curiosidades resultó lo único relevante de todo el asunto: llegaron a conformarse con la anécdota del exceso y no necesitaron escuchar los cinco discos del box set. Otros limitaron su acercamiento a desconfiar del corte de difusión, “El salmón”, muestra homónima pero nada representativa de un álbum enorme que, precisamente por esa cualidad, es imposible de condensar en un único un corte radial.

Varios fueron un poco más allá y se aventuraron a escuchar la versión abreviada (de tapa negra, un negativo de la otra; el disco abreviado consiste en el CD 1 más tres temas —dos de ellos junto a Pappo— tomados de los otros CDs).

Y hubo, por suerte, quienes lo escucharon completo, los 103 temas de principio a fin: de ahí vendrían los mayores elogios. Algunos destacarían el heroísmo calamaresco de imponerse ante la compañía discográfica. En la edición argentina de la revista Rolling Stone, el Indio Solari diría:

“De movida, [Calamaro] me parece un campeón. Un tipo que convenció a una multinacional de que le sacara un álbum quíntuple, me parece un campeón total. Y después, el atrevimiento de editar maquetas hechas en su habitación… Discrepé con mucha de la prensa que se lo tomó a la jarana y se rió de él. Calamaro fue tempranamente un personaje muy chistoso y muy fashion. Pero creo que después se transformó en un artista muy interesante. Un tipo atrevido”. (RS, año 7, Nº 81, diciembre de 2004).

El elogio se potencia por venir del ex vocalista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda que —al menos para el imaginario del gran público— se ubica en un cuadrante de la escena rockera argentina muy diferente (por no decir opuesto por el vértice) a aquel en que podría localizarse a Calamaro. Más tarde Solari refrendaría su elogio al grabar su propio cover del tema “El salmón”, tal vez para devolver la gentileza de ese “tácito poderío” que Calamaro ya le reconocía a los Redondos en las notas del disco.

Sin duda, no es un hecho menor que Calamaro haya convencido a Warner Music de editar este álbum gigantesco justo antes de la era iPod (en la que hemos pasado a escuchar canciones sueltas, dejando atrás la unidad conceptual “álbum”, y ni hablar de álbumes quíntuples). Es probable que la precariedad del arte de tapa de El salmón —en blanco y negro, con apenas las hojas necesarias para los textos de rigor— corresponda con un intento de disminución de costos por parte de la disquera ante la edición de semejante obra. Claro que ese pez que parece hecho en fotocopia y las letras pixeladas del título también remiten a una factura casera, que refleja bien la del álbum en sí.

Atravesando todos esos hechos exteriores al álbum, se encuentran las canciones en sí mismas. La música: ése es el centro de todo, meollo al que la mayoría de quienes se han referido al álbum no han llegado. Es lógico: este big fish es largo de digerir; las reseñas acerca de tamaña obra no podían ser inmediatas ni breves. En las publicaciones de papel el espacio siempre es limitado. Aprovechamos la generosidad infinita del medio digital y ofrecemos a los interesados una humilde guía con algunos ejes para la escucha de la obra magna de Andrés Calamaro.

 

  1. La música

El salmón no excede los límites del rock, el pop y sus ritmos populares vecinos (a excepción de ciertas incursiones minoritarias en algunos otros como el tango o el folklore). Si bien alguien podría circunscribirlo a la órbita de la llamada “música comercial”, hay que reconocer que dentro de ese espectro la propuesta se sintoniza en una zona límite, vistos sus desmanes y dimensiones.

No hay música de vanguardia ni de ruptura. Lo formal no impacta; lo que conmueve al oyente en ese desmedido corpus musical es el oleaje, a veces violento, de su intimidad: la intimidad manifiesta de un hombre que se aisló en la habitación más oscura de su casa para de esa manera abrirnos la puerta de la habitación más oscura de su ser.

Si algo puede elogiarse de El salmón es su autenticidad, que captura todos los momentos del lapso creativo, los buenos y los no tan buenos. Entre las 103 canciones se reconoce una media docena con bases de reggae (“Tuyo siempre”; “Chocolate”; “El día D”; “Empanadas de vigilia”; “Libros sapienciales, parte II”; “Nuestra piel”), las cuales le permiten al músico ir improvisando letras con suerte diversa. La música de otros temas (tales como “Días distintos” y “No sé olvidar”, de corte punk, pero también “Horarios esclavos”, “Crucificame” o “Canalla”) parece compuesta para calar en la sensibilidad popular de las hinchadas de fútbol, tendencia palpable en el rock argentino de los noventa.

Hay tres temas instrumentales (“Steely Feeling”, “HMQDEP” y “Blow Up”, que consiste en un solo de armónica); y un par de versiones de temas anteriores del propio Calamaro (“No te bancaste” y “No se puede vivir del amor”).

Por lo demás, entreverada con rocanroles, blues y baladas originales, una veintena de covers —de Gardel y Le Pera, Homero Manzi y Aníbal Troilo, Mariano Mores, Yupanqui, Ariel Ramírez y Félix Luna, Cholo Aguirre, Pappo, Spinetta (2 temas), Edelmiro Molinari, The Rolling Stones (2 temas), The Beatles (6 temas), Bob Marley y Eric Clapton— registra influencias, homenajes y momentos sensibles de esta época indoor del músico. También marca, con resultados desparejos, el crecimiento de Calamaro como intérprete, evolución que él mismo buscaría subrayar con el disco que marcaría su vuelta al estudio: El cantante (2004).

En lo instrumental, las trompetas y las arpas quizás sean lo más sorprendente de todo el álbum (escucharlas con atención en “Nos volveremos a ver”, “Gaviotas”, “Para seguir”, “Mi funeral”, “Chicas”, “Río Manso”, “PNSURHQSUR”, “All U Need Is Pop (Simón Salmón Remix)” o “El Mambo”). Hay por otra parte temas con bases muy parecidas (por ejemplo, “Problemas” y “Metálico cha cha”, donde sólo varía el tempo).

Como corresponde a un álbum de estas características, El salmón incluye varias rarezas, los únicos puntos donde hay algo parecido a una vanguardia, si bien muy predigerida. La más extraña de esas rarezas es el tema “Paraísos perdidos”, un collage sonoro con partes de las demás canciones (al estilo “Dream #9” de los Beatles). Incluye palabras en backwards (en una parte dice: “Cuánta pasión contenida, cuántas cosas en común; si la belleza encandila, formá fila: emborrachate con tequila y preparate”, es decir, lo mismo que dice al derecho en el otro canal) y samples de Frank Sinatra. Otros temas del disco también incluyen fragmentos grabados al revés.

Todas estas variantes musicales se entremezclan con el desparpajo de un sonido impuro, imperfecto, sobre el que el artista deja que crezcan sus palabras.

 

  1. Las letras

El encierro resultó apertura: Calamaro canta con franqueza y así nos franquea la entrada a su mundo (para bien o para mal). Si se trataba de dar rienda suelta a la honestidad, hay que reconocer que El salmón resulta mucho más brutal, en cantidad y calidad, que el propio Honestidad brutal (1999), álbum doble que con 37 canciones ya prefiguraba la hiperproductividad del músico.

Salvando los raptos de humor (como los de “Qué ritmo triste”, “Mi lobotomía”, “Me cago en todo”, “Corta pero ancha” o “Lameme el orto”), en El salmón predominan climas densos y oscuros: la melancolía, el abandono y la tristeza; el encierro, la misantropía y la soledad; cierta maduración dolorosa, producto del reconocimiento de la propia decadencia; la necesidad del perdón y el olvido como efectos secundarios de ciertos arrepentimientos que por momentos rayan en una sensación de fracaso vital.

Se hilvana una indignación política manifiesta en canciones como “Enola Gay”, “Vigilante medio argentino”, “Un poco de diente por diente”, “Reality bomb”, “Jugando al límite” o “Mi autopista”, cuyo blanco son la cultura de Estados Unidos, ciertos fascismos intrínsecos del pueblo argentino, algunos ex presidentes y también la dictadura militar.

Las referencias al alcohol y las drogas son abundantes (entre todas destaca una adivinanza: “¿Qué tiene de malo meterse una raya de coca? ¡Que es poca!”).

Respecto de aquellas canciones que dan cuenta de la relación hombre-mujer, priman los rechazos y las separaciones, así como el recuerdo nostálgico de las relaciones pasadas o perdidas (“OK, perdón”, “All U Need is Pop”, “Chicas” o “Revolución Turra”, entre otros). El desvío de la vida que no nos permitió alcanzar lo que queríamos (“alguna vez también pude llegar / a conseguir lo que siempre soñé”) y la nostalgia por lo que alguna vez se tuvo y ya no se tiene, conforman una pátina presente en los cinco discos.

De hecho, el nombre que Calamaro iba a darle originalmente a este álbum era Paraísos perdidos, hasta que primó El salmón por aquello de ir a contramano de todo: sobre esta tendencia hablan, además de “El salmón” en sí, también los temas “Rumbo errado” y “Días distintos” (“no sé quién sostiene el timón de mi vida / pero va en dirección prohibida en el túnel del amor”). Otros refieren al proceso musical-creativo en sí (como por ejemplo “¡Ay de mí!” o “Qué ritmo triste”, cuyo relato se repite en “Adentro mío”).

Hay muchas autodefiniciones, el establecimiento de “esto que soy”. Por ejemplo, en “Nos volveremos a ver” (Larrosa-Calamaro) se canta a sí mismo como chico de familia, ningún carlito, poeta maldito y heterosexual: “a pesar de ser bonito nunca dormí en el palito” (en otro tema, agrega: “entiéndase bien, soy heterosexual, ¡si no es por mi orto todo me da igual!”).

El tema “Porque soy así” fija la personalidad del músico como algo dado e inmutable. “Mi funeral” es otro tema con gran carga autobiográfica: “Admiro a los otros que son como yo, mala vida: si no se suicidaron ya, fue por cobardía”. Ahí Calamaro se define como “un solitario del carajo”, en virtud de lo cual se convierte en un ser con “facilidad musical, violencia intelectual, fama y respeto”… pero también con una “herida mortal”. Quizás fue toda esa autorreferencialidad la que hizo que El salmón terminara por convertirse en un apodo para referirse al propio Calamaro.

En el mismo sentido, hay también guiños a canciones anteriores del músico (algo que los Beatles supieron hacer muy bien en la segunda mitad de su gloriosa década). En “Lorena” Calamaro canta “flaca no me claves tus puñales”; en “Días distintos” dice “ya guardé el instinto asesino en un cajón”; y en “Querrámonos” dice “debería estar prohibido haber vivido y no haber amado” (referencias a tres temas de discos anteriores: “Flaca, “Loco” y “Jugar con fuego”, respectivamente).

Como leitmotifs, circulan por El salmón las frases “show me your shit”, “crucificame” (o “crucify me”) y también “varón, dijo la partera”. Por todas partes hay rimas internas; también pululan las rimas fáciles, lo que podría achacársele a la improvisación, aunque no siempre. Lo mismo sucede con algunas contradicciones, aunque estas no deben ser tomadas en todos los casos como errores, sino como un elemento esencial: Andrés Calamaro es contradictorio por naturaleza.

 

  1. Un denso andamiaje de referencias culturales

Calamaro apoya las letras de El salmón sobre cuatro tipos de referencias: literarias, musicales, históricas y de cultura de consumo o mediática.

Entre las referencias literarias, se encuentran menciones directas o indirectas a autores (o la obra de autores) como Henry Miller, Eugene O’Neal, Bret Easton Ellis, Mary Shelley, Raymond Carver, William Shakespeare, Joseph Conrad (por extensión de la referencia al filme Apocalypse Now), Stephen King, Bram Stoker, Charles Bukowski, José Hernández, Miguel de Cervantes y Jorge Luis Borges, además de las alusiones a la Biblia (los diez mandamientos; la crucifixión; la resurrección). A esto hay que agregarle las historietas de Editorial Columba mencionadas en el tema “Revistas” (Savarese; Cabo Sabino; Aquí la legión o Jackaroe, entre otras) y también Nippur de Lagash, de Robin Wood; Boogie, el aceitoso de Roberto Fontanarrosa; Corto Maltés, de Hugo Pratt; El eternauta, de Oesterheld y Solano López; y Locuras de Isidoro, de Dante Quinterno.

Desde sus letras, Calamaro también se refiere directa o indirectamente a una multitud de músicos: Deep Purple, Frank Zappa & The Mothers of Invention, Terry Bozzio, “Pablo” (¿Milanés?), Nine Inch Nails, Louis Armstrong, Boy George, Michael Jackson, Sammy Davis, Charly García (por oposición: en “Enola Gay”, Calamaro dice “Please drop a bomb over BA”, lo que es decir “bombardeen Buenos Aires”, justo lo contrario del famoso tema de García, con quien en 2000 andaba peleado). También figuran Brian Jones, The Beatles (“All U Need Is Pop”, paráfrasis de “All You Need Is Love”). Se citan también “Te vi”, de Fito Páez y “Purple Haze”, de Jimi Hendrix; se alude al Himno Nacional Argentino (“oír el ruido de rotas derrotas”, paráfrasis de “oíd el ruido de rotas cadenas”). Además están Muddy Waters y Frank Sinatra (sampleado en “Paraísos perdidos”), así como Sumo (“no sé que funeral quiero, pero lo quiero ya”, paráfrasis de “no sé lo que quiero pero lo quiero ya”) y Phil Trafa, de Los Violadores (“¿qué hacemos, amigo Phil Trafa, con la represión?”, frase grabada con tono grave en “Paraísos perdidos”).

Algunas de las referencias históricas son el astronauta Neil Armstrong; la masacre de Waco, Texas; el Titanic; Pedro de Mendoza, Juan de Garay, Pinzón; el juez Baltazar Garzón; Nelson Mandela y Malcolm X; Raúl Alfonsín (“un médico a la derecha”), Carlos Menem (“síganme”) y Fernando de la Rúa (“sos un aburrido y se te nota”), además de Juan Domingo Perón (“dónde estarán esas manos cortadas”).

Entre las referencias de la cultura de consumo o de masas se cuentan el mate, los bizcochos de grasa, el bife de chorizo, el vino y las empanadas de vigilia; los chocolates Jack y la leche Cindor; las cadenas Taco Bell, Seven Eleven y McDonald’s (el Big Mac). Las camaritas Canon, Leica, Sony, JVC, Panasonic y Nokia. Las vacaciones en Pinamar y el fútbol por TV. Victor Sueiro, Natán Pinzón; Oprah Winfrey, Jay Leno, Jimmy Swaggart y los talkshows (presentes en esa voz que habla sobre el final de “Crucificame”). Las estrellas del deporte: Shaquille O’Neal, Michael Jordan, Mike Tyson, Muhammad Ali, Diego Maradona… Las estrellas del cine: Ryan O’Neal, Walt Disney (y Disneyworld), Jim Jarmush, Abel Ferrara, Marlon Brando y Apocalypse Now; Rita Hayworth, Greta Garbo y Bo Derek, entre otros.

(Es imposible que estos listados no sean abultados: hablamos de un álbum de 103 canciones).

 

  1. El resultado

En su versión completa, El salmón de Andrés Calamaro es un verdadero hecho artístico, el imperfecto registro de un happening convertido en música. Más allá de gustos personales, se trata de una pieza de concepción ejemplar que pertenece al distinguido club de las obras desmesuradas: no aquellas meramente extensas, sino las que se crean a partir de un plan creativo complejo, metódico o desbocado pero siempre de múltiples facetas, en virtud del cual resultan amplias en muchas dimensiones al mismo tiempo.

 

Martín Cristal

Martín Cristal (Argentina, 1972) es narrador. Su novela Las ostras obtuvo el Premio “Alberto Burnichón” al libro mejor editado en Córdoba en el período 2011-2012. Con esta novela inició una “tetralogía elemental”, cuya siguiente entrega fue Mil surcos (2014; mención del Fondo Nacional de las Artes). Actualmente escribe la continuación de ese proyecto. Antes publicó dos novelas: en México —donde vivió cinco años—, Bares vacíos (2001; reeditada en Nueva York en 2012); y ya de vuelta en su Córdoba natal, La casa del admirador (2007; reeditada en México DF en 2011). Entre sus libros de cuentos —que no exploran solamente el realismo— se destacan Manual de evasiones imposibles (México, 2002; Premio Iberoamericano de Cuento) y Mapamundi (2005; mención en el Premio Municipal de Literatura, Córdoba). Para niños, ha escrito El árbol de papafritas (Buenos Aires, 2007). Publicó artículos y relatos en medios gráficos como La Voz, Diccionario, Ciudad X, Umbrales o Deodoro (Córdoba); Acción (Buenos Aires); La Tempestad, Origina, Nostromo o Playboy (México), entre otros. Participó en el sitio literario El lince miope, y también en la revista de géneros Palp. En su blog El pez volador compila apuntes sobre narrativa, infografías literarias y comentarios sobre lecturas diversas; entre estos últimos se cuentan sus recomendaciones de libros para La Voz. En ese mismo diario colabora mensualmente en la sección “Días contados”, con relatos centrados en la vida cotidiana.

Todo texto es un Palimpsesto, pero más todavía los que versan sobre otras producciones culturales. Haciendo un leve homenaje a Genette, en Palimpsestos se recogerán los textos críticos. En penúltiMa la crítica es meditación y diálogo. Los textos que pasan a entretejerse con aquellos de los que hablan.